Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 Fue un comentario tonto, pero en el fondo tenía razón.
No todas las culturas tienen el mismo sentido del ritmo, la música o el sexo.
Ahora la chica aceptó el café que Pablo le preparó.
La sesión de sexo había sido buena y el chico era guapo, una auténtica maravilla, rico y simpático.
Para Ángela, él habría sido la pareja perfecta si no fuera porque era más joven, y pronto se iría a otra ciudad; si cometía el error de enamorarse de él, sabía que le rompería el corazón.
Prefería disfrutar del cuerpo a cuerpo, y si en las próximas semanas o cuando el chico volviera de visita la buscaba, aceptaría.
Nadie rechaza un dulce.
La chica había quedado en Badalona para ir a bailar con unas compatriotas, así que no se entretuvo con conversaciones imposibles y absurdas.
Le dio un beso cariñoso, y él respondió agarrándole el trasero y susurrándole al oído.
“¿Sabes, Angela?
Ahora puedes presumir de ser la primera mujer que me folla así…” La muchacha rio ante la idea del chico que había demostrado ser un auténtico tigre en la cama, se fue con cierto temblor en las piernas y con una sonrisa.
Para algunas personas el sexo siempre es la antesala de algo más, o la consecuencia de un sentimiento, pero hay quien es capaz de concebir el sexo como simplemente eso, sexo.
Mientras tanto, Pablo se duchaba; era hora de pensar en las ganancias que había obtenido.
En realidad, Pablo, fusionado con la mente de Derrel, no esperaba tener tanta suerte en su primer día desde que tomó el control.
La pasión desenfrenada de Laia, Gisela y ahora Ángela le había dado una ganancia que realmente esperaba haber obtenido en al menos una semana; quizás esta vez epoca mucho más propensa a la lujuria que las otras épocas en las que había vivido y las culturas que los vampiros habían intentado conquistar en el pasado.
Había llegado el momento de hacer una primera visita al señor Masanet, Pablo no creía poder cumplir su misión en un principio pero sin embargo podía tomar notas para preparar el golpe.
La suerte estuvo de su lado en ese momento, al presionar el botón del ascensor, otra posible víctima se cruzó en su camino.
Era Laura, la vecina del tercer piso B, tenía veintisiete años, hacía tres que su joven esposo había fallecido en un accidente automovilístico, luego de eso la mujer que no tenía hijos había pasado por una fuerte depresión, apenas unos meses atrás había dado señales de volver a cuidarse.
Cuando Pablo abrió la puerta del ascensor, ya tenía una idea en mente; no era la primera vez que jugaba en sus años como vampiro a consolar a la pobre viuda.
Era una forma fácil de conseguir mujeres corruptas que eran presa fácil.
Muchos vampiros lo usaban para asegurarse ganado del que alimentarse sin peligro, pero para los Justicar era más una cuestión de placer y contactos.
Los que piensen que aprovecharse de la debilidad emocional de una mujer es algo perverso desconocen el efecto que en un alma rota pueden hacer las atenciones no esperadas, las caricias anheladas en sueños.
Para muchas era un nuevo renacer, un nuevo despertar, para otras solo un placer que las hacía abrirse de nuevo al avida.
Otras sin embargo eran plenamente conscientes del juego en el que se metían.
Negar la posibilidad a una mujer por estar triste de tener una aventura sexual era infantilizarlas.
Las que no caían en las atenciones eran las que realmente estaban en un pozo de negrura de las que nadie las podría sacar, y a esas Pablo las respetaría.
Laura era alta, medía un metro ochenta, tenía el pelo castaño corto y unos ojos bonitos.
Sin embargo, años de depresión habían hecho mella en su otrora despampanante cuerpo; había subido de peso y había dejado el gimnasio.
No era que fuera un mal partido, sino que se notaba que no se había cuidado en mucho tiempo.
Sin embargo, cuando Pablo entró en el pequeño ascensor, Laura estaba bien arreglada, sonriente y parecía que al menos tenía planes para salir.
“Buenas noches Laura, ¿todo bien?” “Hola Pablo, cada vez estás más alto, eres un bombón ja ja, todo bien.
Me voy ahora con mis compañeros, quieren que salga de casa…” “Está bien, si necesitas algo avísame, mis padres se han ido unos días a Madrid y este fin de semana me aburriré.” Laura no tenía ningún interés sexual en Pablo o eso creía, lo había visto crecer desde que sus padres llegaron al edificio, sin embargo era un chico amable y educado, y además se estaba convirtiendo en un chico fuerte y guapo.
