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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 45

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45: Capítulo 45 45: Capítulo 45 El aroma a ajo y romero salía de la cocina de mi casa, un olor que siempre había significado felicidad y hogar.

Hoy, sin embargo, el hogar se estaba expandiendo.

—¿Crees que le guste el pollo asado a la esposa de tu papá?

—preguntó mi madre, revolviendo la salsa con un poco de nerviosismo.

Llevaba su delantal favorito, el de flores, y se había arreglado con un cuidado especial.

—Mamá, va a estar todo delicioso, tranquila —dije, cortando la ensalada.

Era surrealista preparar una cena en nuestra casa para el hombre que había sido su esposo y su nueva familia.

Pero también era…

correcto.

—Es solo que quiero que todo salga bien.

Para ti —susurró, y su sonrisa era un poco triste pero sincera.

El timbre sonó y nos miramos.

Era el momento.

Al abrir la puerta, estaba mi padre con Marta, su esposa, una mujer de sonrisa amable y ojos tranquilos.

Detrás de ellos, Elena me sonrió tímidamente y Sofía escondió la cara entre las piernas de Marta, aunque Pingu asomaba por encima de su cabeza.

—Pasen, por favor —dijo mi madre con una calidez que me llenó de orgullo—.

¡Qué lindo verte, Elena!

Y esta debe ser la famosa Sofía.

La tensión inicial se disipó con los cumplidos sobre la casa y el aroma de la comida.

Estábamos todos en la sala, en esa danza incómoda pero bienintencionada de las presentaciones, cuando sonó el timbre de nuevo.

Era Harry.

Llegó con una caja de pastelitos de la pastelería fina del centro y un ramo de flores para mi madre.

Al verlo, con su blazer informal y su sonrisa nerviosa, sentí una oleada de amor y orgullo.

—Harry, éste es mi papá, Roberto —dije, presentándolos formalmente.

—Un honor, señor —dijo Harry, estrechando su mano con respeto.

—El honor es mío, Harry.

Abby no ha hecho más que hablar de ti —respondió mi padre, y pude ver cómo evaluaba a Harry con una mirada que no era de desaprobación, sino de curiosidad y, quizás, de alivio.

—Y ésta es Marta, y mis hermanas, Elena y Sofía —continué.

Harry se agachó hasta quedar a la altura de Sofía.

—Hola, Sofía.

Me encanta tu pingüino.

¿Es un gran nadador?

Sofía asintió con seriedad, hechizada por la atención.

—Sí.

Y come mucho helado.

—¡Justo como yo!

—rió Harry, y con eso se ganó su aprobación para siempre.

La cena comenzó con una energía nerviosa pero positiva.

Las conversaciones giraban en torno a temas seguros: el clima, los planes de graduación, el arte.

Harry y mi padre hablaron de pintura, y para mi asombro, vi a mi padre escuchando con genuino interés.

—Abby me contó sobre tu cuadro, Harry —dijo Marta con dulzura—.

Suena realmente conmovedor.

—Fue el proyecto más honesto que he hecho —respondió Harry, y su mano encontró la mía bajo la mesa, apretándola.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de mi madre.

Su expresión cambió de sorpresa a pura alegría.

—¡Es mi hermana!

—anunció a la mesa—.

Disculpen, debe ser sobre el bebé.

Tomó la llamada y su rostro se iluminó.

—¿Ya?

¡Pero si faltaba una semana!…

¿Están bien?…

¡Dios mío!

¡Felicidades!

Colgó, con lágrimas en los ojos.

—¡Es una niña!

La bebé está perfecta.

Un coro de felicitaciones llenó la sala.

La noticia de una nueva vida, de un nuevo comienzo, pareció romper el último muro de formalidad.

De pronto, estábamos celebrando todos juntos.

Mi padre brindó por la nueva prima, y mi madre, con los ojos brillantes, brindó por “la familia, en todas sus formas maravillosas y a veces complicadas”.

💔 Al final de la noche, mientras ayudaba a mi madre a llevar los platos a la cocina, me detuve en la puerta para observar la escena en la sala.

