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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 La noche avanza lenta.

El Toyota Corolla color vino se desliza por calles iluminadas, con las ventanas ligeramente abiertas y una brisa tibia colándose entre nosotros.

La playlist escogida por Harry suena de fondo: piano suave con una voz femenina que apenas susurra.

Miro por la ventana, aún con el recuerdo de lo vivido en la galería y en cómo ha ido esta noche.

-Me encantó esa galería…

no sé, era como entrar en los pensamientos de alguien y descubrir que también eran tuyos -digo, mirando a Harry.

Harry sonríe sin apartar la vista del camino.

-¿Cuál fue tu obra favorita?

-pregunta, mientras gira hacia una avenida bordeada por árboles bajos.

Me apoyo en el respaldo, jugando con la hebilla de mi bolso.

-Creo que Lady Lazarus.

Me sentí…

valiente mirándola.

Como si entender su oscuridad fuera una forma de alumbrarme a mí misma.

Harry asiente.

Su mano tamborilea al ritmo de la música.

-Me gustó The Night Dances.

Me recordó que incluso el dolor tiene ritmo, y que hay cosas que bailan aunque nadie las vea.

Me río bajito.

-¡Qué poético estás, Harry!

Me gusta cuando te pones así.

Te escucho hablar de cuadros y me dan ganas de escribir encima de ti…

Mierda.

En serio, Abby, ¿es que no puedes dejar de decir ese tipo de cosas?

Qué vergüenza.

Él suelta una carcajada suave, voltea por un segundo y me guiña un ojo.

-No sé si sería un buen papel, pero definitivamente me encantaría que fueras la tinta.

Me sonrojo.

-O la mancha accidental…

la que no se borra aunque laves el lienzo.

Harry levanta una ceja.

-O la firma en la esquina.

La que hace que todo tenga sentido.

El silencio que sigue no es vacío: es un puente donde los suspiros se posan.

Los semáforos parecen mantener el rojo solo un poquito más, como si supieran que esta conversación no debe apresurarse.

Harry extiende la mano y me acaricia la rodilla sin prisa.

Trago saliva.

El calor me sube desde el pecho hasta los pómulos y se queda ahí, como una alerta invisible.

Mi cuerpo entero se pone en atención aunque mi mente aún intente hacerse la distraída.

Finjo buscar algo en la cartera, para tranquilizar mis nervios, para no mirar a Harry directamente.

Pero no sirve, porque lo veo directamente y me encuentro con su mirada.

Mierda.

Harry no dice nada.

No retira la mano.

Solo aprieta apenas un poco más.

Como quien firma un pacto sin palabras.

Y sonríe.

Y yo me muero.

Su sonrisa no es tranquila, sino cómplice.

Como si dijera “sí, lo sé.

Y me gusta que lo sepas”.

No me atrevo a decir nada, pero la respiración se me hace corta.

Saco el celular, abro la cámara frontal solo para “corregirme el peinado” y disimular mi rostro incendiado.

La música cambia.

Ahora suena Only You, como si la playlist hubiera escuchado el corazón.

-Vamos a tomarnos una foto…

-digo, forzando naturalidad mientras desbloqueo la pantalla-.

Por si acaso…

no sé, por si esta noche se nos olvida.

Harry gira el rostro hacia mí un segundo, me sonríe con esa ternura que no exige nada.

Se acomoda un poco en el asiento, buscando el ángulo justo para entrar en el encuadre.

-¿Por si acaso qué?

-pregunta.

-Por si acaso nada -respondo.

Y sonríe, apretando sin querer el obturador antes de que la frase termine.

La imagen aparece: ambos en primer plano, con la ciudad apenas desenfocada detrás.

Yo con las mejillas encendidas y los labios curvados en tensión tímida.

Harry con los ojos entrecerrados, pero brillando como si la memoria ya hubiese valido la pena.

Él me hace una seña con los dedos, sin hablar.

Como si dijera: “lo guardaré todo”.

Bajo el celular.

No lo guardo todavía.

Lo miro un momento más.

La foto salió hermosa.

La miro como quien revisa una obra antes de ser publicada.

El auto se detiene frente a un edificio que parece respirar historia.

La fachada de mármol negro está iluminada por faroles dorados, y sobre la puerta giratoria reluce el nombre del restaurante: Solemnia -letras cursivas doradas sobre una placa de ónix.

Abby abre los ojos al verlo.

-¿Solemnia…?

¿Harry, cómo conseguiste reservación aquí?

Siempre está lleno.

Harry se encoge de hombros con esa sonrisa que ella ya conoce -mitad travesura, mitad destino.

-Una pareja canceló hace una hora.

Me pareció…

una señal.

Un valet elegante se acerca.

Harry le entrega las llaves y extiende una mano hacia mí.

La tomo.

Entramos.

Adentro, el aire huele a madera pulida y vino añejo.

El piso es de piedra gris mate con hilos de cuarzo, reflejando luces tenues que cuelgan como constelaciones sobre cada mesa.

Los muros laterales están cubiertos de cortinas de terciopelo vino, y esculturas abstractas ocupan cada rincón con sobriedad elegante.

Las mesas son cuadradas, de nogal, con centros de rosas blancas suspendidas en esferas de cristal.

Una anfitriona vestida de negro se acerca, sonriente.

-¿Reservación?

Harry responde tranquilo.

-A nombre de Harry.

-Por aquí, por favor.

Nos guía por un pasillo donde cada paso parece amortiguado por el silencio refinado.

Llegamos a una mesa cerca de un ventanal.

