Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 37

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Juguemos el juego de los corazones rotos
  4. Capítulo 37 - 37 Capítulo 37
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

37: Capítulo 37 37: Capítulo 37 —Yo estoy con Abby —dijo él, pero su voz carecía de la convicción que yo necesitaba oír—.

La amo.

—¿La amas?

—preguntó Claire, esceptica—.

¿O amas la idea de alguien que no te recuerda a tu familia disfuncional?

Nosotros tenemos historia, Harry.

Un vínculo real.

Ella es solo…

un escape.

Harry se puso de pie, alejándose de la cama, corriendo una mano por su rostro.

—No digas eso.

Claire se levantó también, acorralándolo contra la pared con su presencia.

—Es la verdad y lo sabes.

—Alargó el brazo y le acarició la mejilla—.

Déjame ayudarte a superar esto.

Como solía hacerlo.

Vi cómo sus dedos se cerraban alrededor de su nuca, preparándose para otro beso.

Ya no podía soportarlo.

La rabia, el dolor y el alcohol estallaron en un torrente incontrolable.

Con un grito ahogado, empujé la puerta con toda mi fuerza, estrellándola contra la pared con un golpe seco que hizo que ambos se separaran de un salto.

—¡¿QUÉ COJONES ESTÁ PASANDO AQUÍ?!

—grité, y mi voz retumbó en la pequeña habitación, cargada de lágrimas y un dolor desgarrador.

Claire dio un respingo, quitando su mano de Harry como si le hubiera quemado.

Sus ojos, antes lánguidos y seguros, se abrieron con sorpresa y luego con desdén al verme.

—Abby, esto no es lo que piensas— tartamudeó Harry, su rostro pálido como la cera, marcado por las lágrimas y la confusión.

—¿No?

—escupí, avanzando hacia ellos.

Las lágrimas ahora corrían libremente por mis mejillas, pero mi voz era firme, cortante como el cristal—.

Porque desde donde estoy parada, ¡parece que tu ex estaba consolándote de una manera muy…

íntima!

¡Después de que tú le contaras cosas que ni siquiera a mí me has dicho!

—No se lo estaba contando, solo…

pasó— intentó Harry, pero su voz sonaba hueca, incluso para él.

—¡Oh, por favor!

—Claire recuperó su compostura, cruzando los brazos—.

¿Ves, Harry?

Esto es a lo que me refiero.

Drama.

Inmadurez.

¿Crees que esto es lo que necesitas?

Su comentario fue la gota que colmó el vaso.

Toda la rabia, los celos y el dolor se concentraron en un solo punto.

Antes de que pudiera pensarlo, mi mano voló y le dio una bofetada seca y sonora en la mejilla.

El sonido resonó en la habitación.

—¡No tienes derecho a tocar lo que es mío!

—le grité, temblando de pies a cabeza.

Claire se llevó la mano a la mejilla, enrojecida, con una mirada de odio puro.

—Parece que no sabes compartir.

Me giré hacia Harry, cuyo rostro era un torbellino de horror y remordimiento.

No había tiempo para más palabras.

Agarré la camiseta de Harry con mis puños, tirando de él hacia mí con una fuerza que no sabía que tenía.

—Tú— le dije, clavándole la mirada—.

Cállate.

Y entonces lo besé.

No fue un beso de amor, ni de perdón.

Fue un beso de fuego y hierro.

Un beso que sabía a lágrimas saladas y a la amarga traición del alcohol.

Fue posesivo, desesperado y profundamente sensual, diseñado para marcar, para recordar, para reclamar.

Mi cuerpo se presionó contra el suyo, mis manos se aferraron a su cabello, dejando claro con cada movimiento quién era su novia.

Quién debía ser su consuelo.

Quién lo amaba con una ferocidad que Claire nunca podría igualar.

Cuando finalmente me separé, jadeante, nuestros labios estuvieron a un pelo de distancia.

—¿Está claro?

—pregunté, mi voz un susurro ronco.

