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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 44

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44: Capítulo 44 44: Capítulo 44 El timbre de la casa de mi padre sonó con un tono melódico que parecía burlarse del latido discordante de mi corazón.

Respiré hondo, recordando la fuerza que sentí en la galería, la paz que había encontrado en los brazos de Harry.

Necesitaba esta paz para mí, también.

Él abrió la puerta.

Vestía jeans y una camiseta, una versión más relajada del hombre de negocios que había visto antes.

Su sonrisa era esperanzada, pero cautelosa.

—Abby.

Entra, por favor.

La casa era acogedora, con juguetes ordenados en un cesto y fotos de mis dos medias hermanas en las paredes.

Un recordatorio constante de la vida que había construido sin nosotras.

Nos sentamos en el sofá de la sala, una taza de té frente a cada uno.

El silencio era pesado, lleno de todo lo no dicho durante años.

—Gracias por venir —comenzó él, jugueteando con su taza.

—Tenía que hacerlo —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—.

No podía seguir cargando con esto.

Papá…

necesito hablar de lo que pasó.

De verdad.

Él asintió lentamente, poniendo toda su atención en mí.

—Estoy escuchando, princesa.

Te lo prometo.

—Cuando te fuiste…

—comencé, sintiendo un nudo en la garganta— no fue solo la partida.

Fue el mensaje que me dejó a mí, una niña de doce años: que no había sido lo suficientemente buena, o lo suficientemente importante, para que te quedaras.

Cada logro mío después de eso tenía un sabor amargo, porque en el fondo pensaba: ‘¿Y si aún no es suficiente?’.

Cada vez que mamá luchaba sola, yo sentía que era mi culpa por no ser una hija que valiera la pena mantener unida a su familia.

—Abby, no, por Dios…

—su voz se quebró, pero levanté una mano.

—Por favor, déjame terminar.

Esto lo he guardado tanto tiempo…

—Tomé un sorbo de té, buscando fuerza en su calor—.

Ese miedo…

se instaló en mí.

Y creció.

Y hace muy poco, casi destruye la cosa más importante que tengo.

Vi el interés y la preocupación en sus ojos.

—Tengo un novio.

Se llama Harry.

Y lo amo, papá, de una manera que me asusta a veces.

Es…

increíble.

Pero hubo un problema.

Una chica de su pasado apareció, justo cuando él estaba pasando por un momento muy malo con…

bueno, con sus propios padres.

Y en lugar de acudir a mí, se refugió en ella.

Mi padre no dijo nada, solo escuchaba, su expresión era seria.

—Y cuando los encontré…

no fue un beso, pero casi.

Y yo…

exploté.

Grité, le di una bofetada a la chica, dije cosas horribles…

—Mis manos temblaban alrededor de la taza—.

Me convertí en una persona que no reconocía.

Llena de celos y de rabia.

Y lo peor es que, en medio de todo ese dolor, no era solo el dolor por Harry.

Era un dolor viejo, familiar.

Era el miedo de que me hubieran cambiado otra vez.

De que yo fuera la opción descartable.

De que, una vez más, alguien a quien amaba encontrara consuelo en otro lado.

Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas ahora, pero no me importó.

—Durante días, estuve destrozada.

Hasta que una noche, Harry me mostró, de la manera más hermosa, que yo era su elección.

Su única elección.

Y al sentir esa seguridad, al sentirme…

suficiente para alguien por primera vez en mucho tiempo, me di cuenta de que no podía seguir permitiendo que esa niña asustada de doce años dirigiera mi vida.

No podía dejar que este rencor hacia ti arruinara mi chance de ser feliz.

Porque el rencor no te estaba castigando a ti, papá…

me estaba envenenando a mí.

Mi padre se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes.

—Abby, lo siento.

Lo siento más de lo que las palabras pueden expresar.

Fui un cobarde.

Tenía miedo de no poder ser el padre que merecías en dos hogares, y en mi estupidez, pensé que alejarme era más fácil.

Pero no hubo un solo día, ni una sola hora, en que tú no fueras suficiente.

Fallé yo.

Mi miedo, mis errores…

no tenían nada que ver contigo.

Eres, y siempre has sido, la hija más maravillosa que un hombre podría pedir.

Escuchar eso, después de tanto tiempo, fue como soltar un lastre que llevaba en el alma.

Un sollozo escapó de mi pecho.

—No te odio —susurré—.

Estoy cansada de estar enojada.

Duele demasiado.

Y veo a esas niñas en las fotos —señalé hacia el corcho lleno de recuerdos— y sé que son mi sangre.

Y quiero…

me gustaría intentar conocerlas.

No pretendo que seamos una familia perfecta de la noche a la mañana.

Pero quiero intentar ser…

tu hija otra vez.

De una manera nueva.

—Elena, la mayor, no deja de hablar de ti —dijo él, con una sonrisa a través de las lágrimas—.

Guarda los recortes del periódico del equipo de debate en el que estabas.

Y Sofía, la pequeña, pinta soles y dice que son para su hermana mayor que no conoce.

Al oír eso, el corazón se me encogió de una manera dulce y dolorosa.

—Me gustaría ver esos dibujos —dije, con una sonrisa temblorosa—.

Y me gustaría que empezáramos de nuevo.

Con paciencia.

—Podemos empezar con una cena.

Solo nosotros, y luego, cuando tú quieras, con ellas —propuso, con una esperanza renovada en la voz.

—Sí —asentí, sintiendo que una paz profunda se instalaba en mí—.

Me gustaría eso.

No era un perdón instantáneo.

