Kirito: Datos ilimitados en mundos infinitos - Capítulo 23
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Capítulo 23: Capítulo 23: “¡DOOM!: La ruptura causada por un pasado limitado… que abre un futuro infinito.”
[14 de julio de 2169]
**Krrrrnk… tik… shhhhhh—tok**
—“No puede ser… Han pasado más de 140 años… Eso quiere decir…”
Kirito permaneció de rodillas, pensando por tan impactante verdad que reflexionaba a gran velocidad, pero que una pequeña parte de él no quería aceptar por lo que significaba para él.
—“Asuna. Alice. Suguha. Klein. Agil. Silica. Lizbeth… Todos.”
Murmuró apenas los nombres de sus allegados que estaban, lo más seguro:
(—“Muertos… Todos murieron… Murieron. Todos murieron… Mientras que yo… Yo”)
**Crack… shhhhhh… plin**
**Krshhh… boommm—tik**
Apretó sus puños y luego golpeó con fuerza el suelo como si quisiera romper esta realidad y, al hacerlo, produjo un gran sonido. Aún así apareció una barra de vida que no se redujo, pero que sí decía que estaba protegido por estar en una zona segura del mundo, aún así dando una advertencia.
—“¡¿Qué estás haciendo? ¿Es que la fecha era tan importante para ti? ¿Se te olvidó el aniversario de boda o qué?!”
Dijo el androide en pánico y lo regañó, ya que otras personas voltearon hacia donde ellos estaban por el alboroto.
**Clink… fzzzz**
—“Aniversario de boda… Con Asuna.”
Sus palabras, sin mala intención, le dieron otro duro golpe a su ya terrible situación, y eso era algo que lo hacía sentir con miedo a la verdad.
**Fzzzzmm—shhhhh**
—“Lo siento, amigo.”
Dijo Kirito al levantarse con dolor más emocional y psicológico que físico por el golpe.
—“¿Estás bien?”
Preguntó el avatar androide al ver el rostro de derrota de este chico novato desconocido.
**Krrnk… shhhhhnk**
Kirito lo miró. Sus ojos, que en el mundo real habían sido negros, en NEOSPHERE conservaban el mismo tono azul profundo que había elegido antes de quedar atrapado en Underworld, y ahora reflejaban las luces de los rascacielos.
—“No tan bien…”
Respondió.
Su voz sonó extraña y, forzando una sonrisa, continuó:
—“Pero creo que puedo seguir adelante…”
El androide parpadeó y, al ver que no estaba del todo bien, dijo:
—“¿Quieres tomarte algo mientras te digo las reglas de este lugar? Yo invito, amigo.”
Kirito negó con la cabeza lentamente:
—“Agradezco la oferta, pero tengo cosas más importantes que informarme ahora que estoy aquí… Sin distracciones…”
El androide desconocido no comprendía por qué había entrado a NEOSPHERE en primer lugar si no era para divertirse o conocerlo.
—“Adiós…”
**Thepm—themp—themp**
Sin embargo, Kirito ya no prestó más atención al androide. Se dio la vuelta y comenzó a caminar aleatoriamente, buscando un lugar para saber la verdad del pasado que nunca vivió.
*****
**Thepm—themp—themp**
(—“143, 143… 143 años…”)
El número se repetía en su cabeza como una cuenta atrás que nunca terminaba. Cada uno de los rostros que había guardado en su memoria como un tesoro insustituible eran ahora solo nombres en algún registro histórico.
**Thepm—themp—themp**
Se obligó a caminar.
La ciudad digital lo engulló. Kirito caminó sin rumbo, alejándose de las zonas concurridas donde los avatares compraban y vendían información como si fuera pan en un mercado. Necesitaba un lugar solitario. Un lugar donde pudiera pensar.
Era de noche en NEOSPHERE.
Kirito se dirigió instintivamente hacia las afueras, donde las luces de los rascacielos se volvían más débiles, más espaciadas, hasta convertirse en pequeños puntos parpadeantes a lo lejos.
