Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 41
- Inicio
- Todas las novelas
- Juguemos el juego de los corazones rotos
- Capítulo 41 - 41 Capítulo 41
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
41: Capítulo 41 41: Capítulo 41 Allí estaba, de espaldas a mí, mirando el campo de fútbol vacío.
Su silueta se recortaba contra la luz dorada del atardecer.
Parecía solo y vulnerable, y por un momento, todo mi enojo se desvaneció, reemplazado por una lástima abrumadora y el amor obstinado que se negaba a morir.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de valor.
—Harry —llamé, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Él se giró lentamente.
Su rostro era un torbellino de emociones: miedo, esperanza, culpa, y un anhelo tan profundo que me dejó sin aliento.
El silencio que se hizo entre nosotros era diferente al de los últimos días.
Ya no era vacío.
Estaba lleno de todo lo que necesitábamos decir.
El aire a nuestro alrededor parecía contener la respiración, esperando a que uno de nosotros rompiera el hechizo final.
Él abrió la boca para hablar.
—Lo siento.
No fueron las palabras lo que me quebró, sino cómo las dijo.
Con una voz ronca, cargada de una emoción tan cruda que sonó como un desgarro en el silencio del atardecer.
No era una disculpa vacía.
Era una confesión arrancada desde lo más hondo.
—Lo siento por todo, Abby —continuó, sus manos se abrieron en un gesto de impotencia—.
Por no apartarla antes.
Por no verte a ti primero cuando todo se vino abajo.
Fue…
cobarde.
El aire que salió de mis pulmones fue un suspiro tembloroso.
Todas las paredes que había construido en los últimos días se estaban agrietando.
—¿Por qué, Harry?
—logré preguntar, y mi voz sonó pequeña, vulnerable—.
¿Por qué fuiste con ella?
Él pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Porque estaba asustado.
Cuando mi papá llamó…
fue para decirme que tenía que ir a otra ciudad cuando me prometió que sé quedaría .Y de repente, todo ese dolor viejo volvió.
Y Claire…
Claire es como un mal hábito.
Es fácil.
Sabe la historia sin que tenga que explicarla.
Fue estúpido.
Fue injusto.
Para ti, sobre todo para ti.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de rabia.
Eran de un dolor compartido.
—Yo quería ser tu lugar seguro, Harry.
Yo quería que vinieras a mí.
—Lo sé —susurró, y por primera vez, se atrevió a dar un paso hacia mí—.
Y no hay excusa que valga.
Pero te juro que no la besé.
Y te juro que cuando entraste…
fue como despertar.
Verte ahí, con ese dolor en los ojos…
fue lo más horrible que he vivido.
—A mí también —confesé, permitiendo que una lágrima escapara—.
Verte con ella…
y luego ese beso en el auto…
no fue nosotros, Harry.
Fue puro dolor.
—Lo sé —repitió, y ahora estaba lo suficientemente cerca como para que pudiera ver las diminutas grietas en su propia armadura—.
Por eso no he podido acercarme.
Porque sabía que un “lo siento” no era suficiente.
Necesitaba…
necesitaba encontrar la manera de demostrarte que entiendo.
—¿Y qué entendiste?
—pregunté, conteniendo la respiración.
—Que esto no puede volver a pasar.
Que no puede haber espacio para nadie más —su mirada era intensa, clara—.
He cortado todo contacto con Claire, Abby.
Bloqueada de todas partes.
Le dije que no puede ser parte de mi vida.
De ninguna manera.
Las palabras me impactaron.
Era exactamente lo que necesitaba oír.
La acción concreta que pedía.
—¿Lo hiciste?
—pregunté, needing confirmación.
—Sí.
Esta mañana.
Y ha sido la cosa más fácil que he hecho en estos días, porque la única cosa que importa…
eres tú.
Otro paso.
Ahora estábamos a un palmo de distancia.
Podía sentir el calor de su cuerpo, ver el rastro de lágrimas secas en sus mejillas.
—Tengo miedo —admití en un susurro, la última verdad que me quedaba por confesar—.
Miedo de que cuando las cosas se pongan difíciles, vuelvas a…
—No —cortó él, suavemente—.
No lo haré.
Prometo aprender a venir a ti.
A abrirme.
A dejarte ser mi paz.
Si me das la oportunidad.
Miré sus ojos, buscando alguna señal de duda, de falsedad.
Solo encontré una determinación humilde y un amor tan profundo que hizo que mi propio corazón se estremeciera.
No dije nada.
En lugar de eso, cerré la distancia que quedaba y enterré mi rostro en su pecho.
Sus brazos me rodearon al instante, apretándome contra él como si temiera que me fuera a esfumar.
Era un abrazo de rendición, de perdón, de promesa.
—Te amo, Abby —susurró en mi cabello, su voz vibrante contra mi oído—.
Solo a ti.
—Yo también te amo —respondí, ahogada por su abrazo—.
Pero no vuelvas a hacerme pasar por esto.
—No —prometió, apretándome más fuerte—.
Nunca más.
No era un final feliz y perfecto.
Sabía que sanar esta grieta llevaría tiempo.
Que la sombra de su padre y los celos aún cojearían a nuestro lado por un tiempo.
Pero allí, en el crepúsculo, con sus brazos a mi alrededor y su promesa en el aire, era un comienzo.
El comienzo de aprender a amarnos de una manera nueva.
Una manera en la que yo era, sin lugar a dudas, su único y verdadero hogar.
El mundo fuera de nuestro pequeño círculo seguía girando.
El sonido de un balón de fútbol siendo pateado en la distancia, las risas lejanas de otros estudiantes yendo a sus casas, el viento susurrando entre los árboles.
