Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 21
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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 Pablo se despertó temprano para tomar el tren a Manresa, dejó la bicicleta en el lugar indicado y disfrutó del paisaje que lo rodeaba al salir de Barcelona.
En su interior, había experimentado muchos viajes, pero ser dueño de los sentidos o un mero espectador a través de ellos eran cosas distintas.
Con su planificación no tardó mucho en orientarse al bajar de la estación de Manresa, esta vez vestía un conjunto de ciclista completo, maillot y ropa perfectamente adecuada, cualquiera que le viera no se extrañaría, y más cuando empezó a salir de las afueras de la ciudad y a rodar con sus fuertes piernas a buen ritmo por los caminos rurales.
Como muchas de las casas rurales de la zona, la finca solo contaba con una pequeña valla metálica, que en caso de pastoreo de ganado se podía electrificar un poco para asustar y mantener a los animales dentro del recinto.
Se detuvo a un lado de la carretera y al no pasar ningún coche se adentró un poco más en el bosque para dejar su bici, también dejó su mochila donde tenía otro cambio completo de ropa por si la situación se complicaba un poco.
Recorrió el perímetro del bosque hasta encontrar una zona donde podía saltar fácilmente la cerca trepando las primeras ramas de un árbol.
No había ganado y era evidente que no había habido actividad en esa granja durante muchos años.
Sin embargo, al acercarse, medio oculto entre la maleza que crecía en los campos, evitando ser visto desde ninguna de las ventanas de la casa, pudo ver las claras huellas de las ruedas en el camino que conducía a la casa.
Si el tipo no estaba allí en ese momento, sería un problema, el vampiro no sabía si la víctima llegaría tarde o temprano.
Pablo no llevaba su teléfono móvil; sería una tontería permitir que lo triangularan o lo localizaran allí, pero se había llevado el reloj de su padre para poder orientarse con los horarios y el transporte.
Eran las diez y diez de la mañana.
Se acercó discretamente a unos setos que parecían haber sido podados hacía poco.
Aunque el hombre no había reanudado sus actividades en el campo, sí parecía estar cuidando la casa.
No era una masía clásica, se notaba que la construcción original no tendría más de cuarenta años.
El patio delantero estaba limpio, sin hojas, sin ventanas rotas, e incluso el techo parecía recién reparado.
El hombre incluso había instalado un pequeño andamio para reparar algunas cosas en la fachada de la casa.
Pablo rodeó la casa con cuidado, su agudo oído debía aislarse de todos los ruidos del bosque que tenía detrás, de los insectos del campo y de lo que ocurría tras los gruesos muros de piedra del edificio.
Pasó un rato hasta que oyó el ruido, primero de lo que parecía ser un televisor con las noticias, y luego el de una cafetera de cápsulas.
Era evidente que había alguien dentro.
Pero no había conversación, ni ruido en las distintas partes de la casa; todo parecía provenir del salón y la cocina.
Siguió avanzando hasta que vio a través de los ventanales que daban a la parte trasera de la casa a un hombre de edad considerable, de más de setenta años, sentado en el sofá, viendo la televisión con un café en la mano.
Con la distancia y la simple foto antigua que Pablo había visto, no pudo distinguir si era él o no.
Tenía que encontrar una excusa para entrar y confirmarlo antes de matarlo deliberadamente.
Con la ropa que vestía, sería extraño que un joven apareciera en su puerta vestido de ciclista.
Pablo regreso a la zona frontal donde estaba el pequeño andamio y subió por él hasta la ventana de arriba, el marco era de madera y estaba completamente carcomido, el hombre parecía haber intentado ya desalojarlo para sustituirlo por uno nuevo.
Con un poco de esfuerzo, más para evitar el ruido que para abrirla desde afuera, logró soltar el pestillo de la ventana poco a poco.
Cuando finalmente cedió, Pablo tuvo que agarrar rápidamente el marco de la ventana para que no se balanceara y alertara al inquilino.
Parecía estar en la habitación de una joven, aunque la decoración parecía antigua, de los noventa.
Nada se había movido durante los años que el tipo estuvo en prisión.
Según las noticias, el hombre primero mató a su hija mientras estaba en la bañera, apuñalándola repetidamente con una hoz hasta matarla.
Luego bajó las escaleras y esperó a su esposa, a quien apuñaló con la misma hoz en cuanto esta regresó del trabajo.