Harry, aturdido, con los labios hinchados y los ojos llenos de una mezcla de shock y algo más, algo caliente y arrepentido, asintió lentamente.

Sin soltarlo, giré hacia la puerta, ignorando por completo a Claire, que nos miraba con rabia impotente.

—Vámonos a casa— dije, y esta vez no era una sugerencia.

Era una orden.

Y jalándolo de la mano, lo saqué de esa habitación, alejándolo del fantasma de su pasado y hacia la fría y complicada verdad de nuestro presente.

Bajamos las escaleras como un torbellino, yo jalando a Harry de la mano con una fuerza que me ardía en el brazo.

Él tropezaba detrás de mí, murmurando mi nombre, intentando que me detuviera.

—Abby, por favor, espera, déjame explicarte…

Ignoré su súplica, mi visión aún nublada por las lágrimas de rabia y la imagen grabada a fuego de Claire besándolo.

Empujé la puerta principal y la noche fría nos recibió.

Solo entonces solté su mano como si me hubiera quemado.

La piel de mi palma estaba sudorosa y temblorosa.

Caminé directo hacia su auto, un sedán viejo que conocía tan bien como el mío.

Abrí la puerta del pasajero y me dejé caer en el asiento, cruzando los brazos con tanta fuerza que me dolían los huesos.

Harry se deslizó detrás del volante, y el interior del auto se llenó de un silencio pesado y eléctrico, solo roto por nuestro respiración agitada.

—Abby…

—comenzó de nuevo, su voz un hilo de sonido en la oscuridad.

—No —corté, mirando fijamente por la ventana el perfil borroso de la casa de la fiesta—.

No quiero oírlo.

Sólo llévame a casa.

Soltó un suspiro largo, cargado de frustración y culpa.

Giró la llave y el motor cobró vida con un ronroneo bajo.

Puso la marcha y comenzamos a movernos lentamente por la calle residencial.

La tensión dentro del auto era tan espesa que podía saborearla, amarga y metálica.

Apenas habíamos recorrido una cuadra, cuando no pude contenerme más.

Me giré hacia él, la furia brotando de mí como lava.

—¡Te lo dije, Harry!

¡Te dije que no confiaba en ella!

—estallé, mi voz quebrándose—.

¡Siempre está ahí, al acecho, con sus palabras empalagosas y sus ‘recuerdos’!

¿Y tú?

¿Qué haces?

¡Dejándote tocar, contándole cosas que a mí…

a mí ni siquiera me dices!

Él apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—¡No se lo estaba contando, Abby!

¡Ella simplemente estaba allí y yo…

yo estaba hecho un desastre!

—¡¿Y por qué con ella?!

—grité, golpeando el tablero con la palma de la mano—.

¿Por qué no viniste a buscarme a mí?

¡Soy tu novia!

¡Se supone que soy yo la que te consuela, no esa…

esa víbora que sólo quiere meterse de nuevo en tus pantalones!

—¡No digas eso!

—él gritó de vuelta, perdiendo por fin la compostura.

De pronto, viró el volante y estacionó el auto bruscamente en un espacio vacío junto a la acera, apagando el motor—.

¿Crees que no me siento como una mierda?

¿Crees que quería que pasara eso?

¡Me tomó por sorpresa!

—¡Por sorpresa te dura un segundo, Harry!

¡No un beso entero!

—las lágrimas volvían a correr, ahora de pura impotencia—.

La escuché…

diciéndote que yo no te entendía, que ella era la única que lo hacía.

Y tú…

no le negaste nada.

¡Nada!

—¡Porque estaba confundido!

—su voz era un rugido ronco—.

¡Mi padre me estaba destrozando y de pronto ella estaba ahí, diciendo todas las cosas que una parte de mí, una parte estúpida y herida, quería oír!

¡Pero te elegí a ti!

¡Me aparté!

¡Te lo dije, te elijo a ti!

—¡No debería ser una elección!

—lo miré, sintiendo cómo el dolor me desgarraba por dentro—.

