Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 La familia y linaje de mi amo tenía reglas muy estrictas sobre la comida y el control del hambre.
Nos alimentábamos de criminales, la escoria de la sociedad, y no matábamos inocentes a menos que nuestra supervivencia estuviese claramente comprometida, y aun así eso merecía un castigo.
Era una regla de oro, una que, si se rompía, significaba la muerte a manos del resto de la familia, o como poco el encierro o el destierro.
Los vampiros pueden pasar años sin comer, eso solo nos debilita si pasan muchas décadas sin probar sangre, por eso tuvimos que saber elegir las víctimas para pasar lo más desapercibidos posible.
Lugares con guerras, pobreza y abusos constantes siempre han sido el caldo de cultivo del que bebimos los vampiros.
Entre la corrupción y la muerte, nadie se fija en cuatro criminales muertos, una puta descomponiéndose en el agua o cuatro soldados que mueren en patrulla, no son cosas en las que nadie antes metiera la nariz.
Los tiempos han cambiado para el bien de la humanidad.
Los imperios que suben y que caen han traído siempre sombras con ellas, un legajo de tierras quemadas, sin ley ni orden donde el vampiro encontraba el ganado que necesitaba para sobrevivir.
Después de más de dos milenios escondido, viviendo, con periodos de letargo y encima aprendiendo todos los secretos de la vida y la no vida, cuando más tranquilo estaba en la red de seguridad que había creado, justo en ese momento que confié en mí mismo sellé mi destino para siempre.
¿Me confié o es que tenía la cabeza tan metida en mis asuntos que dejé de mirar el mundo que me rodeaba?.
Yo tenía todo el poder que quería y en 1269 no había mejor lugar para mí que Londres, dos siglos infiltrándome yo y mi gente en esa ciudad y ese reino hasta controlarlo por completo, operando con diferentes nombres, con riquezas, títulos y placeres a mi disposición, y siendo temido y respetado por todos era el lugar perfecto para un vampiro con moralidad.
La ley se aplicaba de forma dura, y nadie echaba de menos a un criminal muerto en una mazmorra, si alguien hacía preguntas que no debía no tardaba mucho en ser convencido de mirar para otro lado.
La habitación de la pequeña torre estaba llena de gente.
Recuerdo que toda mi camada estaba allí.
No eran malos niños, muchos llevaban tanto tiempo a mi lado que eran como hermanos.
La puerta de la habitación se abrió y Melgar, uno de los más pequeños, entró corriendo, no era mi hijo directo, era uno de los pocos descendientes de mis propios vástagos.
Recuerdo su rostro como si fuera hoy.
“Derrel, tenemos un problema, los Lamia quieren una reunión…” “¿Los Lamia?¿Qué hacen en Londres y qué quieren de nosotros?
Inglaterra no es su territorio…” Mi tono era una mezcla de sorpresa y apatía.
No había sentido nada, nada me alertaba de lo que estaba apunto de pasar.
“Me dieron esta carta para ti.
Dicen que esperarán dos días, si no, entenderán que es una negativa…” Tomé ese papel escrito con pomposa caligrafía.
No habían usado tinta, era sangre, pero una que conocía muy bien: era la sangre de mi maestro, la sangre del Juez supremo Justicar Anubiel.
“Derrel ap Anubiel, Maestro Justicar de Londres, yo, el Arcano Theofolus, en nombre de mi clan solicito una reunión para la división del territorio en Inglaterra.
Vuestro gran señor ha muerto, como podéis oler, y la negativa implicará la guerra y la extinción de vuestro clan.
Te esperamos en la granja de Clarence Oldshide, camino a Notingam, ven solo.” La copa de vino que tenía en la mano se rompió, derramando vino y sangre sobre la mesa.
Mi maestro había muerto, mi territorio amenazado por los Lamia, malditos bastardos ocultistas.
¿Cómo pudieron derrotar a Anubiel, un auténtico quinto grado?
Ni siquiera podía pensar que entre los Lamia hubiera alguien tan poderoso y atrevido como para intentarlo.
Pero lo peor era cómo lo habían encontrado.
¿Cómo es que nadie de mi pueblo, ni siquiera yo, que tenía un gran don de profecía, lo había predicho?
El maestro llevaba casi dos siglos en letargo; no le tocaría despertar hasta sesenta y dos años después, junto con otros de mis hermanos.
Su santuario era tan secreto que ni siquiera yo sabía dónde estaba; solo Seth, el hermano de mi maestro, lo sabía.