Harry se adelanta y, como si la escena ya estuviera escrita, saca la silla para mí.

Me siento, sintiendo cómo el terciopelo del asiento me abraza.

La camarera llega enseguida con el menú y una carta de vinos.

-La ternera en reducción de vino tinto es deliciosa -comenta Harry con tono casual.

-Pues me voy con esa.

Tu voz ya la hizo sonar como arte -respondo, curioseando el menú como si descifrara jeroglíficos.

Harry toma la carta de vinos y señala uno.

-Este.

Me gustaría degustarlo.

La camarera asiente y trae una copa.

Harry prueba el vino como quien lee una profecía.

Lo huele, lo saborea.

Luego asiente con una sonrisa contenida.

-Sí.

Este es.

Los menús se van.

El vino se queda, tintineando entre ellos.

-¿Tienes hermanos, Abby?

-pregunta Harry, mientras sirve vino en su copa.

-No.

Solo mi mamá y yo.

Mi papá nos dejó cuando tenía doce.

Se fue…

por otra mujer -lo digo llevándome la copa a los labios.

-¿Y tú?

-pregunto.

-Mis papás viajan mucho.

Siempre están en congresos o algo.

Yo vivo solo.

Desde los diecisiete -dice-.

¿Y tu cumpleaños?

-Noviembre.

El veinte.

¿Y el tuyo?

-Cinco de julio.

Me gusta porque siempre hay fuegos artificiales cerca.

Me gusta pensar que son para mí.

Reímos.

La botella de vino desciende sin prisa.

Llega la comida: un filete aromático sobre puré de batata glaseada y brotes tiernos.

Comemos en silencio.

No hay apuro.

Ese silencio es hogar.

💔 Harry posa el tenedor, se limpia los labios y me mira.

-Abby…

eres hermosa.

En serio.

No quiero que suene cliché, pero estoy fascinado contigo.

Nunca había visto una belleza como la tuya.

Río nerviosa, sintiendo el rubor subiendo por mi cuello.

-Tienes que dejar de decir esas cosas, Harry.

Voy a tener que creerlas.

-Tal vez eso es lo que quiero -responde él.

Dejo la servilleta sobre el plato y miro la botella vacía.

Afuera, la ciudad sigue, pero aquí todo parece estar quieto.

La comida ha terminado.

Los platos vacíos descansan como testigos del encuentro, y el vino ya se ha rendido ante las palabras.

En medio de la música suave del restaurante, juego con el tallo de la copa, mientras siento la mirada de Harry -¿Y tú qué quieres estudiar, Abby?-pregunta, como si la pregunta ya viniera con la respuesta escondida.

Levanto los ojos, tranquila.

-Literatura.

Pero no sólo leer.

Quiero escribir.

Construir mundos.

Usar símbolos.

Como si cada página fuera una puerta.

Harry sonríe.

-Suena como tú.

Íntima y caótica, pero con sentido.

-¿Y tú?

-Arte.

-¿Pintura…?

-pregunto curiosa.

-Sí.

Quiero ser artista.

Quiero pintar cosas que no se puedan decir.

Colores que sean secretos.

Rostros que guarden emociones que ni siquiera saben que tienen.

Sonrío, sin saber qué responder.

-Creo que ya lo haces -digo en voz baja, sin mirarlo directamente.

💔 La ciudad afuera es un parpadeo tenue.

En el coche, solo suena Bloom de The Paper Kites.

La melodía acaricia el silencio.

Miro por la ventana, con el rostro iluminado por luces que pasan lentas.

Pienso en todo.

Todo lo que ha pasado desde que me recibió en la casa hasta ahora, en Solemnia.

En los gestos.

En la mano sobre mi rodilla.

En las preguntas suaves.

En cómo Harry me miraba.

Me gusta.

Sí, me gusta mucho.

No estoy enamorada porque es imposible enamorarse de alguien tan rápido.

Pero eso no quiere decir que no me vaya a enamorar de él.

Tal vez estoy loca.

Solo han compartido dos tardes.

Pero me gusta.

Me gusta profundamente.

Y no hay nada más bonito que aceptar eso en silencio.

Harry, al volante, no interrumpe el silencio.

No hay necesidad.

El silencio entre nosotros es cómodo.

Como una manta.

Cuando llegamos a mi casa, él se estaciona sin apuro.

Me giro hacia él, con las manos cruzadas sobre el bolso.

-Gracias por esta cita, Harry.

De verdad, fue…

perfecta.

Él me sonríe, ladeando un poco el rostro.

-Lo fue.

De verdad.

Fue mejor de lo que esperaba -sonríe-.

Entonces esto quiere decir que debo ir planeando la segunda cita.

Niego con la cabeza.

-No.

Me toca a mí planearla.

La segunda cita será mía -digo con una sonrisa.

Harry me mira largo.

Hay esa tensión suave.

Ninguno de los dos quiere moverse.

Porque si lo hacemos, se rompería el hechizo.

Respiro hondo.

Y como quien rompe una burbuja, me acerco.

Estamos cara a cara, tan cerca que mi nariz roza la suya.

Mi mano se posa en su mejilla izquierda con una suave caricia.

Acerco mis labios a su otra mejilla y los poso allí por unos segundos que se sienten eternos.

Siento que traga saliva.

Una de sus manos roza mi cintura.

-Nos vemos el lunes -digo, separándome.

Harry se queda quieto.

Como si el calor de ese gesto lo hubiese congelado.

Bajo del coche.

Entro a la casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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