Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 43
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43: Capítulo 43 43: Capítulo 43 La miré más de cerca.
Había algo en su sonrisa…
y entonces lo recordé.
Los veranos en la casa de la abuela de Mara, la vecina que siempre nos daba galletas…
—¡Señora Adams!
—exclamé—.
Usted era la amiga de la abuela de Mara.
—Exacto —rió, feliz—.
Y este —señaló a Harry, que se sonrojó furiosamente— estaba loco por la niñita de cabello oscuro que venía en verano.
Siempre preguntaba “¿Cuándo viene la princesa?”.
Parece que al fin se salió con la suya.
Harry enterró la cara en mi hombro, murmurando un “maaaamá” de protesta, pero yo solo podía reír, con el corazón tan lleno que pensé que explotaría.
La pintura, el beso, la reconciliación, y ahora este secreto del pasado.
Todo encajaba.
La tormenta había pasado, y la calma que quedaba era más brillante y más fuerte de lo que jamás había imaginado.
💔 El restaurante era acogedor, de luces bajas y mesas de madera robusta.
El aroma a hierbas frescas y a pan recién horneado envolvía el ambiente.
Nos sentamos en una mesa redonda: los padres de Harry a un lado, y nosotros dos frente a ellos.
La tensión de la galería se había disuelto, reemplazada por una calidez cómoda, casi soñada.
—Nunca había visto a mi hijo tan…
elocuente —comentó el señor Adams después de que el mesero tomara nuestra orden.
Su voz ya no tenía el peso de antes, sino un orgullo genuino—.
Esa pintura, Abby…
es la primera vez que entiendo lo que siente.
Harry bajó la mirada, un poco avergonzado, pero con una sonrisa tímida en los labios.
Bajo la mesa, su mano encontró la mía y entrelazó nuestros dedos.
—Siempre ha sido talentoso —dije, mirándolo—.
Solo necesitaba la confianza para mostrarlo.
—Y tú se la diste —agregó la señora Benson, con una sonrisa cálida—.
Desde que son novios, ha cambiado.
Para bien.
Está…
más centrado.
Más feliz.
—Mamá —protestó Harry suavemente, pero no pudo evitar sonrojarse de placer.
—Es la verdad, cariño —insistió ella, y luego me guiñó un ojo—.
Así que, Abby, cuéntanos.
¿Cómo fue que este tímido logró conquistarte?
Él siempre se pone colorado y no cuenta los detalles buenos.
Harry me apretó la mano, una señal de “por favor, sálvame”.
Yo sonreí, disfrutando del momento.
—Bueno —comencé, jugueteando con el tenedor—.
Fue en la clase de arte.
Él estaba concentradísimo en su cuaderno y no se dio cuenta de que se le estaba preguntando algo y él, en lugar de responder, se sonrojó tanto que se parecía un tomate Fue…
terriblemente adorable.
Los padres de Harry rieron a carcajadas.
Él enterró el rostro en mi hombro, murmurando: —Eres cruel.
—Pero fue ahí —continué, suavizando mi tono—.
Me di cuenta de que detrás de ese silencio y esa intensidad, había alguien increíblemente dulce.
—Y tú, hijo —preguntó el señor Benson, dirigiendo la conversación hacia Harry con un interés que parecía nuevo—.
¿Cuándo supiste que ella era…
diferente?
Harry se enderezó, pensativo por un momento.
La mano no soltó la mía.
—Fue hace dos años—dijo, su voz más segura—.
Unos idiotas estaban molestando a un chico nuevo.
Todo el mundo miraba para otro lado.
Pero Abby se levantó, fue hasta su mesa y, con una calma que daba miedo, les dijo que se fueran.
No levantó la voz, pero los dejó paralizados.
Se fueron.
—Miró nuestros dedos entrelazados—.
En ese momento supe que quería estar al lado de alguien así.
De alguien con ese tipo de valentía.
Sus palabras me conmovieron profundamente.
Yo ni siquiera recordaba ese día con tanta claridad.
—Bueno, parece que se admiran mutuamente —concluyó la señora Benson, con los ojos brillantes—.
Eso es lo más importante.
La comida llegó, y la conversación fluyó con una facilidad que nunca habría imaginado posible.
Hablamos de los planes de Harry para la universidad, de mis propias ideas, de lo emocionantes que se veían los preparativos para la graduación.
Los señores Benson me hicieron preguntas sobre mi familia, y pudieron notar una leve tensión cuando mencioné a mi papá, pero fueron lo suficientemente respetuosos como para no ahondar.
—Abby —dijo el señor Adams serenamente, mientras saboreaba su postre—.
Quiero disculparme.
Por no haber estado presente.
Y por no haber visto el regalo que tiene mi hijo.
Pero prometo que eso ha cambiado.
Eres bienvenida en nuestra familia siempre.
—Gracias, señor Adams—respondí, con un nudo en la garganta—.
Eso significa mucho.
