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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 31

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31: Capítulo 31 31: Capítulo 31 El aroma a tomate, queso derretido y albahaca llenaba la cocina, un olor a hogar que contrastaba con los nervios que aún me revoloteaban en el estómago.

Nos sentamos alrededor de la mesa de roble, los tres.

Yo, con la mirada fija en mi plato, Harry, con una postura impecable pero relajada, y mi madre, sirviendo porciones generosas de lasaña con una calma que me parecía sospechosa.

—Abby me ha hablado mucho de ti, Harry—comenzó mi madre, pasándole el plato.

Su tono era cordial, pero yo conocía ese brillo en sus ojos.

Era el modo “modo detective”.—Pero es un gusto finamente ponerle una cara a las historias.

Harry le dedicó una sonrisa que podía haber derretido el queso de nuevo.

Era su sonrisa “encanto a padres”, perfectamente practicada y devastadoramente efectiva.

—El gusto es mío, señora Evans.

Y todo lo que Abby le haya dicho, probablemente se quede corto comparado con la realidad de su lasaña.

Esto huele increíble.

Mi madre esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible.

Punto para Harry.

—Es una receta de mi abuela.

Así que, Harry, ¿tus padres también están en la ciudad?—preguntó, tomando su tenedor con elegancia.

Ahí venía.

La primera andanada.

Harry no se inmutó.

Masticó un bocado con naturalidad antes de responder.

—En realidad, no.

Viajan mucho por trabajo.

Soy un poco…

nómada moderno.

Vivo solo en el departamento del centro.

—¿Vives solo?—preguntó mamá, alzando ligeramente una ceja.

Su mirada se deslizó hacia mí por una fracción de segundo.

—Mamá—protesté débilmente, sintiendo el calor subir a mis orejas.

—Sí—confirmó Harry, con total tranquilidad.—Ellos son fotógrafos de naturaleza.

Están ahora mismo en algún lugar de Noruega, persiguiendo auroras boreales, creo.

Yo prefiero un techo más estable.

—Qué interesante—comentó mamá, y parecía genuinamente impresionada.—Eso debe de darle mucha independencia.

¿Y qué haces con tanta libertad?

¿Aparte de…

Cuidar a mi hija?—añadió, con un toque de humor seco que me hizo querer hundirme bajo la mesa.

Harry se rio, un sonido sincero.

—Intento mantenerla.

Estudio, trabajo medio tiempo en la galería de arte del centro y, bueno, intento no quemar la cocina.

—¿Trabajas en una galería?—pregunto, sorprendida.

—Sí, en ‘La Cámara Oscura’.me gusta el arte.

La pintura, especialmente.

Me desconecta.

Mi madre lo observaba, y vi cómo su expresión se suavizaba un poco más.

El arte siempre había sido su punto débil.

—Eso es admirable.

Muy pocos chicos de tu edad tienen ese interés—dijo, y era un cumplido genuino.—¿Y qué…?—hizo una pausa, buscando las palabras—…qué eres exactamente para Abby?

Porque ella, por supuesto, no me ha dicho nada—añadió, lanzándome una mirada de reproche juguetón.

Me atraganté con un trozo de pasta.

Harry me pasó su vaso de agua sin decir nada.

—Mamá, por favor—supliqué, con la voz entrecortada.

—Somos novios, señora—declaró Harry, sin vacilar.

Su mano encontró la mía bajo la mesa y la apretó.

Su voz era clara y firme.—Yo…

la quiero mucho.

Y sé que suena a cliché, pero intento cuidarla.

Incluso cuando nos metemos en líos.

Quedé sin palabras, mirándolo.

Lo había dicho.

Frente a mi madre.

Con toda la naturalidad del mundo.

Mi madre dejó el tenedor sobre el plato y los miró a los dos, a nuestras caras sonrojadas, a nuestras manos que seguramente estaban entrelazadas escondidas.

Un suspiro, esta vez más de resignación cariñosa que de otra cosa, escapó de sus labios.

