Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 25
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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 El parque de Nueva York brillaba como si alguien hubiera espolvoreado polvo de estrellas sobre todo.
Era uno de esos atardeceres de miércoles que saben a fin de semana, con el sol filtrándose entre los árboles y pintando de dorado hasta las palomitas que sostenía en mis manos.
Harry caminaba a mi lado, robándome snacks como si fuera su trabajo a tiempo completo.
—¿Sabías que las palomitas saben mejor cuando son robadas?
—dijo, llevándose un puñado a la boca con esa sonrisa que me hacía perder el sentido de la gravedad.
Le di un codazo suave.
—Con esa lógica, deberías estar cumpliendo cadena perpetua, ladronzuelo.
—Solo de corazones—susurró cerca de mi oreja, haciéndome estremecer—.
Y el tuyo es mi golpe más grande.
Extendimos la manta a cuadros (la misma que Harry insistió en llevar “por si acaso”, aunque yo sabía que era porque le encantaba el estampado).
Entre bolsas de snacks, dos helados derritiéndose y una radio vintage que solo captaba canciones de amor de los 80, nuestro rincón parecía sacado de un sueño.
Harry se recostó de lado, apoyando la cabeza en una mano mientras me miraba como si yo fuera el final de una película feliz.
—Me gusta estar así contigo —dijo, jugueteando con el cordón de mi sudadera—.
Sin filtros, sin prisas…
solo tú diciéndome que soy un criminal y yo robándote más palomitas.
Tomé una cucharada de mi helado de vainilla y, antes de que pudiera pensarlo bien, la dejé caer sobre su mejilla.
—¡Eso por saquear mis provisiones!
Sus ojos se abrieron como platos, pero al segundo siguiente ya tenía su propia cucharada lista para el contraataque.
—¡Toma!
—rió, embadurnándome la nariz con chocolate—.
Ahora somos cómplices.
Nos limpiamos entre risas, con servilletas que volaban con el viento y dedos que se encontraban “por accidente” demasiadas veces.
El aire olía a hierba recién cortada y a ese perfume de Harry que siempre me recordaba a hogar.
De pronto, Harry se incorporó.
Sus ojos brillaban más que el atardecer.
—Abby…
—tomó mi mano, jugando nerviosamente con mis dedos—.
Hay algo que necesito decirte aunque me pongas helado en la cara por ello.
Mi corazón empezó a hacer tap-dancing en mi pecho.
—¿Que eres un cleptómano de snacks?
Lo sé.
—Que me gustas—dijo, tan sencillo como quien dice “hoy hace buen día”—.
Mucho.
Demasiado.
Y quiero que seas mi novia oficial, aunque eso signifique compartir mis palomitas legítimamente.
El mundo se detuvo.
Las hojas dejaron de moverse, los pájaros callaron y solo existimos nosotros dos en ese parque bañado de luz dorada.
Iba a responder cuando…
—¡Harry!
Me estremecí.Ese tono meloso, ese énfasis fingido.Giré la cabeza Claire con su chaqueta de cuero impecable y su sonrisa de dientes perfectos.
La misma chica que había venido a la cafetería hace semanas.
La que llevaba esa pulsera roja.
—Dios mío, qué casualidad —dijo Claire, ajustando su bolso carísimo mientras nos miraba alternativamente a Harry y a mí.
Noté cómo sus ojos se detuvieron en nuestras manos entrelazadas.
Un microsegundo de tensión.
Harry se puso de pie con calma, pero no soltó mi mano.
—Claire.
Que sorpresa verte por aquí—dijo, con una neutralidad que me hizo querer besarlo ahí mismo.
—Sorpresa—rió ella, lanzándome una mirada rápida—.
Abby, ¿verdad?
Qué…
curioso volver a verte.
Curioso.
Como si nuestro encuentro en la cafetería hubiera sido un accidente.
—El mundo es pequeño —respondí, apretando inconscientemente la mano de Harry.
Claire fingió no notarlo y se acercó más a Harry,rozando su brazo con esa familiaridad que me hacía hervir la sangre.
—Oye, deberíamos vernos para ponernos al día —dijo, mordiendo su labio inferior Harry ni siquiera parpadeó.
—Claire, Abby y yo estamos juntos —dijo, como si estuviera anunciando el pronóstico del tiempo.Simple.
Definitivo.
El silencio incómodo duró exactamente tres latidos de mi corazón acelerado.
—Ah—Claire forzó otra sonrisa, esta vez más tensa—.
Qué…
Lindo.
Bueno, no quiero interrumpir su picnic de enamorados.
—dijo la última palabra como si fuera un insulto—.
Nos vemos, Harry.
Se agachó hasta quedar a mi altura, sus brazos envolviéndome en un abrazo tan inesperado que, por un segundo, ni siquiera supe cómo reaccionar.
Mis manos se elevaron por puro instinto, aferrándose a su espalda.
Y entonces, justo antes de separarse, su aliento golpeó mi oreja mientras susurraba: —Siempre vuelve a mí.
El mundo se detuvo.
Mis pulmones olvidaron cómo respirar.
¿Era una promesa?
¿Una amenaza?
Se alejó con pasos rápidos, pero no sin antes dejar su mano en el hombro de Harry por dos segundos de más.
Que mierda Cuando desapareció entre los árboles, Harry se volvió hacia mí con los ojos brillantes.
—Eso fue…
—Incómodo —terminé por él, arrancando un pedazo de hierba con nerviosismo.
Harry se arrodilló frente a mí, tomándome la cara entre sus manos.
—Solo una cosa importa —susurró, acercando su frente a la mía—.