Harry estaba en el suelo, mostrándole a Sofía cómo dibujar un pingüino en una servilleta.

Elena y Marta reían con algo que decía mi padre.

Mi madre se acercó a mí, poniendo un brazo sobre mis hombros.

—Míralos —susurró—.

Es raro, ¿verdad?

Pero es…

bueno.

—Sí —asentí, apoyando la cabeza en su hombro—.

Es bueno.

Harry se levantó y se acercó a nosotras.

—Señora, fue una cena increíble.

Gracias.

—Es Susan, Harry —dijo mi madre con una sonrisa—.

Y gracias a ti por venir.

Cuida mucho de mi niña.

—Siempre —prometió él, y su mirada era tan sincera que no cupo duda.

Al despedirnos en la puerta, mi padre me abrazó.

—Estoy muy orgulloso de la mujer en la que te has convertido, Abby.

—Gracias, papá.

💔 El gimnasio del colegio se había transformado.

Las sillas plegables y el olor a sudor habían sido reemplazados por un mundo de fantasía nocturna.

El tema “Noche de Estrellas” cobraba vida: el techo era un dosel negro tachonado con miles de luces titilantes y estrellas de papel plateado que giraban lentamente, proyectando motas de luz danzantes sobre todo y todos.

Columnas envueltas en tela azul oscuro flanqueaban la pista de baile, y en el centro, un enorme globo de espejos giraba, lanzando reflejos como escamas de luz sobre la multitud.

Yo me quedé paralizada en la entrada, sintiendo cómo el vestido se me pegaba al cuerpo en un sudor frío de emoción.

Era de un color champagne, largo hasta el suelo, con un torso ajustado enjoyado que capturaba cada destello de luz y una falda de varias capas de tul suave que se movía como una nube con cada paso.

Mis amigas eran una explosión de color a mi lado: Lía en un rojo pasión que desafíaba la temática, Cam en un verde esmeralda elegante, y Mara, la candidata a reina, en un blanco níveo y sencillo que la hacía ver como la estrella más brillante de todas.

—Vaya, Abby —susurró Cam, ajustando la pulsera de perlas falsas que llevaba—.

Harry se va a quedar sin aliento.

—O va a huir corriendo —bromeé, pero la sonrisa no se me iba de la cara.

La música, una base pulsante mezclada con éxitos pop, llenaba el espacio.

El aire olía a perfume caro, a spray para el cabello y a la dulce promesa de la noche.

De repente, la multitud frente a mí se abrió.

Y allí estaba él.

Harry.

Con un esmoquin negro que le sentaba como un guante, la camisa blanca inmaculada contrastando con su piel y el cabello peinado con una elegancia despreocupada.

Pero no era el traje lo que me dejó sin aliento.

Era la manera en que me miraba, con una intensidad que silenciaba toda la fiesta.

Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello recogido en un moño desenfadado que dejaba escapar unos cuantos rizos, y finalmente se clavaron en los míos.

Era una mirada de asombro puro, de admiración y de un amor tan profundo que sentí que el suelo cedía bajo mis pies.

Cruzó la distancia entre nosotros sin apartar la vista de mí.

La gente parecía desdibujarse, convertirse en extras en nuestra película personal.

—Abby —dijo, y su voz era más ronca de lo habitual.

Tomó mi mano con una reverencia que no era para nada propia de él, y la llevó a sus labios, depositando un beso suave en mis nudillos.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo—.

Eres…

la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

—Tú no te quedas atrás, Adams —logré articular, sintiendo cómo me ardían las mejillas.

—¿Me concedes este baile?

—preguntó, con una sonrisa traviesa que hacía juego con el brillo en sus ojos.

Como en un sueño, asentí.

Su mano encontró la cintura de mi vestido, y la mía se posó en su hombro.

La orquesta en la pista cambió a una balada lenta y emotiva.

Cuando empezamos a movernos, fue como si fuéramos la única pareja en el mundo.

Su mano en mi espalda era firme, guiándome con una seguridad que me hacía sentir a salvo y deseada al mismo tiempo.

Nuestros cuerpos se acercaron, la falda de tul de mi vestido rozaba sus pantalones de esmoquin.