Pero dentro del abrazo de Harry, el tiempo parecía haberse detenido para repararse.
Nos separamos lentamente, solo lo suficiente para poder mirarnos a los ojos.
Mis lágrimas habían dejado marcas húmedas en su sudadera, y sus pestañas todavía estaban pegadas por el remordimiento.
Una sonrisa pequeña, temblorosa, asomó en sus labios.
Yo le correspondí con otra, sintiendo cómo el peso de dos días de angustia se evaporaba, dejando un alivio tan profundo que casi era doloroso.
—Entonces…
—él comenzó, su voz aún un poco ronca—.
¿Esto significa que todavía tienes planes para esta noche?
El corazón me dio un vuelco.
¡La galería!
En medio del drama, lo había olvidado por completo.
—¿La exposición de arte en el centro?
La de tu cuadro…
—dije, y una oleada de emoción diferente me invadió.
—Esa misma —asintió él, y por primera vez vi un destello de su antiguo entusiasmo asomando entre la culpa—.
Iba a ser…
bueno, una sorpresa.
Quería llevarte allí, mostrarte el cuadro con el que he estado obsesionado todo el mes.
Es…
es de ti.
—¿De mí?
—pregunté, sintiendo cómo las mejillas se me sonrojaban.
—Sí.
Y quiero que lo veas.
Más que nada —su mirada era suplicante pero esperanzada—.
¿Sigues queriendo ir conmigo?
La pregunta era sobre la galería, pero ambos sabíamos que era sobre mucho más.
¿Sigues queriendo estar conmigo?
¿Sigues confiando en mí para compartir estas partes de mi vida?
—Sí, Harry —respondí, y mi sonrisa fue más amplia y genuina esta vez—.
Claro que sí.
El alivio que inundó su rostro fue como ver amanecer después de la noche más oscura.
—Genial.
Perfecto.
Paso por ti a las siete, ¿vale?
—Vale —asentí.
Y entonces, en el silencio dorado del atardecer, sin testigos más que el campo de fútbol vacío, él se inclinó y capturó mis labios en un beso.
No fue como los anteriores.
No fue el beso posesivo y desesperado del auto, ni el choque de dientes y lágrimas de la rabia.
Este fue…
una promesa.
Era suave, lento, y profundamente conmovedor.
Sus labios se movieron sobre los míos con una reverencia que me hizo estremecer, saboreando el perdón y la sal de mis lágrimas secas.
Fue un beso que decía “hola de nuevo”, “te extrañé” y “esto es lo que importa” todo al mismo tiempo.
Cuando nos separamos, jadeantes y con la frente apoyada la una contra la otra, sentí que algo se recomponía dentro de mí, fuerte y verdadero.
—Te veo a las siete, princesa —susurró, su aliento cálido en mi piel.
—No llegues tarde —respondí en un susurro, juguetona, sintiendo una chispa de nuestra dinámica normal regresando.
Caminamos de regreso hacia el estacionamiento, separados, pero con una conexión tangible que nos unía.
El aire ya no estaba cargado de tensión, sino de una frágil pero esperanzada paz.
La herida aún estaba allí, sensible al tacto, pero por primera vez en días, creía que podía sanar.
El día, que había comenzado con el peso del silencio, terminaba con el susurro de un beso y la promesa de un cuadro.
Y por primera vez, el futuro no se veía como un abismo, sino como una galería de arte esperando ser explorada, juntos.
💔 El espejo de cuerpo entero de mi habitación reflejaba a una chica que no había visto en semanas.
La que llevaba un vestido de fiesta.
El vestido era de un azul noche profundo, de talle ceñido que se abría en una falda de vuelo suave hasta media pierna.
Un color serio, elegante, que contrastaba con el nerviosismo alegre que me hacía brillar los ojos.
Me di una última vuelta, ajustando el delicado collar de plata que había elegido.
Olía a mi perfume favorito, el de vainilla y naranja, un aroma dulce y optimista.
Abajo, sonó el timbre.
Un escalofrío de anticipación me recorrió.
No era el miedo paralizante de antes, sino la emoción vibrante de un reencuentro largamente esperado.
Bajé las escaleras con cuidado, sintiendo la suave tela del vestido rozar mis piernas.
Mi madre me miró desde la sala con una sonrisa que lo decía todo: orgullo, alivio y un poco de nostalgia al ver a su hija vestida para una cita tan importante.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba él.
Harry.
Con un blazer negro que le quedaba como un guante, una camisa gris perla sin corbata, y los vaqueros oscuros más presentables que había visto.
Se había peinado con cuidado, pero un mechón rebelde ya se le caía sobre la frente.
En sus manos, que parecían un poco torpes sosteniéndolo, llevaba un pequeño y elegante ramo de lavanda, sus diminutas flores moradas atadas con una cinta de raso crudo.
—Hola —dijo, y su voz sonó un poco más grave de lo normal, cargada de la emoción del momento.
—Hola —respondí, sintiendo una sonrisa tonta dibujarse en mis labios.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y el asombro y la admiración que vi en ellos hicieron que el vestido, el peinado y los nervios valieran la pena.
—Estás…
increíble, Abby —susurró, y extendió el ramo hacia mí—.
Es lavanda.
Para…
para la tranquilidad.
Y porque es el color de la tarde ahora mismo.
Combina contigo.
Tomé el ramo, oliendo su aroma calmante.
Era el detalle más perfecto que había podido imaginar.
No eran rosas rojas dramáticas, era algo único, pensado.
—Es precioso, Harry.
Gracias.
—¿Lista?
—preguntó, ofreciéndome el brazo con una caballerosidad que me hizo reír por lo inusual y adorable.
—Lista —asentí, enlazando mi brazo con el suyo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com