Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 30
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30: Capítulo 30 30: Capítulo 30 Harry no se detuvo.
Al contrario, intensificó sus movimientos, mirándome fijamente mientras yo mordía mi mano para ahogar los gemidos.
—Córrete para mí,— ordenó contra mi piel.
—Ahora.
Y como siempre, obedecí.
El orgasmo me golpeó como una ola, sacudiendo cada músculo mientras Harry mantenía su boca firmemente sobre mí, bebiendo cada temblor.
Cuando finalmente me liberó, mis piernas aún temblaban contra sus hombros.
—Eso…
eso fue…— Jadeaba, incapaz de formar palabras.
Harry se levantó con movimientos felinos, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Solo el primer acto, preciosa.
Antes de que pudiera reaccionar, me giró y me inclinó sobre el escritorio, mi espalda arqueada contra los papeles esparcidos.
sus manos me jalaron hacia él con urgencia.
frotando mi centro empapado sobre su erección.
Él se colocó entre mis muslos, sus manos agarrando mis caderas con una fuerza que sabía que dejaría moretones.
Moretones que quería.
Moretones que recordaría.
—¿Qué tanto me deseas, princesa?—murmuró, su voz un ronroneo bajo y sucio mientras una de sus manos se deslizaba por mi muslo interno.—¿Todo este desastre es para mí?
Sus dedos encontraron el elástico de mis bragas y, en lugar de quitármelas, simplemente las apartó a un lado.
El contacto del aire directamente en mi piel húmeda me hizo estremecer.
Y entonces, sus dedos me encontraron.
—¡Dios, Harry!—grité, mis caderas empujando involuntariamente contra su mano cuando dos de sus dedos se deslizaron dentro de mí sin previo aviso, llenándome con una crudeza que me dejó sin aliento.
—Shhh, yo te doy lo que necesitas,—murmuró, doblando sus dedos dentro de mí, encontrando un punto que hizo que mi visión se nublara.
Su pulgar encontró mi clítoris y comenzó a frotar pequeños círculos implacables.—Quiero oírte.
Quiero oír lo mojada que estás por mí.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, lo oí abrirse el cinturón, la cremallera de sus pantalones.
Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo se liberaba de su ropa, imponente y duro.
Me miró fijamente a los ojos, su mirada llena de un fuego que me consumió por completo.
—Ahora,—ordenó, y no era una sugerencia.
Agarró mis caderas con fuerza y de un solo empuje brutal, se enterró hasta el fondo dentro de mí.
Un grito entrecortado escapó de mis labios.
Me llenó por completo, estirándome, quemándome desde dentro.
La sensación era abrumadora.
Él se quedó quieto por un segundo, dejando que me adaptara a su tamaño, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas.
—Joder, Abby,—jadeó, —estás tan…
increíblemente apretada.
Luego comenzó a moverse.
No fue un ritmo suave o amoroso.
Fue puro, crudo, animal.
Cada embestida me empujaba contra el escritorio, haciendo que los resortes de la madera crujieran en protesta.
Sus manos sostenían mis caderas con fuerza, asegurándose de que tomara cada centímetro de él.
El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con mis gemidos ahogados y sus gruñidos guturales.
—¿Te gusta?—gruñó, inclinándose sobre mí, su aliento caliente en mi oído.
—¿Te gusta que te folle como una puta sobre este escritorio?
—Sí,— jadeé, mis pensamientos eran una niebla de sensación.
—¡Sí, Harry!
Por favor, más… Él maldijo y cambió el ángulo, golpeando un lugar aún más profundo que me hizo ver blanco.
—Dilo.
Dime lo sucia que eres.
—Soy tu puta,— gemí, perdida en la vergüenza y el éxtasis.
—Sólo tuya…
Harry, por favor…
Su ritmo se volvió aún más frenético, más posesivo.
Una de sus manos se enredó en mi pelo, tirando de él hacia atrás para exponer mi garganta mientras la otra se deslizaba entre nosotros, encontrando de nuevo mi clítoris sensible.
—Correte conmigo,—ordenó, su voz tensa por el esfuerzo.—Ahora, Abby.
Ahora.
No pude resistirme.
Un segundo orgasmo, más intenso que el primero, me arrasó.
Grité su nombre, mis músculos apretándolo como un puño, mi cuerpo arqueándose en una curva perfecta bajo el suyo.
Sintiendo mi climax, él soltó un gruñido ronco y se hundió profundamente una última vez, derramándose dentro de mí con un temblor violento que recorrió todo su cuerpo.
Su peso se desplomó sobre mí, cálido y sudoroso, y nuestras respiraciones agitadas fueron el único sonido en la sala silenciosa.
