Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 La sangre resbalaba por los nudillos de Harry, rojos y raspados, mientras lo arrastraba por el pasillo trasero del refugio.
—No fue nada—mintió él, pero yo sentía el temblor en su pulso bajo mis dedos.
David, el coordinador, nos cortó el paso con los brazos cruzados.
—¿Todo bien?—preguntó, mirando la mano de Harry con desconfianza.
—Sí—respondí demasiado rápido—.
Solo un pequeño accidente.
Harry ni siquiera habló.
Tenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en la pared como si calculara cuántos segundos faltaban para que estallara.
David suspiró.
—No quiero problemas, ¿entendido?
—No volverá a pasar—murmuró Harry, con una voz que sonaba a cenizas.
Apenas David se fue, lo empujé hacia el baño de empleados, un cuartucho estrecho con olor a cloro y toallas húmedas.
La cerradura chirrió al girarla.
—Mierda, Harry—susurré, abriendo el agua fría y obligándolo a sumergir la mano bajo el chorro—.
Podrías haberte roto algo.
Él no respondió.
Solo me miraba, con esa intensidad que me hacía sentir desnuda incluso con la ropa puesta.
El dolor no le arrancó ni un gemido, pero cuando mi pulgar rozó su palma, contuvo el aliento.
—¿Por qué lo hiciste?—pregunté, buscando vendas en el botiquín.
—Porque te vi mirarlo—dijo al fin, con la voz ronca—.
Y por un segundo, pensé que aún lo querías.
Dejé las vendas sobre el lavamanos.
El corazón me latía tan fuerte que temí que lo escuchara.
—No quiero a Duncan—respondí, acercándome—.
Pero tú… tú golpeaste una pared por mí.
Harry sonrió, pero no era su sonrisa usual.
Era algo oscuro, peligroso.
—Haría más que eso.
El aire se espesó.
De repente, el baño parecía diminuto, y yo no podía apartar la mirada de su boca.
—¿Qué más harías?—desafié, rozando su cintura con mis dedos.
Él no respondió con palabras.
Me empujó contra la puerta, y su boca encontró la mía con una urgencia que me dejó sin aliento.
No fue un beso tierno.
Fue posesivo, como si quisiera borrar a Duncan, al mundo, a todo menos a nosotros.
—¿Aquí?—jadeé, sintiendo sus dientes en mi cuello.
—Aquí.
Ahora—gruñó, sus manos recorriendo mi espalda hasta agarrarme las caderas con fuerza.
El botiquín se estrelló contra el suelo cuando lo empujé contra el lavamanos.
Las vendas rodaron por el suelo, manchadas de sangre y agua, pero ni él ni yo nos importaba.
Harry me levantó como si no pesara nada, sentándome sobre el mármol frío.
Sus labios descendieron por mi clavícula mientras yo le levantaba la camiseta, ansiosa por tocar piel.
—Abby—murmuró contra mi piel, y mi nombre en su boca sonó a promesa y a pecado.
No hubo tiempo para más palabras.
Alguien golpeó la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro?—era David.
Harry me miró, los labios hinchados, el pelo revuelto por mis dedos.
—Perfecto—respondió, sin apartar los ojos de mí—.
Solo estamos… desinfectando heridas.
Reí, mordiendo su hombro para ahogar el sonido.
💔 El primer taco estaba tan bueno que casi me olvidé de cómo respirar.
Jugoso, con ese toque picante que hacía que los labios se me entumieron de una manera extrañamente placentera.
—¿En serio nunca habías venido aquí?—pregunté, limpiándome los dedos con una servilleta que Harry me alcanzó antes de que yo siquiera la pidiera.
Él sonrió, con una gota de salsa verde en la comisura de sus labios.
—Nunca.
Pero tú lo mencionaste como cincuenta veces, así que era cuestión de tiempo.
—¿Cincuenta?—exageré, fingiendo ofenderme—.
Fueron dos, máximo tres.
—Tres con esa mirada de “por favor, algún día”—imitió mis ojos suplicantes, y yo le lancé un trozo de cebolla.
Él la atrapó al aire y se la comió, desafiante.
El sol de la tarde le doraba la piel, resaltando esas pecas que solo aparecían cuando pasaba demasiado tiempo al aire libre.
Me distraje siguiendo una que se escondía bajo la curva de su oreja, hasta que él me pilló mirando.
—¿Qué?—preguntó, inclinándose hacia adelante.
—Nada—mentí, tomando un sorbo de mi refresco—.
Solo pensaba que deberías usar más bloqueador.
—Mentirosa—rió, pero no insistió.
El silencio que siguió fue cómodo, lleno del ruido de los comensales a nuestro alrededor y el traqueteo de los platos.
Hasta que Harry, de la nada, dijo: —Oye, ¿vas al baile de graduación?
Casi atraganté con mi bebida.
—¿El baile?
No lo había pensado.
Mentirosa —Pues deberías—murmuró, jugando con el borde de su plato—.
