Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 48
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48: Capítulo 48 48: Capítulo 48 Extra III Dos años de relación habían tejido una normalidad dorada alrededor de Harry y a mí.
Nuestro pequeño departamento olía a velas de calabaza y a manzana canela.
Esa noche de Halloween, estaba lleno de vida.
Mara, Cam y Lía ayudaban a colgar guirnaldas fosforescentes, mientras las risas de Harry, Liam y los otros chicos llegaban desde la cocina, donde preparaban una “poción” con gaseosa y helado de frutos rorios.
—¿Abby, pasas las palomitas?
—preguntó Harry, asomándose por la puerta.
Su sonrisa era cálida, familiar.
Pero por una fracción de segundo, algo parpadeó en sus ojos.
Un destello de un verde opaco, como el musgo en una piedra húmeda.
Lo atribuí a un reflejo de las luces de murciélago.
—Claro —respondí, pasándole el bol.
Nuestros dedos se rozaron, y noté que los suyos estaban inusualmente fríos.
El primer timbre de la noche sonó.
Niños disfrazados.
Repartí dulces con una sonrisa, pero una punzada de frío me recorrió la espalda cuando cerré la puerta.
Tuve la sensación de ser observada desde la oscuridad del pasillo.
La noche avanzó.
Las películas de terror sonaban, pero yo no podía concentrarme.
Observaba a Harry.
Se reía con Liam, le pasaba el brazo por los hombros a Mara…
pero había algo rígido en sus movimientos, como si estuviera siguiendo un guion.
Y de vez en cuando, cuando pensaba que no lo miraba, su sonrisa se desvanecía, dejando un rostro impasible y…
vacío.
—¿Estás bien, Abby?
—preguntó Cam, notando mi tensión—.
Tienes una cara…
—Estoy bien.
Solo un poco de dolor de cabeza —mentí.
Fui a la cocina por un vaso de agua.
Harry estaba allí, solo, mirando fijamente la olla de la “poción” burbujeante.
No se movió cuando entré.
—¿Harry?
Se giró lentamente.
Su mirada se posó en mí, pero no me vio.
Era como si estuviera mirando a través de mí, a algo detrás.
—¿Recuerdas el juego, Abby?
—su voz era la de Harry, pero el tono era plano, mecánico, como una grabación desgastada.
—¿Qué juego?
—pregunté, un hielo apoderándose de mis venas.
—El juego de los corazones rotos —respondió.
Una sonrisa lenta y antinatural se extendió por sus labios.
No llegó a sus ojos, que seguían siendo pozos oscuros—.
Las reglas han cambiado.
Ahora, los que ganan…
se quedan con todo.
De repente, las luces parpadearon violentamente y se apagaron.
Los gritos de susto de mis amigos se cortaron de golpe, ahogados por un silencio absoluto y pesado, como el de una tumba.
—¡¿Chicos?!
—grité, aterrada—.
¡¿Harry?!
Una única vela en la mesa de la cocina se encendió por sí sola, proyectando sombras danzantes y alargadas.
Y allí, sentados alrededor de la mesa, estaban todos.
Mara, Cam, Lía, Liam…
Sus cuerpos estaban rígidos, sus cabezas ladeadas en un ángulo imposible.
Y sus rostros…
no tenían rostro.
Donde deberían estar sus ojos, narices y bocas, solo había una piel lisa y pálida, como máscaras de cera sin terminar.
Un gemido de puro terror se escapó de mi garganta.
Giré para huir, pero me topé con una figura.
Era Harry.
Seguía sonriendo esa sonrisa horrible.
—No huyas, Abby —dijo, y su voz ahora tenía un eco metálico, como si varias personas hablaran a la vez—.
El juego es mejor con dos.
Vi el cuchillo de cocina para cortar la tarta de Halloween en su mano.
No lo empuñaba como una amenaza, sino con la naturalidad con la que sostendría un pincel.
—Él no está aquí, Abby —susurró la voz, pero ahora salía de todas partes—.
El Harry que amas está perdido.
Este…
esto es lo que queda.
Un eco.
Y los ecos…
solo repiten.
Avanzó hacia mí, no con rabia, sino con una calma aterradora.
Yo retrocedí, tropezando con una silla, mis sollozos llenando el silencio opresivo.
—Tú le diste tu corazón —dijo la cosa con la voz de Harry—.
Y en este juego, los corazones que se entregan…
se pierden para siempre.
Levantó el cuchillo.
El reflejo de la vela bailó en el filo.
Un grito desgarrador, el mío, llenó la oscuridad justo cuando la hoja descendía.
💔 —¡ABBY!
Me incorporé de golpe en la cama, un grito ahogado en mis labios.
El corazón me martillaba el pecho como un animal enjaulado.
La luz del día inundaba la habitación.
Harry estaba a mi lado, pálido y con los ojos desorbitados por la preocupación.
Sus manos, cálidas y vitales, me sujetaban los brazos.
—Cariño, por Dios, ¿qué pasó?
¡Gritaste!
Jadeaba, mirando a mi alrededor frenéticamente.
Nuestro dormitorio.
Seguro.
Normal.
Las bolsas de dulces para la noche.
Sus pinceles en el escritorio.
—Una pesadilla…
—balbuceé, desplomándome contra su pecho.
Su corazón latía fuerte y rápido, un tambor de vida—.
Tú…
no eras tú…
era algo…
en ti…
—Shhh, ya pasó —murmuró, abrazándome con fuerza—.
Estoy aquí.
Soy yo.
Soy Harry.
—Tus ojos…
—susurré, temblando—.
Eran verdes.
Y fríos.
Él se separó un poco, mirándome fijamente a los ojos, permitiéndome ver en su profundidad marrón familiar.
No había rastro de verde, solo preocupación y amor.
—Soy yo, Abby.
Te lo prometo.
Fue solo un mal sueño.
Me acunó en sus brazos hasta que mis temblores cesaron.
La lógica regresó.
Era Halloween.
Habíamos estado planeando la fiesta.
Mi subconsciente, con sus viejos miedos a perderlo, había creado una pesadilla perfecta.
Pero mientras me calmaba, una duda insidiosa se enroscó en mi mente.
Justo antes de despertar, cuando esa cosa sonrió…
juré que en el aire, por un instante, había flotado el tenue olor a tierra mojada y a algo dulcemente podrido, el mismo olor del vestido de Claire la noche que todo estalló.
Sacudí la cabeza, enterrando el rostro en el cuello de Harry.
Era solo un sueño.
Tenía que serlo.
Porque la alternativa—que algo se hubiera quedado de aquella noche, algo que pudiera poseer el cuerpo de la persona que amaba—era un terror demasiado real para soportar.
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