Quedamos allí, enredados, durante lo que pareció una eternidad.
El sudor se enfriaba en mi piel.
Su corazón golpeaba contra mi espalda.
Finalmente, él se apoyó en los codos y me miró.
Su mirada ya no era de fuego salvaje, sino de una ternura profunda que me hizo derretirme de una manera completamente diferente.
Con una suavidad que contrastaba brutalmente con la urgencia de hace unos minutos, apartó un mechón de pelo sudado de mi frente y colocó un beso increíblemente dulce en mis labios hinchados.
—Te quiero Abby,— susurró, su voz ronca.
Una sonrisa tonta se extendió por mis labios.
—Yo también te quiero Harry.
Sus manos, que minutos antes me habían marcado con posesión, ahora me bajaban la falda con delicadeza Arregló mi blusa arrugada, dedos evitando las zonas sensibles.Alisó mi pelo enredado, separando un rizo pegado a mi mejilla.
—No quiero compartirte con el mundo todavía,— bromeó, pero sus ojos decían que no es broma.
💔 El viento otoñal jugaba con mi pelo mientras caminábamos por el campo de Sarah Lawrence, nuestras manos entrelazadas y aún calientes por lo ocurrido en el aula.
Harry llevaba mi mochila en el hombro libre, y aunque ambos estábamos impecables (casi), una sonrisa cómplice delataba nuestro secreto.
—¡Ahí están!—La voz de Sofía resonó desde el grupo de estudiantes reunidos cerca del jardín botánico.—¿Dónde demonios se metieron?
Harry apretó mi mano antes de responder.
—En la biblioteca.
Abby quería revisar unos programas de estudio.
—Sí,— mentí con una sonrisa angelical,—los de…literatura comparada.
El sendero de regreso a la parada de autobús estaba vacío, salvo por nosotros dos.
Las últimas luces del sol dorado se filtraban entre los árboles, pintando rayas cálidas sobre la camisa arrugada de Harry.
—¿Segura que no quieres volver por donde…
“exploramos” antes?—preguntó él, rozando su nudillo contra mi cintura donde la falda había quedado ligeramente torcida.
Le lancé una mirada que decía “ni lo sueñes”, aunque mi sonrisa lo traicionaba.
—Sofia casi nos mata con la mirada cuando volvimos.
Creo que sospecha.
_¿De qué?_Harry fingió inocencia, quitándome una hoja seca que se había enredado en mi pelo.
—Dos estudiantes aplicados revisando…
¿qué era?
¿Literatura victoriana?
💔 El autobús llegó medio vacío.
Nos instalamos en los asientos traseros, donde el ruido del motor ahogaba cualquier confesión.
Una palma caliente sobre mi rodilla, dibujando círculos que me hacían olvidar que estábamos en público.
—Cuando lleguemos, ¿te quedas a dormir en mi casa?
— pregunté con un vosteso.
La adrenalina del día cedió, y mi cabeza encontró su lugar habitual—el hueco entre su hombro y clavícula.
—Descansa,— susurró, cubriéndome con su sudadera (que olía a él, a tiza y a ese perfume de madera que usaba).—Te avisaré cuando bajemos.
Mis párpados pesaban como plomos cuando sentí sus labios en mi frente.
—Abby.
—Mmm?
—Nada.—Su voz sonaba suave, como algodón.—Solo quería oír tu nombre.— Y así dormité—con el latido de su corazón como canción de cuna y la certeza de que, sin importar qué universidad eligiéramos, ya habíamos encontrado nuestro lugar.
💔 El suave runrún del motor del coche de Harry se apagó, sumiendo el interior en un silencio cálido y privado.
La última luz del sol de la tarde, dorada y oblicua, se colaba por el parabrisas, iluminando motas de polvo que bailaban en el aire y bañando todo con una calidez de película.
Yo me había quedado dormida profundamente, con la cabeza aún apoyada en ese hueco perfecto entre su hombro y su cuello, respirando el aroma a madera de su colonia mezclado con el olor de su sudadera.
Fueron sus dedos, recorriendo con suavidad mi brazo, lo que empezó a sacarme del sueño.
—Abby—susurró su voz, ronca y cercana, en mi oído.—Despierta, princesa.
Ya estamos aquí.
Mis párpados se abrieron pesadamente.
Parpadeé, desorientada, encontrándome con su sonrisa.
No era su sonrisa burlona de siempre, sino una versión suave y adormilada que me hacía querer volver a cerrar los ojos y quedarme allí para siempre.
—¿Ya?—murmuré, mi voz áspera por el sueño.
—Ya—confirmó él, sin dejar de acariciarme el brazo.
Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mis labios, en mis pestañas, como si estuviera memorizando cada detalle a la luz del atardecer.—Has roncado un poco.
