Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 39
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39: Capítulo 39 39: Capítulo 39 El suave zumbido de la cafetera era el único sonido coherente en mi mañana de resaca existencial.
Había logrado evitar a mi madre con la excusa de una sesión de estudio con las chicas.
No era del todo mentira.
Mara, Cam y Lía estaban de camino.
El mensaje de Lía de anoche había activado el protocolo de emergencia en nuestro grupo.
—Chicas, punto de situación.
Mi casa está a una hora.
Alguien tiene que ponerme al día sobre qué está pasando con Abby de lo que Claire está diciendo —había escrito Mara.
Así que ahí estaba, preparando cuatro tazas de café, con las manos aún temblorosas.
Me había puesto una sudadera con capucha, un intento patético de esconder los labios hinchados y la palidez mortal.
El timbre sonó como un disparo.
Antes de que pudiera moverme, oí la puerta abrirse y los pasos familiares de mis tres mejores amigas entrando en mi casa.
—¡Abby!
—la voz de Cam, siempre la más dulce, sonó llena de una preocupación que me hizo querer llorar otra vez.
Aparecieron en la cocina.
Se detuvieron en seco, mirándome.
Lía, con el ceño fruncido; Mara, con su mirada analítica escaneando mi rostro; y Cam, con una expresión de “quiero abrazarte ya”.
—Dios mío, Abby —susurró Cam—.
Pareces…
hecha polvo.
—Cuéntanos —dijo Mara, sin rodeos, tomando una taza de café—.
Lía nos dijo que te vio irte como un alma que lleva el diablo con Harry, y que Claire volvió a la fiesta contando que fuiste tú la que armó un escándalo sin motivo.
Me desplomé en una silla de la cocina, sin fuerzas.
Las lágrimas volvieron a asomarse, traicioneras.
—Hubo motivo —logré decir, con la voz quebrada—.
Los pillé besándose.
Bueno Claire lo beso El silencio se hizo espeso.
— ¿Quién se acercó a quién?
—preguntó Lía, acercándose.
Y entonces, todo salió.
En un torrente de palabras entrecortadas, les conté cómo lo encontré destrozado en esa habitación, con Claire acorralándolo contra la pared, su mano en su nuca, acercándose.
Les conté mi grito, mi entrada, la bofetada…
y la confesión de Harry sobre que Claire era un “escape” de los problemas con su familia.
—Y en el auto…
—tragué saliva, mirando fijamente mi taza— fue una pelea horrible.
De las que duelen.
Nos besamos, pero fue…
desesperado.
No fue tierno.
—¿Y no te ha escrito?
—preguntó Cam, con dulzura.
Sacudí la cabeza, otra lágrima cayendo sobre la mesa.
“Eso es lo que más me duele.
El silencio.” —Eso no está bien —espetó Lía—.
Él es el que metió la pata hasta el fondo, debería estar aquí explicándose.
—Espera —intervino Mara—.
Aclaremos.
Él no la besó.
Tú llegaste antes.
Él se apartó cuando tú entraste, ¿no?
—¡Sí, pero la dejó llegar hasta ahí!
—exploté, y por fin salió el verdadero miedo, el que me carcomía por dentro—.
Esa es la cuestión.
Siempre la deja llegar hasta ahí.
Ella siempre está al acecho, con sus palabras empalagosas y sus ‘recuerdos’, y Harry…
Harry nunca la saca de su vida del todo.
Nunca le pone un límite claro.
Siempre hay una excusa: ‘es que somos amigos’, ‘es que pasamos por mucho’, ‘es que me entiende’…
Mis amigas me miraron, comprendiendo por fin el núcleo de mi dolor.
—Es como si…
—continué, la voz temblorosa— como si una parte de él todavía necesitara tenerla ahí.
Como si no quisiera soltarla por completo.
Y yo…
yo estoy aquí, dándolo todo, amándolo con todo lo que tengo, pero ¿qué pasa si nunca es suficiente?
¿Qué pasa si Claire siempre va a ser ese lugar seguro al que él corre cuando las cosas se ponen feas con su familia?
¿Dónde quedo yo entonces?
—Abby…
—dijo Cam, con lástima.
—No es que no confíe en que me ame —susurré, derrotada—.
Es que no confío en que sea capaz de soltar el pasado para agarrarme a mí con ambas manos.
Y eso…
eso duele más que cualquier beso robado.
Mara se inclinó hacia mí, su mirada era seria pero no de reproche.
—Tienes razón.
Es un límite que él no ha sabido o no ha querido poner.
Y hasta que no lo haga, esto no va a terminar.
—¿Y si nunca lo hace?
—pregunté, voice un hilo.
—Entonces —dijo Lía, con una firmeza inusual—, por mucho que duela, tendrás que preguntarte si quieres ser siempre la segunda opción emocional de alguien.
Quedamos en silencio, bebiendo nuestro café que ya se había enfriado.
Mis amigas no me habían dado una respuesta, pero habían puesto el dedo en la llaga.
La herida no era solo la traición de la noche anterior, sino la herida crónica de una presencia que se negaba a desaparecer.
Y la bola de náuseas en mi estómago me decía que, hasta que Harry no matara ese fantasma, nuestro amor, por mucho que nos amáramos, siempre viviría bajo una sombra.