—Bueno, supongo que era obvio—dijo, al final.—Solo una cosa, Harry.

—Lo que sea, señora.

—La próxima vez que la traigas a casa…—hizo una pausa dramática—…asegúrate de que no tenga el pelo de tornado.

Y que tú no tengas el cuello de la camisa…

así.

Señaló con la cabeza hacia él.

Harry se tocó el cuello instintivamente, donde yo, en el calor del momento en el coche, le había arrugado y desdoblado la etiqueta de la camisa.

Se sonrojó.

Él se sonrojó.

Era la cosa más adorable que había visto en mi vida.

—Entendido, señora baker—dijo, arreglándose la etiqueta con una sonrisa torpe.—No volverá a pasar.

—Bien—asintió mamá, y esta vez su sonrisa fue amplia y real.—Ahora, come.

La lasaña se enfría.

Y así, bajo la luz cálida de la cocina, con el interrogatorio oficialmente terminado y la aprobación tácita flotando en el aire junto al olor a ajo, pasamos el resto de la cena riendo y hablando de arte, de viajes y del futuro.

Harry me sostenía la mano bajo la mesa y yo sabía, con una certeza que me llenaba por completo, que todo iba a salir bien.

💔 HARRY  La habitación de Abby era exactamente como me la había imaginado, y a la vez completamente diferente.

Olía a vainilla y a ese perfume suave que ella usaba.

Las paredes estaban tapizadas de fotos: Abby rodeada de lo que supuse que eran Sofía y Camila, riendo a carcajadas; una imagen más seria y orgullosa junto a su madre en la playa, con el viento moviéndoles el pelo; y varios selfies que me hicieron sonreír, capturando momentos de una vida que, hasta ahora, me había sido ajena.

—¿Qué?—preguntó ella, cerrando la puerta con suavidad y apoyándose en ella, como si intentara bloquear cualquier escape.

—Nada—dije, con una sonrisa genuina.—Solo estoy…

escudriñando.

Como me pediste que no hiciera, pero no puedo evitarlo.

Es muy tú.

Mi mirada recorrió la estantería abarrotada.

Había varias novelas juveniles con lomos coloridos, pero mi atención se detuvo en una sección más discreta: varios libros de poesía.

Me acerqué y deslicé un dedo por el lomo de uno, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

—Neruda—murmuré, volviéndome hacia ella con una ceja arqueada.—No me digas que bajo esa fachada de chica que se mete en líos conmigo hay una romántica incurable.

Ella se sonrojó, cruzando los brazos.

—A veces.

No es delito.

—Para nada.

Es…

inesperado—dije, y me gustó cómo el rubor le subía aún más.

Mi mirada continuó su recorrido y se posó en su tocador.

Entre botes de crema y algún que otro lapicero suelto, había una carpeta de cartón azul, abultada, con las esquinas gastadas.

Encima, descansaba un bolígrafo con el tapón quitado, como si la tarea hubiera sido interrumpida apresuradamente.

—¿Y eso?—pregunté, señalando con la cabeza.—Parece el manuscrito de una disertación doctoral.

¿Algo que deba saber?

Los ojos de Abby se abrieron como platos.

—¡No!—exclamó, lanzándose hacia el tocador para intentar taparlo con el cuerpo, pero era demasiado tarde.

Ya me había acercado.

La aparté con suavidad, jugueteando.

—Vamos, deja ver.

¿Son poemas?

¿Son sobre mí?—bromeé.

—Harry, por favor, no—suplicó, su voz era una mezcla de pánico y vergüenza genuinos.

Su reacción despertó mi curiosidad.

Esto no eran solo apuntes de clase.

—Abby, solo voy a echar un vistazo—dije, mi tono suavizándose al ver su genuino terror.

Con mucho cuidado, abrí la carpeta.

La primera página estaba llena de una letra apretada y llena de correcciones.

