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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 32

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32: Capítulo 32 32: Capítulo 32 El motor del coche ronroneaba con una constancia que no lograba calmar el torbellino dentro de mí.

Había dejado la casa de Abby hacía media hora, pero yo seguía ahí, paralizado al volante, con el aroma de su perfume aún pegado a mi ropa y el eco de sus palabras grabado a fuego en la mente.

“Donde el Mar Nos Llevó”.

Ella estaba escribiendo nuestro futuro en páginas, asegurándolo con tinta.

Y yo…

yo solo podía pensar en lo frágil que era todo.

¿Qué sabía yo de construir algo que durara?

Mi modelo de vida era un álbum de fotos de lugares a los que nunca se volvía.

Mis padres,me habían enseñado que el amor era una serie de postales hermosas pero distantes.

Y ahora, con mi graduación de prepa a la vuelta de la esquina, la promesa vacía más grande se cernía sobre mí como una nube negra.

—Harry, hijo, es una oportunidad única.

El festival de los faroles en Noruega…

es ahora o nunca.— La voz de mi padre, práctica, firme, en la videollamada de hace unos meses  —Mi graduación también es ‘ahora o nunca’.—”Había contestado, intentando que mi voz no delatara el nudo en la garganta.

—Tu padre tiene razón, cariño,—añadió mi madre, su voz dulce sonando forzada a través de la mala conexión.

—Esto paga las cuentas.

Te lo compensamos.

Iremos a tu fiesta de graduación de la universidad, lo prometemos.

Un consuelo patético para un hito que solo pasa una vez.Abby merecía más que el hijo de unos fantasmas, un chico que a los 19 años ya sabía que no podía contar con sus propios padres para lo importante.

Con un suspiro que parecía salir de lo más profundo, arranqué y puse rumbo a mí casa.

la casa donde yo vivía, pero que nunca sentí del todo mía cuando ellos no estaban.

Al doblar la esquina, el corazón me dio un vuelco.

La luz del porche estaba encendida.

Y no era la tenue luz automática.

Era la luz principal, la que solo se encendía cuando alguien estaba allí.

Aparqué con un chirrido brusco.

Subí los escalones del porche de dos en dos, una sensación de irrealidad invadiéndome.

Introduje mi llave en la cerradura, pero giró sin resistencia.

Ya estaba abierta.

Empujé la puerta, y la escena se congeló.

Ahí estaban.

Mis padres.

No en una foto o una pantalla, sino de carne y hueso, ocupando el espacio pulcro y ordenado de su salón, que yo trataba de sentir como mío.

Clara, con un chal colorido, desempacando una botella de vino de una maleta llena de ropa.

Y Ben, mi padre, de pie frente a la repisa de la chimenea, observando el único marco que yo me había atrevido a colocar: una foto de Abby y yo en la feria.

El mundo se detuvo.

—¿Qué hacen aquí?

—logré decir.

Mi voz sonó áspera, cargada de la furia de la videollamada aún fresca.

Mi madre se sobresaltó.

—¡Harry!¡Cariño, qué bueno verte!—Avanzó para abrazarme, pero mi postura, clavada en el umbral, la detuvo.

Mi padre se giró.

Su mirada, ese escáner implacable, me recorrió de arriba abajo.

—Es nuestra casa,¿no?

—preguntó, y su tono, aunque calmado, tenía ese filo de desafío que siempre encendía mi sangre.

—¿Ah, sí?

—espeté, cerrando la puerta de un golpe—.

Había olvidado.

Con lo poco que están, a veces pienso que me la regalaron.

¿Se les cayó el pasaporte?

¿Perdieron el vuelo?

—Harry, por favor —suplicó mi madre, su dulzura sonando ahora a agonía—.Queríamos sorprenderte.

—¡Y vaya si lo han logrado!

—soltó una risa corta y amarga—.

La última sorpresa fue que no vendrán a mi graduación.

¿Cambiaron de idea?

¿Resulta que el festival de los faroles no era tan “único” después de todo?

—Basta —la voz de mi padre cortó el aire—.

Ya es suficiente.

—¡No, no es suficiente!