……
Aquí, el silencio digital era más denso, casi opresivo. Era el límite de la zona segura. Más allá, el mundo se volvía peligroso para cualquier novato. Pero eso no le importaba ni un poco en sus circunstancias.
(—“Solo quiero saber la verdad… Quiero respuestas… Aunque duela a más no poder…”)
Pensó mientras vio a lo lejos, recortándose contra un cielo virtual sin estrellas, cómo se alzaba una silueta oscura.
Parecía un edificio abandonado, de esos que alguna vez fueron una corporación, con líneas arquitectónicas frías y funcionales.
Pero lo que llamó su atención no fue la estructura en sí, sino lo que la rodeaba: árboles.
Árboles digitales de ramas alargadas y retorcidas que crecían desde la base del edificio y se extendían hacia arriba, cubriéndolo casi por completo, como si lo abrazaran, como si intentaran ocultarlo de miradas curiosas.
Hojas negras y troncos grises que apenas reflejaban la escasa luz de las estrellas virtuales.
(—“Parece un buen lugar para la privacidad…”)
**Thap—thap—thap—Thap—thap—thap**
Kirito sintió un tirón en el pecho. Ese lugar lo llamaba. Aceleró el paso, alejándose aún más de la luz de la ciudad.
**Paf—paf—paf…**
**Paf—paf—paf…**
No había muchos usuarios por allí, pero los pocos que encontró lo miraron con intensidad. Eran seis, tal vez siete, dispuestos en un semicírculo perfecto que delataba años de trabajo en equipo. Sus posturas eran tensas, depredadoras, cada uno cubriendo un ángulo distinto como si hubieran ensayado esa formación cientos de veces. En este mundo donde la información era la verdadera moneda de cambio, esos grupos profesionales no cazaban por deporte: cazaban para sobrevivir y volverse más fuertes.
Kirito reconoció esa mirada. Era la misma que había visto en los PKers de SAO, en los jugadores que acechaban en las zonas anaranjadas. Estos no eran turistas digitales. Eran cazadores.
Él no les tenía miedo. Sus años de combate en mundos letales lo habían endurecido hasta convertir esas miradas asesinas en algo casi rutinario. A diferencia de cualquier novato común que hubiera temblado ante semejante despliegue, Kirito caminó entre ellos con una calma que no necesitaba fingir. Solo los ignoró al pasar a sus lados, por ciertas razones lógicas y al entender los pensamientos de este tipo de personas en lo referente a un recién llegado.
Y lo que ocurrió a continuación le dio la razón…
**Krrrk—click**
Justo cuando uno de ellos dio un paso hacia él, sus ojos (o los sensores que cumplían esa función) recorrieron el ropaje de Kirito. La chaqueta negra, la camisa blanca, los pantalones sencillos. Sin armas de valor. Sin equipo llamativo. Sin ningún brillo de datos que indicara un botín valioso.
**Tik**
El usuario se detuvo.
Otro de ellos, más atrás, negó con la cabeza de manera apenas perceptible.
—“Solo es un novato…”
Dijo uno que parecía el líder, con una voz distorsionada, no dirigida a Kirito sino a los demás—. No carga nada interesante.
—“Esto es una pérdida de tiempo.”
Respondió otro, y se dieron la vuelta, hasta que el primero que había dado un paso hacia Kirito, con un bufido de desprecio, siguió a sus compañeros.
**Whirrr…**
Kirito los observó mientras cruzaban la calle digital sin mirarlo de nuevo.
(—“Bastante interesante…”)
Pensó al notar algo de todos ellos.
La razón por la que se detuvo a verlo con mayor atención fue que ninguno de ellos había movido un solo dedo. No habían abierto ninguna interfaz con las manos como en los muchos otros mundos virtuales que él había visitado —incluido Underworld tenía esa característica—. Pero ni habían deslizado ventanas flotantes para consultar datos. Simplemente lo habían evaluado con una mirada… o con algo más.
(—“Ya veo…”)
Entonces lo comprendió en un instante.
No necesitaban las manos. Nadie aquí necesitaba las manos. Así que él tampoco.
