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Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 El metro de Barcelona es un ecosistema complejo, en hora punta puede resultar agobiante, pero a esas horas de un sábado por la mañana todavía era transitable, aunque las líneas estaban llenas y sería difícil sentarse.

Después de una vida como vampiro deseando la sangre dentro de esos humanos, ahora estaba rodeado de ellos, podía sentir los latidos de los corazones que lo rodeaban, podía oler su sangre, su adrenalina, incluso mejor que cuando había vivido en su cuerpo original.

El olor, los fluidos físicos, quién estaba excitado, quién estaba enojado o quién estaba enfermo, era toda una gama de sensaciones, ver todas las luces, los celulares, los ruidos eran desconcertantes hasta cierto punto era como estar abrumado por los sentidos.

Era una diferencia de escala, mientras un humano sería uno a nivel de percepciones, las habilidades de un vampiro serían un cinco, pero ese cuerpo criado desde la concepción con el parásito tenían unos sentidos que podían considerarse un 10 sino algo más elevado.

Por suerte, el mundo moderno no olía a mierda y sudor como en la Edad Media; la higiene moderna lo estaba salvando de esa desagradable experiencia de mezclarse con la multitud.

No siempre la gente iba sucia en la edad media, pero la higiene diaria generalizada, los desodorantes, los jabones, y sobre todo la limpieza de la propia ciudad en la que no había esa capa de barro, paja y escrementos perpetua en el suelo diluían esa impudicia.

Había tenido suerte de que Laia fuera bastante propensa a sus actos, pero corromper un alma hasta el punto de desatar sus deseos más profundos sería algo más difícil.

Mucho más si pensaba en tener que cazar o conquistar a diez mujeres o chicas diferentes.

Tenía que romper los sellos y recuperar sus poderes antes de intentar organizar su venganza.

Aunque fuese fuerte, lo era ahora mismo en un estandar humano.

Aunque sus sentidos fuesen tan avanzados como los de un hombre lobo estos no le darían una ventaja clara en un combate.

Pero Pablo tenía el físico y la apariencia de su lado, el resto serían las viejas artes que el vampiro había practicado hasta la saciedad, otras cosas, debido a los nuevos hábitos, tendría que descubrirlas poco a poco.

La casualidad quiso que, durante el cambio de línea en Paseo de Gracia, viera a su segunda víctima.

La chica en cuestión debía de vivir cerca del piso de Pablo; se habían visto muchas veces en el metro, y las miradas que intercambiaba eran evidentes, incluso a veces, cuando se habían visto a solas, la chica, bastante descarada, había intentado mortificar al tímido Pablo.

Una sonrisa de más, algún gesto oculto con los labios.

Un coqueteo con un chico tímido más joven que ella.

Curiosamente durante esos meses había sido la chica gótica la que intentaba seducir, corromper al buen y tímido chico que era Pablo.

Era una paradoja curiosa el cambio actual de papeles.

Por lo que Pablo había deducido de aquellos encuentros furtivos en el metro, la chica debía de ser universitaria, siempre con un libro o una mochila.

Tenía esa estética típica de los ambientes góticos y punks que era popular en ciertos círculos de Barcelona.

Rostro pálido, labios negros, maquillaje que resaltaba sus ojos, varios piercings en las orejas, las cejas y probablemente en otras partes.

Era joven, y su cuerpo aún no estaba completamente cubierto de tatuajes, aunque uno asomaba por el escote que anunciaba unos pechos pequeños y firmes.

La chica era bajita y delgada, apenas medía un metro y medio, un peso pluma comparado con un coloso de casi dos metros como Pablo.

En la parada de metro de la línea que lo llevaría a casa, Pablo la vio sentada al otro lado del andén y se acercó como si no le importara.

La actitud de Pablo la sorprendió; era la primera vez que el chico se acercaba a ella deliberadamente.

La miró y ella apartó la mirada, tocándose el pelo al mismo tiempo.

Los ojos del chico habían cambiado; ahora parecían leer cada rincón de su alma.

Los ojos de Pablo miraban con una intensidad y profundidad impropias no solo del antes tímido niños sino que eran extrañas para cualquier ser humano que antes la hubiese mirado.

Penetrantes como el mar, profundos como la noche, sabios, seguros e intimidantes pero sin dar miedo o dejar el rastro lascivo y baboso que hubiese sido desagradable.

Eran hipnotizantes e intrigantes a partes iguales.

