Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 Las luces de ciudad se filtran por las ventanas.
El silencio es cómodo, con un hilo musical suave.
Él conduce con la mirada fija al frente, pero eso no evita que sienta que me lanza miradas de reojo.
—Nunca pensé que el arte sería la excusa perfecta…
para tenerte así, al lado.
—Su tono no es coqueto; es contenido.
Sus dedos rozan el volante con ritmo pausado.
Ay, que alguien me ayude.
De verdad tiene que ser ilegal lo que esas palabras causan en mí.
Mi corazón se acelera y ya siento un leve sonrojo creciendo en mis mejillas.
—Aunque, para ser honesto…
no sé si el cuadro más bonito está en la exposición o ahora mismo en este asiento.
Listo.
Ya se acabó.
Me morí.
Por favor, entierren a este hombre.
Me mató.
Me arruinó para otros hombres.
Así de sencillo.
—No deberías mirar tanto, Harry.
Vas a chocar…
o vas a perder el control por algo más que el volante.
—Dije nerviosa, cruzando las piernas y apretándolas, sintiendo una creciente tensión en mi centro.
—No me provoques, Abby.
—Sus ojos se deslizan brevemente de la calle a mis labios, pero vuelve al frente con esfuerzo—.
Porque tengo exactamente tres lugares donde podría detener este auto…
y en ninguno se supone que te bese.
—Suelta el aire como quien se contuvo, mordiendo el borde de una sonrisa.
Dios, te necesito.
Dame fuerzas, Señor.
—¿Y por qué no te detienes?
—Dije por impulso.
Maldita sea, Abby, ¿qué te pasa?
Si quieres, solo pídele que detenga el maldito coche y te folle.
¿Te parece?
¿Cómo este chico, tan reservado y tímido, puede decir e insinuar tales cosas?
Harry aprieta levemente el volante, como si eso fuera lo único que le impide cruzar esa línea que acaba de abrirse con mis palabras.
—Porque si me detengo… —Su voz es contenida, baja.
Se inclina apenas hacia mí, la mirada clavada en mis labios, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido—.
No sabría si besar tu boca…
o hacer otra cosa.
—Sus palabras son suaves pero cargadas de tensión, como fuego en terciopelo.
Mis piernas se aprietan más, intentando darle consuelo a mi centro…
pero eso es imposible.
Su mano se mueve hasta el control del aire, como si quisiera distraerse.
Él parece tan calmado, como si la situación y lo que dijo no le afectaran en lo más mínimo.
En el reflejo del parabrisas se reflejan sus propios ojos: no tímidos, no reservados.
Hambrientos.
Me desea y, aun así, no me toca.
No se acerca del todo.
—Me parece cruel que existas así, al alcance…
pero con un vestido que grita: “mírame, pero no me toques”.
—Vuelve a comentar sin apartar la mirada del frente.
Muerde suavemente el interior de su mejilla, su mandíbula apenas tensa—.
¿Tú…
quieres que me detenga, Abby?
La pregunta no se siente casual, ni tranquila: es una cuerda tensa entre deseo y cuidado.
—No sé…
—Mis dedos juegan con la pulsera en mi muñeca, como si fuera un talismán que me mantiene en control—.
Tú manejas…
—Bajo la mirada a mis propias piernas, cruzándolas con lentitud.
Mis manos se apoyan en mi regazo, pero no están quietas.
Se rozan entre sí, como si buscara dónde drenar la tensión—.
Y si te detienes, quizás no haya vuelta atrás.
La atmósfera se espesa.
En el estéreo, una canción instrumental se vuelve fondo, pero casi se pierde frente al silencio compartido entre nosotros.
¿Cómo se contiene una boca que ya se siente invitada?
¿Cómo se respira cuando todo lo que él no dice…
ya lo dijo?
—Pienso.
Su garganta se mueve, como si tragara algo más que saliva.
Sus nudillos aprietan suave el volante.
Y sonríe, pero no por alivio.
Sonríe porque está malditamente encantado.
—Entonces no me detengo…
—Su voz finalmente responde, grave, lenta, como si cada palabra llevara peso—.
Pero te juro que, si lo hago, no será porque perdí el control.
Será porque lo elegí.
💔 El silencio en el carro no es incómodo.
Es denso, como si las palabras que no nos dijimos estuvieran flotando entre nosotros, acariciando el aire.
Henry mantiene la mirada al frente, pero sus dedos tamborilean levemente sobre el volante.
Yo, con las piernas cruzadas, observo el reflejo de mi rostro en la ventana, sintiendo que el vestido aún respira junto a mi piel.
El Toyota Corolla color vino se detiene frente a un edificio de fachada moderna, recién inaugurado.
La galería Versos Suspendidos se alza con líneas limpias, grandes ventanales y una marquesina negra con letras doradas que brillan bajo la luz cálida del atardecer.
Afuera, un grupo de personas conversa con copas en mano, mientras una cortina de luces colgantes marca la entrada como si fuera un umbral ceremonial.
Un joven con traje gris claro se acerca al auto.
Henry baja, rodea el vehículo y abre la puerta del copiloto.
