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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 38

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38: Capítulo 38 38: Capítulo 38 💔 El rugido del motor se apagó, y de pronto, el mundo se redujo al espeso silencio dentro del auto, estacionado frente a mi casa.

La luz amarillenta de la farola se filtraba por el parabrisas, iluminando la tensión palpable que nos envolvía.

Ya no se escuchaban nuestros jadeos.

Solo el repiqueteo suave de la lluvia comenzando a caer sobre el techo de metal, como una canción de cuna para una pesadilla.

Yo miraba fijamente la ventana de mi habitación, oscura y lejana, un santuario inalcanzable.

El sabor de Harry en mis labios ya no era pasión; era un fantasma, un recordatorio amargo y adormecido de lo que acabábamos de hacer y de todo lo que habíamos destruido.

Él no movía.

Sus manos seguían aferradas al volante a las diez y dos, como un piloto en shock después de un accidente.

Los nudillos aún estaban blancos.

El aire entre nosotros era pesado, cargado con los ecos de mis gritos, el crujido de la bofetada y la desesperación animal de nuestro último beso.

Ni siquiera el clic de mi cinturón al desabrocharse logró romper el hechizo.

Fue un sonido pequeño y definitivo.

Abrí la puerta y el aire frío de la noche me golpeó, un bofetón de realidad después del calor asfixiante del auto.

Me bajé, mis piernas temblorosas apenas lograban sostenerme.

No miré hacia atrás.

Cerré la puerta con un golpe sordo que resonó en la calle vacía.

No oí que él se bajara.

No oí que arrancara el motor.

Solo sentí su mirada clavada en mi espalda, ardiendo a través del vidrio empañado, mientras caminaba hacia la puerta de mi casa.

Cada paso era un esfuerzo.

Las lágrimas, que se habían negado a caer en su presencia, ahora corrían libres y silenciosas, mezclándose con la lluvia en mis mejillas.

Metí la llave en la cerradura con manos temblorosas.

La puerta cedió con un chasquido que me pareció obscenamente ruidoso en el silencio de la noche.

No me volví para despedirme.

No pude.

Empujé la puerta y entré en la oscuridad familiar del recibidor.

Solo entonces, al apoyar la espalda contra la madera fría de la puerta cerrada, oí el ronroneo lejano de su auto alejándose.

El sonido se desvaneció, absorbido por la lluvia y la noche.

Y entonces, en el silencio absoluto de mi casa, rodeada por las fotos de mi familia y los recuerdos de una vida que ahora sentía ajena, la soledad cayó sobre mí como una losa.

Ya no estaba la rabia para protegerme.

Solo quedaba el vacío, el eco de un estruendo que había destrozado algo, y el aterrador presentimiento de que, tal vez, cuando amaneciera, nada volvería a ser igual.

Logré arrastrarme hasta mi habitación, dejando un reguero de ropa mojada y zapatos abandonados en el camino.

Me desplomé sobre la cama, enterrando el rostro en la almohada que aún olía un poco a su colonia.

Y entonces, ya sin testigos, sin una pared contra la que aparentar fortaleza, el llido estalló.

No fueron lágrimas silenciosas, sino sollozos profundos y convulsivos que me sacudían todo el cuerpo.

Un huracán de emociones que ya no podía contener.

¿ Qué era esto?, era la pregunta que más resonaba.

¿Soy yo la tóxica?

¿La dramática?

¿La loca celosa que Claire pinta?

La imagen de mi mano volando para abofetearla me hizo sentir una rabia visceral, seguida de una vergüenza aplastante.

Yo no era esa persona.

¿O sí?

¿El amor te transforma en un monstruo que pega y grita y reclama a gritos lo que es suyo?

“Lo que es mío”.

La frase que le había escupido a Claire ahora sonaba hueca y patética.

Harry no era una propiedad.

Pero la idea de que sus secretos, su dolor más profundo, tuvieran como consuelo las manos de otra…

eso me desgarraba por dentro.

¿No soy suficiente?

La inseguridad, esa vieja enemiga, susurraba en mi oído: Claire lo conoce desde siempre.

Sabe de su familia disfuncional.

Sabe cómo calmarlo.

Tienen una historia que tú nunca tendrás.

Tú solo eres…

la nueva.

El beso en el auto pasó por mi mente como un relámpago avergonzante.

No había sido amor.

Había sido puro instinto, una forma desesperada de marcar territorio porque las palabras ya no servían.

¿Era eso todo lo que nos quedaba?

¿Sexo y rabia para tapar agujeros?

Mi teléfono vibró sobre la mesilla de noche, iluminando la oscuridad con una luz fría.

Un mensaje.

