Kimi wa Boku no Hikari - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Capítulo 44 Calor Inesperado +16
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44: Capítulo 44: Calor Inesperado (+16) 44: Capítulo 44: Calor Inesperado (+16) La habitación estaba a oscuras, a salvo de la luz de la luna que se filtraba tímidamente a través de las cortinas.
El único sonido era el de la respiración suave y acompasada de Naomi, que comenzaba a derivar en las puertas del sueño.
Iba a ser una noche tranquila.
O eso creía Ian.
Acostado de espaldas, se giró lentamente para facing her.
En la penumbra, su perfil era una silueta suave y serena.
Su brazo, instintivamente, buscó el calor de ella y reposó sobre su cintura, justo encima de la delgada tela del pijama.
El contacto fue inmediato, una corriente cálida que recorrió su brazo y se instaló en su pecho.
No era solo el calor de su piel.
Era algo más.
Era un calor profundo, vital, que parecía emanar del mismo centro de su ser.
Sus dedos se curvaron ligeramente, sintiendo la ternura de su carne a través de la ropa.
«Increíble», pensó, sin poder evitarlo.
La voz le salió como un susurro ronco, rasposo por el sueño y la emoción.
«Naomi…» Ella hizo una mueña en sueños, un sonido suave que sonó como una pregunta.
«Tus pechos…
se sienten muy cálidos».
El efecto fue instantáneo.
Naomi se tensó por completo, como si le hubiera pasado una descarga eléctrica.
El sueño se evaporó de su sistema en una fracción de segundo, reemplazado por un calor que no tenía nada que ver con el de su cuerpo, sino que ardía en sus mejillas.
Se giró bruscamente para enfrentarlo, aunque solo podía ver su contorno en la oscuridad.
«¡Cochino!», susurró, dándole un golpecito en el pecho.
Su voz era una mezcla de vergüenza y pánico, pero el tono era más juguetón de lo que admitiría.
Ian sonrió, un gesto que ella no pudo ver pero que sintió en el cambio de su respiración.
«No, no, te juro que no es por eso», se apresuró a decir, su mano deslizándose desde su cintura hasta la curva de su cadera, atrayéndola una pulgada más cerca.
«Es que…
se me hace que todo tu cuerpo es perfecto».
La mano de Ian se afirmó en su cintura, y el pulgar comenzó a trazar pequeños círculos sobre la tela del pijama.
El gesto era posesivo y tierno a la vez.
Naomi sintió que el sonrojo se intensificaba, bajando de sus mejillas hasta el cuello.
Su corazón martilleaba contra sus costillas, un tambor frenético en el silencio de la habitación.
«Ah, perdón…
si te puse incómoda», murmuró Ian, pero sus acciones traicionaban sus palabras.
Mientras hablaba, acercó su propio cuerpo al de ella, eliminando el escaso espacio que los separaba.
Ahora estaba pegada a él, y podía sentir el contorno muscular de su pecho y el calor que irradiaba, igualando el suyo propio.
Naomi tragó saliva.
La tensión en el aire era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
Pero no era una tensión incómoda.
Era eléctrica, expectante.
Una pequeña sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, una audacia que ni ella sabía que poseía.
«¿Y qué me vas a hacer?», preguntó, su voz apenas un hilo, cargado de desafío.
La respuesta de Ian fue un suspiro bajo y profundo.
«Nada…
por ahora».
Antes de que Naomi pudiera procesar lo que significaba, sintió sus manos en el dobladillo de su camisa.
Con una lentitud tortuosa, Ian se la deslizó hacia arriba, sus dedos rozando la piel de su estómago y enviando escalofríos a su paso.
Naomi levantó los brazos en un gesto de sumisión silenciosa, y la camisa fue desechada en la oscuridad.
La siguiente vez que sus labios se encontraron, no fue un beso tímido ni dubitativo.
Fue un beso hambriento, un beso que reclamaba y respondía a la vez.
Ian la besó con una desesperación que la tomó por sorpresa, besó su labio inferior, su comisura, su barbilla.
Luego, beso tras beso, cubrió su mejilla, la línea de su mandíbula y descendió por la curva de su cuello.
Naomi perdió la cuenta.
Uno, cinco, diez, veinte…
cada beso era una pequeña explosión, una promesa.
Eran besos que hablaban de deseo, de admiración, de un amor que era demasiado grande para contenerse.
Cuando él finalmente se separó para respirar, ambos jadeaban.
Con un movimiento fluido, Ian se quitó su propia camisa.
El músculo de su pecho y abdomen se delineó a la luz tenue de la ventana.
Pero, en el instante en que la tela tocó el suelo, algo cambió en él.
Se quedó inmóvil, su respiración agitada por un instante, y luego se detuvo.
La conciencia lo golpeó como una ola fría.
La miró a ella, a su torso expuesto, a la confianza en sus ojos, y una marea de respeto y amor profundo ahogó el fuego de su deseo.
«No», dijo, su voz ahora firme, aunque todavía susurrante.
«No voy a hacer nada…
pervertido contigo.
No hasta que nos casemos».
Naomi lo miró, confundida, el deseo todavía nublándole los sentidos.
Pero vio la seriedad en sus ojos, incluso en la penumbra.
Ian pareció leer su mente.
«Pero eso no significa que tenga que parar», dijo, y una nueva sonrisa, esta vez tierna y decidida, se formó en sus labios.
Volvió a besarla.
Esta vez los besos eran diferentes.
No eran menos apasionados, pero sí más…
deliberados.
Eran besos de promesa, de devoción.
Se sumergieron de nuevo en ese éxtasis, un mundo hecho solo de labios, piel y el sabor del aliento del otro.
En un momento de pura audacia, movida por el deseo que la consumía, Naomi deslizó su mano por el pecho de Ian, pasando por los surcos de sus abdominales, hasta que su palma descansó sobre la evidente protuberancia en su entrepierna.
Era un gesto instintivo, una respuesta a la intensidad de lo que estaba sintiendo.
La reacción de Ian fue inmediata.
Su cuerpo se tensó y, con una suavidad que no esperaba, tomó su mano y se la apartó.
«No hagas nada, amor…
todavía no», le susurró al oído, su voz temblorosa por el esfuerzo que le suponía contenerse.
La palabra «todavía» resonó en la mente de Naomi.
No era un «no».
Era un «aún no».
Asintió, entendiendo, y se dejó llevar.
Permanecieron así por un largo tiempo, un laberinto de besos y caricias que se detenían justo en el borde del abismo.
No hablaban.
No necesitaban palabras.
El lenguaje de sus cuerpos era suficiente.
Finalmente, el agotamiento y la intensidad de la emociones comenzaron a pesar sobre ellos.
Ian, con un último beso suave en la frente de Naomi, se ajustó a su lado.
La rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él en un abrazo protector y tierno.
Naomi recostó la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido de su corazón, que se había calmado hasta un ritmo fuerte y constante.
Ambos sin camisa, piel contra piel, se durmieron así, abrazados en la oscuridad, con la promesa de un futuro que esperaba pacientemente al otro lado del amanecer.
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