Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 34
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34: Capítulo 34 34: Capítulo 34 La luz de la lámpara sobre la mesa de comedor era demasiado brillante, iluminando sin piedad los espacios vacíos entre nosotros.
El sonido de los cubiertos chocando contra los platos era el único diálogo, un metrónomo incómodo que marcaba el silencio.
La lasaña, aunque sabrosa, sabía a culpa y a años de cenas frías.
Mi madre fue la primera en romper el hielo, con la delicadeza de alguien pisando cristales rotos.
—Entonces, Harry…
¿cómo está Logan?—preguntó, forzando un tono ligero.
—Hace…
uh, hace siglos que no lo veo por aquí.
La mención de mi mejor amigo en esta mesa, en este nuevo contexto, me resultó extraña.
—Está bien,— respondí, cortante.
Pero luego, recordando la promesa de presentárselo a Abby, añadí: —Sigue siendo mi mejor amigo.
Mandó sus solicitudes para la Escuela de Arte de Savanna.
Parece que le fue bien.
—¡Oh, qué bien!—La voz de mi madre sonó demasiado alta, demasiado aliviada por tener un hilo del que tirar.
—Y tú…
¿cómo te va en la galería?
¿Has creado algo nuevo?
Mis padres sabían que pintaba, era el secreto a voces que nunca discutíamos.
Que lo supiera y que lo mencionara era un territorio nuevo.
—Sí,—asentí, un poco menos a la defensiva.—Tres piezas nuevas.
Se expusieron la semana pasada.
De forma anónima, como siempre.
—Eso es…
maravilloso, hijo,—dijo ella, y esta vez su sonrisa fue un poco más genuina.
—Tu padre y yo…
nos encantaría verlas algún día, si tú quieres.
Desde el otro lado de la mesa, mi padre emitió un sonido gutural que podía ser una tos o un asentimiento.
Sus ojos estaban clavados en su plato como si las láminas de pasta contuvieran las respuestas a todos nuestros males.
El silencio volvió a caer, pero mi madre no se rindió.
Respiró hondo.
—Y…
¿hay alguien especial en tu vida, Harry?” La pregunta me pilló tan desprevenido que casi me atraganto.
Miré a mi madre.
Sus ojos brillaban con una curiosidad ansiosa.
Esta vez, no fue el resentimiento el que habló, sino esa parte de mí que quería compartir la felicidad que sentía, incluso con ellos.
—Sí,—dije, y no pude evitar que una esquina de mi boca se curvara ligeramente.
—Se llama Abby.
El efecto fue instantáneo.
El rostro de mi madre se iluminó como un faro.
—¿Abby?
¿Abby, la mejor amiga de Mara?
¿La niña que siempre venía a jugar con Mara cuando eran pequeños?
El recuerdo, tan lejano y dorado, me golpeó con fuerza.
—Sí.
Esa misma.
—¡Oh, Harry!—Mi madre llevó una mano al pecho, con los ojos húmedos.
—Era una preciosidad.
Tan dulce.
Me alegro tanto…
¡Felicidades, hijo!
Su alegría era tan palpable, tan desesperadamente sincera, que me desarmó.
Asentí, sintiendo un calor incómodo pero agradable en las mejillas.
—Gracias.
Fue entonces cuando mi madre lanzó una mirada elocuente y cargada a mi padre.
Una mirada que decía “ahora o nunca”.
Mi padre carraspeó, un sonido áspero que cortó el aire.
Dejó su tenedor a un lado con mano firme y, por primera vez en toda la cena, alzó la vista para mirarme directamente.
Sus ojos, tan serios como los recuerdo, tenían una pesadez nueva.
—Harry,—comenzó, su voz grave como una losa.
—Tu madre tiene razón.
Hizo una pausa, buscando las palabras con la misma torpeza con la que yo manejaba los pinceles al principio.
—Hemos…
he…
estado equivocado.—Las palabras sonaron forzadas, pero eran claras.
—Poner el trabajo por delante de ti no fue una decisión, fue un error.
Un error muy grande.
La habitación se quedó en silencio.
Podía oír el tictac del reloj de la cocina.
