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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 49

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49: Capítulo 49 49: Capítulo 49 Extra IV Tres años.

El suave crepitar del fuego en la chimenea era el latido de la casa.

El aire olía a pino, a galletas de jengibre recién horneadas y a la promesa de la cena que se preparaba en la cocina.

Nuestra casa—la que Harry y yo compráramos hacía seis meses—estaba rebosante de vida, calor y la cacofonía alegre de una familia que había aprendido, contra todo pronóstico, a encajar sus piezas.

El árbol de Navidad, un abeto enorme que Harry y mi papá habían traído con no poco esfuerzo, centelleaba en un rincón de la sala, cargado de esferas, luces y recuerdos.

En la parte más alta, la estrella que mi madre nos había regalado el primer año que vivimos juntos brillaba con orgullo.

—¡Sofía, no comas tanto glaseado!

—la voz de Marta sonó desde la cocina, seguida de la risa de mi madre.

—Déjala, para eso es Navidad —respondió mi mamá.

Verlas a las dos cocinando juntas, como viejas amigas, era un milagro que nunca dejaba de conmoverme.

En el sofá, Cam, con un suéter navideño que dejaba adivinar su evidente y hermosa barriga de siete meses, se acomodaba contra su esposo, Leo.

Mara y Liam, ahora prometidos, discutían playfully sobre cómo colgar las medias en la repisa.

Lía, con un vestido brillante, le contaba una historia exagerada a James, el mejor amigo de Harry de la universidad, quien la miraba como si fuera la mujer más fascinante del planeta.

La puerta se abrió, dejando entrar un soplo de aire frío y a los padres de Harry, que llegaban juntos, sonrientes.

Traían regalos y más risas.

Detrás de ellos, Elena entró con timidez, pero su rostro se iluminó al ver a todos.

—¡La banda está completa!

—anunció Harry, saliendo de la cocina con una bandeja de ponche de huevo.

Llevaba un suéter horrible de renos que le había regalado Sofía y se veía tan adorable que le robé un beso rápido.

—¡Beso bajo el muérdago!

—gritó Sofía, señalando triunfalmente el ramito que colgaba del marco de la puerta.

Todos rieron mientras Harry me rodeaba la cintura y me daba un beso más largo, bajo los aplausos y los silbidos de nuestros amigos.

La cena fue un festín ruidoso y feliz.

La larga mesa estaba llena de platos que representaban a cada familia.

El pavo de mi madre, el jamón glaseado de la señora Benson, la ensalada de manzana de Marta.

Las conversaciones se superponían, llenas de planes para el año nuevo, anécdotas de la universidad y consejos no solicitados para Cam y Leo.

—¿Ya tienen nombre?

—preguntó mi papá, con los ojos brillantes al mirar la barriga de Cam.

—Si es niña, Lara.

Si es niño, Mateo —dijo Cam, acariciándose suavemente la panza.

—¡Otro miembro para el clan!

—exclamó Lía, brindando con su copa de sidra espumosa.

Después de la cena, nos apiñamos en la sala, con el fuego crepitando, para abrir los regalos.

Fue un caos de papel de regalo y exclamaciones.

Sofía gritó de alegría con su nuevo juego de arte; Elena, más contenida, sonrió ampliamente con los libros que le regalamos.

Harry y yo abrimos el regalo de mis padres: un cuadro de la casa el día que la compramos.

—Para que nunca olviden el comienzo —dijo mi mamá, con lágrimas en los ojos.

Pero el momento más mágico llegó después, cuando todos estaban distraídos, charlando o recogiendo.

Harry me tomó de la mano y me llevó en silencio a la ventana del comedor, que daba al jardín trasero.

Una suave nevada había comenzado a caer, cubriendo el mundo con un manto de silencio y pureza.

—Tres años —susurró, mirando la nieve—.

Y cada Navidad contigo es mejor que la anterior.

—Es porque cada año nuestra familia crece —respondí, apoyando la cabeza en su hombro y observando la escena detrás de nosotros.

Nuestros padres, sus nuevas parejas, nuestros amigos, nuestras hermanas…

todos entrelazados en este tapiz de amor y aceptación que habíamos tejido juntos.

—¿Recuerdas nuestra primera Navidad?

—preguntó él—.

En el departamento, con solo nosotros dos y un arbolito minúsculo.

—Cómo olvidarlo.

Fue perfecto.

—Esto también lo es —dijo, girándome hacia él—.

De una manera diferente, más grande, más ruidosa…

pero perfecta.

Me miró, y en sus ojos vi reflejadas las luces del árbol y el amor más profundo y tranquilo que pueda existir.

—Feliz Navidad, Abby.

—Feliz Navidad, Harry.

Afuera, la nieve seguía cayendo, silenciosa y constante, blanqueando el pasado y envolviendo nuestro futuro en una promesa de paz y de incontables Navidades más, juntos.

Esta noche, en nuestra casa llena de amor, cada corazón estaba completo.

Y esa era la mayor de todas las bendiciones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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