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Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Cuando Pablo salió a la calle, lo hizo con sudadera a pesar del calor que hacía en Barcelona.

Llevaba gafas de sol, pero aun así intentaba llegar lo más lejos posible a la sombra de la calle sin exponerse directamente al poderoso astro.

Este era un mundo nuevo, una nueva oportunidad.

En ese momento, era un alma de vampiro atrapada en un cuerpo humano; tendría que empezar desde el principio.

Era un Justicar, había estado siguiendo este nuevo y moderno mundo durante diecisiete años, que parecía ser incluso más loco que los tiempos en los que había vivido en el pasado lejano.

Pero con tanta información a su alcance, solo tenía que empezar a organizarse.

Pablo miró la hora en su teléfono: eran las 9 de la mañana, probablemente no le traería nada, pero decidió salir de excursión.

No creía que encontraría pistas, pero era más bien una cuestión de nostalgia, ver hasta qué punto su gente había borrado su rastro de esta sociedad.

Comenzó a andar por las calles de la ciudad, impregnándose de esa nueva libertad, impregnándose de vida, una vida que sentía de nuevo después de mucho tiempo, una vida que permanecía en esa alma del chico con la que se había fusionado.

El cambio, la mezcla no molestaba a la parte de Derrel que aun persistía, era refrescante todas esas ganas de vivir, todas esa hambre de experiencias, todas esas emociones que el viejo vampiro había olvidado hacía tanto tiempo.

Sentirse más humanos no era una carga, era un premio, solo quien ha vivido milenios podía entenderlo.

El hastío que Derrel había vivido en los últimos siglos pese a los placeres que había disfrutado en su vida habían ahora desaparecido como por arte de magia.

Un grupo de chicas pasó cerca, cuando el chico ya estaba por el cinturón del medio, a la altura de General Mitre.

Las chicas le miraron pasar, girando las cabezas y el pseudovampiro sonrió.

Ese era su nuevo mundo, esa era su nueva vida.

La mente de Pablo no sufrió con el cambio, es como si toda su vida hubiese sabido que había algo más en su interior, algo antiguo oscuro y poderoso, pero era como haberse reencontrado con un viejo amigo, uno que de un plumazo borró todas sus dudas, toda su timidez, se sentía seguro, se sentía fuerte, se sentía en la flor de la vida.

Entre tomar el tren de cercanías y llegar a Castelldefels tardó una hora; El sistema de rodalías de Catalunya siempre le había gustado, viajar en tren era una forma de relajarse cuando no tenías prisa, o miedo a llegar tarde por culpa de un retraso.

Pablo bajó en la concurrida estación del pueblo, desde allí, sin pensarlo, tomó un taxi que lo llevó al antiguo castillo.

Gran parte del castillo había sufrido múltiples reformas; el paisaje de la zona también había cambiado.

Donde antes solo había tierras de cultivo y casas dispersas, ahora había un pueblo de buen tamaño y una completa remodelación que servía de ciudad dormitorio, además de la nueva zona de playa con sus nuevos pisos y paseo marítimo.

Bueno, algo nuevo para un vampiro que estuvo allí por última vez en el siglo XII.

Pablo pagó la entrada al castillo, lo que buscaba, la parte más antigua era la zona de la antigua iglesia que databa del siglo X, las ruinas estaban en mal estado en comparación con la imagen de su memoria, había zonas que no eran accesibles, pero la pequeña capilla con su nave con cúpula de cañón todavía estaba abierta.

Ya no se celebraban ceremonias en la iglesia, ni había un señor del castillo que pudiera impedir que un turista caminara libremente por la sala vacía.

Era jueves, nadie había venido a visitarlo; él era el único que estaba allí.

Al fondo de la iglesia, con algunas de sus antiguas vidrieras cubiertas, se encontraba la capilla.

Pablo recordó cómo Derrel había ido allí para inaugurar el nido de vampiros de los Justicar que se establecería de nuevo en Cataluña después de muchos siglos en los que dejaron a los Gruxas esas tierras.

Solo había tres descendientes que vivirían allí, un nido pequeño, todos descendientes de su hermano menor Viriato, pero la ceremonia de apertura fue presidida por el mismísimo Maestro Seth.

El maestro Seth no era Anubiel, no era impetuoso, violento, no se arriesgaba, ni estaba todo el día maquinando contra el resto de clanes vampíricos.

Tampoco es que fuese un estudioso, solo era más cauto, más introvertido, los reinados de Seth siempre eran más tranquilos para el clan.

Era un curioso equilibrio de dinámicas.