—grité, dando un paso al frente.

Todo el resentimiento hervía—.

¿Saben lo que es esto?

Es mi vida.

Mi puta graduación.

Y ustedes eligieron unos faroles de mierda.

Como siempre eligen todo antes que a mí.

El silencio fue brutal.

Mi madre palideció.

Mi padre apretó los puños, pero no dijo nada.

Por primera vez, vi cómo mi palabras, crudas y verdaderas, encontraban su blanco.

Fue mi madre quien rompió el silencio, su voz era un hilo tembloroso.

—No dormimos en tres días—confesó, mirándome con unos ojos llenos de culpa y agotamiento—.

Tomamos cinco vuelos, cancelamos la sesión en Noruega…

Tu padre…

tu padre le gritó a un productor de la National Geographic, Harry.

Lo arriesgó todo.

Por esto.

Señaló el suelo, como si “esto” fuera el lugar sagrado.

—Tu madre exagera —murmuró mi padre, pero no lo negó.

Se pasó una mano por el rostro, y de repente parecía mayor, mortal—.

Pero…

tenías razón.

En la videollamada.

Era una mala decisión.

La admisión, tan seca y poco característica, me dejó sin aire.

No era un “lo siento”, pero era lo más cerca que había estado de uno en años.

—No…

no entiendo —tartamudeé, la rabia empezando a ceder ante una oleada de confusión—.

¿Por qué?

¿Por qué ahora?

Mi padre me miró directamente, y por primera vez no vi al fotógrafo distante, sino a un hombre cansado.

—Porque nos estamos perdiendo lo importante—dijo, su voz grave—.

Y tu madre…

y yo…

no queremos convertirnos en los extraños que te pagan la universidad.

Queremos…

—hizo una pausa, buscando la palabra como si fuera un objeto extraño— …estar aquí.

Los miré, a los dos.

Parados en el salón de su casa, que de pronto parecía diferente.

No era solo un refugio temporal para mí.

Era el lugar al que, contra todo pronóstico, habían vuelto.

El muro de resentimiento no se derrumbó, pero una piedra fundamental se desprendió.

No era perdón.

Aún no.

Era el reconocimiento de un esfuerzo, de un cambio de rumbo forzado por mi dolor.

—La graduación es el veintidós —dije finalmente, mi voz apenas un susurro.

Mi madre asintió, una sonrisa pequeña y temblorosa asomando a sus labios.

—Lo sabemos,cariño.

Y vamos a estar en primera fila.

Los dos.

Era una promesa.

Frágil, como un jirón de nube, pero era una promesa.

El silencio que siguió a la promesa de mis padres era pesado, cargado de cosas no dichas y de una tregua frágil.

Los miré, a los dos, parados ahí como extraños en su propio salón, y sentí que las paredes se cerraban a mi alrededor.

Necesitaba aire.

Necesitaba…

salir de ahí.

—Bien —dije, la palabra sonando cortante y final.Sin darles tiempo a responder,di media vuelta, agarré las llaves del coche del perchero y salí, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio de la noche.

No encendí el radio.

Solo conduje, dejando que el zumbido del motor y el paisaje nocturno lavaran el caos de mi cabeza.

No sabía adónde ir, pero mis manos giraron el volante por inercia, tomando el camino familiar hacia la casa de Logan.

Aparqué en la acera de enfrente y subí los escalones de su porche de dos en dos.

Toqué la puerta con los nudillos, una serie de golpes rápidos que delataban mi estado.

La puerta se abrió y apareció Logan, con un buzo holgado, un control de videojuegos en una mano y una bolsa de papas en la otra.

—¿Harry?Hermano, ¿qué pasó?

Pareces que has visto un fantasma.

—Algo así —murmuré, pasando a su lado y dirigiéndome directamente a su sala, un territorio conocido de ropa tirada, posters de videojuegos y pizza fría.

Me dejé caer en el sofá,hundiendo la cara en las manos.

—Habla —dijo Logan, dejando caer el control y sentándose frente a mí en la butaca—.

¿Problemas con Abby?

—Ojalá —solté una risa amarga—.

