Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 36
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36: Capítulo 36 36: Capítulo 36 El último eco del bajo se fundió con los latidos de mi corazón, acelerados y fuertes en mis oídos.
Las cuatro nos separamos, jadeantes y cubiertas de un brillo sudoroso, nuestras risas mezcladas con el zumbido de la música que bajaba de intensidad.
—¡Necesito un trago!
—declaró Cam, ahuecándose la cara con la mano—.
¡O dos!
¡Eso nos quitó hasta el alma!
Asentimos, todas de acuerdo.
El baile nos había dejado con la garganta seca y una sed feroz.
Nos abrimos camino entre los cuerpos pegajosos hacia la cocina, que estaba tan abarrotada como la pista, pero por razones diferentes.
En la mesa de la cocina, alguien había montado un improvisado bar de chupitos con botellas de licores de colores brillantes.
—¿Qué tal unos?
—gritó Lía, señalando hacia los vasitos alineados.
—¡Sí!
—gritamos en coro, la euforia del baile aún latiendo en nosotras.
Un chico de pelo teñido nos sirió cuatro chupitos de un líquido azul eléctrico que olía a dulce artificial y alcohol puro.
—¡Por nosotras!
—dijo Mara, alzando el suyo.
—¡Por las reinas de la pista!
—agregó Cam.
Chocamos los vasitos y nos los tomamos de un golpe.
El líquido ardió de manera dulce y desagradable al bajar, pero la sensación inmediata de calor que se expandió por mi pecho fue intensa.
Un segundo después, el mundo dio un leve y alegre tambaleo.
Parpadeé, tratando de enfocar.
—Otro round —pidió Lía, y antes de que pudiera protestar, otro vasito azul apareció en mi mano.
Esta vez, el trago ya no ardió, solo se deslizó.
La borrachera que había estado merodeando en los bordes de mi conciencia durante el baile se instaló cómodamente, nublando los sonidos y suavizando los bordes de las cosas.
Me reí de algo que dijo Mara, aunque ni siquiera estaba segura de qué era.
Todo era gracioso.
Todo era brillante.
Pero en medio de la risa, un pensamiento empezó a flotar en mi mente, persistente como un zumbido: Harry.
Había pasado más de una hora.
¿Dónde estaba?
Miré hacia la puerta de la cocina, hacia el mar de gente en la sala, esperando ver su figura alta y tranquila buscándome con la mirada.
No estaba.
—Oigan —dije, y mi voz sonó un poco más lenta de lo normal—.
¿Han visto a Harry?
Cam se encogió de hombros, distraída con un bowl de papas fritas.
—No desde que se fue a buscar a su amigo.
—Tal vez se perdió en el jardín —sugirió Lía con una sonrisa pícara.
Pero a mí no me daba risa.
Un pequeño nudo de ansiedad se formó en mi estómago, mezclándose desagradablemente con el alcohol.
Lo extrañaba.
Después de la intensidad del baile, de la complicidad con las chicas, quería esa sensación de calma que solo él me daba.
Quería su brazo alrededor de mis hombros, su voz baja en mi oído.
—Voy a buscarlo —anuncié, poniendo mi vasito vacío en la mesa.
—¿Qué?
¿Ya?
—protestó Mara—.
¡La fiesta apenas está buena!
—Sí, pero… quiero encontrarlo —dije, y el tono de mi voz debió delatar mi preocupación, porque sus sonrisas se suavizaron.
—Está bien, princesa —dijo Cam, dándome un empujón suave—.
Ve a buscar a tu príncipe.
Nosotras guardaremos tu lugar en la pista.
—No tardes —agregó Lía—.
¡O te mandamos a buscar a ti!
Les sonreí, agradecida.
—Enseguida vuelvo.
Me separé de ellas, sintiendo cómo el suelo parecía moverse ligeramente bajo mis pies.
La música y las risas ahora sonaban amortiguadas, como si estuviera dentro de una burbuja.
Mi misión era clara: encontrar a Harry.
