Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 35
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35: Capítulo 35 35: Capítulo 35 El aire en el jardín trasero de la casa de Liam era más fresco, cargado con el aroma del césped recién cortado y el dulce olor del ponche que alguien había preparado en una fuente enorme.
Harry me había guiado aquí, lejos del epicentro de la fiesta, hacia un rincón semioculto por un arbusto de buganvillas.
—Necesitaba un segundo a solas contigo —susurró, sus dedos entrelazándose con los míos mientras nos apoyábamos contra la pared de la casa.
La música era un latido distante aquí, y la luz de la luna pintaba su rostro de plateado.
Mi corazón latía con un ritmo acelerado y feliz.
—¿Oh, sí?
¿Y por qué?
—pregunté, jugando a hacerme la tonta, sabiendo muy bien el efecto que tenía su cercanía.
—Por esto —murmuró, y se inclinó para besarme.
No fue un beso apresurado.
Fue lento, deliberado, como si estuviera saboreando el momento.
Sus labios eran suaves y sabían a la bebida de cereza que había probado antes.
Una de sus manos soltó la mía para acariciar mi mejilla, y un escalofrío me recorrió la espalda.
Por un momento, todo lo demás—la música, la gente, los problemas—se desvaneció.
Solo existíamos nosotros dos en nuestra burbuja privada.
Cuando nos separamos, ambos estábamos un poco sin aliento.
Él apoyó su frente contra la mía, y sus ojos, tan serios y profundos, me miraban con una adoración que todavía me hacía sentir mariposas.
—Eres increíble, ¿lo sabes?
—dijo, su voz un poco ronca.
—Tú me vuelves increíble —respondí en un susurro.
Sonrió, ese gesto tímido que transformaba por completo su rostro.
Me dio un beso más rápido, suave como el aleteo de un pájaro, antes de tomarme de la mano de nuevo.
—Vamos, antes de que tus amigas envíen un equipo de búsqueda —dijo, guiándome de vuelta hacia el bullicio.
Encontramos a Cam, Mara y Lía en el porche, formando su propio pequeño círculo de chismes y risas.
Lía nos vio primero y nos saludó con la mano.
—¡Ahí están los tortolitos!
—cantó Cam, con una sonrisa pícara—.
¿Andaban de románticos por ahí?
Harry se rió, incómodo pero divertido.
—Solo tomando un poco de aire.
—Sí, sí, “aire” —dijo Mara, haciendo comillas en el aire—.
Se te ha despeinado el pelo, Abby.
Me toqué el cabello instintivamente, lo que solo hizo reír más a las tres.
Harry me dio un suave apretón en la mano.
—Oye, Abby, voy a buscar a James —me dijo, refiriéndose a su amigo del equipo de debate—.
Dijo que vendría y quiero ver si ya llegó.
¿Te molesta si te dejo con las chicas un rato?
—Claro que no —respondí, sintiendo un pequeño pinchazo de decepción que era rápidamente reemplazado por la anticipación de un rato con mis amigas—.
Ve.
No te pierdas.
Me dio un beso rápido en la mejilla—lo suficiente para que mis amigas soltaran un coro de “oooh”—y se perdió entre la multitud.
En cuanto se fue, las tres se abalanzaron sobre mí.
—Bueno, ¡cuéntanos!
—exigió Lía, sus ojos brillando—.
¿Cómo va todo con el príncipe Harry?
Porque por la mirada que acaba de darte, diría que muy bien.
Me ruboricé, incapaz de contener una sonrisa enorme.
—Va… increíble.
En serio.
—¿Y?
¿Ya dijo la ‘A’ palabra?
—preguntó Cam, bajando la voz como si fuera un secreto de estado.
—¡Cam!
—protesté, riendo.
—¡Es una pregunta válida!
—intervino Mara—.
Con lo reservado que es, debe de ser como sacarle una palabra a una piedra.
—No es así —defendí a mi novio—.
Es dulce.
Lo dice a su manera.
Con gestos.
—Uy, sí, con ‘gestos’ —bromeó Cam, moviendo las cejas—.
Esos los hemos visto desde el jardín.
Les lancé una mirada de falsa exasperación, pero estaba demasiado feliz para fingir en serio.
—Chicas, por favor.
Es… es perfecto.
Sus burlas se suavizaron en sonrisas genuinas.
—Nos alegra mucho, Abby —dijo Lía, poniendo un brazo sobre mis hombros—.
Se merece alguien como tú.
—Y tú te mereces a alguien que te mire como si hubieras inventado la luna —añadió Mara con un suspiro dramático.
Nos reímos, y por un rato, solo fuimos cuatro amigas en una fiesta, hablando de chicos, de música y de lo que haríamos el fin de semana siguiente.
El mundo era simple, la noche era joven, y yo era feliz.
Muy, muy feliz.
