Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 42
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42: Capítulo 42 42: Capítulo 42 El viaje en su auto fue diferente a cualquier otro.
No había un silencio incómodo, sino una calma llena de promesas.
La radio sonaba suave, una estación de jazz que llenaba el espacio sin ahogar las palabras.
—Me da un poco de vergüenza —confesó de repente, mientras conducía—.
Que todo el mundo vaya a ver el cuadro.
—¿Por qué?
Si es hermoso.
Lo que pude ver en tu taller, al menos.
—Porque es…
muy personal.
Es como mostrarles un pedazo de mi diario —miró hacia mí rápidamente—.
Pero quiero que lo veas.
Más que nadie.
—No puedo esperar —dije, y era la verdad.
Hablamos de cosas ligeras, del discurso de la Srta.
Davies en la decoración, de lo cursi que estaba quedando el tema de la fiesta, de lo malo que era Lía para colgar estrellas.
Reímos.
Fue una risa fácil, sanadora, que limpió los últimos residuos de amargura.
Nuestras manos se encontraron en el asiento central, los dedos entrelazándose de forma natural, como si nunca hubieran aprendido a estar separados.
Él acarició suavemente el dorso de mi mano con su pulgar, un movimiento pequeño que me envió ondas de calor por todo el brazo.
Cada mirada que intercambiábamos en los semáforos estaba cargada de un nuevo entendimiento, de la ternura de quien ha superado una guerra y valora la paz que le sigue.
Cuando aparcó frente a la galería, cuya fachada de cristal brillaba con luces tenues, se volvió hacia mí.
—Sin importar lo que pase ahí dentro —dijo, su voz seria—.
Esta noche, verte así, conducir contigo…
ya es perfecto.
—Para mí también —susurré.
Se bajó y vino a abrirme la puerta, ofreciéndome la mano.
Al salir del auto, su mano se posó en la pequeña de mi espalda, un contacto ligero pero posesivo que me hizo sentir deseada y protegida.
Miré la entrada de la galería, luego a él.
Su sonrisa era una mezcla de orgullo y nerviosismo.
—¿Lista para ver tu sorpresa?
—preguntó, con un brillo travieso en los ojos que no había visto en mucho tiempo.
Asentí, apretando su mano.
—Contigo, siempre.
Y juntos, dando el primer paso hacia la luz y la música que salía de dentro, cruzamos el umbral.
La noche prometía magia, y nosotros estábamos listos para recibirla, de la mano.
Cruzar el umbral de la galería fue como entrar en otro mundo.
El aire olía a madera pulida, vino blanco y un tenue aroma a óleo y trementina que me recordaba al rincón de Harry en su casa.
Las paredes, de un blanco inmaculado, servían de telón de fondo para explosiones de color y emociones.
Luces de riel, precisas como focos de teatro, iluminaban cada cuadro, creando islas de intensidad en la penumbra general.
Un murmullo elegante, el sonido de copas de cristal y suaves conversaciones, llenaba el espacio.
Harry apretó mi mano.
Podía sentir la tensión en sus dedos, una mezcla de orgullo y nerviosismo.
—Es increíble —le susurré, y su sonrisa fue mi recompensa.
—Harry, ¡aquí estás!
—Un hombre con gafas de carey y una barba cuidadosamente recortada se acercó a nosotros—.
Todo está listo.
La pieza está en su lugar.
—Señor Rossi, gracias otra vez por la oportunidad —dijo Harry, con una voz un poco más formal—.
Le presento a Abby, mi novia.
Abby, el señor Rossi es el dueño de la galería.
—Un honor, querida —dijo el hombre, tomando mi mano con suavidad—.
El joven talento aquí no ha hecho más que hablar de tu inspiración.
Espero que esté a la altura.
Mis mejillas ardieron.
Harry me sonrojó aún más al añadir: —Nunca podría estar a la altura de ella, pero hice lo que pude.
El señor Rossi se rió con ganas y se alejó para atender a otros invitados.
—¿Ves?
—le dije a Harry, dándole un codazo suave—.
Eres un artista reconocido.
—Aún no —respondió, pero su pecho se infló con un poco más de confianza.
Me llevó de la mano a través de la multitud.
Me presentó a una pareja mayor que resultaron ser sus antiguos profesores de arte, y a una chica con tatuajes en los brazos que era una de las otras artistas expositivas.
En cada presentación, su mano en la mía era una ancla, como si necesitara asegurarse de que yo era real, de que estaba con él.
—Ven —me dijo, guiándome hacia una pared lateral, lejos del cuadro principal que aún permanecía cubierto—.
Quiero mostrarte algo.
Se detuvo frente a un cuadro más pequeño, un paisaje urbano bajo la lluvia.
Las calles brillaban, reflejando las luces de los faroles con pinceladas gruesas y texturizadas de amarillo y naranja.
Era melancólico pero hermoso.
—Este lo pinté el año pasado, después de que mi papá y yo…
—hizo una pausa— después de una de nuestras primeras grandes peleas.
La lluvia siempre me calmó.
Pintar esas luces reflejadas en el asfalto…
fue como encontrar belleza en el desorden.
Como si hasta el charco más feo pudiera contener un poco de cielo.
Lo miré, comprendiendo.
Cada cuadro no era solo una imagen; era una página de su diario emocional.
Estaba compartiendo conmigo sus heridas y sus bálsamos.
—Es precioso, Harry.
De verdad.
Su mirada era intensa.
—Tú eres quien me calmó la tormenta de verdad, Abby.
No un cuadro.
Estábamos tan cerca, perdidos el uno en el otro, que el mundo exterior se desdibujó.
Su mano soltó la mía para acariciarme suavemente la mejilla, y por un momento, pensé que iba a besarme allí, delante de todos.