Sin tomar ninguna precaución, Pablo tiró del anillo y con su fuerza logró levantarlo, no sin esfuerzo, y despejar así la entrada a la antigua escalera que conducía a la cripta familiar.

Las esculturas, los nichos, los pedestales habían sido devastados por el tiempo, por las diferentes familias que habitaron el castillo a lo largo de los siglos hasta llegar a su actual abandono.

Los cadáveres trasladados a los osarios cuando las leyes impedían mantener las tumbas en casas particulares, ahora esas tumbas olvidadas estaban vacías y las inscripciones apenas se podían leer en las lápidas.

La habitación no era grande y estaba completamente a oscuras.

No encendió la linterna de su teléfono; su nueva sensibilidad le permitía ver toda la habitación a oscuras como si fuera de día, con solo la luz emitida por la pantalla del terminal.

Avanzó hacia el nicho del fondo.

A pesar de los siglos, seguía exactamente como lo recordaba.

Sus manos recorrieron los ladrillos, buscando las marcas borradas por el tiempo.

Pero su sensibilidad era tal que podía notar la más mínima imperfección en las piedras, y al notar el pequeño grabado en esta con la forma difusa de la balanza y la espada, símbolo de los Justicar, en ese momento supo que todo seguía en su lugar.

Apretó el ladrillo con todas sus fuerzas sin éxito, al final solo gracias a apoyar todo su peso y apoyar la espalda contra el techo del nicho y tensar los músculos de sus brazos hasta convertirlos en auténticas barras de acero, consiguió que el ladrillo cediera a la presión.

Algo sonó, como si una cadena oxidada hubiera comenzado a mover un mecanismo.

A su derecha en la cripta el piso se hundió, dando paso a una escalera de caracol irregular con escalones altos y empinados.

Ningún mecanismo con cuerdas o metal resistía al paso de los siglos, los engranajes, cadenas y contrapesos eran de pura piedra, una herencia de los conocimientos de la ingeniería romana que los vampiros conservaron durante mucho tiempo.

Pero lo que más sorprendió a Pablo no fue que el túnel aún existiera sino que no exhalara el olor a cerrado, húmedo y podrido que esperaba de una habitación que no debía haber sido abierta hacía mucho tiempo, incluso olfateando el aire pudo detectar un aroma familiar, solo era un rastro lejano, pero podía decir con certeza que un vampiro debió haber bajado a esa cripta no hace mucho.

La habitación inferior, sin embargo, estaba completamente vacía; todo rastro de muebles, literas y estanterías de aquella mazmorra construida en las profundidades de la tierra había desaparecido.

Los relieves en las paredes con las doce reglas de los Justicar eran lo único que quedaba en aquella habitación.

Leerlos nuevamente en la pared reconfortó su alma.

“Solo el mal merece la muerte.

Solo beberás de un criminal.

Sé la mano oscura de la justicia, sin importar reyes, leyes ni reinos.

No dejes impune un crimen de sangre.

Respeta a tus maestros como si fueran tus padres.

Respeta a tus descendientes como si fueran tus hijos.

La maldad de los descendientes es la maldad del padre.

No crearás descendencia sin el permiso de tu maestro.

No rebeles tu naturaleza ante ningún humano que no hayas corrompido.

Tu riqueza es la riqueza del clan.

La palabra de Athod no debe cambiarse.

«Quien rompa las reglas debe morir».” Esas palabras contenían todo su mundo moral, todo su pasado, todo lo que significaba ser Derrel, ser un Justicar, la misión de la vida de ese vampiro que ahora vivía de nuevo en el cuerpo de un joven.

Podían sonar imprecisas, abiertas, pero enfocaban claramente en una sola dirección, hacer prevalecer la justicia, y la venganza no era sino la forma de justicia humana más primigenia.

Aunque estaban bastante bien conservados, parecía que muchos habían sido arañados por garras.

Solo conocía un clan de vampiros con garras tan duras que podían desgarrar la piedra: los Vrykolakas Pero las ranuras de las garras no eran recientes; se habían acumulado polvo, suciedad y humedad; debían de haberse formado hace siglos.

¿Qué buscaban allí los Vrykolakas y por qué el nido parecía abandonado durante tantos siglos?

En el suelo se veían las huellas de unas zapatillas.

Era evidente que alguién había visitado el lugar recientemente, o que los Justicar habían sobrevivido, o que alguien buscaba pistas sobre ellos.

No había muchas opciones.

Pablo no tenía información; tenía que averiguar qué sucedió tras su muerte; solo entonces sabría qué hacer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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