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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 3

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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 Mi cuarto parece una zona de guerra.

Huele a palomitas acarameladas, perfume de mango y miel, y esmalte mal cerrado.

Las luces están apagadas, salvo por un par de velas aromáticas en la repisa y el brillo intermitente de la pantalla.

Tres edredones revueltos, cojines esparcidos y cuatro adolescentes en modo sofá humano.

Cam está sentada en el suelo con las piernas cruzadas, comiendo helado directamente del envase.

Lía está boca abajo, escribiendo frases en su cuaderno con un marcador lila.

Mara sostiene una botella de soda como si fuera vino espumoso.

Y yo, en el centro, abrazando una almohada como si fuera un escudo emocional.

En la pantalla, 10 cosas que odio de ti va por la escena del poema.

Las cuatro guardamos silencio un instante.

—Ok, ya va —dice Cam—.

¿Por qué este momento me destruye todos los malditos años?

—Porque Heath Ledger se merecía una estatua emocional —dice Lía dramáticamente.

—Y porque el poema es perfecto —susurro.

—¿O será porque te tocó escribir uno hoy?

—dice Mara, guiñando con picardía.

—Ya empezamos…

—me cubro con la almohada—.

Ni siquiera sé qué pasó exactamente.

Es como si Harry hubiera metido un dedo en mi cabeza y activado algo.

—¿El dedo en tu cabeza?

—repite Cam, riendo—.

Wow, ¿en dónde quieres que te metan ese dedo?

—Me refiero a emocionalmente, tarada.

—¿Y cómo fue cuando te miró leyendo el poema?

¿Estilo “te veo como la única”?

—pregunta Lía, con voz de tráiler romántico.

Me quedo en silencio.

Pensando en sus ojos grises que no paraban de buscarme.

En el momento exacto en que me miró a los labios.

En cómo eso me hizo sentir.

Viva.

Verdaderamente vista.

—Fue…

raro.

Pero no raro feo.

Raro como si ya nos conociéramos.

—Plot twist: Harry es tu alma gemela enviada por los dioses del romance adolescente —dice Mara, levantando su soda como si hiciera un brindis.

Las tres estallamos de risa.

—¡Lo digo en serio, no se burlen!

—grita Mara, lanzándonos palomitas.

—Si tú lo dices…

—dice Lía, metiéndose una cucharada de helado en la boca.

—Hola, chicas.

—¡Hola Amanda!

—dice Mara.

—Señora Baker —dicen Lía y Cam al mismo tiempo.

—Hola, mamá —digo.

Mi mamá es hermosa.

Tiene el cabello castaño oscuro que heredé, siempre medio despeinado, como si el viento la buscara.

Sus ojos pardos parecen leerlo todo sin decir nada.

Es delgada, de andar suave, con esa elegancia callada que no necesita esfuerzo.

Siempre lleva blusas claras y un collar con dijes que nunca se quita.

—¿Cuántas veces tengo que decirles que me llamen Amanda?

“Señora Baker” me hace sentir muy vieja.

—Mi opinión personal es que usted, a sus cuarenta años, se ve muy bien —dice Mara.

—Gracias, querida.

Pasaba por aquí y pensé en ver si necesitaban algo…

y para recordarles que mañana hay clases, así que no se acuesten tarde, ¿vale?

—¡Vale!

—decimos las cuatro.

—Y no te preocupes, no necesitamos nada, ¿verdad, chicas?

—Sí —asienten.

—Entonces, que descansen.

Buenas noches.

—Buenas noches —decimos las cuatro.

💔 Me puse el delantal negro con el logo blanco que odio.

Siento que no pega con nada de mi ropa, pero no dije nada.

Era viernes, y los viernes huelen a café tibio y conversaciones a medias.

La cafetería estaba más llena que de costumbre.

Cada vez que me acercaba a la máquina de espresso, pensaba en Harry.

En cómo el universo se había inventado formas para no dejarme verlo en toda la semana.

Y cada vez que ese pensamiento cruzaba mi mente, me recordaba lo estúpida que fui por no haberle pedido su número.