**Fzzzz—tin**
—“Voy a probar esa hipótesis…”
Dijo Kirito detenido, y con un pensamiento sobre la interfaz, intentó invocar información.
(—“Estatus…”)
Después de pensarlo, la información afloró ante sus ojos de un azul zafiro.
«Nuevo. Sin historial. Sin transacciones. Sin equipo. Sin datos de valor. Nivel: 1. Probabilidad de botín: nula.»
—
DATOS BÁSICOS
· Nombre: Kirito
· Raza: Humano (estándar, sin modificaciones registradas)
· Rango: Novato absoluto
· Nivel: 1
· Experiencia (EXP): 0 / 100
—
ATRIBUTOS PRINCIPALES
· Fuerza: 5. Capacidad mínima para cargar objetos livianos. Apenas suficiente para golpear sin causar daño real.
· Velocidad: 5. Ritmo de caminata normal. Correr distancias cortas lo agota con rapidez.
· Resistencia: 5. Aguanta poco esfuerzo. Un par de golpes o una carrera larga lo dejarían sin aliento.
· Agilidad: 5. Reflejos básicos. Puede esquivar un golpe lento, pero no algo rápido.
· Concentración: 5. Mantiene la atención por períodos cortos. Se distrae con facilidad en entornos caóticos.
· Percepción: 5. Nota solo lo más evidente. Los detalles ocultos o las amenazas sutiles le pasan desapercibidos.
· Inteligencia: 5. Conocimientos generales básicos. Carece de entrenamiento en análisis táctico.
· Voluntad: 5. Resistencia mental mínima. Es fácil de intimidar o manipular.
· Sincronización: 5. Conexión estándar con el sistema. Sin mejoras ni retardos.
—
HABILIDADES DESBLOQUEADAS
· Ninguna.
—
EQUIPO ACTUAL
· Ropa común (sin protección, sin bonificaciones).
· Sin armas.
· Sin herramientas.
· Sin consumibles.
—
ECONOMÍA Y REPUTACIÓN
· Créditos / Datos: 0
· Transacciones realizadas: 0
· Historial de combate: Vacío
· Reputación: Neutra (irrelevante)
· Contactos: 0
· Acceso a zonas restringidas: Denegado
—
PROBABILIDAD DE BOTÍN
· Nula.
—
OBSERVACIÓN DEL SISTEMA
«Sujeto sin historial previo. No representa una amenaza conocida ni un recurso aprovechable. Recomendación: ignorar.»
Kirito abrió los ojos de par en par. No había movido un músculo. No había pronunciado palabra. Solo había pensado, y el mundo digital le había respondido.
—“Así que así funcionaba…”
Luego puso una mano en su mentón y continuó:
—“Parece que es algo que solo yo puedo ver y nadie más… Y por esa razón descartaron mi ‘valor’ de inmediato… Aunque esto, en realidad…”
Dijo al ver de nuevo por dónde se habían ido los otros usuarios o jugadores, pero de inmediato se sacudió la cabeza.
—“Eso en este momento no importa para nada…”
Así que siguió caminando hacia el edificio abandonado, acelerando el paso.
Al llegar, observó la altura del edificio y vio cómo las ramas de los árboles se alargaban sobre su cabeza como dedos esqueléticos. La fachada de la antigua corporación estaba agrietada, con ventanas rotas que parpadeaban con estática residual. La entrada principal era un hueco negro sin puerta.
—“Así que a ti también te han dejado solo, ¿eh?”
Dijo Kirito al entrar mientras tocaba el marco de la puerta.
Subió las escaleras de emergencia con pasos firmes, un metrónomo de voluntad contra el silencio opresivo del edificio abandonado. A pesar de que sus pulmones novatos ardían ligeramente y el indicador de [AGUANTE] en la esquina inferior de su campo visual parpadeaba en un tono amarillo cansado, Kirito jamás se detuvo. Sus botas resonaban contra el metal oxidado de los peldaños con un eco hueco.
**CLANC, CLANC, CLANC**
No miró atrás. No miró a los lados. Cada piso superado era un pequeño triunfo sobre esa fatiga inicial que solo los jugadores de bajo nivel conocen bien.
