Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 40
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40: Capítulo 40 40: Capítulo 40 El gimnasio olía a polvo de décadas y a pintura fresca.
Un caos colorido de globos, rollos de papel crepé y sillas plegables apiladas contra las paredes era el telón de fondo de nuestra inminente despedida.
La Fiesta de Fin de Curso.
Un evento que debería estar lleno de pura euforia, y que para mí se sentía como una gigantesca, ruidosa y horrible farsa.
—¿Abby, puedes sujetar ese extremo?
—preguntó Cam, señalando una pancarta que decía “¡La Última Aventura, Class of 2024!”.
Asentí mecánicamente, tomando la esquina del cartel.
Mis movimientos eran automáticos, un ruido de fondo de mi propio cuerpo mientras mi mente estaba en otra parte.
O, más específicamente, en alguien.
Habían pasado dos días.
Cuarenta y ocho horas de un silencio que gritaba.
Dos días en los que mi teléfono había sido una extensión de mi mano, un pedazo de plástico y cristal mudo que revisaba obsesivamente.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Nada.
—Yo digo que el tema de “Noche de Estrellas” es cursi —declaró Lía, subida en una escalera y colgando una estrella de papel plateado—.
Debió ser “Fiesta en la Playa”.
—Es diciembre, Lía.
Hace frío —respondió Mara secamente, anotando algo en una tablet—.
El fotógrafo confirma que llega a las seis.
Necesito la lista de los que quieren el paquete premium de fotos.
Asentí de nuevo, sin procesar realmente las palabras.
Mi mirada escudriñaba inconscientemente la entrada del gimnasio cada vez que se abría la puerta.
Un vaivén de estudiantes entrando y saliendo.
Ninguno era él.
¿Dónde está?
¿Está evitándome?
¿Se arrepiente de todo?
¿Estará con…?
No me atrevía a terminar el pensamiento.
Claire tampoco había aparecido por allí, lo cual no era un alivio, sino que alimentaba mi paranoia.
¿Estarían juntos en algún otro lado?
—Abby, el extremo se te cae —señaló Cam con suavidad.
Me sobresalté y ajusté mi agarre en la pancarta.
Intenté una sonrisa que se sintió como un espasmo en mis labios.
—Perdón.
Estoy…
distraída.
Mara me lanzó una mirada que no era de reproche, sino de análisis puro.
—El silencio es una respuesta, Abby.
Y no es una buena.
—Lo sé —susurré, y el simple hecho de admitirlo en voz alta hizo que un nudo de frustración y tristeza se apretara en mi garganta.
Esa era la verdad más humillante.
Yo, que había exigido límites y elecciones, no había sido capaz de dar el primer paso.
Tenía miedo.
Miedo a que su silencio significara que Claire tenía más peso del que yo creía.
Miedo a confirmar que, en su balanza emocional, yo estaba perdiendo.
De pronto, la puerta del gimnasio se abrió de par en par.
Y allí estaba.
Harry.
Se veía tan destrozado como yo me sentía.
Llevaba la misma sudadera gris de hacía dos días, el cabello desordenado, y unas ojeras profundas que se veían incluso desde la distancia.
Su mirada barrió el gimnasio y se clavó en la mía como un imán.
El mundo se detuvo.
El ruido de las risas, las discusiones sobre la decoración, el zumbido de los fluorescentes…
todo se apagó.
Solo existíamos nosotros en un campo de tensión cargado de todo lo no dicho.
Él no sonrió.
No hizo un gesto de saludo.
Solo se quedó allí, en el marco de la puerta, mirándome con una intensidad que me traspasó.
Era una mirada de dolor, de culpa, y de una pregunta tan clara que casi podía oírla: “¿Me odias?” Yo no pude moverme.
Sujetaba la pancarta con una fuerza que me temblaban los dedos.
¿Debía acercarme?
¿Debía ignorarlo?
¿Era este su modo de romper conmigo, con una mirada cargada de agonía en medio de nuestro gimnasio del colegio?