Esquivé cuerpos, me colé entre grupos de gente que hablaba a gritos, mi mirada barriendo cada rincón de la sala, el pasillo, asomándome incluso al baño de abajo.
Nada.
La luz del jardín trasero brilló ante mí.
Tal vez Lía tenía razón.
Tal vez estaba fuera.
Con un suspiro que olía a alcohol azul, me dirigí tambaleante hacia la puerta trasera, decidida a encontrar al chico que, incluso en medio de una fiesta llena de gente, hacía que me sintiera como en casa.
El aire frío de la noche me golpeó la cara al salir al jardín, un contraste brusco con el calor sofocante del interior.
Respiré hondo, esperando que me despejara un poco la cabeza, pero el mundo siguió balanceándose suavemente.
Mis ojos, acostumbrados a la penumbra, escanearon el jardín.
Grupos de gente reían alrededor de una fogata improvisada, parejas se fundían en las sombras de los árboles…
pero no estaba Harry.
Mi corazón, ya acelerado por el alcohol y la ansiedad, empezó a latir con un poco de pánico.
¿Dónde se había metido?
Entonces lo vi.
Bajo la luz tenue de la terraza, estaba James, el mejor amigo de Harry, rodeado de unos chicos del equipo de debate, todos con cervezas en la mano.
Me acerqué, mis pasos un poco torpes.
—¡James!
—llamé, con un entusiasmo que sonó más borracho de lo que pretendía.
Él se giró y me sonrió al reconocerme.
—¡Abby!
¿Qué tal la fiesta?
—Bien, bien —dije, agarrando el poste de la terraza para mantener el equilibrio—.
Oye, ¿has visto a Harry?
Lo he buscado por todas partes.
La sonrisa de James se desvaneció un poco, cambiando a una expresión de leve preocupación.
—Sí, lo vi hace como media hora.
Subió al piso de arriba.
Dijo que necesitaba tomar un respiro, que…
que había recibido una llamada.
—¿Una llamada?
—pregunté, sintiendo un frío que no tenía que ver con la noche.
—Creo…
creo que era de su papá —dijo James, bajando la voz—.
No parecía muy contento cuando colgó.
Su papá.
La palabra resonó en mi mente como un campanazo.
Después de la cena, después de todo…
una llamada ahora no podía significar nada bueno.
La borrachera pareció esfumarse en un segundo, reemplazada por una urgencia clara y aguda.
—¿Arriba?
—pregunté, y James asintió.
Sin decir nada más, me giré y entré de nuevo en la casa, dirigiéndome directamente hacia las escaleras.
Subí los peldaños de dos en dos, mi corazón ahora martillándome en el pecho.
El piso de arriba estaba más oscuro, más silencioso, el sonido de la fiesta era solo un retumbo lejano.
El pasillo tenía varias puertas cerradas.
La primera que intenté estaba con seguro.
Golpeé suavemente.
—¿Harry?
No hubo respuesta.
Solo un suspiro exasperado desde dentro.
Pasé a la siguiente.
Esta vez, sin llamar, giré el picaporte.
La puerta cedió unos centímetros antes de topar con algo.
Un gemido ahogado y una risa sofocada me llegaron desde dentro.
Mis ojos se ajustaron a la penumbra y vi, entre sombras, dos figuras entrelazadas en la cama.
—¡Oh, Dios!
—murmuré, cerrando la puerta de golpe, con las mejillas ardiendo.
El tercer cuarto estaba vacío, solo había un montón de abrigos amontonados en una silla.
La cuarta puerta también estaba cerrada.
Con el pulso acelerado, apoyé la oreja contra la madera.
Nada.
Giré el picapote lentamente.
Esta vez, la puerta se abrió sin resistencia.
La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana.
Y allí, sentado en el borde de la cama, con la espalda hacia mí y la cabeza gacha, estaba Harry.
En su mano, aún apretando con fuerza, sostenía su teléfono, cuya pantalla estaba negra y agrietada, como si lo hubiera arrojado con furia contra algo.
