Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 —La película no empieza hasta las cuatro y media.
¿Qué hacemos?
—dice Cam, mostrando los boletos.
—Vamos a almorzar en Café Lalo.
Tiene un descuento hoy —propone Mara.
Café Lalo es un clásico del Upper West Side, con vitrales coloridos y ambiente bohemio.
Pedimos ensaladas frescas, limonadas con menta y un par de porciones de cheesecake de frambuesa.
—Ok, confesiones —dice Lía, mordiendo su ensalada—.
¿Cómo van sus víctimas?
—Noah me mandó una playlist.
Incluye Arctic Monkeys y Lana del Rey.
Estoy confundida —comenta Cam con la boca llena de lechuga.
—Bueno, querida, al menos te mandó algo.
A mí, Luke me dijo “hola” y luego desapareció —dice Mara, rodando los ojos—.
Estoy considerando cambiar de jugador.
—Aunque lo intentes, no lo puedes hacer.
Esas no son las reglas —interviene Lía, señalando a Mara—.
David me invitó a caminar por Central Park.
¿Eso cuenta como cita o cardio?
—Creo que podría considerarse ambas—digo, dándole un sorbo a mi jugo.
—Cariño, eso no es una cita.
Pero podrías sacarle ventaja.
Ya sabes, unos leggings apretados para que se marquen tus piernas de gimnasta y un top donde se asome el inicio de tus pechos…
¡lo volverás loco!
—dice Mara, metiéndose un pedazo de postre en la boca.
—Por Dios, Mara, tú siempre con eso.
No todo se trata de sexo —rueda los ojos Cam—.
Ok, mira, lo que tienes que hacer es ir a trotar con él en la mañana y después van a desayunar.
Listo —le sonríe a Lía, que tiene las mejillas rojísimas.
—¿Y tú, Abby?
¿Qué nos cuentas?
—me preguntan.
Tres pares de ojos se posan sobre mí.
—Harry me escribió anoche.
Dijo que quiere una segunda cita.
Estoy pensando en llevarlo al High Line Park.
Escuché que los sábados llevan perros para adopción.
Me parece una gran idea.
Luego, a cenar en Serendipity 3.
Quiero que sea mágico.
Todas gritan.
—¡Serendipity!
Eso es nivel película—dice Cam.
—Abby, tú no estás jugando.
Tú estás escribiendo una novela —agrega Mara.
Reímos.
💔 —Yo lloré cuando él dejó la carta en la azotea y ella no la encontró —dice Cam, sorbiendo su bebida.
—¡Y cuando se revela que él sabía quién era desde el principio!
—agrega Lía, con los ojos aún húmedos.
—A mí me encantó el final.
No fue perfecto, pero fue real —digo, abrazando mi vaso como si fuera un escudo protector.
—Ok, ya.
Necesito distraerme.
¡Vamos a comprar ropa!
—grita Mara, girando sobre sus Converse.
—¡Sí, excelente idea!
David me comentó que habrá una fiesta en su casa el jueves por la noche.
Tenemos que ir espectaculares —comenta Lía, enganchando su brazo con el mío.
Las cuatro caminamos entre risas hasta entrar a ZARA SoHo, donde los estantes están llenos de colores otoñales y texturas suaves.
Nos dispersamos.
Paso mis dedos por la ropa, eligiendo con atención.
—Este vestido me grita “cita en Central Park” —dice Lía, sosteniendo uno verde oliva con escote en V.
—Abby, prueba este top.
Te va a quedar brutal con tus hombros —dice Cam, lanzándome una blusa de seda color vino.
Voy al vestidor.
El espejo me muestra la confirmación de Cam: mis hombros se ven muy bien, el top resalta las curvas de mis senos y el color realza mi piel.
Salgo.
—¡Diosa!
—dice Mara.
—Harry va a tener que pedir permiso para mirarte —agrega Lía.
Pasamos un buen rato así, yendo de tienda en tienda: Urban Outfitters, Mango, Anthropologie.
Las bolsas se acumulan.
Nos probamos sombreros, gafas, chaquetas.
Nos tomamos fotos frente a los espejos.
Llegamos Victoria’s Secret —Hay que entrar —dice Mara.
Las chicas asienten con entusiasmo, pero yo lo dudo.
No es inseguridad; ya me han visto desnuda muchas veces.
Pero no sé… me da pena que me vean escogiendo ropa interior de encaje.
—Vamos, Abby.
Hoy es día de confesiones y encajes —dice Cam, arrastrándome hacia dentro.
Entre los estantes, hay ropa interior sexy y varios maniquíes luciéndola.
Recorro la tienda con la mirada hasta que me detengo ante uno con un conjunto especial: un bra de encaje negro con bordado floral en hilo dorado, tirantes finos y copas suaves.
El panty a juego es tipo bikini, con transparencias laterales y un pequeño lazo en el centro.
—Este…
este es hermoso —susurro, tocándolo.
—Pruébatelo —dice Mara, sin dejar espacio para dudas.
—¿Qué?
No…
no sé —digo, sonrojada.
—Vamos, Abby, ¿a qué le tienes pena?
Te hemos visto desnuda muchas veces—dice Cam, tendiéndome el conjunto.
—¡Sí!
Y recuerda que también te vimos teniendo sexo con Duncan —suelta Lía.
—¡Lía!
Pero… —me interrumpe con una sonrisa.
