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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 26

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26: Capítulo 26 26: Capítulo 26 El sonido de los pasos resonaba en el pasillo como tambores de guerra mientras caminaba hacia mi casillero.

El olor a desinfectante mezclado con el perfume dulzón de las chicas de tercer año flotaba en el aire, ese aroma característico de los lunes por la mañana que solía odiar, pero que hoy apenas registraba.

Mis manos sudaban alrededor del cuaderno de química, aunque no por el examen que tendríamos mañana.

Las páginas estaban llenas de garabatos nerviosos – corazones tachados, frases comenzadas y abandonadas, el nombre de Harry escrito una y otra vez como si al repetirlo pudiera encontrar el valor que me faltaba.

¿Cómo se lo digo?

¿Por dónde empiezo?

El timbre del recreo sonó como un disparo, haciéndome saltar en mi asiento.

Por la ventana del aula, el sol de mediodía bañaba el patio, iluminando a los grupos de estudiantes que reían y compartían snacks.

Todo era tan normal, tan rutinario…

y sin embargo, yo sentía como si estuviera al borde de un precipicio.

Mis amigas me rodearon como buitres olfateando sangre fresca apenas llegué a los casilleros.

—Abby, cariño, llevas toda la mañana mirando el mismo cuaderno como si contara los secretos del universo—dijo Lía, arrebatándome el libro con una sonrisa pícara.

Sus dedos con esmalte morado pasaron las páginas llenas de mis garabatos nerviosos—.

Ups, parece que alguien tiene problemas de concentración.

Cam, siempre la más dramática, mordisqueó una galleta con gesto exagerado antes de señalar mi cara:  —Dos opciones: o es por el examen de química (lo cual sería trágicamente aburrido), o es por ese chico alto y de sonrisa molesta que te hace sonrojar hasta las orejas y tiene nombre de Harry Adam  El patio pareció inclinarse bajo mis pies.

Mara, la más perceptiva de todas, me agarró del brazo y me arrastró hacia nuestro rincón secreto detrás de las gradas, donde tantas confesiones importantes habían ocurrido.

El viento jugueteaba con los carteles de la fiesta de graduación que colgaban de las paredes, haciendo un sonido como de páginas pasando.

Mara me miró con esa expresión que siempre me hacía sentir transparente:  —Vamos, Abby.

Respira y cuéntanos.

El sonido de la banda escolar practicando en la cancha lejana se mezcló con los latidos acelerados de mi corazón.

—Hoy se lo digo—la frase salió en un susurro que apenas logré escuchar yo misma—.

Todo.

Lo del juego.

Las reglas.

Nuestro plan inicial.

Un silencio pesante cayó sobre nosotras.

Hasta Cam dejó de masticar su galleta.

—¿Estás segura?

—preguntó Mara, con una seriedad inusual—Porque una vez que lo digas…

—Lo sé.

Tragué saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en mi garganta—Pero si de verdad siente lo que dice sentir…

si lo nuestro es real…

entonces podrá perdonarme, ¿no?

Mis palabras sonaron más como una súplica que como una afirmación.

En el fondo del patio, vi a Harry saliendo del edificio de arte, su pelo despeinado por el viento, manchas de pintura en sus jeans.

Se rió de algo que dijo su amigo, y ese sonido, tan familiar y querido, me partió el alma.

¿Cómo pude hacerle esto?

Lía me pasó un pañuelo antes de que me diera cuenta de que estaba llorando.

—Mira —susurró Cam, inusualmente seria—Si Luke pudo perdonar a Mara Harry te perdonará esto.

—Pero si no lo hace…

—Entonces no merecía tu verdad—terminó Mara, abrazándome con fuerza—Pero tiene que saberlo.

Porque lo que tienen ahora es real, Abby.

Y lo real merece honestidad.

El timbre que anunciaba el final del recreo sonó como una sentencia.

Mis amigas me ayudaron a levantarme, arreglaron mi pelo despeinado y me empujaron suavemente hacia las aulas.

—Hoy —me ordenó Mara con una sonrisa triste—.No te dejes intimidar por el miedo.

Asentí, aunque cada paso hacia la clase de matemáticas sentía como si caminara hacia mi propia ejecución.

Por la ventana del pasillo, las nubes comenzaban a cubrir el sol, y supe, con una certeza que me heló la sangre, que nada volvería a ser igual después de hoy.

💔 El camino a casa de Harry parecía haberse alargado mágicamente.

Cada paso sobre las hojas secas del otoño crujía como advertencia.

Ajusté por enésima vez la sudadera gris de Harry que llevaba puesta —la que “olvidó” en mi casa dos semanas atrás—, respirando ese aroma a algodón y a él que siempre me calmaba.

“Solo dile la verdad.

Palabra por palabra como practicaste”, repetí mentalmente mientras revisaba el cuaderno arrugado en mi mochila, donde había escrito y borrado mil veces mi confesión.