—Y no te he dicho lo más importante,—continuó, apretando los nudillos hasta blanquearlos.
—Que estoy orgulloso de ti.
De tu arte.
De el hombre en el que te estás convirtiendo.
A pesar de…
de nosotros.
No dijo “lo siento” directamente.
No era su estilo.
Pero “estoy orgulloso de ti” y “he estado equivocado” eran, en su boca, un mea culpa monumental.
Miré hacia otro lado, hacia la ventana oscura.
Un nudo grueso y caliente se formó en mi garganta.
No quería llorar.
No aquí, no ahora.
No podía perdonarlos, no todavía.
Demasiadas cenas en solitario, demasiados cumpleaños con regalos caros pero sin su presencia.
Pero sus palabras…
esa admisión dura y seca de un hombre que nunca admitía nada…
se colaron a través de las grietas de mi resentimiento.
No dije nada.
Solo asentí lentamente, mirando mi plato, incapaz de sostener su mirada.
El silencio que siguió ya no fue incómodo.
Fue pesado, lleno de cosas no dichas, de dolor y de un primer y frágil atisbo de esperanza.
Mi madre suspiró, una exhalación temblorosa de alivio.
Y mi padre, al ver que no me había levantado o le había gritado, volvió a coger su tenedor, su gesto un poco menos rígido.
Era un comienzo.
Solo un comienzo.
Pero esta vez, la lasaña ya no sabía a pasado.
Sabía a un presente complicado, doloroso, pero extrañamente vivo.
💔 La campanilla de la puerta de “The Daily Grind” sonó como un tintineo alegre.
El aire, denso y cálido, olía a grano recién molido y a vainilla.
Y allí, en el corazón del ajetreo, estaba ella.
Abby estaba tras la barra, su delantal ceñido a la cintura mientras estiraba el brazo para alcanzar un frasco de sirope en el estante alto.
La luz de la tarde se colaba por la ventana e iluminaba el contorno de su cuerpo, y por un momento, el mundo entero se redujo a la curva de su espalda y el suave movimiento de su coleta.
Me deslicé entre las mesas, silencioso como un suspiro, hasta quedar justo detrás de ella.
—Creo que esa botella te está ganando—murmuré cerca de su oreja.
Ella se giró, sobresaltada, y al verme, una sonrisa inmediata e incandescente iluminó su rostro.
—¡Harry!¿Qué haces aquí?
—Tenía antojo de algo dulce —dije, sosteniendo su mirada con una intención clara—.
Pero ahora que lo pienso, creo que el antojo era de la barista.
Un rubor delicioso tiñó sus mejillas.
—Eres un peligro—susurró, dándome la espalda para seguir con su trabajo, pero no sin antes lanzarme una mirada de reojo que me aceleró el pulso.
Me senté en un taburete de la barra, apoyando los codos en la madera pulida.
—¿Y si me pides tu número?—dije, fingiendo ser un cliente—.
Para… saber las promociones.
Ella rio, llenando el portacápsulas de la máquina de espresso.
—Las promociones las anunciamos en el pizarrón,y ya tienes mi número, Harry.
—Ah, cierto.
Entonces ¿me darías una sonrisa?
Es que la mía se me acaba de acabar —dije, haciendo una mueca exagerada.
Abby meneó la cabeza, pero no pudo contener otra risa.
—Eso ha sido tan cursi que casi me da un coma diabético.
—Soy todo azúcar para ti —respondí sin pestañear.
Ella se inclinó hacia mí sobre la barra, bajando la voz a un susurro que solo yo podía oír.
Su perfume a café y jazmín me envolvió.
—¿Y si te dijera que prefiero lo salado?
El comentario me tomó por sorpresa, enviando una descarga directa al estómago.
La miré, desafiante, con una sonrisa lenta.
—Cuidado,o voy a pensar que estás tratando de sazonar mi tarde.
—Quizá lo esté haciendo —dijo ella, mordisqueando suavemente su labio inferior.
La tensión entre nosotros era palpable, un hilo eléctrico que recorría la corta distancia de la barra.
El mundo a nuestro alrededor parecía difuminarse.