Lía, desde lo alto de la escalera, siguió mi mirada congelada.
Bajó la voz hasta un susurro cargado de drama.
—Vaya.
Llegó el espectro.
Parece que lo han pasado peor que tú.
—Cállate, Lía —murmuró Mara, sin apartar los ojos de la escena.
Harry dio un paso al interior.
Luego otro.
No se dirigía hacia el grupo de decoración, sino hacia una pila de sillas al otro lado del gimnasio, como si hubiera venido a ayudar con eso.
Pero su mirada no se despegaba de mí.
Era un baile tenso y doloroso.
Dos fantasmas orbitándose en medio de los preparativos de una fiesta, cargando con el peso de un secreto a gritos y un corazón roto que latía con fuerza entre globos y estrellas de papel.
La graduación era el final de una etapa, pero para nosotros, este silencio, esta mirada, era el precipicio del que uno, o los dos, tendrían que saltar.
La pancarta que sostenía pesaba como si fuera de plomo.
Mis dedos estaban entumecidos, pero no por el cartón, sino por la electricidad estática que recorría mi cuerpo bajo la mirada de Harry.
Podía sentir las miradas curiosas de Cam, Lía y Mara clavándose en mi nuca, pero eran como mosquitos lejanos comparado con el huracán que era él.
Él desvió la vista primero, como si el contacto fuera demasiado intenso, y se agachó para levantar una pila de sillas con un ruido metálico que resonó en el gimnasio.
Cada movimiento suyo era forzado, torpe.
Se le veía incómodo en su propia piel.
—Por el amor de Dios —murmuró Lía, bajando de la escalera y acercándose a mí—.
Si los dos siguen así, van a prender fuego el lugar con solo mirarse.
¿Vas a hablar con él o necesitas que le tire un globo a la cabeza para romper el hielo?
—Lía —lo dijo Mara en un tono de advertencia, pero incluso ella miraba la situación con preocupación.
—No sé qué decirle —confesé en un susurro, sintiéndome patéticamente vulnerable.
Había pasado dos días ensayando discursos furiosos y conversaciones dolorosas en mi cabeza, pero ahora, con él a veinte metros de distancia, todas las palabras se habían evaporado.
Solo quedaba el dolor, fresco y punzante.
De repente, la puerta del gimnasio se abrió de nuevo y entró la Srta.
Davies, la coordinadora del evento.
—¡Chicos, muy buen trabajo!
¡Necesito que alguien me ayude a bajar las cajas del escenario del almacén!
Harry, tú eres fuerte, ¿puedes venir?
—gritó, con su habitual energía.
Harry asintió en silencio, dejando las sillas, y la siguió sin mirarme atrás.
La oportunidad, si es que había sido una, se esfumó.
Un alivio mezclado con una decepción agria me inundó.
—Bien —suspiró Cam, poniendo un brazo sobre mi hombro—.
Respira.
El mundo no se acaba.
—Se siente así —murmuré, observando la puerta por la que había desaparecido.
Trabajamos en silencio durante los siguientes veinte minutos.
Yo intentaba concentrarme en colocar una guirnalda de luces, pero mis pensamientos estaban en el almacén.
¿Qué estaría haciendo?
¿Pensando?
¿Habría venido para hablar conmigo o solo por obligación con el comité?
Finalmente, la puerta del gimnasio se abrió otra vez.
Harry salió, solo esta vez, con una caja grande en sus brazos.
Iba directo hacia donde estaba el escenario, lo que significaba que su camino pasaría justo por donde yo estaba, colgando las luces.
Mi corazón comenzó a latir como un tambor en mi pecho.
Cada paso que él daba resonaba en el suelo de madera y en mi propio ser.
No me mires, no me mires, por favor, no me mires, pensaba, pero al mismo tiempo, una parte de mí rogaba que lo hiciera.
Él se acercó.
Podía sentir su presencia antes de verlo.
El aire a mi alrededor cambió, se volvió más denso.
