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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 50

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50: Capítulo 50 50: Capítulo 50 Extra V Cinco años.

La tranquilidad de un domingo por la tarde se cernía sobre nuestra casa.

El sol de la tarde se colaba por las ventanas del estudio conjunto que Harry y yo compartíamos.

En un lado, mis tableros de diseño y manuscritos apilados evidenciaban mi trabajo como editora jefe en una pequeña pero respetada editorial.

En el otro, sus caballetes, olores a óleo y las latas de pintura hablaban de su creciente éxito como artista.

El silencio era cómodo, roto solo por el rasguño de su pincel sobre el lienzo y el tecleo suave de mi laptop.

Pero hoy, la tranquilidad era una fachada.

Debajo de mi escritorio, escondida en el cajón, estaba una caja.

Una caja forrada en terciopelo azul que había estado escondiendo durante una semana.

Dentro, una pequeña prueba de embarazo con dos líneas rosadas, tan audaces y definitivas, y un par de minúsculos patucos de lana que no pude evitar comprar.

El plan era dársela esa noche durante la cena.

Mi corazón latía como un tambor cada vez que lo miraba.

—Abby —dijo él de pronto, dejando el pincel en el frasco—.

Hace un día increíble.

¿Qué te parece si preparo una picada y cenamos en el jardín?

Algo especial.

La coincidencia era perfecta.

—Me encanta la idea —respondí, esperando que mi voz no delatara los nervios.

Atardecía cuando todo estuvo listo.

Harry había sacado la mesa de jardín, encendido velas dentro de farolitos y dispuesto queso, frutas y embutidos con un cuidado exquisito.

El cielo era una acuarela de naranjas y rosas.

—Por nosotros —dijo, levantando su copa de vino—.

Por cinco años de construir esto.

—Su mirada era suave, pero había un brillo nervioso en sus ojos que me recordaba al chico que subió al escenario de la galería.

—Por nosotros —repetí, sonriendo, y tomé un sorbo de mi copa…

de jugo de manzana.

Él no pareció notarlo.

Hablamos de todo y de nada, como siempre.

De un nuevo proyecto suyo, de un autor difícil con el que estaba trabajando.

Pero había una tensión dulce en el aire, una expectativa que no sabía que era mutua.

—Tengo algo para ti —dije por fin, cuando el crepúsculo empezaba a teñirse de índigo.

Mi voz tembló un poco—.

Es…

una pequeña cosa.

Su sonrisa fue amplia y curiosa.

Saqué la caja azul de terciopelo de bajo la mesa y se la deslicé por la mesa.

—¿Otro regalo?

No era mi cumpleaños —bromeó, tomándola.

—Abrela —susurré, conteniendo la respiración.

Él levantó la tapa.

Su sonrisa se congeló.

Sus ojos, inicialmente confundidos, se posaron en la prueba de embarazo.

Los recorrió una, dos veces.

Luego bajó la mirada a los patucos, tan pequeños que parecían de juguete en su mano grande y manchada de pintura.

El silencio se extendió por unos segundos que se sintieron como una eternidad.

Su rostro era una máscara de incredulidad.

Luego, un temblor le recorrió el labio inferior.

Cuando alzó la vista hacia mí, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Es…?

—la voz se le quebró por completo.

Asentí, mis propias lágrimas rodando libremente ahora.

—Sí.

Estamos esperando un bebé.

Una carcajada mezclada con un sollozo escapó de él.

Se levantó tan rápido que la silla casi se cae, rodeó la mesa y me levantó en sus brazos, girando conmigo en el jardín crepuscular.

—¡Un bebé!

—gritó hacia el cielo, y luego me besó con una ferocidad que sabía a pura y absoluta alegría—.

¡Abby!

¡Dios mío!

Cuando me bajó, todavía tembloroso, se quedó mirando mi vientre plano con una reverencia que me partió el alma.

—Nuestra familia —susurró, con asombro.

—Nuestra familia —confirmé, acariciando su rostro.

Fue entonces cuando él hizo algo inesperado.

Se arrodilló.

No en el césped, sino en la silla de hierro de nuestro jardín, con una torpeza y una determinación que me hicieron reír entre lágrimas.

De su bolsillo sacó una pequeña caja de terciopelo negro.

—Yo…

yo también tenía un plan para esta noche —dijo, y su voz era gruesa por la emoción—.

Llevo semanas con esto en el bolsillo, esperando el momento perfecto.

Pero Abby…

—abrió la caja, revelando un anillo de diamante simple, elegante y deslumbrante—.

no hay momento más perfecto que este.

No solo quiero ser el padre de tu hijo.

Quiero ser tu esposo.

Quiero ser tu familia, oficialmente, para siempre.

¿Te casarás conmigo?

La noche se detuvo.

El aire dejó de moverse.

Las dos sorpresas más grandes de nuestras vidas habían chocado en el mismo instante, creando un big bang de felicidad tan puro que era casi doloroso.

—¿En serio?

—fue lo único que pude articular, mirando el anillo, luego su rostro lleno de amor y esperanza, y luego la caja azul con los patucos.

—Más en serio que cualquier cosa en mi vida —respondió él.

—¡Sí!

—exclamé, y la palabra salió como un grito de liberación y alegría—.

¡Sí, Harry, sí!

Se levantó y deslizó el anillo en mi dedo.

Encajó perfectamente.

Luego, sus manos, las mismas que pintaban tormentas y calma, se posaron con una ternura infinita sobre mi vientre, donde nuestro futuro dormía.

—Te amo —dijo, sellando su promesa con un beso suave—.

A los dos.

Bajo el manto de las primeras estrellas, rodeados por las velas titilantes y el eco de nuestras dos preguntas respondidas, supimos que el capítulo más hermoso de nuestra historia apenas comenzaba.

No era un final.

Era el prólogo de todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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