No.

Son ellos.

Mis padres.

Logan puso los ojos en blanco.

—Ah, los aventureros.

¿Qué hicieron esta vez?

¿Te mandaron una postal desde el espacio?

—Peor.

Aparecieron.

Están en la casa.

Mi amigo se quedó boquiabierto.

—¿En serio?

¿Los grandes viajeros, los fantasmas de Harry, bajaron del Olimpo?

¿Y?

—Y…

tuvimos una discusión.

De las grandes.

Les eché en cara lo de la graduación, les dije todo…

—Respiré hondo—.

Al final dijeron que cancelaron un trabajo importante para venir.

Que van a ir a la graduación.

Logan silbó, impresionado.

—Caray.

Eso sí que es un plot twist.

¿Y tú qué hiciste?

¿Los abrazaste y vivieron felices para siempre?

—Me fui.

No podía estar ahí.

Siento que…

no sé.

Es demasiado.

—Levanté la vista hacia él—.

¿Tengo derecho a estar así de enfadado, Logan?

Después de que hicieron ese esfuerzo.

—Hermano —dijo Logan, con una seriedad inusual—.

Tienes derecho a sentir lo que sea.

Ellos se perdieron años, no solo una graduación.

Que ahora intenten enmendarlo está bien, pero no borra el pasado.

Tómate tu tiempo.

Sus palabras fueron un bálsamo.

Logan siempre lo entendía.

Era el hermano que elegí.

—Gracias —dije, sintiendo cómo la tensión en mis hombros disminuía un poco.

—De nada.

Ahora, ¿quieres hablar de eso o quieres que te destroce en el ‘Super Smash Bros.’ para que olvides tus penas?

Una sonrisa genuina se asomó a mis labios por primera vez en horas.

—La segunda opción, definitivamente.

Durante la siguiente hora, nos sumergimos en el caos pixelado de los videojuegos.

Los golpes virtuales y los gritos de Logan cada vez que le tiraba del escenario eran la terapia perfecta.

Entre round y round, le hablé de Abby, de lo increíble que era, de su libro.

—Suena a que es la indicada, hombre —dijo Logan, esquivando un ataque—.

Me alegra por ti.

En serio.

—Lo es —asentí, con una certeza que calmaba la tormenta interior—.

Estar con ella es…

fácil.

Como llegar a casa.

—Hablando de eso…

—Logan pausó el juego—.

En la casa de Jake, el sábado, hay fiesta.

Tienes que ir.

Puse los ojos en blanco.

—No sé, Logan.

La verdad, solo quiero pasar el fin de semana con Abby.

Relajarme.

—¡Ah, claro!

—exclamó, lanzándome una almohada del sofá—.

¡Ya me tienes olvidado por la novia nueva!

Desde que estás con ella, eres un fantasma.

Y ni siquiera me la has presentado formalmente, ¿qué clase de mejor amigo eres?

—Es que…

—No hay excusas —cortó, señalándome con el control—.

Vas a ir a la fiesta.

Te vas a desahogar, vas a tomar algo que no sea café, y vas a presentarme a esta chica que te tiene hechizado.

Es una orden.

Lo miré.

Su expresión era de mock indignación, pero sabía que tenía razón.

Me había encerrado tanto en mi mundo con Abby y en mis problemas con mis padres, que había descuidado a mi amigo.

Y una parte de mí, la que aún guardaba la rabia de la discusión, quería descomprimir, quería ser solo un chico de 19 años por una noche.

—Está bien —suspiré, rendido—.

Iremos.

Abby y yo.

—¡Eso es!

—Logan sonrió, satisfecho, y despausó el juego—.

Ahora prepárate para perder, novato.

Y que quede claro, en la fiesta, le contaré a Abby todas tus vergüenzas de la infancia.

—Ni se te ocurra —dije, riendo, y por primera vez en toda la noche, la risa me salió real.

Tal vez Logan tenía razón.

Tal vez una noche de ruido, música y la compañía de mis dos personas favoritas era exactamente lo que necesitaba para dejar de pensar en fantasmas que, por fin, habían decidido volver a casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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