Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 18
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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 Él se incorporó y la besó apasionadamente, pero desde su boca bajó hasta su cuello, y desde su cuello deslizó la lengua por el pezón mientras las manos del chico se afanaban en desabrocharle los pantalones.
Ella se levantó para ayudarlo y, ahora vestida solo con un sugerente tanga rosa, se sientó de nuevo encima.
Ella lo empujó contra el sofá para que se recueste, su boca se deslizaba por el pecho de Pablo mientras desciendía, disfrutando de la fricción contra esos abdominales firmes.
Además, envalentonada desabrochó el botón de sus pantalones cortos y, con un fuerte tirón, le quita los pantalones y los bóxers en un solo movimiento.
Es en ese momento que la bestia que Pablo tenía entre las piernas se libera; ella lo miraba con deseo, sonrió “Parece que me esperaba más de una sorpresa” Pablo cerró los ojos mientras sentí una lengua recorrer los más de veinte centímetros de su miembro viril.
El vampiro le agarró la cabeza mientras ella empezaba a lamer y chupar con avidez.
Él se queda tumbado, disfrutando, ella le acariciaba el miembro con una mano y en ese momento le dice: “Cierra los ojos, ábrelos cuando yo te lo diga” El vampiro obedece, no le importan los juegos, de hecho los disfruta, sin dejar de tocarlo con una mano Ángela se levanta y se quita la única prenda de ropa que le queda puesta, el tanga, hace un pequeño rodeo, y se sienta con sus piernas justo a cada lado de la cabeza de Pablo.
“Muéstrame lo que puedes hacer” Cuando Pablo abre los ojos, tiene la concha de Angela justo delante de su boca.
La chica lleva un estilo brasileño, con ese afeitado que deja ver el color marrón y rosa de sus labios superiores.
Sin pensarlo dos veces, el chico usa su lengua para abrirse paso, mientras ella lo agarra del pelo y tira hacia él.
No todos los clítoris son iguales, los hay pequeños, los hay que se esconden en el capuchón de la unión que se forma con los labios superiores y los hay que, como este, son grandes, que se hinchan y se hacen notar con la excitación.
Pablo lo acaricia con su lengua, suave, chupando, lamiendo y lamiendo con fruición, besando, usando sus labios en un juego intenso.
Las grandes manos del chico tienen su culo agarrado, incluso si ella quisiera liberarse del agarre, que por supuesto no quiere, no podría hacerlo.
Esas grandes manos separan un poco sus nalgas, sus dedos la tocan y la acarician, tratando de ir más allá.
Ella se estremece y comienza a gemir.
Sigue cabalgando sobre la boca del vampiro durante unos minutos, hasta que vuelve a arrastrarse por su cuerpo, él la agarra por la cintura, mientras ella lo besa de nuevo.
La boca de Pablo sabe a su coño, pero a ella no le importa.
Su cuerpo moreno busca la posición e introduce ese miembro.
Angela solo ha tenido penes de ese calibre en chicos negros, pero este chico es una maravilla y disfruta cada centímetro que la penetra, apretando al máximo las paredes de su útero.
Ella lo monta como una vaquera mientras él está tumbado, agarrándole la cintura con una mano y el pecho con la otra.
Él se deja dominar, morder y marcar el ritmo.
La chica disfruta del momento, arqueando la espalda y marcando los movimientos al ritmo de la música que sigue sonando.
Mueve las caderas como si bailara sobre él, mientras él le deja hacerlo.
Ella tiene mucha experiencia, pero el vampiro lleva siglos de práctica para caer en ese juego.
Cualquier hombre en su sano juicio se hubiera vuelto loco con esos movimientos pélvicos, pero se sobrepone y se incorpora hasta poder besarla, ella continúa mientras las manos de Pablo recorren su espalda hasta llegar de nuevo a agarrar ese culo firme y redondo.
Decir que los dedos de Pablo eran tan grandes, o al menos tan largos, como muchos penes de chicos no era una exageración.
Ahora marca el ritmo con el que el cuerpo de Angela sube y baja.
El chico se chupa un dedo disimuladamente, acumulando un poco de saliva, mientras ella mira al techo con placer.
Su mano vuelve a agarrarle el trasero, pero esta vez ese dedo húmedo empieza a acariciarle el ano.
Angela no solo no rechaza la caricia, sino que en su siguiente descenso empuja su cuerpo contra el dedo que se introduce, haciéndola gritar de placer.
El juego y la postura vaquera continúan durante una canción más.
Ahora la música ha cambiado, es rock, más rítmica.
El chico la levanta y la lanza sobre la tumbona, con las manos apoyadas en sus isquiotibiales, empujando sus muslos hacia arriba y su apretado coño hacia afuera.
En ese momento, se coloca encima de ella y comienza a penetrarla cada vez más fuerte.
Cuando ya está dentro, se recuesta y la besa.
Pablo alterna posiciones jugando con ella; la música que les rodea es fuerte, y él aprovecha para manipularla con rudeza.
La música no deja distinguir los gemidos, ni su voz diciéndole a Pablo: «Dame más fuerte, papi».
Él le agarra los pechos mientras embiste, le muerde el cuello y se levanta de nuevo, esta vez agarrándole las piernas por los tobillos, abriéndolas para golpearla tan fuerte y profundo como ella le pida.
Angela no aguanta más y se corre de placer mientras él continúa.