El corazón me dio un vuelco brutal, una esperanza estúpida y automática de que fuera él.

Era de Lía.

Lía: Oye, Abby…

¿estás bien?

Te fuiste volando con Harry y parecías…

bueno, fatal.

Claire volvió a la fiesta con el rostro hecho un espectáculo y está contando una versión muy rara de lo que pasó.

¿Qué ocurrió en serio?

Las lágrimas nublaron la pantalla.

Claire ya está en movimiento.

Envenenando todo.

Contando su versión donde ella era la víctima y yo la chica inestable.

La idea de tener que enfrentarme al colegio, a las miradas, a los murmullos, me producía una náusea física.

No podía responder.

No tenía fuerzas para articular una mentira que sonara creíble ni para contar la verdad desgarradora.

Dejé que el teléfono se apagara de nuevo, sumiéndome en la oscuridad.

Apoyé la frente contra la ventana fría, mirando la calle vacía donde su auto había estado estacionado minutos antes.

La lluvia corría por el cristal como lágrimas que no podía dejar de derramar.

La chica de la foto de la playa, la que reía con Harry, parecía una desconocida de otra vida.

Esa noche, en la habitación de Harry, algo se había roto.

No solo la confianza con él, sino algo dentro de mí.

Y no sabía si alguna vez se podría recomponer.

💔 Algo me despertó.

No fue la luz del amanecer filtrándose por las persianas, sino un dolor sordo y persistente que parecía haberse incrustado en cada uno de mis huesos.

Abrí los ojos y el mundo se inclinó de forma desagradable, una náusea instantánea subiendo por mi garganta.

Resaca.

Pero no era solo la resaca del alcohol barato de la fiesta.

Era una resaca emocional total, un envenenamiento de todo mi sistema.

Me incorporé lentamente, con la sensación de que mi cráneo estaba a punto de partirse en dos.

Un gemido escapó de mis labios.

Estaban hinchados.

Un recordatorio tangible, doloroso al tacto, del beso feroz en el auto.

Al pasar la lengua por ellos, sentí la pequeña grieta en el labio inferior, una fina línea de costra que sabía a sangre seca y a sal.

Miré mis manos.

La derecha, la que había abofetado a Claire, tenía la palma enrojecida y un moretón tenue empezaba a formarse en el hueso de la muñeca.

Al cerrar el puño, un dolor sordo me recorrió el antebrazo.

La evidencia física de mi pérdida de control estaba ahí, marcada en mi propia piel.

Pero lo peor no era lo físico.

Era el vacío.

El silencio en mi habitación era opresivo.

Revisé mi teléfono con un corazón acelerado, a pesar de mí misma.

Nada de Harry.

Ni un mensaje, ni una llamada perdida.

Solo la notificación del mensaje de Lía, que seguía sin respuesta, colgando como un recordatorio de que el mundo exterior existía y estaba lleno de preguntas para las que no tenía respuestas.

Me arrastré hasta el baño.

La figura que me devolvió el espejo me dio un vuelco al corazón.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, con unas ojeras moradas que parecían pintadas.

Mi cabello era un nido enmarañado.

Y en el centro de ese desastre, mis labios hinchados y levemente cortados parecían la prueba del delito de una pasión que ahora solo sentía como violencia.

Me lavé la cara, pero el agua fría no pudo borrar la palidez de mi piel ni la pesadilla de la que acababa de despertar.

Cada movimiento era lento, como si estuviera nadando en alquitrán.

Cada pensamiento volvía a la misma imagen: la mano de Claire en la nuca de Harry, la confusión en sus ojos, la rabia ciega que me poseyó.

Bajé a la cocina, evitando la mirada de mi madre.

—Cariño,¿estás bien?

Pareces un fantasma —dijo, con genuina preocupación.

—Solo me pasé un poco anoche,mamá.

Dormiré un poco más —mentí, con una voz que sonaba rasposa y extraña, desgastada por los gritos.

Tomé un vaso de agua y cada trago era un esfuerzo.

El simple acto de tragar me recordaba la tensión en mi cuello, la garganta cerrada por el llanto.

Me senté a la mesa y apoyé la cabeza sobre las manos frías.

El dolor en mi muñeca era un latido constante, un eco lejano del estallido.

El moretón en mis labios, una marca de fuego que ya se estaba apagando, dejando solo la ceniza del arrepentimiento y la confusión.

La chica del espejo era una extraña.

Una extraña que pegaba, que gritaba, que reclamaba con besos que eran más mordiscas.

Y en el silencio aplastante de la mañana, con el sabor a cobre en la boca y el fantasma de sus manos en mi cintura, la única pregunta que resonaba era: ¿Qué hemos hecho?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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