Eso llegaría con el tiempo.

Pero era un comienzo.

Un acuerdo para dejar atrás el rencor y construir algo nuevo desde las cenizas.

Y al salir de su casa, sentí por primera vez que no solo estaba sanando mi relación con mi padre, sino que estaba sanando la parte más asustada de mí misma.

La niña de doce años, por fin, podía descansar.

Y la mujer que era ahora podía amar, y ser amada, sin la sombra del abandono acechando cada esquina.

💔 El aroma a grano de café recién molido y el sonido de la máquina espresso eran mi banda sonora habitual los sábados por la mañana.

Estaba detrás de la barra, concentrada en crear una roseta en el latte de una clienta, cuando el suave timbre de la puerta sonó.

—Bienvenidos a La…

—dije con mi voz más profesional, alzando la vista.

Las palabras se congelaron en mis labios.

Allí, en el marco de la puerta, estaba mi padre.

Y tomadas de sus manos, dos niñas me miraban con una curiosidad inmensa.

La mayor, Elena, tenía mi misma edad, con sus ojos heredados de nuestro padre y una timidez visible en su postura.

La pequeña, Sofía, no tendría más de seis años, y me observaba con los ojos muy abiertos, sin soltar un peluche de un pingüino que llevaba apretado.

—Abby —dijo mi papá con una sonrisa nerviosa—.

Espero que no te moleste la visita sorpresa.

Prometimos helado después, y…

bueno, pensé que podríamos empezar el día aquí.

—¡Claro que no!

—logré decir, con el corazón palpitándome con fuerza.

Dejé el latte terminado en la barra y salí de detrás del mostrador, limpiándome las manos en el delantal—.

Hola.

—Hola —murmuró Elena, ofreciéndome una sonrisa pequeña y tensa.

Sofía, en cambio, se escondió completamente detrás de la pierna de papá.

—Sofía, cielo, esta es tu hermana Abby —dijo papá con suavidad, animándola.

La niña asomó solo un ojo, apretando más fuerte su pingüino.

—Hola, Sofía —dije, agachándome un poco para estar a su altura, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora—.

Me encanta tu pingüino.

¿Cómo se llama?

Eso la hizo bajar un poco la guardia.

—Pingu —respondió en un suspiro casi inaudible.

—Pingu es un nombre genial —dije—.

¿Y a ti te gusta el chocolate?

Asintió con entusiasmo, y por fin se atrevió a asomar toda la cara.

Fue el rompehielos.

Mientras preparaba sus pedidos—un chocolate caliente con crema para Sofía, un latte vainilla para Elena y un café negro para papá—la tensión inicial se fue disipando.

Elena se sentó en una de las banquetas altas de la barra, observándome trabajar con interés.

—Mamá dice que estás en el cuadro de honor —comentó de repente, jugueteando con la cuchara.

La sorpresa me hizo sonreír.

—A veces.

No siempre.

—A mí las matemáticas se me dan fatal —confesó, y en ese momento, con ese pequeño gesto de vulnerabilidad, dejó de ser “la hija de la otra familia” para empezar a ser solo…

Elena.

—A mí también —admití en un suspio dramático—.

Son mi némesis.

Ella rió, un sonido suave y genuino.

Cuando terminé mi turno, el plan era el helado prometido.

Pero Sofía, ya mucho más suelta, tiró del dobladillo de mi jeans.

—¿Vamos al parque?

—preguntó, con Pingu ahora colgando de su brazo.

Miré a papá, quien me guiñó un ojo.

—Creo que es una orden.

El parque estaba lleno de la energía de un sábado soleado.

Mientras papá empujaba a Sofía en los columpios, yo me senté con Elena en un banco cercano.

—Es raro, ¿verdad?

—dijo ella de pronto, mirando a nuestra hermana pequeña reír—.

Todo esto.

—Muy raro —asentí—.

Pero…

bonito, también.

Ella asintió.

—Papá ha estado…

diferente.

Más feliz, desde que empezó a hablar de verte otra vez.

Sus palabras calentaron un lugar en mi pecho que había estado frío durante mucho tiempo.

Después de los columpios, llegó el helado.

Nos sentamos los cuatro en una mesa de picnic, con Sofía luchando valientemente contra un cono que se derretía más rápido de lo que ella podía lamer.

Tenía una pequeña mancha de chocolate en la nariz, y sin pensarlo, tomé una servilleta y se la limpié suavemente.

Ella se quedó quieta, mirándome con sus ojos grandes, y luego, espontáneamente, me ofreció su helado.

—¿Quieres?

Fue un gesto tan pequeño y tan enorme a la vez.

—No, cariño, es tuyo.

Pero gracias.

Al final de la tarde, cuando el sol empezaba a caer, caminamos de regreso al auto de papá.

Sofía, agotada y feliz, se durmió casi instantáneamente en su silla infantil.

Elena se despidió con un abrazo rápido pero sincero.

—Nos vemos en la cena, ¿sí?

—dijo papá, y su mirada era tan esperanzada como la de un niño.

—Sí —respondí, y esta vez no hubo duda en mi voz—.

Nos vemos en la cena.

Mientras veía alejarse el auto, con la imagen de la cabecita dormida de Sofía contra la ventana y la sonrisa tímida de Elena, supe que algo había cambiado para siempre.

No era la familia de antes.

Era algo nuevo, algo que estábamos construyendo con helado derretido, conversaciones tímidas y la valentía de dar una segunda oportunidad.

Y por primera vez, la idea de esa nueva familia no me daba miedo.

Me llenaba de una calma luminosa y esperanzada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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