Pero Angela ya no puede más, al menos no así.
Los espasmos que sufre con el orgasmo contraen su vagina con tanta fuerza que tardará unos minutos en volver a ser penetrada sin sentir dolor.
Pablo se separó de ella, una lástima, no ha logrado llegar, quizá se ha estado conteniendo demasiado y debería haberse relajado un poco más.
Pero ella lo mira divertida.
“Tranquilo papi, esto no es lo único que quiero que me folles, ¿tienes vaselina o aceite corporal?” El vampiro asiente y se va a su habitación.
Lleva un tiempo con un frasco de vaselina sexual, por si el tamaño de su miembro le causa algún problema de compatibilidad.
Al volver a ver a Angela, su excitación vuelve a la cima.
Ella está descaradamente a cuatro patas en el sofá, abriéndose las nalgas con las manos y mostrándole su culo abierto, incitándolo.
Pablo se aplica vaselina en el miembro mientras se acerca lentamente.
Con una mano le da una bofetada cariñosa, no una nalgada, sino algo más suave.
El tubo del líquido viscoso dejó caer un chorro entre sus nalgas.
Con hábiles movimientos, el vampiro lubrica toda la zona por dentro y por fuera.
Ángela gime, al mismo tiempo que no puede evitar temblar de anticipación.
No había tenido sexo así desde que lo dejó con su pareja en Bogotá.
No es que a la chica le gustara esta práctica, pero no le importaba; aunque estaba muy excitada, lo disfrutaba y le daba placer.
El chico se acerca hasta que su glande reposa sobre las nalgas de la colombiana.
Sus manos abren un poco más el cuerpo de Ángela mientras su miembro lubricado introduce el glande.
Ángela hace un gesto para que se acercara despacio, y el íncubo lo hace.
Empezó solo con la punta, hasta que poco a poco entró y salió con facilidad.
La chica gimió y mordió un cojín del sofá.
Tardó un par de minutos en poder introducir algo más; en ese momento era como un juego, poco a poco, suave.
Pero el juego, como la música que volvía a los ritmos latinos, empezó a ponerse intenso.
Ángela movió el culo; en ese momento no le convenía a Pablo atacar.
La dejó hacerlo, quería que sintiera placer, no lastimarla.
Cuando estuvo lista, Pablo la rodeó con sus brazos, colocando una mano sobre cada uno de sus grandes pechos mientras empezaba a mover las caderas cada vez más profundo, cada vez más fuerte.
Con la espalda completamente arqueada y el roce con el que Pablo la inundaba, Angela lo disfrutaba; incluso podían besarse en esa posición.
Él seguía presionando cada vez más fuerte, y ella lo disfrutaba, pero quería mantener el control por ahora; le preocupaba que el chico se excitara tanto que la lastimara.
“Déjame subirme arriba” El íncubo la comprendió.
Estas prácticas no eran como en una película porno; tenían sus contrapuntos si se buscaba una experiencia sexual placentera para ambos.
Él se tumbó y esta vez Angela se colocó encima, pero de espaldas a él, permaneciendo en cuclillas por un momento, apoyada en el respaldo del sofá con una mano para poder subir y bajar.
El primer descenso fue estimulante, pero Angela no se conformó con poco esta vez; descendió dejándose invadir por su gran miembro hasta que su trasero se posó sobre su vientre.
Lo hicieron en silencio, sin siquiera gemir un instante.
Cambió la incómoda posición de sus piernas para apoyar las rodillas en el sofá y, ahora con todo el pene dentro, comenzó a moverse arriba y abajo, bailando y moviendo el trasero.
Ambos gemían de placer.
El ritmo no era rápido, pero sí profundo.
Él la agarró por la cintura y el ritmo empezó a aumentar, mientras Angela arqueaba la espalda de nuevo.
La sensación de estar llena del cuerpo del chico era increíble.
Poco a poco se dejó llevar al ritmo que él le marcaba con las manos en las caderas.
Con la mano libre, Ángela comenzó a tocarse mientras continuaba.
El placer era insuperable de esa manera.
El diablo veía cómo aquella latina caía en la lujuria más completa una vez superados sus pequeños miedos y resistencias.
Ese cuerpo pedía a gritos ser penetrado con fuerza.
Pablo se incorporó un poco para poder jalar a Ángela de las piernas, con un hábil movimiento y dejándola aún encima logró que su espalda tocara sus pectorales, mientras él levantaba sus piernas y las jalaba hacia atrás.
En ese momento de deseo absoluto, todo era posible si sabías cómo hacerlo.
Angela era flexible; los brazos del chico la sujetaban con los codos sobre las rodillas y él comenzó a bombearle las caderas.
En esa posición, la penetración se sentía muy diferente, y ella gritaba de placer mientras se tocaba con las manos.
El vampiro ya no tuvo piedad de la colombiana y empezó a follársela muy fuerte, muy profundo, muy rápido.
Ella gemía y gritaba: «Así, papi, así, dame más», y él la complacía.
Ángela empezó a correrse de nuevo como loca, gritando y gimiendo, casi ardiendo, y esta vez Pablo sí se corrió dentro de ella.
Ella permaneció apoyada sobre el cuerpo del niño mientras recuperaba la compostura.
“¿Sabes, Pablo?
No se te da mal esto, se nota que tu padre es sudamericano, los europeos no se mueven tan bien…”
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