El aire en el porche se estaba volviendo frío, pero nosotras estábamos ardiendo con la energía de nuestras risas y conversaciones.
De la nada, Lía sacó de su mochila una botella de cerveza rubia, ya abierta.
—¿Alguien quiere?
—preguntó, moviéndola tentadoramente.
Cam no lo pensó dos veces.
—¡Claro!
Pasa eso.
—Yo le entro —dijo Mara, y todas miraron hacia mí.
Normalmente sería más cautelosa, pero la noche, la liberación de la semana, la felicidad de estar con Harry… me hizo sentir valiente.
—¿Por qué no?
—asentí.
La botella pasó de mano en mano, cada una tomando un sorgo largo y frío.
El líquido amargo burbujeó en mi garganta, no del todo desagradable, sintiéndose como una parte más de la travesura de la noche.
La música desde el interior de la casa cambió; una canción pop pegajosa y llena de energía que conocíamos desde la secundaria sonó a todo volumen.
—¡Esta es nuestra canción!
—gritó Cam, tirando de mi brazo—.
¡A bailar, ya!
No hizo falta que lo dijera dos veces.
Las cuatro dejamos nuestros vasos y nos abrimos paso entre la gente hacia el corazón de la fiesta, la sala de estar que ahora era una pista de baile improvisada.
Al principio, fue una locura.
Girábamos sin coordinación, cantábamos a gritos las letras que apenas recordábamos, riéndonos sin aliento cuando chocábamos.
Éramos un torbellino de cuatro, libres y despreocupadas.
El DJ bajó los graves y puso una canción de reguetón con un ritmo lento, hipnótico, que era como un latido primal.
El aire en la sala se espesó al instante.
Las luces se tornaron de un rojo profundo, barriendo la multitud como miradas lánguidas.
—Ooooh, esta sí —murmuró Cam a mi lado, y su sonrisa se volvió un desafío.
La locura desenfrenada de antes se evaporó.
Ahora éramos cuatro piezas de una misma máquina.
Mara se colocó frente a mí, su espalda contra mi pecho, y comenzó a mover sus caderas en un círculo lento y perfecto, siguiendo el bombo.
Yo puse mis manos en su cintura, no para guiarla, sino para seguir su ritmo, sintiendo la música a través de su cuerpo.
—Así, mamacita —le susurró Lía a Cam, que comenzaba a moverse con una confianza que hacía que la gente apartara la vista para mirarla.
No estábamos bailando para los chicos que observaban desde las sombras con sonrisas tontas.
Esto era para nosotras.
Un lenguaje secreto de miradas y sonrisas.
—¿Te estás escondiendo, Abby?
—me provocó Mara, girando la cabeza para mirarme por encima del hombro, su rostro brillante bajo la luz roja.
—Para nada —respondí, y dejé que mi cabeza cayera hacia atrás, sintiendo cómo mi cabello rozaba mi espalda.
Dejé que las caderas tomaran el control, dibujando ochos en el aire cargado.
Un movimiento fluido, sin prisas, solo pura sensación.
—¡Eso!
—aplaudió Cam, sincronizándose conmigo, nuestros cuerpos reflejándose el uno al otro en un espejo imaginario—.
¡Ahí está esa reina!
La gente a nuestro alrededor formó un círculo implícito.
Sentíamos sus miradas como un calor físico, pero en lugar de cohibirnos, nos alimentaba.
Lía se acercó por detrás de Cam, poniéndole las manos en los hombros y moviéndose con ella en perfecta sincronía.
—Nos están grabando con la mente, estoy segura —dijo Lía en voz baja, una risa burbujeando en su voz.
—Que lo disfruten —respondió Cam, sin perder el compás—.
Es el espectáculo más gratis que van a tener en su vida.
Mara se giró completamente para enfrentarme, y el baile se volvió un duelo juguetón.
Ella hacía un movimiento, yo lo respondía con otro.
Nos reíamos entre dientes, sudorosas, poderosas.
La música era una serpiente que se enroscaba alrededor de nosotros, guiando cada contoneo, cada sacudida de hombros.
—¡Uy, cuidado con el fuego, Abby!
—bromeó Mara cuando me acerqué con un movimiento más marcado.
—Tú lo pediste —contesté, girando y bajando en una onda que hizo que mis amigas soltaran gritos de aprobación.
Era pura complicidad.
Un momento de hermandad absoluta donde éramos las únicas que existíamos.
Las miradas de admiración—y de deseo—de los demás solo eran el decorado de nuestro propio escenario privado.
Cuando la canción terminó con un último redoble, las cuatro nos derrumbamos juntas, riendo sin aliento, apoyándonos la una en la otra para no caer, nuestras frentes tocándose.
Estábamos agotadas, embriagadas de música, de baile y de nuestra propia amistad irrompible
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