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Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Comieron en un restaurante de la calle Aribau, un lugar caro que volvía loca a su madre con sus platos de alta cocina.

Con su cabello rubio y ojos azules, la exmodelo Elisabeth Harens seguía siendo una mujer muy hermosa.

Atraía las miradas, era imposible que una mujer así no lo hiciese.

Su padre no se había vuelto guapo por arte de magia, era un hombre corpulento, pero desde que se dedicó a la carrera diplomática, había ganado en elegancia en comparación con su época como futbolista.

Tenía una ligera cojera, de la que le había costado mucho deshacerse, la misma que le había provocado una lesión deportiva lo suficientemente grave como para acabar con la carrera de un futbolista internacional.

Cuando esto ocurrió, su padre jugaba en el Manchester United; fue en Inglaterra donde se conocieron sus padres.

Pese a lo que se pudiera pensar, en la época en la que jugo su padre no se repartían el mismo nivel de millones del que hoy gozaban los privilegiados jugadores de futbol.

Aun y así, la inteligencia y el duro trabajo de su padre en los consulados de Brasil habían conseguido que el dinero no fuese un problema para esa familia.

La comida fue agradable, hablaron de planes para cuando se fueran a Tokio y de cómo Pablo afrontaría su último año de bachillerato en Cádiz.

Aunque por su edad debería haber terminado ese año, entre los cambios de países anteriores y el hecho de ser uno de los más jóvenes de su clase, sus padres decidieron aceptar la propuesta de la dirección del instituto privado y obligarlo a repetir curso.

De esta manera, se pondría al día y no habría tanta diferencia con sus compañeros.

Además, era importante ponerse al día con el catalán, otra lengua más en la mente de Pablo.

A sus diecisiete años Pablo hablaba perfectamente portugués, inglés, español, catalán, y en el instituto estudiaba también francés que con todo ese bagaje era una de sus clases favoritas y para la que tenía especial inclinación (cualquier similitud entre el francés actual y la lengua romance hablada en el siglo XII no era más que la similitud entre parientes lejanos).

Sus padres recogieron su equipaje del piso para ir al aeropuerto, la casa quedó a su cuidado, Pablo aprovechó para ducharse y descansar, por lo que sabía, Ángela no terminaría hasta las cinco o cinco y media, una vez terminado el turno de comida y limpio el local.

Pasó las siguientes horas buscando en internet crímenes en Barcelona, zonas peligrosas, agresores sexuales sueltos; buscó todo lo que necesitaba.

Durante las siguientes semanas, y antes de empezar a buscar a los vampiros que existiesen en esa sociedad, primero tenía que intentar romper los sellos.

Corromper a diez mujeres sin magia ni habilidades psíquicas era difícil, tenía que crear una dependencia ciega que las llevara más allá de sus propios deseos, algo que las hiciera adictas a él, tanto que les resultara difícil no obedecer una orden o una sugerencia y eso las llevara a perder todo sentido de autocontrol.

Pero matar a diez criminales tampoco era tarea fácil; si se descuidaba, podrían descubrirlo o arrestarlo, y ahí estaría el fin.

Sin embargo, ya tenía varios objetivos en su lista, el primero era un pedófilo.

El Sr.

Masanet había sido profesor de una escuela; según el escándalo, había abusado sexualmente de más de doce niños durante su etapa como docente, pero a pesar de todo, tras once años en prisión, ya estaba libre.

Empezaría por ahí, sería lo más fácil: ¡Cerdo, pagarás por esto!

Encontrar el lugar donde vivía no iba a ser difícil.

Solo requería esfuerzo.

Ya había matado a dos criminales ese mismo día.

Lo importante era no romper su código de Justicar y, sobre todo, hacerlo con seguridad; solo quedaban ocho.

Preparó lo que creía necesario: eligió un cuchillo mediano y muy afilado, como los que usaban sus padres en la cocina.

Además, lo limpió con cuidado para que no quedaran huellas y dejó un par de guantes de gimnasio en una bolsa para evitar que sus huellas quedaran en el cuchillo.

Era mejor no quedarte el arma; si no esta podía incriminarte, era mejor deshacerse de ella rápidamente y no andar por Barcelona con un cuchillo ensangrentado en el bolsillo.

Con las chicas, incluyendo a Laia y a la gótica del metro, que le parecían víctimas ideales para sus encantos, le quedaban otras ocho, tenía que intentar corromper a tantas como pudiera.

El proceso nunca estaba garantizado, y menos sin magia, pero tampoco era una tarea desagradable, aunque para un vampiro con más de dos mil años y mucha experiencia a sus espaldas, era como un pequeño juego, un aperitivo antes de recuperar sus poderes.