Llevaba una falda muy corta que dejaba al descubierto sus hermosas piernas, con medias de rejilla que le llegaban hasta medio muslo, y unas botas militares altas completaba el look.

A la espalda llevaba una mochila negra; parecía que la chica también regresaba a casa tras una noche de fiesta que terminó al día siguiente.

Pablo supo por la cara y la sonrisa de la chica que había tenido sexo esa noche.

Para un experto era fácil detectar los síntomas: el brillo en la piel, el sudor, el efecto de las hormonas liberadas, el ligero olor que el sexo deja en el cuerpo y la sonrisa de haberlo pasado bien.

Su aspecto no debió ser muy diferente, aunque por suerte Pablo supo disimular la sonrisita tonta que le hubiese quedado al inexperto muchacho sin la fusión de las dos almas.

Llegó el metro y la puerta del vagón se abrió.

Estaba lleno, tanto que a un tipo corpulento como Pablo le costó mantenerse en pie, agarrándose a una de las barras como pudo.

La chica entró tras él.

El único espacio disponible era un pequeño espacio que Pablo había creado con la posición de sus brazos y piernas.

El único problema era que ella no podía agarrarse a nada.

La chica estaba tan cerca que el pseudovampiro podía olerla perfectamente; no podía verle la cara, pero sí notaba su respiración ligeramente acelerada.

Cuando el metro tomó la primera curva, la chica, que no podía sujetarse a nada, estuvo a punto de caerse, pero Pablo, amablemente, la sujetó por la cintura.

No fue un gesto brusco ni desagradable, sino una cortesía.

No se habían presentado pero en el fondo era como si se conocieran, la chica que estaba de espaldas miró a los ojos azules de Pablo.

“Gracias, no hay donde agarrarse.” “No te preocupes, es sábado y está lleno, si quieres te puedo sujetar.” Aunque era mayor y siempre había sido la más descarada de los dos, la chica no pudo evitar sonrojarse un poco al notar que la mano del hasta entonces tímido chico seguía sujetándola por la cintura.

Ese chico estaba siendo descarado, pero a ella no le importó; llevaba mucho tiempo planeando una estrategia, incluso fantaseaba con ella.

El siguiente movimiento repentino del metro hizo que la espada de la chica se posara directamente sobre el torso de Pablo, apenas alcanzando sus pectorales.

Sus manos, que no estaban sujetas a ningún sitio, tuvieron que ser forzadas a bajar.

Otro balanceo del tren hizo que la mano de la chica rozara la pierna del chico fuerte, pero ¿qué había rozado?

La chica esperaba haber tocado accidentalmente los músculos duros de la pierna del chico, pero la sensación era diferente…

¿Sería posible que este gigante lo tuviera todo tan grande?

Solo faltaba una parada tras la siguiente para que llegaran a su destino, la chica no quería perder la oportunidad de saber si su sensación era cierta, discretamente como buscando un lugar y equilibrio movió su pie izquierdo por fuera de la pierna de Pablo, de esta manera sus dos pequeñas nalgas quedaban con la pierna izquierda del chico en medio.

Pablo rió por dentro ante las insinuaciones de la chica; seguramente creía que todo era muy discreto.

No dudó en dejarla hacer, y así el trasero de la chica descansó directamente sobre su miembro.

El chico no necesitaba estar completamente erecto para sorprenderla.

El rubor se acentuó aún más en el rostro de la chica; efectivamente, era una polla enorme.

Allí, en el metro, el deseo, y su fantasía aún más avivada, encendieron su excitación.

Podía sentir la mano del chico firmemente en su cintura, y algo grande presionando entre los pliegues de su falda…

Ojalá pudiera tener eso dentro…

No era una chica inexperta; había tenido muchas experiencias sexuales desde los quince, pero hasta los veintiuno que tenía en ese momento nunca había probado algo de esa magnitud.

Además, el chico, aunque no era de su estilo estético, era corpulento, no era gótico, ni vestía de forma alternativa, pero era innegablemente atractivo.

Las puertas del vagón se abrieron y ambos bajaron.

La chica avanzó, sin saber qué hacer después.

Le gustaba el sexo, pero no era ninfómana ni quería ganarse la fama de prostituta; sin embargo, quería probar lo que había notado.

Pablo no dijo nada, era mejor dejarla tomar una decisión, él no tenía magia ni podía hipnotizarla, no podía seducir su mente a la fuerza, tenía que jugar esos juegos, y esta chica era una gran candidata para ese tipo de corrupción que tanto necesitaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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