¿En serio voy a hacer esto?

Había ensayado mil veces la confesión, pero ahora, con el corazón a punto de estallar, todo sonaba ridículo.

—¿Abby?

—La voz de Violet, la tía de Harry, me hizo saltar.

La mujer salía justo de la casa, con su sombrero de ala ancha y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Vine a… dejarle algo a Harry—mentí, escondiendo el cuaderno detrás de la espalda.

Marta miró hacia la casa y luego a mí, como si supiera exactamente lo que pasaría después.

—Ah, cariño… —Suspiró, ajustándose los guantes—Él está un poco… ocupado.

Algo en su tono me heló la sangre.

—¿Ocupado?

Ella solo se limitó a apretar mi hombro antes de alejarse, dejándome con una advertencia no dicha.

La puerta crujió al abrirse.

Olía a perfume dulce Y entonces, la vi.

Claire.

Sentada en el sofá de Harry, con sus piernas cruzadas, sus labios rosados mordiendo una galleta, y… ¿era esa su camiseta?

—¡Abby!—exclamó, casi atragantándose—No esperaba… digo, Harry no me dijo que vendrías.

Mis ojos ardieron.

—Claro que no.

Un ruido vino del pasillo.

Harry apareció, despeinado, con la camisa arrugada y manchas de pintura en los brazos.

—Abby…—Su voz se quebró al verme.

—¿Qué pasa, Harry?

¿Te sorprende que esté aquí?—Avancé,el cuaderno temblándome en las manos—.¿O es que ya ni siquiera te importa que me entere?

—No es lo que piensas —intentó, pero Claire se levantó, ajustándose la camiseta (su camiseta) con una sonrisa incómoda.

—Yo solo vine a… hablar de arte—dijo, pero sus ojos bajaron hacia Harry como buscando aprobación.

Algo en mí se rompió.

—¿De arte?

¿En serio?—Reí,un sonido amargo, roto—Porque parece más bien que viniste a reclamar lo que siempre dijiste que era tuyo.

Harry palideció.

—Abby, escucha… —¡No!—Corté,las lágrimas nublándome la vista—Tú me dijiste que no la verías.

Que ya no había nada entre ustedes.

¿Y ahora esto?

¿En tu casa?

¿Con ella usando tu ropa?

Claire tragó saliva.

—Fue un accidente… me manché el vestido y… —¡Cállate!

—Le grité,mi voz rebotando en las paredes—Tú siempre con tus “accidentes”, ¿verdad?

Harry se acercó, sus manos extendidas como si quisiera calmarme.

—Ella vino con mi tía.

Yo no la invité.

—¡Pero la dejaste entrar!—Lo empujé, el dolor convirtiéndose en rabia—.La dejaste ponerse tu camiseta, la dejaste sentarse en tu sofá, ¡y ni siquiera tenías el valor de decirme que estaba aquí!*  Silencio.

Claire tosió, incómoda.

—Yo… mejor me voy.

Recogió sus cosas y pasó frente a mí, sus tacones clic-claqueando como pequeños disparos al salir.

Harry no la miró.

Sus ojos estaban clavados en mí, llenos de algo que no podía descifrar.

—¿En serio no confías en mí?

—Susurró, su voz cargada de decepción.

—¿Y por qué debería hacerlo?

—Las lágrimas rodaban libres ahora—Cuando cada vez que siento que por fin te tengo, algo… o alguien… aparece para recordarme… El cuaderno cayó al suelo con un golpe seco, abriéndose en la página de mi confesión.

Harry lo miró, luego a mí.

—¿Qué es esto?

—Algo que ya no importa —dije, dando media vuelta antes de que pudiera leerlo.

Pero él fue más rápido.

Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, deteniéndome.

—”Querido Harry: Empezó como un juego.

Terminó destruyéndome.”—Leyó en voz alta, *cada palabra una puñalada.

Y entonces… …él sonrió.

—¿Sabes lo irónico que es esto?

—Su voz era suave ahora, casi tierna—.

Porque yo también jugué.

Yo me congelé.

—¿Qué?

—”Corazones Rotos”, ¿verdad?—Sus dedos se entrelazaron con los míos—.

Mara me lo contó hace semanas.

Me quedé en shock mi cerebro no procesaba nada de lo que estaba pasando Esa maldita mara me las va a pagar que perra Lo mire a los ojos —¿Y no… no estás enojado?

—Estuve enamorado de ti desde que te vi dibujar mariposas en los márgenes de tus libros —confesó, y mi corazón se aceleró su frente apoyándose en la mía—.Así que sí, Abby… jugué.

Y gané.

El beso que siguió no fue dulce.

Fue desesperado, lleno de reproches, de miedo, de promesas rotas y otras por cumplir.

Y cuando nos separamos,el cuaderno ya no estaba en el suelo.

Estaba en sus manos.

—Ahora… ¿me dejas escribir el final?—preguntó, su sonrisa borrando cada herida.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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