💔 Al final de la noche, mientras salíamos del restaurante bajo un cielo estrellado, Harry me rodeó la cintura con el brazo, atrayéndome hacia él.
—¿Estás bien?
—me preguntó en un susurro, su aliento formando una nube de vapor en el aire frío.
—Estoy perfecta —susurré, y era la verdad—.
Tu familia es maravillosa.
—Tú eres maravillosa —corrigió él, y me dio un beso suave y rápido, pero lleno de una promesa de eternidad.
Mientras nos alejábamos, oí a la señora Benson decirle a su marido en un susurro audible: —¿Ves?
Te dije que esa niña era especial.
Y por primera vez, al pensar en el futuro, no sentí ansiedad.
Solo una paz profunda y la emocionante certeza de que, sin importar lo que viniera, lo enfrentaríamos juntos.
💔 Cuando las luces traseras del auto familiar se perdieron en la noche, el aire alrededor nuestro cambió.
La tensión cómplice y romántica de la cena se transformó en algo más eléctrico, más privado.
Harry me tomó de la mano, sus dedos entrelazándose con los míos con una firmeza posesiva que aceleró mi pulso.
Sin decir una palabra, me guió hacia su auto.
La puerta del pasajero se cerró con un sonido sordo, aislando el mundo exterior.
Él se deslizó detrás del volante, pero no encendió el motor de inmediato.
El interior del vehículo estaba en penumbra, solo iluminado por la tenue luz de un farol lejano que se filtraba por el parabrisas.
Nos miramos.
El silencio era espeso, cargado con el recuerdo del beso en la galería y toda la emoción contenida de la noche.
—Abby —susurró mi nombre, y era como una caricia en la oscuridad.
Su mano se liberó de la mía para acariciar mi mejilla, el dorso de sus dedos recorriendo la línea de mi mandíbula con una lentitud deliberada que me erizó la piel.
Su mirada era intensa, devoradora, reflejando todo lo que yo sentía.
—Harry —respondí, mi voz un hilo de sonido.
Eso fue todo lo que hizo falta.
Se inclinó sobre la consola central y su boca encontró la mía.
Este beso no tuvo nada de la ternura pública del anterior.
Fue un beso de hambre y de reconquista.
Sus labios fueron firmes, insistentes, saboreando los míos como si buscaran memorizar su textura.
Un gemido se escapó de mi garganta y eso pareció desatar algo en él.
Una de sus manos se hundió en mi cabello, desajustando con cuidado el peinado que tanto me había esmerado, mientras la otra encontró mi cintura, tirando de mí hacia él sobre la consola.
El volante le presionaba el estómago, pero él no parecía importarle.
Yo respondí con la misma urgencia, mis manos aferrándose a los costados de su camisa, arrugando la tela impecable que llevaba.
Su boca se movió de mis labios a mi mandíbula, dejando un rastro de fuego hasta el latido acelerado en mi cuello.
—Tanto tiempo —murmuró entre besos suaves y mordiscos ligeros que me hicieron estremecer—.
Te extrañé tanto.
—Yo también a ti —jadeé, mis dedos encontrando el camino hacia su cabello, enredándose en esos mechones suaves que tanto amaba.
Su mano en mi cintura se deslizó lentamente, con una intención clara pero no apresurada, hasta posarse en mi muslo, sobre la suave tela del vestido.
Su palma estaba caliente, casi abrasadora, y su tacto a través de la tela me provocó un calor intenso y familiar en el vientre.
Presionó suavemente, un gesto que era a la vez una pregunta y una afirmación.
—¿Esto está bien?
—susurró contra mi piel, su aliento caliente en mi oído.
En respuesta, giré mi rostro para encontrar sus labios de nuevo en un beso más profundo, más húmedo, permitiendo que mi lengua se encontrara con la suya en un baile que ya no era de guerra, sino de pura y absoluta complicidad.
Era un sí.
Un sí a él, a nosotros, a todo.
Su mano en mi muslo se tensó, acariciando la piel con el pulgar a través del vestido, subiendo centímetro a centímetro con una lentitud exquisita que me volvía loca.
El espacio del auto era pequeño, íntimo, y cada sonido—nuestra respiración entrecortada, el leve crujido de la piel—parecía amplificado.
—Debemos…
—él jadeó, separándose unos milímetros, su frente apoyada en la mía—.
Debemos irnos antes de que…
—Sí —interrumpí, sin querer que terminara la frase, sin querer que la magia se rompiera—.
Llévame a casa.
Asintió, con los ojos oscuros de deseo, y me dio un último beso, rápido y mordelón en el labio, antes de regresar a su asiento.
Arrancó el auto y la calefacción inundó el espacio, pero nada podía compararse al calor que ya ardía entre nosotros.
El viaje a mi casa fue en un silencio cargado, nuestras manos otra vez entrelazadas sobre el asiento, prometiendo con cada apretón que la noche, de alguna manera, no había terminado.
Que esto era solo el principio de redescubrirnos, de tocar, de sanar…
de amar.
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