Yo tampoco iba a ir, pero… —¿Pero?
—Pero ahora tengo una razón—dijo, mirándome directo a los ojos—.
Si tú vas.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que juré que el dueño del local lo escuchó.
—¿Me estás invitando?—pregunté, tratando de sonar casual y fallando miserablemente.
Harry se inclinó sobre la mesa, lo suficiente para que yo sintiera su aliento a limón y chile.
—Abby, ¿quieres ir al baile de graduación conmigo?
Sus palabras eran simples, pero la manera en que las dijo—como si fuera la pregunta más importante del mundo—hizo que el resto del local se desvaneciera.
—Sí—respondí, sin pensarlo—.
Claro que sí.
Él sonrió, esa sonrisa que me hacía sentir como si hubiera ganado algo.
—Perfecto.
Porque ya había comprado los boletos.
—¡Harry!
—¿Qué?—se defendió, riendo—.
Era obvio que dirías que sí.
Le di una patada bajo la mesa, pero él solo siguió riendo, atrapando mi mano entre las suyas antes de que pudiera retirarla.
—Te prometo que será divertido—dijo, dibujando círculos en mi palma con el pulgar De pronto, el dueño del local apareció con dos paletas de mango enchilado.
—De la casa—dijo con un guiño—.
Para la parejita.
Harry y yo nos miramos, sonrojados pero sin corregirlo.
Parejita.
Me gustaba cómo sonaba.
💔 Harry lamió la salsa de su dedo pulgar con una lentitud obscena, los ojos clavados en mí como si yo fuera el siguiente plato del menú.
—Deberían prohibirte hacer eso en público—murmuré, tomando un trago largo de mi limonada para enfriar la garganta.
—¿Qué?
¿Comer?—respondió, inocente, pero esa sonrisa traviesa delataba sus intenciones.
—Eso no es comer.
Es… propaganda indecente.
Él rió, bajando la voz hasta que solo yo pudiera oírlo: —¿Te distrae, Abby?
—No—mentí, ajustándome el tirante del top que de repente me quedaba demasiado ajustado.
—Mentirosa—susurró, pateándome suavemente bajo la mesa—.
Tus orejas se ponen rojas cuando mientes.
—¡No es cierto!—protesté, tocándomelas instintivamente.
Harry se inclinó sobre la mesa,su perfume a jabón de limón y algo más caliente me envolviera.
—¿Ahora qué excusa inventarás?—desafió, su aliento rozándome los labios.
El camarero apareció en ese momento para llevarse los platos, rompiendo el hechizo.
Nos separamos, pero la electricidad seguía ahí, vibrando entre nosotros como un tercer invitado.
💔 El sol comenzaba a caer, tiñendo las nubes de rosa y oro.
Caminábamos sin prisa, los dedos rozándose cada pocos pasos, como imanes que no podían decidir si unirse o mantenerse a una distancia segura.
—Oye, ¿cuál es el lugar más raro donde has besado a alguien?—preguntó Harry de pronto, arrancándome una carcajada.
—¡Qué clase de pregunta es esa!—protesté, dándole un codazo.
—Una importante—insistió, deteniéndose bajo un árbol cuyas ramas nos ocultaban del sendero principal—.
Quiero saber hasta dónde debo llegar para superar a tus ex.
—¿Ah, sí?—desafié, alzándole la barbilla con un dedo—.
¿Y si te digo que nunca he besado a nadie en un lugar realmente raro?
Harry se inclinó, su nariz rozando la mía.
—Entonces seré el primero en ponerte ese récord—susurró—.
Empezando por… aquí.
Sus labios no fueron a mi boca.
Se desviaron, suaves pero firmes, hacia ese punto justo debajo de la oreja que me hizo temblar de la cabeza a los pies.
—H-Harry—tartamudeé, aferrándome a sus hombros—.
Esto es… trampa.
—No—murmuró contra mi piel, mientras sus manos encontraban mi cintura—.
Esto es ventaja.
💔 No sé cómo terminamos aquí.
Un empujón suave contra la puerta del baño de mujeres, mis manos en su pelo, sus labios en mi cuello mientras murmuraba: —Quiero ser claro ahora: no estoy pensando en consolarte.
—¿En qué piensas, entonces?—jadeé, sintiendo sus dientes en el tendón de mi cuello.
Sus manos bajaron, lentas, desde mis caderas hasta mis muslos, levantando mi falda con una paciencia que me volvía loca.
—En cómo vas a gemir cuando te bese aquí—susurró, marcando un punto en mi clavícula con el dedo—.
Y aquí—otro más abajo, cerca del escote—.
Y especialmente aquí—su palma se aplanó contra mi abdomen, empujándome contra la pared.
El sonido de niños riendo afuera nos hizo separarnos, jadeantes.
—Harry, esto es… —¿Una mala idea?—terminó él, con los labios hinchados por mis besos.
—La peor.
—Perfecto—sonrió, atrapando mi mano para llevársela a la boca—.
Porque tengo muchas más.
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