Debería ser sólo yo.

Siempre yo.

—¡Y lo eres!

—él se inclinó sobre la consola central, su rostro angustiado a centímetros del mío—.

¡Te amo, Abby!

¡Sólo a ti!

—Entonces actúa como si me amaras —susurré, con voz temblorosa—.

No me escondas tu dolor.

No dejes que otra mujer, y menos ella, te dé el consuelo que debería ser mío.

—Tienes razón —admitió, con un dejo de desesperación—.

Tienes razón, y lo siento.

Lo siento mucho.

Pero yo estaba demasiado dolida, demasiado ebria de emociones.

—”Lo siento” no borra lo que vi.

La frustración estalló en sus ojos.

—¿Qué quieres que haga entonces, Abby?

¿Qué?

¡Ya me aparté de ella!

¡Ya te estoy diciendo que te amo!

¡No sé qué más puedo dar!

—¡Pues quizás no es suficiente!

—grité, cegada por el dolor.

En ese momento, con la rabia y la pasión chocando entre nosotros como dos tormentas, algo se quebró.

Dejó de ser una discusión y se convirtió en algo más primitivo, más visceral.

Harry me miró, con los ojos brillando en la oscuridad, y en lugar de gritar de vuelta, cerró la distancia entre nosotros.

Su boca se estrelló contra la mía.

No hubo suavidad, ni exploración tímida.

Este beso era un territorio conquistado a la fuerza.

Sus labios fueron duros, exigentes, moviéndose contra los míos con una desesperación que sabía a rabia y a culpa.

El sabor salado de mis lágrimas se mezcló con el regusto amargo del alcohol y el café en su aliento, creando un cóctel intoxicante y adictivo.

Gimió, un sonido profundo y gutural que vibró en su pecho y se transmitió directamente al mío.

Una de sus manos se enredó en mi cabello, tirando de él con una fuerza que rozaba el dolor, inclinando mi cabeza hacia atrás para tener un mejor acceso.

No fue un gesto de dominación vacío; fue una afirmación visceral, un “estás aquí, conmigo, y no te vas a ninguna parte”.

Yo respondí con la misma ferocidad.

Mis manos, que antes golpeaban el tablero, ahora se aferraban a los costados de su camisa, arrugando la tela, tirando de él hacia mí hasta que el volante le presionaba el estómago.

Mi boca se abrió bajo la suya, no en sumisión, sino en un contraataque igualmente feroz.

Nuestras lenguas se encontraron no en un baile, sino en una lucha, lamiendo las heridas que nos acabábamos de infligir, saboreando la verdad cruda de nuestros celos y nuestro miedo.

Su otra mano encontró mi cintura, deslizándose por debajo de mi blusa para posarse en la piel desnuda de mi espalda.

Su palma estaba caliente, casi abrasadora, y su tacto me hizo estremecer de pies a cabeza.

Cada punto de contacto era una descarga, un recordatorio físico de la conexión volátil que compartíamos.

Podía sentir los latidos de su corazón acelerados golpeando contra mi pecho, sincronizándose con los míos en un ritmo caótico y apresurado.

El beso se profundizó, volviéndose más lento pero no menos intenso.

La rabia inicial se transformó en una pasión oscura y turbia, alimentada por todo lo no dicho, por el dolor de su padre, por la traición de Claire, por nuestro propio miedo a perdernos.

Respirábamos el mismo aire, jadeantes, nuestros labios se separaban solo por un milímetro para volver a encontrarse con más hambre, más necesidad.

Era un beso que no pedía perdón.

Exigía pertenencia.

Marcaba territorio.

Era un recordatorio brutal y sensual de que, a pesar de las mentiras, las medias verdades y las personas que se interponían, esto, nosotros, era real.

Era un desastre, sí, pero era nuestro desastre.

Y en la caldeada intimidad de ese auto, con los vidrios empañados por nuestro aliento, ese desastre se sentía como la única verdad que importaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo