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Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 10

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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 Aquella fiesta de despedida de Pablo por parte de sus amigos en Barcelona fue lo que provoco la situación que tanto había esperado Derrel.

Sus amigos le organizaron una gran fiesta en casa de Laia, una de sus mejores amigas, bebieron mucho, y a pesar de la gran resistencia que Pablo había intentado que tuviera el chico, acabaron emborrachándolo.

Cuando acostaron a Pablo completamente borracho, sus amigos se despidieron, lo dejarían dormir, había sido una gran fiesta, una de las muchas por venir.

Laia conocía a Pablo desde que estaba matriculado en el exclusivo instituto privado cerca de la Bonanova.

Le cayó bien desde el primer día, pero al principio le costó mucho acercarse a él debido a su carácter retraído.

Más tarde, cuando empezó a cambiar y madurar, parecía que nunca se fijaría en ella, solo eran amigos.

Esa situación de atracción platónica por parte de la chica la estaba volviendo loca desde hacía muchos meses.

No es que Laia no fuera una chica guapa, de preciosos ojos marrones, y con la frescura propia de sus diecisiete años, es que Pablo la trataba como a una amiga, y era un chico con principios, un tonto que no se daba cuenta que una amiga no dejaba de ser una mujer y que en realidad el único que ponía límites a lo que había entre ambos era el propio Pablo.

Si se miraba en el fondo de las emociones del muchacho había sino una chispa de amor, si de atracción romántica, pero el chico siempre lo negaba, y lo peor se lo negaba así mismo.

Ahora Pablo estaba allí, borracho, de haber estado sobrio quien sabe lo que podría haber pasado por la falta de inhibiciones.

La chica también había bebido bastante ese día, aunque estaba consciente.

Cuando todos se fueron, entró en la habitación, donde Pablo ya dormía profundamente.

Le habían quitado la camisa entre todos los chicos y también los pantalones, pensando que si se levantaba a vomitar en plena noche no se manchase su única muda de ropa.

Lo taparon con una sábana para que no se enfriara, pero con la borrachera, Pablo ahora tenía el torso descubierto.

Laia observaba el cuerpo musculoso de Pablo mientras se mordía el labio.

Sentía un deseo que la hacía querer perder la virginidad con ese chico, era un deseo oculto y prohibido pero así eran sus fantasías y estas no eran controlables, y menos ahora con el alcohol corriendo por sus venas.

Llevaba años esperando una oportunidad como esta, estar a solas con él, pero por desgracia Pablo estaba inconsciente.

Laia suspiraba mientras miraba al guapo muchacho durmiendo en la cama.

La niña comenzó a fantasear, y su curiosidad la llevó a pensar en el mito que siempre contaban los chicos sobre Pablo, según rumores tenía un gran miembro viril, algo especialmente llamativo.

Eran comentarios de vestuario que de algún modo habían trascendido ya hacía unos meses, y llegado a todas las chicas del colegio que miraron aun con mejores ojos al chico.

Un pene grande no era importante o eso decían y se decían así mismas, pero ver uno así era algo con lo que muchas soñaban en secreto.

A pesar de su amistad, Laia nunca había podido comprobarlo, pero ahora Pablo estaba inconsciente, dormido; podía mirar y comprobarlo y no pasaría nada, ¿verdad?

Era solo curiosidad, o eso se decía Laia.

Curiosidad…

Deseo…

¿Estaba mal pensar en eso?

Laia se estaba poniendo nerviosa por momentos.

Al final respiró hondo y tomó una decisión.

Empezó a tirar de la sábana poco a poco.

El cuerpo del chico era como el de un dios griego: alto, más de 1.94 metros, moreno y de ojos azules, con un rostro escultural y músculos firmes que marcaban cada uno de sus abdominales.

La sábana se deslizó poco a poco.

Laia disfrutaba de la vista, la emoción y el riesgo, pero no hacía nada malo; en ese momento, solo observaba, solo miraba, solo se deleitaba secretamente.

Se empezaban a ver los pliegues que anunciaban el final del estómago de Pablo, era varonil, era increíblemente masculino, era muy atractivo.

El chico llevaba ropa interior ajustada tipo boxer de color gris, poco a poco Laia fue descubriendo el cuerpo de su amigo, milímetro a milímetro, llegó a lo que claramente era la base del pene de Pablo, era ancho lo cual encajaba con su leyenda, comenzó a bajar un poco más la sábana, el chico se movía hacia la izquierda, pero por más que bajaba la sábana parecía que su pene no terminaría nunca.

Al bajar la sábana aún más, Laia pudo ver que el pene de Pablo medía unos diecinueve centímetros en reposo…

¿Cómo sería si estuviera excitado?

¿Cuánto mediría?

¿era eso normal?

La chica se quitó la camiseta y se quedó en sujetador.

Podía hacer mucho calor en Barcelona con la humedad de junio, esa fue la excusa que se puso, pero cada vez estaba más excitada.

Se tumbó junto a Pablo y empezó a pasarle un dedo suavemente por el pecho, sin apenas tocarlo, no quería despertarlo.

No tenía nada de malo que durmieran juntos, y tampoco importaba que ella también se quedara en ropa interior, hacía calor, tenían confianza, no iba a pasar nada…

Laia solo inventaba excusas mientras la fantasía se hacía realidad.

Sin darse cuenta, el dedo que había estado tocando los pectorales de su amigo comenzó a descender.

Al mismo tiempo, su otra mano buscó lentamente su bajo vientre.

Se estremeció al primer roce de su dedo en el pene del chico, que coincidió con una caricia en sus partes íntimas.

Los roces de Laia eran suaves, no despertaron a Pablo, pero era innegable que las caricias estaban haciendo efecto en el miembro viril del chico, que empezó a endurecerse, y con cada mayor grado de excitación subía naturalmente por la ropa interior, obligando a la tela elástica a mantenerlo en su sitio y bajo control.

En estado relajado, ya era un pene sorprendentemente grande, pero en erección era espectacular.

El deseo de Laia en ese momento era verlo de verdad, quitarle ese maldito trozo de tela que le impedía tocarlo directamente.

Se armó de valor a medida que las caricias aumentaban, agarró la ropa interior y liberó ese pene que ahora parecía una torre apuntando al cielo.

No es que Laia no hubiera visto porno, o que no supiera que existían penes de ese tamaño, pero todos los rumores se quedaban cortos ante el espectáculo que estaba presenciando en vivo.

Un dedo acarició la piel del pene de Pablo desde la base hasta el glande; el chico se removió un poco en la cama.

Laia debía tener cuidado si no quería que la descubrieran; quizá si usaba saliva, sus dedos se deslizarían mejor.

Pero en el fondo, a pesar de las excusas, Laia no podía parar, no quería parar.

Acercó su boca para dejar caer un poco de saliva, entonces olió el perfume de ese miembro, no era el primero que acercaba a su boca, le había hecho un par de mamadas a algún ex novio, pero este era indescriptiblemente más rico, más apetecible.

Inconscientemente, sus labios se posaron en el glande de Pablo, su lengua empapada de saliva lo recorrió.

Era realmente enorme, tan grande que dudaba que le cupiera en la boca.

¿No se le dislocaría la mandíbula si lo chupaba?

Pero quería intentarlo, tenía que intentarlo.

Logró introducir el glande y practicó una suave succión, jugando poco a poco con el roce de su lengua y la saliva de sus labios.

Pablo se retorció un poco, y Laia se detuvo al instante.

¿Estaba loca?

¿Y si se enteraba?

Laia sabía que estaba mal, sabía que en el fondo era como si estuviera violando a Pablo en ese momento.

A cuatro patas sobre sus rodillas con la boca a unos centímetros de ese pene sintió una caricia de una mano firme y grande en su culo, era una mano fuerte y grande, acariciando su ropa interior.

La muchacha se sorprendió y se movió de su posición, Pablo la miró con los ojos abiertos, pero no había rechazo en ellos, Derrel estaba tomando control de esa conciencia ebria.

“Ya hemos llegado hasta aquí, continúa por favor, me ha gustado…” La chica estaba roja y avergonzada, quería esconderse, quería morir y se cubría el rostro con las manos, sin embargo Pablo la abrazó y apartó sus manos del rostro de la chica, le dio un beso sensual y cálido, de esa manera mientras se rompía el sello final la consciencia de Pablo se perdió y Derrel tomó el control poco a poco.

Pero para ser la última noche de la personalidad y el alma de Pablo, el vampiro le permitió disfrutar de la pérdida de su virginidad.

Derrel ya la había vivido miles de años atrás, no importaba esperar hasta el clímax; un último atisbo en la mente pura de Pablo fue que había perdido su virginidad con una buena amiga.

Desde ese momento, Pablo y Derrel serían uno para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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