“Oye, ahora que lo mencionas, ¿podrías ayudarme el sábado por la tarde a bajar unas cajas al almacén?” “Claro, me avisas, estaré en casa.” Se despidieron normalmente, como dos vecinos normales, sin embargo en la mente de Pablo ya se estaba gestando un plan.
Decidió tomar el metro hasta bajarse en la estación Francia y tomar un atajo por la terminal para llegar al rabal, no era el más cercano, pero así no habría problemas con las cámaras del metro, estaba lo suficientemente lejos para que no pudieran vincularse directamente las imágenes.
Tras haber vivido diecisiete años en la piel de Pablo, conocía esa ciudad tan bien como el propio chico; no le costaba moverse con soltura, aunque aún le sorprendía el ritmo frenético de aquella época.
¿Cómo se las arreglarían sus compañeros, acostumbrados a la pereza, la opulencia y a esperar siglos para una simple mudanza?
Los vampiros habrían tenido que adaptarse a ese mundo, y él tenía que descubrir cómo.
Aun hacía sol en aquellos días de junio y la noche tardaba en caer, el rabal, la terminal y el barrio gótico eran lugares lúgubres y oscuros, las calles estrechas y las casas pegadas hacían el lugar perfecto para que el calor no pasara, sus sentidos estaban alerta, tenía que controlar el momento para que nadie pudiera notarle.
Caminar en las sombras no era solo una habilidad que involucraba magia o poderes oscuros, una sombra cruzando a simple vista era tan impactante como ir desnudo, pero saber moverse, cómo caminar para no hacer ruido y cómo posicionarse en los puntos ciegos de las personas o aparecer en su visión periférica por un corto tiempo era algo que solo siglos de práctica podían dar.
Era cierto que el cuerpo de Pablo era mucho más grande que su cuerpo original, pero también era cierto que en esa época, un chico joven y razonablemente bien vestido caminando por la calle no llamaría la atención de nadie.
Cuando el pseudovampiro giró hacia la calle que había salido en las noticias que había visto en internet, localizó rápidamente la puerta indicada.
Era vieja, con esas viejas puertas dobles de madera.
La carcoma y la humedad habían hecho mella en la puerta de entrada, y solo le bastó un pequeño y discreto empujón para que el chico abriera el pestillo.
En el bloque solo había seis plantas, dos en cada rellano y una en la planta baja, así que fue a los buzones.
No sabía en qué planta vivía el pedófilo, pero no le sería difícil.
Miró los siete buzones sin encontrar el apellido Masanet por ninguna parte; sin embargo, había dos plantas sin nombres en el buzón: la tercera A y la primera B.
Bueno, no era una elección entre muchas posibilidades.
Quizás había borrado su nombre por discreción para no ser molestado.
Pablo subió las escaleras, aunque en el primer piso no notó nada extraño; oía ruidos en las casas; si se cruzaba con alguien, tendría que buscar una excusa.
Continuó subiendo hasta que en el tercer piso encontró lo que buscaba.
No había grafitis ni signos evidentes; simplemente alguien había manchado la puerta con excremento de perro.
Había que tener mucho odio y mucha rabia para hacerle algo tan repugnante a la puerta de alguien.
El oído agudizado del chico le indicó que había alguien en el piso; parecía que escuchaba música.
En ese último rellano había una tercera puerta que daba a la azotea; una simple pestillo la cerraba desde dentro.
Parecía que los vecinos hacía tiempo que habían superado la inseguridad que podía generar una simple cerradura forzable desde el otro lado y habían vuelto a una tecnología más rústica.
Pablo, viendo que aún tenía tiempo antes de volver a casa, decidió seguir explorando.
El tejado, como muchos en los barrios antiguos, estaba descuidado, mal pintado, triste y feo, con ropa tendida aquí y allá, y no tenía nada de bonito.
Como en muchos bloques antiguos, todas las casas del bloque tenían un patio interior, pero además, en el bloque había un pequeño hueco de patio que parecía dar acceso a lo que debieron ser los baños y lavaderos de los pisos.
Sin preocuparse demasiado, Pablo miró hacia afuera; las viejas ventanas de los baños estaban abiertas para ventilar, al igual que las ventanas más grandes de los lavaderos, que debían de dar a la cocina.
Desde donde estaba, no sería difícil llegar; solo tenía que ir al otro lado de la pared del tejado, agarrarse con los brazos hasta poder apoyarse en la cornisa que servía de lavadero y luego, con un poco de equilibrio y fuerza, entrar por la ventana abierta.
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