La clave era el momento en que la presa sucumbía a un deseo, a una orden que en cualquier otra circunstancia o cualquier otra persona no habría pasado los múltiples filtros que tenía la mente y la razón.

En ese momento es cuando la otra persona se podía considerar corrompida.

Alrededor de las cinco, el celular de Pablo se iluminó con un mensaje: “Ya terminé.

¿Tu oferta sigue vigente o te echaste atrás como un niño?” Pablo se rió.

Iba a mostrarle a esta mujer latina lo que un niño era capaz de hacer.

Angélica recibió la respuesta un minuto después.

Fue breve: la calle, el número y el piso; no hubo más comentarios.

Pablo parecía querer jugar duro, pero ella era latina y no se dejaría intimidar por juegos infantiles.

Era cierto que hubiera preferido cambiarse y arreglarse, y no ir con ropa de trabajo, pero las oportunidades había que aprovecharlas al instante.

Era un rumor en el barrio que el padre de Pablo iba a ser nombrado embajador y enviado a Tokio, la chica no sabía cuanto tiempo más tendría al chico a mano.

Para la chica, entrar en una de esas casas señoriales del Eixample barcelonés era muy diferente a entrar en su humilde y destartalado piso compartido en Badalona.

Desde la entrada con portero (por suerte ese día el señor Emilio no trabajaba, estaba de baja), hasta las escaleras ornamentadas o el viejo ascensor que parecía sacado de una película de los años cincuenta, era como entrar en otro mundo, en otra Barcelona.

La chica tocó el timbre del piso que Pablo le había mencionado y la puerta de entrada se abrió.

Subió al segundo piso por las escaleras.

No le gustaban los ascensores; les tenía pánico.

La gran puerta de acceso estaba frente a ella; el timbre era uno de esos antiguos con el botón redondo; era costumbre guardar objetos de colección en este tipo de edificios.

Cuando Pablo abrió la puerta, vestía pantalones cortos y una camisa blanca, estaba descalzo.

De fondo se oía música que provenía de la sala y resonaba en los altos techos.

Era bachata.

Ángela sonrió al verlo.

“¿No es muy cliché que le pongas bachata a una colombiana?

Pensé que serías más original.” “Si no te gusta, puedo cambiar la música.

¿Quieres un café o prefieres bailar?” “Hmm, veamos cómo te defiendes, y luego decido si me tomo mi café o me voy, ha sido un día largo…” Ángela no pensaba ponérselo fácil a Pablo; quería que el chico se esforzara, que la conquistara, y sobre todo, planeaba dejarlo en ridículo por ser demasiado listo con la bachata.

Pero Pablo, por su parte, no estaba preocupado en absoluto.

Su padre era brasileño, llevaban el arte, el baile y los ritmos latinos en las venas; lo había visto bailar miles de veces con su madre, incluso le había enseñado muchos pasos y trucos.

La bachata era un baile que o lo sabías bailar o era un desastre, el movimiento de cadera era opuesto para mujeres y hombres, los cuerpos debían estar cerca pero sin ser obscenos, el hombre debía guiar con su mano en la cadera o espalda de la chica para hacer los pases y giros.

Pero ese hombretón que era Pablo superó las expectativas de la camarera, no sólo se movía bien, con ritmo y gracia, sino que sabía guiarla en el baile, sabía conmoverla, y sabía generar deseo poco a poco en ese ritual de apareamiento ancestral que era el baile.

Ese roce de los dedos que buscan la mano, ese giro que termina con una mano en la cintura que presiona un cuerpo contra otro, esa danza sensual de pecho contra espalda que no es obscena, solo roza, insinúa, presenta, mientras la respiración se siente en la nuca y en el cuello.

Con un último giro, los cuerpos se entrelazaron y las manos de Angela terminaron en su cuello, pecho contra pecho, notas suaves en el aire, conmovedoras.

En esa proximidad él busca sus labios y se retira juguetón, ella insiste y lo muerde un poco, con un gesto desabrocha los botones de su camisa y recorre sus dedos por sus músculos mientras siguen jugando sin llegar a besarse.

La sala es lo suficientemente grande como para bailar cómodamente, pero el sofá está cerca.

Ella lo empuja con una mano para que se recueste y, con valentía, se sienta a horcajadas sobre él.

Se quita la camisa de camarera y el sostén.

Dos pechos grandes con areolas grandes y oscuras acompañan a dos pezones que demuestran que el ritual de apareamiento ha surtido efecto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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