Jujutsu Kaisen The New Golden Age - Capítulo 1
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1: Epilogo 1: Epilogo El sol de la tarde bañaba las calles con una luz dorada y suave, como si el propio mundo hubiera decidido que, por una vez, no hacía falta esconderse detrás de sombras malditas.
Yuji Itadori caminaba con paso tranquilo, llevando en brazos a un Panda de peluche sorprendentemente grande y suave.
El panda mecánico —o lo que quedaba de su viejo amigo— emitía un ronroneo bajo, casi como si estuviera contento de estar allí.
Yuji vestía una sudadera holgada, el cabello un poco más largo que en sus días de instituto, y en su rostro ya no había aquella urgencia desesperada de quien corre contra la muerte.
Llegó frente a una casa modesta en las afueras de Tokio.
Tocó el timbre con la mano libre.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Nobara Kugisaki apareció en el umbral, con el cabello recogido en una coleta práctica y una expresión que pasaba del asombro a la irritación en menos de un segundo.
—…¿En serio?
—dijo, cruzándose de brazos—.
¿Vienes después de tanto tiempo y lo primero que haces es aparecer con un Panda en brazos como si nada?
¿Dónde has estado metido, idiota?
Yuji sonrió con esa sonrisa torcida que nunca había perdido, aunque ahora tenía algo más sereno, más pesado.
—Hola, Nobara.
Perdón por desaparecer así.
Tenía… cosas que resolver.
Nobara lo miró de arriba abajo.
Sus ojos se entrecerraron, pero no había verdadero enfado en ellos.
Solo el alivio de quien ve a alguien que creyó perdido regresar entero.
—Pasa.
Y suelta a ese Panda antes de que le dé un martillazo por viejo.
Dentro de la casa, el ambiente era cálido.
Se sentaron en la sala.
Panda se acomodó en un rincón como si fuera un perro grande y obediente.
Yuji se quitó la sudadera y se quedó en una camiseta sencilla.
La conversación fluyó con esa naturalidad que solo tienen las personas que han compartido batallas imposibles.
Yuji habló primero, con voz baja pero firme.
—Estaba equivocado, Nobara.
Durante mucho tiempo pensé que mi camino era cargar con todo solo.
Que tenía que convertirme en algo… similar a Sukuna.
Que al final, cuando muriera, me convertiría en un objeto maldito, como sus dedos.
Para que las futuras generaciones pudieran usar mi poder si lo necesitaban.
Pensé que esa era la forma de “salvar” a la gente.
Nobara lo escuchaba en silencio, con los labios apretados.
—Pero me olvidé de lo que mi abuelo me pidió de verdad —continuó Yuji—.
No era convertirme en una herramienta.
Era ayudar a las personas mientras estuviera vivo.
Protegerlas de cerca, no desde una caja en el futuro.
Me tomó demasiado tiempo darme cuenta.
Nobara soltó un suspiro largo y luego sonrió, aunque sus ojos brillaban un poco más de lo normal.
—Eres un idiota de manual, Itadori.
Siempre lo has sido.
Pero… me alegra que hayas vuelto a la normalidad.
O a lo que sea “normal” para nosotros.
La charla se extendió.
Hablaron de planes para el futuro: cómo los hechiceros jujutsu seguirían trabajando junto a los Simurianos (los Rumelianos habían votado, después del Ritual de Armonía de Maru, por seguir conviviendo con los Kalyans en lugar de abandonarlos).
Las maldiciones ya no serían vistas del mismo modo.
El mundo había cambiado, aunque las sombras nunca desaparecerían del todo.
En otro lugar, en las tierras lejanas donde habitaban los Rumelianos, Mifuyu Okkotsu regañaba a sus dos hijos —Tsurugi y Yuka— con esa mezcla de enfado maternal y profundo orgullo.
—¿Cómo se os ocurre actuar tan imprudentemente otra vez?
—les decía, aunque sus manos temblaban ligeramente al abrazarlos—.
Pero… estoy orgullosa de vosotros.
Muy orgullosa.
Los niños sonreían, avergonzados pero felices.
La familia Okkotsu, o lo que quedaba de ella, había encontrado un poco de paz.
De vuelta en Tokio, la escena cambió a un campo abierto bajo un cielo despejado.
Un grupo de hechiceros jujutsu y Simurianos jugaban a atrapar una pelota.
Las risas se mezclaban con los sonidos extraños pero alegres de los seres de otro mundo.
Panda corría torpemente entre ellos, intentando participar.
Nobara lanzaba la pelota con precisión, riendo cuando Yuji la fallaba a propósito para que los más pequeños la atraparan.
Yuji se quedó un momento apartado, observando.
El viento movía su cabello.
En su mente pasó el rostro de Gojo-sensei, de Megumi (cuyo destino seguía envuelto en un silencio ambiguo, como si el mundo le hubiera dado la opción de descansar lejos de todo), de todos los que ya no estaban.
Pero no había tristeza pesada.
Solo gratitud.
—Un futuro brillante… —murmuró para sí mismo.
Nobara se acercó y le dio un codazo suave.
—¿Qué murmuras ahí solo?
Ven a jugar, idiota.
El futuro no se va a construir solo.
Yuji soltó una carcajada sincera y se unió al juego.
La última imagen del capítulo era simple y hermosa: un grupo diverso —humanos, hechiceros y seres de otro mundo— jugando bajo el sol, riendo, viviendo.
Sin grandes batallas finales.
Sin sacrificios épicos.
Solo la promesa tranquila de que, esta vez, el ciclo podría ser diferente.
En alguna parte, muy lejos, la sombra de un dedo maldito guardado en una caja parecía sonreír con ironía.
Pero Yuji Itadori ya no caminaba hacia ese destino.
Caminaba hacia adelante, junto a los demás.
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