Pasó a mi lado, tan cerca que el viento de su paso movió un mechón de mi cabello.
No dijo nada.
No me miró.
Pero justo cuando creía que había pasado de largo, lo hizo.
Se detuvo.
No se giró, siguió mirando al frente, con la caja aún en sus brazos.
Su espalda estaba tensa.
Y entonces, en un susurro tan bajo que casi me lo llevó el eco de sus propios pasos, una palabra escapó de sus labios.
Una palabra destinada solo a mis oídos.
—”Después.” Y siguió caminando, como si nada hubiera pasado, para dejar la caja en el escenario.
Yo me quedé congelada, la guirnalda de luces olvidada en mis manos.
“Después”.
¿Después de qué?
¿Después de la decoración?
¿Después de la graduación?
¿Después de que el mundo se acabara?
No lo sabía.
Pero esa única palabra, ese susurro cargado de una promesa y una amenaza, había roto el silencio.
Ya no era un vacío.
Era una cita.
Una cita a ciegas con nuestro destino.
Y por primera vez en dos días, sentí que podía respirar de nuevo, incluso si el aire sabía a incertidumbre y a un miedo esperanzado.
Mis manos temblaban tanto que las luces comenzaron a enredarse entre mis dedos.
“Después”.
La palabra resonaba en mi cabeza, un eco que se mezclaba con el latido acelerado de mi corazón.
¿Era una tregua?
¿Una advertencia?
¿La promesa de un final o un nuevo comienzo?
—¿Qué dijo?
—susurró Lía, apareciendo a mi lado como un fantasma curios—.
Juré que le vi decir algo.
—Nada —mentí, con la voz un poco quebrada—.
No dijo nada.
Mara me lanzó una mirada que decía “yo no me lo creo”, pero afortunadamente no presionó.
Cam, en cambio, me sonrió con complicidad, como si hubiera captado la electricidad del momento.
El resto de la tarde se desarrolló en una burbuja de ansiedad suspendida.
Harry trabajó al otro lado del gimnasio, ayudando a montar el escenario.
Yo me ocupé de las decoraciones, pero mi atención estaba dividida.
Cada movimiento suyo, cada vez que tosía o reía forzadamente con otro compañero, era un imán para mis sentidos.
En un momento, nuestras miradas se encontraron de nuevo.
Él estaba subido a una escalera, colocando un reflector.
Yo, sosteniendo un extremo de un cartel.
Esta vez, no hubo dolor en sus ojos, sino una pregunta intensa, urgente.
Como si estuviera tratando de comunicarme algo a través del aire.
¿Estás bien?
¿Me odias?
¿Podemos hablar?
Bajé la vista primero, el corazón galopándome en el pecho.
No podía soportar la intensidad.
No aquí, no delante de todos.
La sesión de decoración estaba llegando a su fin.
La Srta.
Davies dio las gracias a todos y anunció que podíamos irnos.
La gente comenzó a recoger sus cosas y a dirigirse hacia la salida en grupos ruidosos.
Mi momento había llegado.
“Después” era ahora.
Harry bajó de la escalera lentamente, limpiándose el sudor de las manos en los jeans.
Me miró, y fue una mirada clara, directa.
Un acuerdo tácito.
No hizo un gesto, no asintió.
Solo comenzó a caminar hacia la puerta trasera que daba a los campos de deporte, un lugar que siempre estaba vacío al final de la tarde.
—Chicas, yo…
yo me voy —dije, agarrando mi mochila con manos sudorosas.
—¿Vas a…?
—preguntó Cam, con los ojos brillando.
—Sí —respondí, sin necesidad de que terminara la pregunta.
—Buena suerte —dijo Mara con seriedad.
—¡Dale caña!
—añadió Lía, haciendo un puño de apoyo.
Salí del gimnasio, sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior.
La adrenalia bombeaba en mis venas, mezclándose con el miedo y un atisbo de esperanza.
Al doblar la esquina hacia los campos, lo vi.
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