Justicar War: La justicia del Vampiro - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 Hizo el viaje de regreso descansando y medio dormido, llegó a casa, se duchó, se cambió con ropa adecuada a su edad, se comió un plato para tres personas de pasta y salió de fiesta por Barcelona.
Pablo acababa de salir de la puerta del apartamento cuando recibió un mensaje de Laia.
“Los vecinos les han contado a mis padres lo de la fiesta de antes de ayer.
Me han castigado con no salir todo el fin de semana.
*Emoji*Cara triste*Cara triste*Cara con lágrimas*.
Ana viene a comer una pita conmigo y luego os ve en la Plaza Real.
Nos vemos el lunes.
*Emoji*Beso*Corazón*Beso*” El vampiro no sabía por qué, pero se sentía un poco decepcionado.
Había querido terminar la noche de ese segundo día de fiesta con su amiga.
Mierda, ¿en qué estaba pensando?
Era un ser frío con milenios a sus espaldas, no podía dejarse llevar por el sentimentalismo.
Mientras se dirigía al metro para tomar la línea hacia la estación de Francia, el vampiro repasó sus opciones.
Laia estaba descartada.
Sus padres la habían castigado por las quejas de los vecinos.
Angela creía que no se tomaría bien insistir tan pronto.
Había dejado claro que pretendía mantener la calma marchándose tan pronto.
¿Gisela?
Bueno, era una posibilidad con la que intentar jugar en caso de emergencia.
Es cierto que le interesaba adentrarse en el ambiente gótico para seguir su visión, pero era pronto y no la conocía lo suficiente.
Además, con sus vaqueros y camiseta, Pablo no llevaba la ropa que se usaba en los ambientes más alternativos de Barcelona.
Dudaba que le dejaran entrar en alguna de las discotecas de moda de la zona de la Marina, ni siquiera en la No Muerte o similares del barrio de Sans.
Bueno, solo la llamaría si no encontraba otra alternativa.
Otra opción era Ana o una de sus amigas.
Esa chica no era del instituto, era amiga de Laia del colegio, y solía llevar a una amiga más.
Eran un poco mayores que Pablo y sus amigos, y la mayoría de las veces acababan riéndose de ellos y de que no fueran mayores de edad.
No, Ana era una buena chica, pero no tenía muy buena opinión de las demás, aunque para sus propósitos eso importaba poco.
Para cuando salió de casa, eran las siete de la tarde.
Les envió un mensaje a sus amigos: iba a ver algunas tiendas cerca de la terminal y así podrían tomar algo más tarde.
Bueno, no estaría mal ser un poco sociable y salir con los chicos.
Tener amigos no era importante para Derrel o al menos no tanto como para la mente pura de Pablo antes de la fusión, pero corromper a la gente sí, y muchas veces la amistad era una forma de influencia incontrolable a largo plazo.
Sin embargo ahora ese nuevo ser resultado de las dos almas sentía que esos lazos eran importantes, quería conservarlos, no utilizar simplemente a los muchachos para sus fines.
Les envió un mensaje y decidieron verse en uno de los bares de moda junto al mercado del Borne, era una taberna vasca, un buen lugar para tomar una cerveza y unos pinchos.
Aunque había comido por tres, Pablo seguía teniendo mucha hambre.
Cuando Pablo entró en la taberna vasca Marcel estaba solo en la barra, discutía con el camarero, pese a ser un cliente habitual y ser unos meses mayor que el propio Pablo aún tenía cuerpo y cara de jovenzuelo, por lo que el camarero quiso ver su carnet antes de servirle una cerveza.
Para cualquier joven de dieciocho años eso era una ofensa grave, sin embargo cuando Pablo llegó y lo saludó el problema se acabó, Pablo solo hizo un gesto y el propio camarero le sirvió una cerveza sin preguntarle nada.
“Eres un cabrón con suerte, si tuviera tu cuerpo y tu cara ya sería el rey de Barcelona” Marcel era más bajo, era un chico completamente normal, con pinta de ser aun un adolescente.
“Bah…
no te preocupes, pronto reinaremos, y si soy el rey puedo nombrarte primer ministro, algo te caerá encima, ¿no?” Los dos se rieron por la broma.
“¿Quién va a ser primer ministro de dónde?” El tercero en discordia apareció por la puerta saludando a los dos.
“Joder, Oriol, pensé que te habías quedado dormido, te emborrachaste casi tanto como Pablo.” “No me hables, todavía tengo resaca y eso que ayer dormí todo el día.