Al llegar al último rellano, la escasa luz se concentró en un único punto muerto. Allí estaba. Una puerta de metal que alguna vez fue gris industrial, ahora pintada por el óxido y la humedad en tonalidades marrones y verdosas. El marco estaba hinchado y la hoja de la puerta visiblemente doblada y quebradiza, como una galleta gigante a punto de desmoronarse.
Kirito se detuvo frente a ella. Su instinto le dijo que el picaporte no giraría, así que ni siquiera lo intentó. En lugar de eso, extendió la mano enguantada y apoyó los nudillos contra la superficie.
**TOC-TOC… CRRRAC**
El sonido fue más un crujido que un golpe firme. Al mínimo contacto, una lluvia de escamas de pintura seca y polvo de herrumbre cayó sobre sus botas. Palpó la zona doblada y sintió cómo la chapa cedía ligeramente bajo sus dedos. «Está podrida por completo —pensó—. Esto no aguanta nada».
Decidido, retrocedió un paso y levantó la pierna.
**¡THUMP! … CRACK.**
La primera patada fue un golpe seco y directo, justo debajo del pomo.
La madera interna y el metal emitieron un quejido agónico. Una fisura de dos palmos se abrió como una herida negra en la superficie. Kirito notó un pinchazo de dolor agudo que ascendía desde la planta del pie hasta la rodilla. En la interfaz transparente que flotaba a la altura de sus ojos, un diminuto número rojo apareció sobre su barra de vida: -1 HP.
**¡THUMP! … CRACK**
Sin darle importancia, ignoró el aviso flotante y asestó una segunda patada.
**¡CRASH! … CRAC-CRAC-CRAC**
El panel inferior de la puerta se astilló hacia adentro, creando un agujero lo bastante grande como para ver el cielo nocturno al otro lado. Pero la maldita puerta seguía colgando de sus goznes superiores, obstinada. El dolor en el talón era ahora una molestia persistente, pero su mente estaba en el otro lado.
—“Basta de juegos…”
Murmuró Kirito con el ceño fruncido.
—“Haaaah… Aquí voy”.
Inspiró hondo y dio un paso lateral. Bajó el centro de gravedad, se protegió la cara con el antebrazo y cargó contra lo que quedaba de la barrera con un empujón brutal usando todo el hombro.
**¡¡BROOOM… RIIIING!!**
La puerta se desintegró. El sonido fue una cacofonía bestial de metal retorciéndose, bisagras saltando por los aires y madera podrida haciéndose añicos contra el suelo de concreto de la azotea.
Kirito trastabilló hacia adelante por la inercia y logró mantenerse en pie justo al borde de la entrada. El viento frío de la noche le golpeó la cara de inmediato.
El dolor en su hombro derecho era punzante y real. Una vibración cálida le recorrió el brazo hasta el cuello. Automáticamente, su mirada se desvió hacia el HUD. Un pequeño destello rojo palpitó a la izquierda de su iris. La barra de vida, que antes estaba completamente llena, se redujo de manera visible. El porcentaje numérico parpadeó: 98 %.
—“Kuggg… Eso dolió un poco…”
Bajó un dos por ciento por abrir una puerta a hombro limpio… Lógico. Se llevó la mano izquierda al hombro dolorido y lo frotó con un gesto mecánico mientras un quejido ahogado escapaba de sus labios.
Pero, a pesar del ardor muscular, no le importó. El indicador de vida bajó, pero su determinación subió. Sin darle más vueltas al aviso de daño, Kirito giró la cabeza hacia la derecha e ignoró el dolor para enfocar su nuevo objetivo.
Apenas a unos metros había un banco de piedra, madera y metal. Era un mirador improvisado, casi oculto por las sombras de las grandes ramas del árbol que abrazaba el edificio y donde apenas entraba la luz tenue y plateada de las estrellas. Apenas lo suficiente para ver, pero suficiente para sentarse.
