Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 47
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47: Capítulo 47 47: Capítulo 47 Extra II Dos años.
El pensamiento flotaba en mi mente, tan cálido y constante como la brisa salada que acariciaba mi piel.
Dos años desde aquella primera cita torpe, desde los celos, las lágrimas y la reconciliación que forjó nuestro amor con acero.
Y ahora, aquí estábamos.
México.
La playa era una media luna de arena blanca como polvo de diamante, bañada por un mar turquesa que susurraba secretos al shore.
Detrás de nosotros, una villa de techos de paja se integraba en la jungla, y el sonido de las risas de nuestras familias—la de Harry y la mía, unida y bulliciosa—llegaba amortiguado por la distancia.
Era el regalo de graduación universitaria de los padres de Harry, unas vacaciones para todos.
Pero esta noche, esta noche era solo nuestra.
Habíamos cenado en la terraza, con las velas luchando contra la brisa y el sonido de las olas como nuestra banda sonora.
Mis padres, su mamá y su papá (ahora divorciados pero civilizados), Marta, e incluso Elena y Sofía, habían brindado por nosotros.
Por “los que lo lograron contra todo pronóstico”, como dijo mi mamá con lágrimas en los ojos.
Ahora, todos se habían retirado, dejándonos solos en la playa bajo un manto de estrellas tan brillantes y numerosas que parecían derramarse del cielo.
—Ven —Harry me tomó de la mano, su voz un susurro ronco contra el rumor del mar.
Caminamos descalzos por la orilla, la espuma fría lamiéndonos los pies.
Llevaba un vestido blanco largo y vaporoso que flotaba alrededor de mis piernas, y él, unos pantalones lino claros y una camisa abierta que dejaba ver su torso, más bronceado de lo habitual.
Olía a sal, a protector solar y a él, una combinación que se había convertido en el aroma de mi felicidad.
Nos detuvimos lejos de la villa, donde una hamaca gigante colgaba entre dos palmeras.
La luna, casi llena, pintaba una senda plateada sobre el agua.
—Dos años —dijo él, rodeándome la cintura por detrás y apoyando la barbilla en mi hombro.
Sus brazos eran fuertes, un refugio familiar—.
A veces siento que fue ayer cuando entrabas furiosa a esa habitación.
Y otras veces, siento que te he amado toda mi vida.
Me giré dentro de su abrazo para poder ver su rostro.
La luz de la luna esculpía sus pómulos, iluminaba la intensidad de sus ojos.
—Yo también —susurré.
Él no dijo nada más.
En su lugar, su mano se alzó para acariciar mi mejilla, y luego su boca encontró la mía.
Este beso no tenía la urgencia de nuestros primeros encuentros, ni la desesperación de la reconciliación.
Este beso era un lenguaje completo en sí mismo.
Era lento, profundo, y sabía a mar y a eternidad.
Sus labios se movieron sobre los míos con una certeza que hacía que cada célula de mi cuerpo cantara.
Era un beso que decía “te conozco”, “te elijo” y “soy tuyo”, todo al mismo tiempo.
Cuando nos separamos, jadeantes, su frente se apoyó en la mía.
—Te amo, Abigail.
Más cada día.
—Yo también te amo, Harry.
Siempre.
Entonces, con una mirada que era una pregunta y una promesa, me tomó en sus brazos—no con la fuerza brusca de antes, sino con una ternura posesiva—y me llevó hacia la hamaca.
No era un lecho, pero bajo ese cielo, era más que suficiente.
El mundo se redujo a la isla, a la hamaca, a nosotros.
Sus manos, callosas por los pinceles pero increíblemente suaves en mi piel, comenzaron un viaje lento y deliberado.
Deslizó las tiras de mi vestido, y la tela vaporosa cayó como una nube a mis pies.
La luna me bañó, y su mirada fue de una adoración tan palpable que contuve la respiración.
—Eres tan hermosa —murmuró, y sus palabras fueron una caricia más.
Su boca siguió el rastro que sus manos habían marcado.
Besos suaves en el hueco de mi clavícula, mordiscos ligeros que me hacían estremecer en la curva del seno, su lengua trazando círculos hipnóticos en mi piel.
Cada contacto era un recordatorio de lo lejos que habíamos llegado, de la confianza que habíamos construido.
No había prisa, solo la exploración reverente de dos almas que se habían encontrado por completo.
Yo me entregué, mis manos recorriendo la espalda fuerte que conocía tan bien, mis dedos enredándose en su cabello.
Cada gemido que escapaba de mis labios era una oración de agradecimiento, cada susurro de su nombre una confirmación de mi amor.
Cuando por fin nos unimos, fue con una lentitud exquisita que nos dejó a ambos sin aliento.
No fue un acto de pasión descontrolada, sino la unión sagrada de dos seres que se amaban más allá de toda medida.
El balanceo suave de la hamaca se convirtió en el ritmo de nuestros cuerpos, las estrellas fueron testigos de nuestro éxtasis, y el sonido constante del mar enmarcó los jadeos y susurros que intercambiamos.
Era hacer el amor en su forma más pura.
Un diálogo sin palabras donde cada mirada, cada tacto, cada respiración sincronizada decía lo que las palabras no podían capturar.
Era la celebración no solo de dos años, sino de cada batalla ganada, cada lágrima enjugada, cada sueño compartido.
Después, cuando el éxtasis cedió a una paz profunda y soñolienta, quedamos entrelazados en la hamaca, cubiertos por la frescura de la noche y el calor de nuestros cuerpos.
Su brazo era mi almohada, su corazón latiendo con un ritmo tranquilo contra mi oído.
—¿Sabes qué?
—susurró él, rompiendo el silencio cargado de felicidad.
—¿Qué?
—Este es mi cuadro favorito —dijo, acariciando mi hombro desnudo—.
Tú, aquí, con la luna en tu piel y el mar en tus ojos.
Es aún mejor que “La Calma en Mi Tormenta”.
Sonreí, enterrando el rostro en su cuello.
—Es nuestro.
Y es real.
—Sí —asintió, apretándome contra él—.
Y tenemos toda la vida para pintar más.
Bajo el cielo infinito de México, con las olas susurrando su canción eterna, supe que era verdad.
El viaje había sido salvaje a veces, pero nos había llevado aquí, a este momento de paz absoluta y amor inquebrantable.
Y no había lugar en el mundo donde preferiría estar.
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