—¡Vamos!
Es para ti.
Para sentirte tú.
No es para Harry.
Aunque…
—guiña un ojo.
Rodando los ojos, le quito el conjunto a Cam y entro al probador.
Me desvisto.
Me lo pongo.
El encaje se adapta a mi cuerpo como una segunda piel.
Mis dedos recorren las copas del conjunto, que no tienen relleno, permitiendo que se me marquen los pezones y su transparencia aunque leve hace que se note mi piel .
La parte inferior, con transparencias, muestra la piel con claridad.
Me giro.
El diseño tipo tanga se hunde entre mis glúteos dándole un toque sensual.
Y lo único que pienso…
es que quiero que Harry me vea así.
Miro hacia arriba.
Me encuentro con mi propia mirada, sonrojada.
Sacudo la cabeza, respiro hondo y salgo.
Las chicas me miran.
Se quedan en silencio.
—Abby…
—dice Cam—.
Tienes un cuerpo precioso.
Tus curvas, tu cintura, tus piernas.
Te ves poderosa.
—Literalmente, esto no es ropa interior.
Es armadura —agrega Mara.
—Creo que si no me gustaran los hombres, tú serías mi novia —dice Lía, embobada.
Sonrío por sus comentarios.
Nos probamos más conjuntos.
Al final, cada una paga el suyo.
Salimos con bolsas en mano y corazones encendidos.
💔 Terminamos el día en Amorino Gelato, comiendo helado de pistacho y frambuesa en forma de rosa.
Nos sentamos en una banca frente al escaparate, viendo cómo el sol se despide.
Luego, Lía me deja en casa.
—¡Chao, diosas!
—les digo, lanzándoles un beso en el aire.
Bajo del carro con las bolsas, el helado aún en la mano y una sonrisa que no se borra.
—¡Chao!
Cuídate —responden, y el carro arranca.
💔 Me desperté con el sonido insistente del teléfono.
Apenas abro los ojos, veo la pantalla iluminada: Tía Celia.
Le contesto medio dormida, con la voz rasposa del que aún habita los sueños.
—Mi niña, solo te llamaba para avisarte que mañana voy.
Es nuestro día, ¿te acuerdas?
—dice con una voz maternal.
Desde que papá se fue, mi tía, mi mamá y yo tenemos un pacto sagrado: un martes al mes, las tres.
Vemos películas viejas de romance, comemos helado y nos ponemos al día.
Es una tradición.
—Sí, claro que me acuerdo.
Te espero mañana —digo, colgando con la calma de quien sabe que el afecto tiene fecha.
Me levanto con la lentitud de los días sin escuela.
Me cepillo los dientes, me pongo unas pantuflas con orejitas y camino por la casa aún en silencio.
Al entrar a la sala, el aire está lleno de un olor envolvente: panqueques con vainilla y huevos revueltos con mantequilla.
Guiada por el aroma, llego a la cocina.
Mi mamá está allí, despeinada pero sonriente, removiendo la sartén.
—¡Buenos días, dormilona!
—dice con voz suave.
—¿Qué haces?
Huele riquísimo —digo, dándole un beso en la mejilla.
—Tu desayuno de domingo.
Quería compensarte por no haber estado el viernes ni el sábado…
hubo una emergencia, dos cirugías seguidas.
Se complicó todo —su voz baja dos tonos.
Me siento en el taburete.
Mi mamá me coloca el plato con los panqueques y los huevos, y me sirve un vaso de jugo.
—¿Y tú?
¿Cómo te fue en la cita con Harry?
—Bien…
—digo, sin entrar en detalles.
Mi mamá sonríe, sin intentar sacarme información.
—¿Y con tus amigas?
¿Qué película vieron?
—Letters from the Rooftop.
Lloramos todas.
Te hubiera encantado.
—¿Qué te parece salir hoy a almorzar en la calle?
—pregunta, descansando los codos sobre la encimera.
—La verdad es que hoy no me apetece salir.
¿Y si hacemos un día de películas tú y yo?
Como en los viejos tiempos —digo con la boca llena.
Mi mamá asiente con brillo en los ojos.
Por la tarde, ambas nos acomodamos en el sofá, rodeadas de cojines, viendo películas románticas como si fueran recetas de vida.
Comemos sushi y helado de maracuyá, comentando los diálogos como dos críticas de corazón.
En una escena donde la protagonista decide volver a amar después de años, mamá baja el volumen un segundo.
—Abigail…
¿qué pensarías si…
si yo empezara a salir con alguien?
Despego la mirada del televisor y la giro poco a poco hacia ella, sorprendida con los ojos bien abiertos.
—Ahh…
Yo…
Bueno…
—tartamudeo, sin saber qué decir—.
Pensaría que tienes derecho.
Que mereces amor también.
Que yo estoy bien, en serio.
Lo digo con una madurez que, para ser sincera, me sorprende.
Mamá me toma la mano, agradecida.
Nota ¿A ustedes no les pasa también?
Que tienen varios capítulos escritos, listos, latiendo como corazones en espera… Y les da una ansiedad tremenda no publicarlos todos de un golpe.
Como si cada uno fuera una parte de ustedes que quiere salir ya, sin pausas, sin filtros.
Pero algo dentro dice: “Espera.
Dale su momento a cada uno.” Y entonces toca respirar, confiar, soltar de a poco.
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