—¡Mentira!—protesté, incorporándome de un salto y sintiendo el rubor subirme a las mejillas.
Él se rio, un sonido bajo y profundo que llenó el coche.
—Mentira.
Solo respirabas…
musicalmente.
Le golpeé el brazo sin fuerza, pero él atrapó mi mano y la entrelazó con la suya sobre su regazo.
Fuera, la calle estaba en calma.
Las farolas empezaban a parpadear para encenderse.
Estábamos aparcados justo frente a mi casa, y desde allí se veía la luz cálida de la cocina encendida.
—Ha sido un día increíble—dije, mirando nuestra manos unidas.
—El mejor—asintió él, siguiendo mi mirada.—Aunque la parte de la biblioteca de Literatura Comparada fue, sin duda, la más instructiva.
Esta vez sí que me reí, y él se unió a mí.
La complicidad de nuestro secreto nos envolvía como una manta.
Sin soltarme la mano, Harry se inclinó hacia mí.
Su movimiento fue lento, dando tiempo a que me negara, pero yo me incliné también para encontrarme a medio camino.
El beso no fue como los del aula.
No fue urgente ni desesperado.
Fue lento y dulce, un beso de despedida que sabía a promesas y a un día perfecto.
Sus labios eran suaves y cálidos, y sabían a él, a futuro.
Una de sus manos se liberó de la mía para acariciarme la mejilla, y yo me derretí contra él.
Justo cuando el beso se profundizaba y yo empezaba a olvidar dónde estábamos, un sonido brusco y nítido nos hizo separarnos de un salto.
Tok, tok, tok.
Golpes suaves pero firmes en el cristal del conductor.
El corazón se me escapó del pecho y se me instaló en la garganta.
Mis ojos, como platos, se encontraron con los de Harry, que reflejaban la misma sorpresa alarmada que yo sentía.
Allí, fuera, con los brazos cruzados y una ceja ligeramente arqueada sobre una expresión entre divertida y exasperada, estaba mi madre.
La luz del porche tras ella creaba una silueta, pero no pude apartar la mirada.
—Oh, mierda—murmuró Harry, más para sí mismo que para mí.
Con una velocidad que delataba su nerviosismo, buscó el botón eléctrico y bajó la ventanilla.
—Buenas tardes, señora—dijo, con una voz un poco más aguda de lo normal, pero recuperando una sorprendente dignidad.
—Harry, ¿verdad?—preguntó mi madre, su voz serena pero cargada de una autoridad que hizo que me encogiera en el asiento.
Sus ojos pasaron de él a mí, tomando nota de mi pelo ligeramente revuelto, mis labios sin duda hinchados y la expresión de culpabilidad que debía de tener escrita en la cara.—Abby me dijo que el tour universitario era hoy.
No mencionó clases particulares de…
¿labios?
en el coche al volver.
—Mamá…—empecé a decir, mi voz un chillido vergonzante.
—Era solo una despedida, señora—intervino Harry, enderezándose en su asiento como un soldado.—La he traído directamente a casa.
A salvo.
Mi madre lo observó un momento largo, su mirada analítica.
Luego, un pequeño suspiro escapó de sus labios y su expresión se suavizó una fracción.
—Bueno, ya que estás aquí, Harry, y parece que has garantizado que mi hija llegue…
en una pieza—dijo, con un deje de sarcasmo—, ¿te gustaría quedarte a cenar?
Acabo de hacer lasaña.
Harry me miró, una pregunta muda en sus ojos.
Yo, aún paralizada por la vergüenza, solo pude asentir con la cabeza con movimientos espasmódicos.
—Me…
me encantaría, señora.
Muchas gracias—dijo, con una sonrisa genuina que pareció desarmar el último resto de severidad de mi madre.
—Bien.
Pues subid en cinco minutos.
Y, Abby…—añadió, dirigiéndose a mí—, arregla ese pelo.
Parece que te ha caído un tornado encima.
Y con eso, dio media vuelta y caminó hacia la casa, dejándonos a los dos en un silencio cargado de alivio, risa contenida y el rubor que aún me quemaba las mejillas.
Harry se dejó caer contra el respaldo del asiento y exhaló profundamente.
—Cielos.
Creo que me ha quitado cinco años de vida.
—Lo siento—me reí, tapándome la cara con las manos.
—No—dijo él, apartándome las manos para besarme una última vez, rápido y juguetón.—Además, ahora me toca conocer a tu madre.
Oficialmente.
Salimos del coche, con las manos entrelazadas y el corazón aún acelerado, pero ahora por una razón completamente nueva.
La noche había caído por completo, y la aventura, al parecer, no había hecho más que empezar.
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