💔 El zumbido de la cafetera era el único sonido en la cocina, un intento de normalidad en un mundo que se sentía al revés.
Las chicas se habían ido, dejando un silencio cargado de sus consejos y mi propia confusión.
La imagen de Harry y Claire seguía ahí, pero ahora se mezclaba con la voz de Mara: “Él es el que no ha sabido poner límites.” Recogí las tazas con manos que aún temblaban levemente.
El moretón en mi muñeca era un recordatorio violeta de mi propio límite traspasado.
—Abby, cariño —la voz de mi madre me hizo levantar la vista.
Estaba en el marco de la puerta, con una sonrisa tensa, sosteniendo el teléfono—.
Era tu papá.
Un frío repentino me recorrió la espalda, reemplazando por un segundo el fuego de los celos.
Mi papá.
Dos palabras que en mi boca sabían a distancia y a un dolor sordo y persistente.
—¿Qué quería?
—pregunté, tratando de que mi voz sonara neutral.
Mami se acercó, con esa mirada suya que lo ve todo.
—Quiere verte, Abby.
Nos quiere ver.
Está…
está intentando armar una cena.
Para este sábado.
—Una cena —repetí, como si no entendiera la palabra.
—Sí.
En su casa.
Con…
con Elena y la pequeña Sofía.
Y Marta, claro —dijo, nombrando a su nueva esposa y a mis dos medias hermanas que apenas conocía.
La rabia no fue explosiva como con Harry.
Esta era más profunda, más antigua, un veneno de lenta combustión.
—No.
Por favor, no.
¿Otra vez?
—Abigail, él es tu padre —suspiro ella, con un dejo de cansancio—.
Lo que pasó entre nosotros…
fue complicado.
Nos casamos muy jóvenes, las cosas ya no funcionaban.
Fue una decisión mutua, lo sabes.
Él nunca nos abandonó.
—¡Pero nos cambió!
—la voz se me quebró, y la niña de doce años que llevaba dentro salió a la superficie—.
Se fue a formar su familia de verdad.
Y ahora, de la nada, quiere que actuemos como si los domingos de por medio y las llamadas cada quince días fueran suficiente.
No lo son, mamá.
A él le queda grande ser mi papá, y a mí me duele demasiado fingir que no es así.
Mi madre me miró con una tristeza infinita.
—No es un mal hombre, Abby.
Es un hombre que se equivocó al manejar todo, sí.
Pero te quiere.
Y yo…
yo solo quiero que tengas la relación con él que yo no pude tener con mi padre.
No quiero que este rencor te consuma.
—No es rencor —susurré, y era la verdad—.
Es…
es el agujero que dejó.
Y ahora quiere llenarlo con cenas forzadas y hermanas que me son perfectas extrañas.
No puedo, mamá.
Me duele.
En ese momento, sonó el timbre.
Un sonido normal que sonó como una sentencia.
Intercambiamos una mirada.
Ella sabía quién era.
Al abrir la puerta, ahí estaba él.
Papá.
Con su sonrisa fácil, sus jeans y su chaqueta informal, intentando parecer el papá “chévere” que siempre quiso ser.
Traía una caja de donas.
—¡Hola, princesa!
—dijo, y su tono era tan cálido, tan genuinamente esperanzado, que solo hizo que el agujero en mi pecho se hiciera más grande.
—Hola —murmuré, sin apartarme para que entrara.
—Pasé por aquí y…
bueno, tu mamá me comentó lo de la cena.
Pensé que podríamos hablarlo —entró, saludando a mi madre con un beso en la mejilla, una familiaridad que se sentía como un guion de una obra que ya no quería actuar.
—No hay nada que hablar, papá.
No voy a ir.
Su sonrisa se desvaneció.
No con enfado, sino con una decepción que, de alguna manera, era peor.
—Abby, por favor.
Es solo una cena.
Elena está deseando conocerte de verdad.
Sofía hace dibujos para ti…
Esa era la punzada.
La imagen de una niña pequeña, mi propia sangre, haciendo dibujos para una hermana mayor que la rechazaba.
Pero no podía ceder.
Ceder significaba perdonar años de sentirse como una opción, una obligación de fin de semana.
—No estoy lista —dije, y era la verdad más honesta que le había dado en años—.
Y no me forces.
Él me miró, y por primera vez, vi detrás de su fachada de papá “chévere”.
Vi al hombre que sabía que había metido la pata, que estaba tratando de remendar algo que quizás ya era irreparable.
—Está bien —asintió, con un suspiro—.
No te forzaré.
Pero la invitación está ahí.
Siempre lo estará.
Cuando se fue, la casa se sintió más silenciosa que nunca.
Mi madre no me regañó.
Solo me abrazó.
Y yo me dejé abrazar, comprendiendo de repente algo terrible y liberador: mi dolor con Harry y mi dolor con mi padre eran la misma cosa.
El miedo a no ser suficiente.
El pánico a ser la opción descartable.
Y si no era capaz de enfrentar a mi padre, de perdonarlo o al menos de dejar de permitir que su antigua elección me definiera, nunca tendría la fuerza para exigirle a Harry que me eligiera a mí, completa y definitivamente.
La cena con la familia perfecta de mi padre era la última cosa en el mundo que quería hacer.
Pero tal vez, solo tal vez, fuera la primera batalla que necesitaba ganar.
No por él.
Por mí.
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