De pronto, Abby lanzó una mirada rápida al reloj de pared.
Las manecillas marcaban casi la hora.
—Mariela —llamó, dirigiéndose a su compañera, una chica de pelo rojo y sonrisa pícara que estaba limpiando la otra máquina—.
Voy a tomar mi descanso, ¿te parece?
Mariela la miró, luego me miró a mí con una ceja arqueada y una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Ah,claro.
Tu… descanso —dijo, alargando la palabra de forma sugerente—.
Veinte minutos, ¿no?
Asegúrate de… recargar energías.
—Hizo un guiño exagerado a Abby, que enrojeció al instante.
—Mariela, por favor —susurró Abby, mirando al mostrador con fingido interés.
—¿Qué?
—protestó Mariela, limpiando un vaso con un trapo—.
Solo digo que si vas a descansar, que sea productivo.
Harry, cuida de nuestra Abby, que se le puede ir la fuerza en las piernas con tanto… trabajo.
Abby cerró los ojos, aparentemente deseando que la tierra se la tragara.
Yo no pude evitar reír, sintiendo el calor también en mi nuca.
—No te preocupes, Mariela —dije, jugando al juego—.
Me aseguraré de que… descanse adecuadamente.
Mariela soltó una carcajada, y Abby, escarlata, salió casi corriendo de detrás de la barra, agarrándome de la mano.
—Vámonos de aquí—murmuró, tirando de mí hacia la puerta trasera que conducía a la pequeña área de descanso del personal.
Al cruzar la puerta, el ruido de la cafetería se amortiguó.
El cuarto era pequeño, con un sofá viejo y una mesa con revistas.
En cuanto la puerta se cerró, Abby se apoyó en ella, mirándome con una mezcla de exasperación y diversión.
—Eres insufrible —dijo, pero su sonrisa decía lo contrario.
—Tú empezaste —recordé, acercándome y colocando una mano en la pared, a un lado de su cabeza—.
Diciendo que preferías lo salado.
Eso, señorita, fue una declaración de guerra.
Ella alzó la barbilla, desafiante.
—¿Y qué piensas hacer al respecto?
—Oh, creo que ya lo sabes —susurré, acercando mi rostro al suyo, hasta que su aliento, que olía a caramelo y café, se mezcló con el mío.
Fuera, se oyó el golpe sordo de Mariela fingiendo toser contra la puerta, seguido de su voz cantarina: —¡Recuerden,chicos, la puerta no tiene cerrojo!
Abby enterró su rostro en mi hombro, riendo sin poder evitarlo, y yo la abracé, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía contra el mío.
Los veinte minutos de descanso prometían ser los más dulces —y picantes— del día.
El zumbido de la cafetería se convirtió en un murmullo lejano tras la pesada puerta del cuarto de descanso.
El aire olía a café viejo y limpiador.
Abby se dejó caer en el sofá gastado, y yo me senté a su lado, nuestro encuentro picante momentáneamente suspendido por una calma íntima.
—Tu fan número uno, Mariela, no nos perderá de vista —dije, inclinándome para dejar un beso suave en su hombro.
Ella sonrió, jugueteando con los dedos de mi mano.
—Es que le da material para sus fantasías románticas.
Somos su telenovela personal.
—¿Y qué episodio somos hoy?—pregunté, recostándome contra el sofá y mirándola.
Su presencia era un bálsamo después de la intensidad de la cena con mis padres.
—Uno donde el galán pierde la compostura por la dama —dijo ella, deslizándose para recostar su cabeza en mi hombro.
—Eso pasa todos los días —susurré, enterrando mi nariz en su cabello.
Un silencio cómodo se instaló entre nosotros, solo roto por el leve tictac de un reloj en la pared.
—En serio, ¿cómo estás?
—preguntó Abby después de un momento, su voz más seria—.
Ayer…
después de lo de tus padres, no hablamos mucho.
La mención directa lo trajo todo de vuelta.
La lasaña, el silencio, la voz grave de mi padre diciendo “estoy orgulloso de ti”.
Un nudo familiar se formó en mi garganta.
—Fue…
raro —admití, mirando al frente, hacia la pared desnuda—.