Me extiende la mano para ayudarme a salir, y la manera en que lo hace es tan natural que mi corazón se aprieta.
Su mano se mantiene sobre la mía, dando la intención de que no me va a soltar.
Le entrega las llaves al chico con un gesto discreto, y el encargado asiente antes de llevarse el auto hacia el estacionamiento privado.
Al entrar, la atmósfera cambia.
El espacio está iluminado con luces suaves, como si cada rincón estuviera diseñado para proteger los versos.
Las paredes blancas están cubiertas por obras visuales inspiradas en los poemas de Sylvia Plath: collages, pinturas abstractas, retratos fragmentados.
Hay música instrumental flotando en el aire, y el murmullo de los asistentes se mezcla con el tintinear de copas.
Recorro toda la sala con la mirada, con Harry a mi lado.
Me detengo frente a una obra y sonrío al reconocerla: Lady Lazarus.
La pintura muestra una figura femenina en tonos rojos y negros, con capas de piel translúcida y ojos que parecen mirar desde otra vida.
A su lado, hay una placa con el verso: > “Dying is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.” Me detengo frente a la pintura.
Henry se acerca por detrás, su voz baja: —Plath escribió esto como una forma de desafiar la muerte…
pero también de desafiar al mundo que la miraba sin entenderla.
Asiento, tocando el borde de la placa con la yema de los dedos.
—Es como si cada pincelada fuera una cicatriz…
pero también una declaración.
Henry sonríe, y sin decir nada, me ofrece una copa de champán.
La tomo; mis dedos rozan los de él.
Caminamos hacia otra obra: una interpretación de Tulips.
La pintura muestra flores flotando en un fondo blanco, con trazos rojos que parecen latidos.
Henry lee en voz baja: > “The tulips are too excitable, it is winter here.” —¿Sabes?
—digo—.
A veces me siento como esas flores.
Demasiado viva en un lugar que espera silencio.
Henry me mira.
No responde.
Solo desliza su brazo detrás de mí, rozando mi espalda con la palma abierta, como quien acompaña sin invadir.
—¿Crees que Sylvia escribía para sobrevivir…
o para que alguien la leyera?
—pregunto con la necesidad de romper los silencios cómodos que, a veces, distraen mi mente y evitan que vuelva a la conversación del carro.
Harry levanta la vista.
Me mira como si algo dentro se hubiera activado.
—Ambas.
Pero creo que no sabía cuál dolía más —responde.
Un hombre se acerca.
Alto, con gafas redondas y una sonrisa cálida.
—¡Henry, hijo!
Qué gusto verte.
¿Viniste por la exposición…
o por la compañía?
Henry ríe, pero su mirada no se despega de mí.
—Por ambas cosas.
Aunque creo que esta noche…
la compañía es lo que hace que todo tenga sentido.
Sonrío, sintiendo que me sonrojo por no sé cuántas veces ya.
Bajo la mirada.
—Oh, disculpe, señorita.
Mis malos modales.
Soy Charles Dickens.
Un placer, señorita…
—me extiende la mano.
—Abby…
Abby Baker.
—Un placer conocerla.
Los dejo.
Mi esposa está embarazada y me va a matar si me tardo mucho.
Henry, señorita Baker…
—el hombre inclina la cabeza y se va.
💔 La sala está casi vacía.
El cuadro cuelga solo, rodeado de sombras.
En él se ve una figura femenina en movimiento, como si girara en el aire.
Su cuerpo está fragmentado en trazos azules y negros, y pequeñas esferas rojas flotan alrededor, como planetas errantes.
El fondo es oscuro, pero una línea blanca atraviesa la tela como una grieta en el tiempo.
—No lo entiendo.
El poema habla de pérdida, de algo que se va sin dejar huella.
Pero este cuadro…
este cuadro parece celebrar el movimiento.
Como si bailar fuera suficiente —frunzo el ceño.
—¿Y si lo es?
El poema dice: “They are not under control.” Tal vez el cuadro muestra justo eso: lo que no se puede controlar.
Lo que se escapa.
Lo que baila aunque duela —dice con las manos en los bolsillos.
—Pero Plath no lo celebraba.
Ella lo lamentaba.
El cuerpo que se va, el hijo que se aleja, el amor que no se puede retener…
Este cuadro tiene demasiada luz —digo, negando con la cabeza.
—¿Y si esa luz es la despedida?
No todo lo que se va es trágico.
A veces, dejar ir también es un acto de amor —dice, acercándose al lienzo.
—Entonces el cuadro no contradice el poema.
Lo complementa —digo en voz baja—.
Tal vez lo que vemos depende de lo que hemos perdido.
—Y de lo que aún no estamos listos para soltar —complementa.
—Exacto.
Nos quedamos en silencio.
El cuadro parece girar con nosotros.
Extiendo la mano, como si pudiera tocar una de las esferas flotantes.
Harry me observa, sin interrumpir.
En ese momento, el arte deja de ser objeto: se convierte en espejo.
—Ven, vamos.
Quiero llevarte a otro lado —dice, extendiéndome la mano.
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