¡Ey, ponme una cerveza!” Oriol, a diferencia de Marcel, parecía mayor; para evitar que le pidieran el DNI, se había dejado una perilla ridícula hacía meses; entre eso, su gusto por las camisas elegantes y un físico bastante decente, podía hacerse pasar por un chico de veinte años.
Aunque lo cierto es que era el más joven de los tres, apenas había cumplido diecisiete hacía dos meses.
La cerveza llegó rápido, para gran sufrimiento y burla del pobre Marcel.
Los tres empezaron a hablar de esto y aquello, hasta que Marcel, el que se había mantenido más sobrio de los tres en la fiesta, miró a Pablo con atención; la actitud y la timidez del chico parecían haber desaparecido, incluso parecía tener más confianza y brillo en la mirada.
“¡Tu has follado!” Marcel lo dijo señalándolo con el dedo.
Oriol, más cauteloso, guardó silencio, pero miró a Pablo de arriba abajo.
“No me jodas, ¿Laia te violó esa noche?, sabes que te persigue desde que te conoció, eso ya te lo había dicho…” Pablo recalculó sobre la marcha: no era que no quisiera contar su aventura sexual con su amiga, sino que en esos ambientes todo podía acabar sabiéndose y era mejor que no se enteraran por él.
A las mujeres no les gustaba ser el centro de atención, a menos que fueran ellas quienes contaran sus hazañas.
“No, no fue Laia…” Oriol parecía decepcionado, pero Marcel comprendió al instante las palabras de Pablo.
Contarles la historia de Gisela era demasiado fantasioso; lo llamarían mentiroso, así que solo quedaba una experiencia por contar.
“Espera, espera, no dijiste que no follaste, dijiste que no fue Laia.
Anda, hombre, no nos hagas sufrir y dinos quién te desvirgó al final.” “La camarera…” Marcel pareció sorprendido pero Oriol empezó a darle palmaditas efusivas en la rodilla.
“Ya te dije que la colombiana te miraba con ojos golosos, dime, ¿Cómo son sus tetas?
¿Tiene pezones galleta como te dije?” “Sí, capullo…
pero no grites porque todo el bar nos está mirando.” Las cervezas corrían mientras Pablo les contaba a sus amigos sobre sus recientes aventuras sexuales con Ángela.
Omitió ciertos detalles de algunas prácticas sexuales, pero en el fondo les dijo la verdad: que se atrevió a invitarla aprovechando que sus padres no estarían, que bailaron y que se lo folló como una vaquera, que se divirtió y la chica también.
Los chicos siguieron la costumbre local en la taberna vasca.
Los pinchos o tapas se contaban por la cantidad y el tipo de palillo; el arte local consistía en esconder algunos sin que nadie se diera cuenta.
Aunque para los camareros era evidente que las consumiciones no eran auténticas, el problema era demostrarlo.
Una vez instalados, fueron a la Plaza Real.
Esta plaza había experimentado muchos cambios; entre ellos, tras ser una zona deprimida en los ochenta, había vuelto a florecer y ahora albergaba varios clubes para diferentes edades, desde Karma, donde iban los treintañeros, hasta Arinbau, el club donde acudían los jóvenes que acababan de cumplir dieciocho o rozaban la edad.
La verdad es que no miraban mucho los carnets; al único que se lo pidieron fue al pobre Marc.
El resto del grupo no pudo evitar reírse del chico.
La noche ya se había extendido por Barcelona; en ese ambiente oscuro y nocturno, Pablo, o la entidad que ahora era, se sentía mucho más cómodo que a la luz del sol.
La noche era territorio de vampiros y de quienes caminaban en las sombras.
A pesar de todos los falsos mitos, muchos eran ciertos.
Había tanto contacto con vampiros que era imposible que ciertas cosas no pasaran al imaginario colectivo.
Aunque no se quemaban con el sol, era cierto que en cuestión de segundos la piel de un vampiro, plagada de parásitos, empezaba a enrojecerse y a tener ampollas como si se hubiera quemado tras pasar muchos días en la playa.
Sin embargo, esto se podía moderar con ropa, y ahora, en esta época, con mucha protección solar.
Pero lo que más les disgustaba a los vampiros era la luz brillante que dañaba y resecaba sus sensibles ojos.
Pero por fin Pablo podía sentirse en plena forma.
Aunque le había sorprendido lo poco que el sol había afectado a ese cuerpo, que teóricamente estaba más infectado de parásitos que incluso el vampiro más viejo, era como si, a fuerza de estar inactivos durante tantos años y crecer en ese cuerpo, se hubieran acostumbrado y adquirido cierta resistencia.
Tendría que descubrir qué otras sorpresas le deparaba este nuevo y extraño cuerpo.
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