Incómodo.
Mi mamá intentando tanto que duele, preguntando por Logan, por mis cuadros…
por ti.
—¿Por mí?
—Abby se incorporó un poco para verme la cara.
Un esbozo de sonrisa asomó en mis labios.
—Sí.
Se emocionó como una niña cuando le dije que salía contigo.
Dijo que eras una preciosidad, que le gustabas desde que éramos pequeños.
—Eso es dulce —murmuró ella, acariciándome el brazo.
—Y luego…
mi padre —continué, y noté cómo mi voz se quebraba ligeramente.
Respiré hondo—.
Él…
habló.
Dijo que había estado equivocado.
Que…
que estaba orgulloso de mí.
Las palabras, al repetirlas en voz alta, adquirieron un peso abrumador.
Años de silencio, de sentirse invisible, de rabia contenida, chocaron contra ese simple y tardío reconocimiento.
Un calor incómodo me subió por la nuca y presionó detrás de mis ojos.
Parpadeé rápido, mirando hacia el techo.
—Harry…
—susurró Abby, su voz suave como un paño sobre una herida.
—No sé por qué me afecta tanto —logré decir, con una voz que no reconocía como mía, gruesa por la emoción—.
Después de todo este tiempo…
después de todo lo que no estuvieron…
¿por qué sus palabras importan?
Una lágrima, traicionera y caliente, se escapó y rodó por mi mejilla.
La sequé con rabia, avergonzado.
Pero Abby no me juzgó.
Solo se acercó más, envolviéndome en sus brazos, y me guió para que descansara la frente en su hombro.
Allí, en la penumbra de esa habitación llena de olores ajenos, me permití temblar.
Ella no dijo nada, solo me acarició el pelo y me sostuvo, dejando que la tormenta de sentimientos contradictorios pasara.
—Lo siento —murmuré al fin, cuando pude recuperar el aliento.
—No tienes nada que disculpar —respondió ella, con una firmeza tranquilizadora—.
Son tus padres.
Duele porque importan.
Es normal sentirse así, es…
humano.
Yo te apoyo en lo que decidas, Harry.
Si quieres darles una oportunidad, o si necesitas tiempo.
Estoy aquí.
Sus palabras eran un ancla en medio del caos.
Me incorporé, limpiándome los ojos con el dorso de la mano, y le di un beso suave y agradecido en los labios.
—¿Y tú?
—pregunté, recordando su expresión sombría del día anterior—.
¿Qué pasó con lo de tu papá?
El rostro de Abby se nubló al instante.
La dulzura con la que me había consolado se transformó en una amargura resignada.
—Es un patrón, ¿sabes?
—dijo, con un dejo de ironía—.
El apareció ayer.
Con su nueva vida perfecta, sus nuevas hijas y su nueva esposa.Dice que quiere ‘unir a la familia’, que quiere que conozca a mis…
hermanas.
La palabra sonó áspera y falsa en su boca.
—Después de años sin responder a sus llamadas pensaba que lo había entendido Pero no…
ahora quiere que actúe como la hija mayor feliz —continuó, y pude ver el resentimiento ardiendo en sus ojos—.
Y lo peor es que mi mamá le está dando cuerda.
Dice que ‘debo ser la adulta’, que ‘la sangre es más espesa’.
Pero a mí, su sangre me sabe a sal y vinagre, Harry.
A rencor.
La escuché, y por un momento, nuestras historias, aunque diferentes, se reflejaron la una en la otra.
Dos hijos, heridos por las elecciones de sus padres, tratando de navegar el doloroso y confuso camino del perdón y los límites.
—No tienes que hacer nada que no quieras, Abby —dije, tomando su mano con fuerza—.
Tú decides.
Y pase lo que pase, yo también estoy aquí para ti.
Ella entrelazó sus dedos con los míos, y un silencio comprensivo se instaló entre nosotros.
No había respuestas fáciles, ni para ella ni para mí.
Pero en medio de ese desorden familiar, teníamos el uno al otro.
Y en ese momento, en el sofá viejo de un cuarto de descanso, con las risas de Mariela filtrándose por la puerta, eso era el mundo entero.
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