La puerta cedió con un suave crujido, revelando la escena en toda su dolorosa intimidad.
La luz de la luna bañaba la habitación, y allí, en el borde de la cama, no estaba Harry solo.
Claire estaba sentada a su lado, su cuerpo girado hacia él, su mano posada en su espalda con una familiaridad que me detuvo en seco.
—…no entiendes, Claire.
Fue la cena, fue…
fue que por fin dijo las palabras, ¿sabes?
‘Estoy orgulloso’.
Y por un segundo idiota, lo creí.—La voz de Harry estaba quebrada, llena de una rabia amarga que nunca me había mostrado a mí.
—Lo sé, cariño.
Lo sé —murmuró Claire, y su voz era una caricia venenosa—.
Siempre te dije que eran promesas vacías.
Tu padre no va a cambiar.
—Y ahora esto —continuó Harry, pasándose una mano por el pelo con desesperación—.
Una llamada a las 9 de la noche de un sábado.
“Hijo, un problema con un cliente en Sídney.
Tengo que volar mañana.
No estaré para tu exposición de la próxima semana.”¡Como si ni siquiera se acordara!
¡Como si no le importara una mierda!
—Shhh, tranquilo —susurró ella, acercándose más—.
Tú no necesitas su aprobación.
Nunca la has necesitado.
Tienes un talento increíble.
Yo siempre lo he visto.
Siempre.
Mi corazón se encogió.
Él le estaba contando lo de la exposición.
Algo que pensaba qué era solo nuestro.
—¿Y qué importa eso, Claire?
—dijo Harry, con la voz cargada de una frustración que me partía el alma—.
¿Qué importa el talento si las personas que se supone que te aman ni siquiera se quedan para verlo?
—Yo me quedo, Harry —declaró ella, y su mano se deslizó de su espalda a su brazo, apretándolo—.
Yo siempre me he quedado.
A través de todo.
Abby…
ella es dulce, Harry, lo es.
Pero es una niña.
No puede entender esta…
esta oscuridad que a veces te come por dentro.
Nosotros…
nosotros nos entendemos.
Hemos pasado por el fuego juntos.
Él no respondió.
Solo bajó la cabeza, y su silencio me gritó más fuerte que cualquier palabra.
—¿Recuerdas después de la ruptura de mis padres?
—continuó Claire, su voz bajando a un susurro seductor—.
¿Quién estaba allí conmigo todas las noches?
¿Quién me escuchó llorar sin juzgarme?
Fuistes tú, tú estuvistes para mí todo ese tiempo y Yo estuve para ti en cada una de las peleas de tu familia.
Yo te conozco, Harry.
Te conozco de una manera que ella nunca podrá.
Y entonces, moviéndose con una lentitud que fue una tortura, Claire inclinó su rostro y acercó sus labios a los de él.
—Déjame estar aquí para ti otra vez.
Como antes.
Sus labios se encontraron.
Fue un beso suave, un roce lento y deliberado.
No fue un accidente.
Fue una reclamación.
Yo contuve el aliento, las lágrimas quemándome los ojos.
El mundo se redujo a esa imagen: mi novio, inmóvil, permitiendo que su ex novia lo besara mientras mi corazón se despedazaba.
Fueron quizás tres segundos.
Tres segundos eternos antes de que Harry reaccionara.
Se apartó bruscamente, como si hubiera recibido una descarga.
—¡Claire, no!
—Su voz era áspera, pero tambaleante—.
¡Para!
Tengo…
tengo novia.
Ella se rió, un sonido bajo y seguro.
—¿Abby?
¿En serio, Harry?
Mira cómo estás.
Mira este dolor.
¿Crees que esa chica, con su mundo perfecto y sus sonrisas fáciles, puede manejar esto?
¿Puede entender lo que es arreglarte cuando estás roto?
Nosotros…
éramos buenos juntos.
Éramos perfectos.
Y yo…
—Hizo una pausa, mirándolo fijamente—.
Yo todavía te amo.
Nunca he dejado de hacerlo.
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