El deseo en sus ojos era palpable, un calor que prometía besos “calienticos” más tarde, en privado.
Pero en ese momento, las luces parpadearon suavemente.
El murmullo de la gente bajó hasta convertirse en un silencio expectante.
—Señoras y caballeros —anunció el señor Rossi desde el pequeño podio—, bienvenidos a la exposición ‘Nuevos Horizontes’.
Tenemos el honor de presentar a uno de nuestros jóvenes talentos más prometedores, Harry Benson, con una pieza que, me atrevo a decir, ha capturado la esencia misma de la inspiración.
Harry me lanzó una mirada cargada de pánico y emoción.
—Es mi turno —susurró.
Le apreté la mano.
—Tú puedes.
Estoy aquí.
Él asintió, soltó un suspiro profundo y se dirigió hacia el escenario, dejándome en el borde de la multitud, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo.
La noche ya era perfecta, pero sabía que lo mejor estaba por venir.
Harry subió al pequeño podio, la luz del foco acentuando su nerviosismo y la elegancia oculta bajo su blazer.
Tomó el micrófono con una mano que apenas temblaba.
—Gracias —comenzó, su voz un poco ronca.
Hizo una pausa, buscándome con la mirada entre el mar de rostros.
Cuando me encontró, su respiración pareció calmarse—.
Esta pieza…
es la más personal que he creado.
La pinté en un momento de mucha confusión, cuando sentía que todo a mi alrededor era…
ruido.
Caos.
Hizo una seña y el señor Rossi, con una sonrisa complice, retiró la tela negra que cubría el cuadro.
Un suspiro colectivo recorrió la galería.
Yo me quedé sin aliento.
Era un retrato de mí, pero no un simple parecido.
Era una interpretación emocional.
Yo estaba sentada en el alféizar de la ventana de mi habitación, la luz del atardecer bañándome en tonos dorados y naranjas.
Llevaba mi sudadera gris, la que siempre me robaba, y estaba leyendo un libro.
Mi postura era relajada, los hombros sueltos, y en mis labios se esbozaba una sonrisa casi imperceptible, una sonrisa de paz absoluta.
Pero lo más impresionante era el fondo.
Fuera de la ventana, Harry había pintado una tormenta.
Nubes oscuras y dramáticas, hechas con pinceladas gruesas y enérgicas de gris, azul marino y hasta toques de púrpura.
Se veía la lluvia cayendo en diagonal, un velo de agua que parecía moverse.
Sin embargo, dentro de la habitación, donde yo estaba, la luz era cálida, serena.
El contraste era brutalmente hermoso.
—La titulé “La Calma en Mi Tormenta” —continuó Harry, su voz ganando seguridad—.
Porque eso es lo que representa.
Cuando todo a mi alrededor es oscuridad y confusión…
ella es mi refugio.
Es la luz que me recuerda que hay paz después de la lluvia.
Es la razón por la que sigo pintando.
Por encontrar esa belleza, esa calma…
que es ella.
Sus palabras no eran solo para la audiencia.
Eran para mí.
Cada sílaba era un beso, un abrazo, una promesa.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Él no me había pintado como una diosa o un ideal, me había pintado como su hogar.
El aplauso estalló, no solo educado, sino cálido y genuino.
La gente entendía.
Habían visto el alma de Harry en ese lienzo.
—Y ahora —anunció el señor Rossi, aprovechando el momento—, comenzamos la puja por esta pieza extraordinaria.
Varias manos se alzaron.
Coleccionistas, admiradores.
Los precios subían rápidamente.
Mi corazón latía con fuerza, orgullosa pero con un poco de dolor, pensando que me arrebatarían ese pedazo de su alma.
Hasta que una voz firme, desde atrás, se alzó por encima de las demás con una oferta que duplicaba la anterior.
Todos giraron la cabeza.
Era el padre de Harry, con la mano en alto y los ojos brillantes.
Su madre, a su lado, asentía con una sonrisa llena de lágrimas.
—Vendido —declaró el señor Rossi, con un golpe de martillo imaginario—.
Para la familia Adams.
Harry estaba paralizado en el escenario, la emoción impidiéndole moverse.
Bajó los escalones como en un sueño y su padre lo envolvió en un abrazo firme y reparador.
—Lo siento, hijo —le dijo, con la voz quebrada—.
Por no haber visto esto antes.
Por no haber visto tu tormenta.
Es la obra más hermosa que he visto.
Tu madre y yo…
la queremos en casa.
Donde pertenece.
Fue demasiado.
Harry se aferró a su padre como un niño pequeño.
Luego, se volvió y caminó directo hacia mí.
No había ojos secos a su alrededor.
Me tomó la cara entre sus manos, sus pulgares enjugando mis lágrimas.
—¿De verdad soy eso para ti?
—pregunté, con la voz entrecortada.
—Eres eso y más —susurró, y entonces su boca encontró la mía.
No fue un beso tierno.
Fue apasionado, profundo, un torrente de todo lo no dicho.
Sabía a pintura, a vino blanco y a lágrimas de felicidad.
Sus manos se hundieron en mi cabello y el mundo desapareció.
Era solo su boca moviéndose sobre la mía con una urgencia que prometía noches enteras de besos así, de reconexión total.
Cuando nos separamos, jadeantes, el público había estallado en un nuevo aplauso, pero solo éramos nosotros dos.
—Estuvo increíble —logré decir, acariciando su mejilla—.
Eres increíble.
Él sonrió, esa sonrisa completa y despreocupada que tanto amaba.
—Lo hice por ti.
En ese momento, su madre se acercó.
—Abby, querida —dijo, tomándome las manos—.
¿Te acuerdas de mí?
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