Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 20
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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 El vampiro se puso los guantes y comenzó su primera misión de asesinato.
Era una pena no poder beber esa sangre aún; con un cuerpo humano, no solo la vomitaría, sino que probablemente se envenenaría.
Además, salpicarse de sangre no era algo que planeara.
Una camiseta blanca podría parecer la peor opción para un asesinato: salpicaduras, manchas…
todo estaría claramente marcado, convirtiéndolo en un blanco fácil para llamar la atención.
Eso sí, siempre y cuando no fueras un ser con dos mil años de experiencia y muchos asesinatos a tus espaldas.
No había luces en el piso de enfrente; parecía que podía estar tranquilo.
Bajó del tejado hasta apoyarse en el techo del lavadero, y desde allí hasta poner los pies en la ventana.
Entró en el piso haciendo el menor ruido posible.
Además, podía sentir su propio corazón acelerado y su cuerpo liberando adrenalina en su torrente sanguíneo, pero a pesar de la emoción de la caza, Pablo pudo mantener la calma controlando su respiración.
Los muebles de la cocina eran viejos, aunque estaban razonablemente limpios, demasiado incluso para un apartamento tan viejo, seguramente aquel hombre tenía muchas más obsesiones que los niños y un comportamiento altamente compulsivo.
La música clásica estaba altísima, así que ocultó el ruido al entrar en la cocina.
Se agachó por precaución mientras sacaba el cuchillo que llevaba; con suerte, estaría un paso más cerca de romper otro de los sellos que habían conservado su poder durante siglos.
Escondido tras el enrejado de la puerta de la cocina, Pablo pudo ver que, efectivamente, el cerdo que había abusado de esos niños era el hombre que ahora estaba en ropa interior, cómodamente sentado en su sillón de la sala, escuchando música.
Asimismo, Pablo volvió a mirar la foto que tenía guardada en su celular de la portada de la revista en la que aparecía.
Por un instante, el hombre, concentrado en su música, creyó ver un extraño reflejo e hizo un gesto para levantarse, pero Pablo ya se había tirado al suelo y había desaparecido de los reflejos que dejaba pasar la celosía.
Tras unos segundos de vacilación el hombre volvió a sentarse.
Ahora solo tenía que buscar la oportunidad; no podía entrar y matarlo sin más, porque corría el riesgo de que gritara y armara un alboroto que alertaría a los vecinos; tenía que ser paciente.
Esta vez intentó colocarse de forma que pudiera ver sin ser visto.
La música seguía, y Pablo oía al hombre levantarse.
¿Lo habría descubierto?
Pero por suerte, ese cerdo simplemente se fue por el pasillo rascándose las pelotas hacia el baño.
Pablo aprovechó que el hombre cerró la puerta del baño para salir de su escondite y moverse.
El sillón orejero era lo suficientemente grande como para ocultarlo tras él, y la cortina sería la protección perfecta.
En cuclillas, agachado, tenso y con el cuchillo listo, Pablo esperó a que el hombre regresara de defecar.
El hombre se dejó caer ostensiblemente en el sillón mientras comenzaba a sonar una pieza de Wagner.
Era la música perfecta para lo que iba a suceder.
El hombre parecía embriagado por las notas musicales, y no vio ni pudo ver la figura que se cernía sobre él desde atrás.
El cuchillo le atravesó el cuello, cortando la garganta y la yugular con un movimiento preciso, seguido de una inclinación del cuerpo para que toda la sangre se dispersara en una sola zona llena de muebles, pero permitiéndole caminar por la sala sin pisar el charco de sangre.
Al ver toda esa sangre desperdiciada, Pablo deseó con más fuerza que nunca recuperar su poder y su cuerpo.
En su otra vida, lo habría dejado seco, tanto que ni el mejor policía habría encontrado una gota de sangre en la sala.
Sin gritos, sin luchas, estos humanos eran incluso más débiles que hace unos siglos, demasiados estímulos, demasiados muebles y adornos, demasiadas distracciones para oler el olor corporal de un extraño en su propia casa.
Vivían con la falsa seguridad que les daba no ser presas, no vivir en una guerra constante, no estar oprimidos y amenazados, que habían perdido parte de sus instintos primarios.
Pablo salió de la sala y fue a la cocina, lavó metódicamente el cuchillo y lo dejó en el cajón con el resto.
No tenía huellas dactilares, pero no quería facilitarle a la policía el hallazgo del arma homicida.
Cuanto más confundidos estuvieran, menos probable sería que alguien pudiera relacionarlo con el crimen.
Miró hacia el patio y vio que no había nadie en los lavaderos.
Tras borrar el resto de sus posibles huellas, con un poco de esfuerzo salió por la misma ventana, no pensaba abrir la puerta de aquel tipo y hacer ruido al cerrarla, era mejor, ya que el bloque no parecía muy ruidoso, salir por la ventana.