Arriba del todo, centrado y subrayado con una línea nerviosa, había un título: “Donde el Mar Nos Llevó” Debajo, una dedicatoria escrita con una caligrafía más cuidada: Para H, que convirtió cada cliché en una verdad.

Me quedé sin aire.

—Abby…—mi voz sonó ronca.

Ya no estaba bromeando.

Hojeé unas páginas al azar.

Vi nuestro nombres, ligeramente cambiados: “Aria” y “Héctor”.

…Héctor se giró hacia mí, y el mundo exterior dejó de existir.

“No sé si esta cita será perfecta”, dijo, su voz un susurro grave que me atravesó, “pero así como me miras, ya estoy en el lugar correcto”.

Cada palabra era una brasa que encendía mi piel.

“Deberías mantener los ojos en la carretera”, logré decir, sintiendo cómo su mirada se deslizaba de la calle a mis labios con una lentitud devastadora.

“Si me detengo, Ari”, confesó, y el aire se volvió denso y dulce, “no será por perder el control.

Será porque lo elegí”.

Y supe, en ese instante, que la historia había comenzado…

Ella había escrito sobre nosotros.

Sobre todo.

Levanté la vista para mirarla.

Estaba hundida en el borde de la cama, con la cara escondida entre las manos.

—ay Dios!!—murmuró, su voz apagada por sus palmas.—Es una tontería, lo sé.

Es solo que…

no quería olvidar nada.

Ni un solo detalle.

Y empecé a escribirlo y…

no he podido parar.

Me acerqué a ella y me arrodillé frente a sus pies, apartándole las manos suavemente de la cara.

Sus ojos brillaban, llenos de lágrimas de vergüenza.

—¿Estás escribiendo un libro?—pregunté, sin poder disimular la absoluta admiración en mi voz.—Sobre…

nosotros.

Ella asintió, mirando hacia otro lado.

—Es una historia de romance.

Sobre una chica que conoce a un chico y…

y todo se acelera.

Se llama Aria y Héctor.

Es cursi, lo sé.

—No—dije con firmeza, tomándole la cara entre mis manos para que me mirara.—No es cursi.

Es lo más increíble que he visto en mi vida.

¿”Donde el Mar Nos Llevó”?

—El juego,es..una metáfora—explicó en un susurro.—Fue ahí donde…

donde supe que esto era real.

Una oleada de una emoción tan intensa que casi me dobló por la mitad me recorrió.

Ella no solo estaba viviendo nuestra historia.

La estaba atesorando, convirtiendo cada momento, cada tacto, cada palabra, en algo permanente.

En arte.

—¿Y la dedicatoria?—pregunté, mi pulgar acariciando su mejilla.—¿Para H?

Ella por fin me miró a los ojos, y su vergüenza empezó a ceder ante la ternura.

—No podía poner “Para Harry, el chico que me folló como una puta en un escritorio y luego me dijo que me amaba”.

No quedaba muy bien en la página.

Una carcajada, profunda y real, me brotó del pecho.

La atraje hacia mí y la abracé con fuerza, enterrando la cara en su cuello.

—Eres increíble—susurré contra su piel.—Absolutamente increíble.

Tienes que terminarlo.

Tienes que dejar que lo lea.

Todo.

—¿De verdad?—preguntó, su voz llena de esperanza y alivio.

—De verdad—afirmé, separándome solo lo suficiente para besarla.

Era un beso lento, profundo, lleno de todo el asombro y el amor que sentía en ese momento.—Pero una condición.

—¿Cuál?

—Que el final sea feliz—dije, rozando sus labios con los míos.—Tienes que prometerme que Aria y Héctor terminan juntos.

Ella sonrió, una sonrisa amplia y verdadera que por fin disipó las últimas sombras de la vergüenza.

—Te lo prometo—susurró.—Porque es la única manera en que sé escribir nuestro final.

Y supe, en ese momento, que no solo estaba enamorado de la chica valiente y apasionada que había conocido en un aula.

Estaba enamorado de la artista, de la soñadora, de la narradora que guardaba nuestro amor en palabras para que durara para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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