Depresión, locura, brote psicótico, la realidad fue más prosaica, su mujer quería divorciarse y el tipo no pudo aceptarlo, sino podía tenerlas las mataría.
Y lamentablemente eso hizo.
Incluso el tipo tuvo las narices que no había ido a matar a sus otros dos hijos porque el coche estaba estropeado.
Como ese bastardo había conservado la casa era algo que Pablo no lograba entender.
Pablo salió de la habitación con cuidado para no hacer ruido.
En el piso había otras cuatro habitaciones y un baño.
Si quería confirmar la identidad, lo mejor era buscar la habitación donde dormía el tipo.
Al entrar en lo que parecía un antiguo dormitorio principal, Pablo vio un pantalón de vestir cuidadosamente doblado sobre una silla.
Esa era la habitación.
El vampiro revisó la ropa para ver si tenía la cartera o los documentos dentro, pero no encontró nada y la dobló lo mejor que pudo para guardarla en su sitio.
Junto a la cama había dos mesitas de noche con cajones, pero adivinar cuál usaría no debería ser difícil.
Normalmente, él ponía la ropa en el lado de la cama donde se levantaba por la mañana y sus cosas en el cajón.
Era una posibilidad, si no, tendría que seguir buscando.
El vampiro abrió el cajón con cuidado, lo justo para ver qué había dentro, y por suerte, encima de los calcetines, estaba la cartera del hombre.
La sacó con cuidado y la abrió.
Sus guantes le impidieron dejar huellas, así que lo hizo sin preocuparse demasiado.
Justo cuando vio en la tarjeta de identificación que el nombre coincidía con el que había leído en las noticias, oyó ruidos en las escaleras.
El hombre subía.
Rápidamente, Pablo se escondió tras la puerta de la habitación para que, aunque la abriera, no lo descubrieran.
Mientras tanto, ya había sacado el sedal del bolsillo y lo había enrollado en sus manos, dejando suficiente para usarlo como arma.
El hombre abrió la puerta de la habitación descuidadamente y entró a buscar sus cosas, sin embargo algo debió alertarlo porque no dejaba de mirar su ropa sobre la silla, esa no era la forma en que doblaba cuidadosamente sus pantalones, el tipo estaba mirando a su alrededor.
El vampiro notó cómo se le aceleraba el pulso; era miedo, era adrenalina lo que olía.
Sin esperar más, Pablo salió de detrás de la puerta y con dos vueltas de sedal rodeó el cuello del hombre.
A pesar de estar bastante en forma para su edad, no pudo hacer nada contra un chico joven y fuerte.
Con un empujón de hombro, Pablo lo derribó sobre la cama y empezó a apretar aún más el nudo mientras empujaba la espalda del hombre con la pierna.
Intentó defenderse y darse la vuelta, intentó agarrar el hilo que le robaba el aire; sus ojos comenzaron a hincharse por el esfuerzo y su rostro se enrojeció.
Intentó gritar, pero la presión de Pablo solo aumentó.
Un minuto después, el hombre perdió la fuerza, pero Pablo siguió apretando hasta que el hilo se incrustó en la carne y comenzó a cortar el cuello.
Antes de que lo salpicara una decapitación, el muchacho guardó el hilo y dejó allí el cadáver del asesino de su mujer y su hija, a él no le interesaba nada más, era solo otro hijo de puta que falleció.
Esta vez no se molestó en salir por la ventana y el andamio, aunque era poco probable que alguien pudiera verlo desde la carretera, así que bajó a la planta baja y salió por la puerta que daba al patio trasero.
Para llegar al otro lado de la valla, buscó otro punto por donde pudiera cruzar fácilmente y luego caminó por el bosque hasta recoger su bicicleta y sus cosas.
En ese punto no salió a la carretera, sino que cargó con la bicicleta a la espalda durante un kilómetro para salir a un camino secundario que había visto durante su paseo.
Con la certeza de que nadie lo observaba, comenzó a descender de nuevo hacia Manresa.
La segunda parte del día aún era para visitar Montserrat.
No sabía si en todos esos años se habría descubierto el santuario.
Sabía que gran parte de la montaña y las cuevas habían sido exploradas, y que era una zona donde se practicaba la escalada, pero tenía que intentarlo.
No buscaba información, dudaba que una cueva antigua le sirviera de algo; lo que buscaba era reconectar consigo mismo, con su poder, con su conciencia y, sobre todo, con el don de la profecía.
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