Así lo hizo, pero en el rellano del segundo piso estaba a punto de ser descubierto cuando de repente se abrió la puerta de un piso, con dos pasos rápidos se colocó fuera de la visión de cualquiera que estuviera en ese piso y logró bajar el siguiente tramo de escaleras y no ser visto de puro milagro, sin embargo en el portal se escondió tras el hueco para ver como bajaban los vecinos, solo cuando estuvo seguro de que salían a la calle, cerraron la puerta tras ellos y tras esperar un largo y tenso minuto decidió salir para mimetizarse de nuevo y perderse entre las sombras del Rabal de Barcelona.
Realmente había tomado muchos riesgos, no planeaba conseguirlo en el primer intento, pero las oportunidades no se podían perder.
Unos metros más adelante, los mismos vecinos que habían salido estaban de compras en una tienda cercana.
Pablo los reconoció por su ropa y su olor, pero ni siquiera notaron al apuesto chico que los había mirado mientras caminaba por la calle.
Regresó a casa tranquilo, no se encontró con nadie y no hizo nada más esa tarde que planificar su próxima aventura.
Hasta el viernes por la noche no tendría que reunirse con nadie, no tendría que socializar y continuar la vida de Pablo; tenía muchas horas para seguir construyendo su camino hacia el poder.
Esos dos días de huelga le daban el margen perfecto para actuar a su antojo.
Revisó los crímenes más impactantes en Internet, uno de los que ya tenía en mente le llamó la atención, no solo por el crimen en sí, un hombre que había asesinado a su esposa, de la que estaba a punto de separarse, y a su hija con una hoz, después de cumplir muchos años en prisión había sido liberado debido a su edad y porque estaba cerca de cumplir la totalidad de su condena.
Ahora vivía cerca de Manresa, era perfecto, la víctima más accesible.
El hombre, sin ningún pudor, se había mudado de nuevo a la casa familiar, una casa casi al lado de la montaña.
Lo bueno y lo malo de la prensa sensacionalista es que, cuando ocurrían estas cosas, eran tan invasivos que no dudaban en fotografiar todo lo que podían.
Esta vez solo tenían una foto antigua para identificar al hombre, y la casa tuvo que usar servicios de internet para encontrar la que más se parecía.
Pero ese viaje, si salía bien, no sería solo una misión de asesinato; si tenía tiempo, Pablo quería visitar otro de los lugares que su gente había visitado en la antigüedad: la montaña de Montserrat.
No era un nido en sí, era algo más antiguo, un santuario anterior a la Edad Media, incluso anterior a la llegada de los romanos a la zona.
Había sido el gran Athod quien se lo había mostrado tras demostrar su valía durante siglos.
Recordaba la escena a la perfección.
Tras la guerra en Irlanda, tras pasar por Germania, tras infiltrarse en diferentes ciudades emergentes y cumplir estrictamente los preceptos de los Justicar, un día Athod llegó a su nido, que por aquel entonces vivía en la ya emergente Roma.
Simplemente le ordenó que lo siguiera y dejó a su maestro Anubiel a cargo del nido y la confusión.
Athod lo había elegido no por su poder, sino por su obediencia al código y el propósito de los Justicars.
Fue un viaje largo y difícil, en el que el gran Athod le habló del propósito de los Justicars.
Cómo, siguiendo el código, podrían pertenecer a las sombras sin perder su humanidad ni dejar de saciar su hambre.
Le habló de tiempos oscuros, miles de años atrás, de civilizaciones desaparecidas, y le habló de magia, de los sellos y de los secretos que el mundo aún guardaba.
Pero lo más sorprendente fue que lo llevaría a un lugar que nadie, ni siquiera el Maestro Seth ni su propio maestro, conocían.
“¿Por qué yo, Maestro?” No soy digno de este honor.
“Derrel, eres joven, al menos a mis ojos, mis hijos cumplen, pero el tormento de la sombra es grande en ellos, pero tú eres diferente, no dudas, ves el código como lo que es, un propósito y no una excusa para justificar tus acciones, para aceptar esta vida no eterna muchos se aferran a las cosas sin comprenderlas, pero veo en ti lo que me hubiera gustado ver en ellos” Quería ir al santuario, y también pensó en aprovecharlo, ya que aquella no era la primera vez en el pasado que sentía interés por la magia, los sellos y las fuerzas de la profecía.
Sus habilidades después crecieron aumentado hasta que llegó la traición de sus maestros.
Los Justicar usaban la fuerza de la profecía para perseguir a criminales y víctimas, favorecer actos y cultivar su red de poder.
Pero la profecía iba mucho más allá: era un vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, donde cada símbolo contaba.
Pasó el resto de la noche comprobando conexiones de tren y autobús y formas de desplazarse.
Lo mejor sería el tren y la bicicleta.
El gran problema sería la logística: no podía seguir cogiendo cuchillos de la cocina de sus padres, así que o conseguía más cuchillos o esta vez tendría que cambiar de arma.
Un sedal, uno de metal, o hilo de nailon, Pablo no dudaba en bajar al trastero donde él y su padre guardaban sus equipos de pesca, tenía que haber un carrete especial para cuando iban a pescar peces grandes si alquilaban una barca, uno de esos carretes de nailon tan duros que serían perfectos para estrangular a alguien.
No necesitaría mucho, sólo un poco de hilo que cupiera en cualquier bolsillo.
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