Apoyé la mejilla en su pecho, oliendo su colonia limpia y familiar, mezclada con el aroma de la noche.

—¿Recuerdas cuando te dije que quería ser tu lugar seguro?

—susurró él, su albor caliente en mi oído.

Asentí contra su pecho.

—Bueno, en este momento, con usted en mis brazos, eres tú quien me hace sentir a salvo del mundo entero —confesó, y sus palabras me llegaron más hondo que cualquier beso.

Bailamos así durante lo que pareció una eternidad y un instante, perdidos en nuestro propio universo de luz, música y tacto.

Sus dedos trazaban círculos pequeños en mi espalda a través de la tela, y yo podía sentir los latidos de su corazón acelerándose contra mi mejilla.

De vez en cuando, se inclinaba y depositaba un beso suave en mi sien, un gesto tan íntimo y tierno que me derretía por dentro.

De pronto, la música se detuvo y el director subió al escenario.

—¡Buenas noches, Clase de 2024!

—anunció, y un rugido ensordecedor llenó el gimnasio—.

Es el momento de coronar a su Rey y Reina de la Graduación!

La tensión era palpable.

Mientras anunciaban a los finalistas, Harry me apretó la mano.

—Apuesto por Mara y Liam.

—Obvio —susurré.

Y así fue.

Cuando anunciaron sus nombres, el gimnasio estalló.

Mara, con lágrimas en los ojos pero una sonrisa radiant, y Liam, con su sonrisa fácil, subieron al escenario.

Les colocaron las coronas de plata y les entregaron cetros.

Se miraron, y en ese momento, no eran dos personas populares, sino dos amigos que se habían encontrado en el camino.

Liam, en un gesto que no estaba en el guion, le tendió la mano a Mara y la hizo girar suavemente antes de besarla en la mejilla, provocando otro estallido de aplausos.

Fue un momento perfecto.

Pero para mí, el momento perfecto siguió después, cuando la música volvió a sonar, más suave ahora, y Harry me tomó de la mano.

—¿Salimos un momento?

—preguntó, con una chispa de misterio en la mirada.

Me guió a través de la multitud, fuera del bullicioso gimnasio, hacia un balcón tranquilo que daba a las canchas deportivas.

El aire de la noche era fresco, un contraste glorioso con el calor interior.

Las estrellas de verdad brillaban arriba, compitiendo con las de papel de nuestro interior.

—No creo que haya nada en el mundo que pueda superar esta noche —suspiré, apoyándome en la barandilla y mirando el cielo.

Harry se apoyó a mi lado, su brazo rozando el mío.

—Yo sí.

Me miró, y en la penumbra, sus ojos parecían más oscuros, más profundos.

—Porque esta noche es solo el principio, Abby.

El principio de todo.

De la universidad, de nuestra vida…

de todo lo que viene después.

Y no hay nadie con quien quiera vivirlo más que contigo.

—Yo también —susurré, y esta vez fui yo quien cerró la distancia.

El beso que compartimos allí, bajo las estrellas verdaderas, con el eco lejano de nuestra fiesta de graduación, no fue de pasión desenfrenada ni de desesperación.

Fue un beso de promesa.

Un sello en el contrato no escrito de nuestro futuro.

Era suave pero seguro, lento pero lleno de un significado que trascendía el momento.

Sabía a esperanza, a orgullo y a un amor que había sido probado en el fuego y había salido más fuerte.

Cuando nos separamos, la música dentro cambió a una canción alegre.

Sonreímos el uno al otro, sabiendo que era hora de volver con nuestros amigos, de bailar hasta que nos dolieran los pies, de absorber cada último segundo de nuestro último baile de instituto.

—¿Lista?

—preguntó Harry, ofreciéndome el brazo.

Tomé su brazo, mirando el gimnasio iluminado, luego su rostro, y finalmente el cielo estrellado.

—Lista —dije.

Y lo estaba.

Para esta noche, para él, para el futuro que brillaba ante nosotros, tan infinito y lleno de promesas como el cielo sobre nuestras cabezas.

Nuestra propia noche de estrellas apenas comenzaba

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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