Los Justicar contaban actualmente con dos grandes maestros que se turnaban para gobernar al resto cada doscientos cincuenta años; la siguiente generación podía tomar descansos para dormir cada cien años, aunque yo rara vez los tomaba.
Los Justicar se extendían por siete territorios, tres de los cuales estaban bajo nuestro control exclusivo: las Islas Británicas, Egipto y Sicilia.
Coexistíamos con otros clanes en la Península Ibérica, Francia, Italia y Grecia.
Un ataque a nuestro poder era demasiado atrevido para un simple grupo de ocultistas; tenía que haber más fuerzas activas.
“Marcelus ve a Edimburgo y avisa a Odiseo y a su gente, para que estén preparados para lo peor.
Trevor, toma un barco y ve a Egipto.
Tienes que encontrar al maestro Seth y advertirle de lo que está pasando.
El resto, enviad a las crías al resto de los nidos para que todos estén preparados para partir.
Fernando, llévate a toda tu camada y que se escondan en escocia.
Si no regreso en dos días, huye a Sicilia o Francia con Viriato”.
La ausencia de señales se transformó en ese momento en la señal más clara de que algo grave estaba pasando.
“¿Qué vas a hacer, Derrel?” Fernando me miraba preocupado, llevaba más de cuatro siglos conmigo como para conocer los rictus de mi cara y la seriedad de la situación.
“Daré una vuelta por la prisión antes de ir a verlos” Esa era una declaración doble, la primera que no pensaba involucrarles, la segunda que me preparaba para lo peor.
“¿No vamos a pelear?” Marcelus era demasiado impetuoso a pesar de su milenio de no vida.
“Los Lamia no tienen poder para someternos ni amenazarnos de esa manera, pero si se alían con los Strighoy o los Vrykolakas , no podríamos derrotarlos, si son capaces de atacar a un quinto, ninguno de nosotros tendrá oportunidad” Esa era la deducción más sencilla, el poder que se cernía sobre inglaterra debía ser terrible, si tenía que elegir entre mi vida y la de mis vástagos, salvaría la de estos, tenía que comprarles esa oportunidad.
No era la primera guerra entre vampiros que vivíamos, ni la situación más desesperada, en los siglos pasados habíamos perdido y recuperado territorios, hubo acuerdos débiles, y otros más estables, pero desde la muerte del Gran Maestro Athod, el maestro de Isbaelen y Seth, hace más de un milenio y medio, nunca habíamos recibido una amenaza similar.
Cuando Athod estaba vivo el clan era distinto, no pensábamos en dominar un territorio, sino en cumplir los preceptos de su credo.
Pero Athod murió y Anubiel y Seth se adaptaron a los nuevos tiempos.
Los Justicars éramos discretos, podíamos establecer grandes nidos debido a nuestra política de no matar inocentes, pero eso también nos hacía despreciables a los ojos de otros clanes de vampiros.
Era una parte de envidia, dos de miedo, y cuatro de reproche al poner sus monstruosidades frente al espejo.
Pero no era momento para cavilaciones, me fundí con la sombra de la noche, y el viento me impulsó por los aires a toda velocidad.
Para cuando crucé los muros de la prisión de Londres, solo habían pasado veinte minutos.
Oculto en la sombra de un guardia, llegué a las mazmorras más profundas, donde los criminales, a la espera de ser ejecutados en la horca o la decapitación, aguardaban su momento.
El hombre no me vio venir cuando me colé por las rendijas de la puerta de su celda.
Era joven, no tendría más de dieciocho años, por eso lo elegí, por eso y porque su mente era un revoltijo de imágenes violentas marcadas por sus crímenes.
Su sangre era fuerte y llena de vida.
Roncaba como si saber que estaba condenado a muerte no tuviera nada que ver con él.
Tenía una sonrisa cruel mientras dormía, y esos rasgos perturbados eran solo una sombra de los crímenes que habría cometido afuera.
Era la comida perfecta para recuperar todas mis fuerzas antes de lo que pudiese ocurrirme.
No pensaba ir sin un poco de preparación.
Me materialicé a su lado y, con un golpe de mis afiladas uñas, le corté la garganta y la yugular.
La sangre brotaba a borbotones, pero no desperdicié ni una gota.
Hacía años que no comía y el sabor me embriagó.
No diré que no lo disfruté, pero lo que me llevó allí fue la necesidad de poder.
Cuando el prisionero ya no era más que un cuerpo seco, salí, escondiéndome de sombra en sombra hasta salir de la prisión y ponerme de nuevo en manos del viento, y con una ráfaga fui al siguiente punto donde debía detenerme antes de caer en la trampa que sabía que me estaban tendiendo.
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