Eres tú.
Solo tú.
Y justo cuando iba a responder,me besó.Un beso que sabía a helado de vainilla, y a futuro —Ven —susurró, levantándome con cuidado—.
Quiero mostrarte algo.
Lo seguí sin preguntar.
Porque cuando se trata de Harry, siempre valdrá la pena descubrir qué hay después del “algo”.
💔 El estudio olía a óleo fresco y madera vieja, un aroma que se colaba entre las telas blancas que cubrían las obras como fantasmas esperando su momento.
Harry me guió de la mano entre pasillos iluminados por luces tenues, cada paso nuestro resonando en el silencio sagrado del lugar.
—¿Cómo tienes acceso a esto?—pregunté, rozando con los dedos el marco de una pintura abstracta llena de espirales rojos.
Harry se detuvo frente a un caballete cubierto, su sonrisa era un misterio dibujado en los labios.
—Porque es mío —dijo, como si revelara que el cielo era azul—.
Todo esto.
Un latido.
Dos.
El aire se me atoró en la garganta.
—¿Tuyo?—repetí, mirando alrededor como si las paredes fueran a confirmármelo.
—La primera cita…
—comenzó a explicar, acercándose—.
No fue casualidad.
Era mi primera exposición.
“Sylvia Plath“ ¡Dios mío!
Aquella galería íntima, los versos de Plath junto a pinceladas gruesas…todo era suyo.
—Eres…
—las palabras me abandonaron.
Harry respondió deslizando una tela blanca.
Bajo ella, una serie de cuadros firmados con un sencillo “H.A.” en la esquina inferior derecha.
La misma firma que había visto aquel día.
—¿Por qué no me lo dijiste?—susurré, acercándome a una obra donde el azul del mar se fundía con el negro de la noche.
—Quería que me quisieras por mis malos chistes primero—bromeó, pero su voz tembló cuando me vio descubrir el último cuadro del rincón.
Mis ojos.
No un retrato completo, solo mis ojos el verde musgo salpicado de oro que él siempre decía que le recordaba a los bosques de su infancia.
Pintados con una precisión que me erizó la piel.
¿Cuándo me había estudiado tanto?
—Harry…
—tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me latía en las sienes.
Él se inclinó hacia mi oreja, su aliento caliente rozando mi piel: —Los pinté de memoria la noche después de nuestra primera cita.
No podía olvidarlos.
Me giré hacia él, encontrando su mirada más intensa que nunca.No necesitaba palabras.El estudio, las pinturas, sus ojos…
todo gritaba lo que yo aún no podía responder.
Entonces, Harry hizo lo inesperado: tomó mi mano y la posó sobre el corazón, donde el latido acelerado traicionaba su calma.
—No digas nada —murmuró—.
Solo déjame seguir pintando cada versión de ti que mi cabeza inventa.
Y entre óleos y silencios cómplices, supe que antes de ser su novia, ya era su musa.
💔 La luz del sol se colaba entre las cortinas como un espectador indiscreto, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Ahí estaba yo, de pie frente al espejo del armario, con el pelo recogido en un desordenado moño y los labios partidos de tanto mordérmelos.
—Harry…
al principio solo era un juego.
Las palabras sonaron falsas incluso antes de terminar la frase.
Mi reflejo me devolvió una mirada ajena, como si la Abby del espejo fuera una extraña decepcionada conmigo.
—Un reto estúpido.
Enamorarte.
Y después…
El “después” se me atragantó.
Porque ahora ya no había un después.
Solo había ahora: este corazón latiendo a lo loco, estas manos sudorosas, este nudo en la garganta que no me dejaba tragar ni siquiera el té frío que llevaba horas ignorando en la mesita.
Me dejé caer en la cama, hundiendo los dedos en el edredón como si pudiera aferrarme a algo.
El almuerzo que mi mamá había dejado en la bandeja olía a albóndigas y comodidad, pero yo solo sentía el sabor amargo de la mentira en mi lengua.
Me va a odiar.
La voz en mi cabeza sonó tan clara que miré alrededor, como si alguien más la hubiera dicho.
En el espejo, mis ojos brillaban demasiado.
Se irá y nunca más me mirará como lo hace ahora.
Como si yo fuera…
Como si yo fuera alguien digno de esos cuadros.
De esos ojos que pintó con tanta devoción.
Un sollozo me quebró el pecho sin permiso.
Soy una idiota.
Una mentirosa.
Una…
Las lágrimas calientes me quemaron las mejillas mientras me abrazaba las rodillas, haciendo mi cuerpo pequeño como si pudiera esconderme de la verdad.
Pero entonces, como un rayo en medio de la tormenta, recordé a Mara y Luke.
Si ellos pudieron…
Mi teléfono vibró sobre la mesita.
Un mensaje de Harry: Harry:”Soñé con tus ojos otra vez.
Necesito pintarlos con luz de luna esta vez.
¿Mañana?” El dolor fue físico, agudo, como si alguien me hubiera apuñalado con todas las cosas bonitas que no merecía.
Me sequé las lágrimas con la manga del suéter (el suéter gris de Harry que “olvidó” en mi casa la semana pasada).
En el espejo, ahora veía a una chica asustada, sí, pero también…
—Amor.
Lo susurré en voz baja, probando la palabra.
Porque eso era lo que había crecido entre los huecos de mi mentira inicial.
Algo tan real que hasta dolía.
Tomé el teléfono con dedos temblorosos.
No para responder, sino para marcar su número.
—Tengo que decirle.
Y esta vez, no sería parte del juego.
Sería mi primera verdad de muchas.
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