—Latte doble para la mesa cinco —le digo a Mariela, una de las trabajadoras de la cafetería.

Escribí algo en una servilleta mientras esperaba que llegara otro cliente: > “Algunos pensamientos no caben en la cabeza y terminan queriendo salir por la piel.” Me imaginé que Harry podría escribir algo así.

—¿Siempre escribes en servilletas?

Levanto la cabeza de golpe.

—De verdad, deberías dejar de levantar la cabeza bruscamente.

Te puede dar un calambre.

—Harry… ¿Cómo…?

¿Qué haces aquí?

—digo, aún sorprendida.

Supongo que el universo sí que se alivió para traerlo en el momento menos esperado.

—Vengo a comprar café.

Y bien…

¿siempre escribes en servilletas?

—Ah…

Solo cuando el día quiere dejarme marcas —respondí sin pensar.

En serio, Abby: solo cuando el día quiere dejarme marcas.

Pero qué estupidez.

Sonrió, no insistió.

Me gustó que no me hiciera sentir incómoda.

Guardé la servilleta en mi libreta azul.

—Entonces, ¿qué vas a pedir?

—le pregunto.

—Un café solo para llevar.

—En camino —le sirvo su café—.

Son un dólar con cincuenta.

—Ten.

Quédate con el resto —me entrega un billete de cinco.

—¿Te gusta Sylvia Plath?

—me pregunta sin verme del todo.

—Más que a mí misma a veces —solté, sin pensar.

Sonrió, leve.

Como si esa frase me diera permiso de estar ahí.

—Entonces entiendes lo del corazón dividido —añadió él, subrayando un verso.

—Lo entendí antes de saber que dolía —respondí.

Hubo silencio.

Pero no incómodo.

Más bien como si las palabras se hubieran cumplido.

—¿Qué vas a hacer hoy en la noche?

—pregunta.

—Nada.

¿Por qué?

—digo con el corazón a mil.

No puede ser… ¿me está invitando a salir?

—Hoy hay una exhibición visual de los poemas de Plath.

¿Te gustaría ir conmigo?

—pregunta, rascándose la cabeza.

—Si no querés ir, no hay problema… —baja la mirada, como si estuviera nervioso.

—Me encantaría.

Levanta la cabeza con una sonrisa.

Y creo que me derrito.

—Como en una cita… bueno, si querés que sea una cita, claro —dice, con un leve sonrojo.

—Sí, me encantaría tener una cita contigo.

—Bien.

Te doy mi número.

Saco mi teléfono del bolsillo trasero y se lo entrego.

Unos segundos después, me lo devuelve.

—Ya está guardado.

Me mandé un mensaje para que se guardara el tuyo.

Bueno… te dejo trabajar.

Te recojo a las siete, ¿te parece?

—A las siete está perfecto —le digo viéndolo retroceder.

Me regala una sonrisa y se va.

Dios mío, no me lo creo.

¡Voy a tener una cita!

Una cita, por Dios.

Creo que me voy a desmayar.

Sí, me voy a desmayar… pero de la emoción.

—Te lo tenías bien guardado, ¿eh?

Doy un respingo al escuchar la voz de Mariela, mirándome con cara pícara.

—Mariela, me asustaste —digo, llevándome una mano al pecho.

—No, no, no, cariño.

No me vas a cambiar de tema.

¿Quién es ese guapetón?

—Es solo un amigo —me encojo de hombros.

—No ni jodas.

Esas miradas que se sacaron no eran de amigos.

Yo las conozco muy bien.

Igualitas a las que le lanzó a Chris Evans cada vez que lo veo en televisión.

—¿Y cómo lo ves?

—pregunto.

—Como si quisiera quitarle la ropa y follarmelo sobre la encimera de la cocina.

Así se miraban ustedes dos.

Siento mi cara ponerse caliente.

—¡Bendita seas, Mariela!

Cuida esas palabras.

Y mira, en la mesa tres te están llamando.

—No te vas a salvar de esta, jovencita —dice mientras se va a la mesa tres.

Todavía no me lo creo.

Voy a tener una cita con Harry…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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