**Thump, thump, thump**
(—“Mejor me siento antes de saber la dura verdad…”)
Sin mirar atrás hacia la puerta destruida, Kirito se enderezó y se dirigió hacia el banco. Sus pasos crujieron sobre la gravilla del techo.
Al llegar al asiento sin ninguna molestia por lo sucio que estaba se sentó en el banco lleno de musgo ya que en su mente estaba una cosa que cambió toda su vida…el año.
(—“El mundo me devolvió: al año de 2169…”)
Kirito permaneció sentado.
Cerró los ojos.
(—“Asuna… ¿Que fue de tu vida?…”)
Y pensó en la que creía que lo conocía mejor…
Así que Kirigaya Kazuto pensó de nuevo en el interfaz y deseo la información o Historial de Asuna Yuki desde el año de 2029 en adelante…
Tomó aire. El viento frío le secó los labios.
—“Sistema… Acceso a registros históricos públicos. Solicitud de búsqueda biográfica.”
En la pantalla flotante del dispositivo, una interfaz minimalista de color ámbar parpadeó y mostró un ícono de un oído estilizado. Una voz neutra, agradable pero completamente carente de alma, respondió:
[—“Sistema de Archivos Centrales en línea. Usuario no registrado. Acceso de solo lectura concedido para información de dominio público. Especifique los parámetros de búsqueda.”]
Kirito humedeció sus labios agrietados. Le costó pronunciar el nombre. La sílaba era una puerta a un pasado que dolía como una quemadura reciente.
—“Asuna Yuuki. Período de búsqueda: desde enero del año 2029 en adelante.”
El cursor en la pantalla giró brevemente, transformándose en un reloj de arena minimalista. El silencio entre el viento y el zumbido lejano de la ciudad se hizo espeso. Kirito esperaba una negativa. Esperaba que saltara un candado de seguridad, un aviso de “Acceso Restringido: Necesita Permisos Nivel 5”. Esperaba tener que volver a hacer lo que mejor se le daba en los viejos tiempos: forzar la cerradura digital.
(—“Tendré que buscar un terminal más potente… o colarme en una red privada…”)
Pensó con cierta molestia si eso se hacía realidad.
(—“Si la información está clasificada como sensible por descendencia, voy a tener que sudar tinta.”)
Pero la voz del sistema lo interrumpió, deteniendo su espiral de planes de hackeo.
“Consulta recibida. La información solicitada se encuentra fuera del período de confidencialidad estándar.”
Kirito parpadeó, descolocado.
—“¿Fuera del período de…?”
[“Afirmativo,” continuó el sistema con su tono pedagógico y vacío. “El protocolo de intercambio de información 2147-AC establece que para recibir información actualizada del mundo, un usuario debe contribuir previamente con un volumen equivalente o superior de datos activos. Sin embargo, los registros con una antigüedad superior a diez años quedan exentos de esta reciprocidad obligatoria por considerarse material de carácter histórico y patrimonial.”]
El sistema hizo una breve pausa, como si evaluara el lote de datos que Kirito acababa de pedir.
[—“Los datos referentes a ‘Asuna Yuuki’ pertenecen a un rango temporal de más de ciento cuarenta años de antigüedad. No se consideran relevantes para los protocolos de seguridad activa. No se requiere permiso especial ni verificación de identidad.”]
—“Haaaah…”
Kirito dejó escapar un suspiro largo, uno que no sabía que estaba conteniendo. Su espalda, que había estado rígida como una tabla contra el respaldo frío del banco, se relajó un milímetro.
—“Por lo menos eso…”
Se dijo a sí mismo.
—“Al menos no me pondrán trabas con el pasado. El presente me da igual en este momento, pero el pasado… el pasado es mío…”
—“Está bien…”
Murmuró, asintiendo ligeramente hacia el icono del sistema.
—“Dame los datos disponibles…imágenes, videos, lo que sea…”
Pero el sistema no mostró ningún archivo todavía. El círculo de carga seguía girando, pero la voz neutra volvió a resonar, esta vez con un leve tono de corrección administrativa.
—[“Nota aclaratoria antes de proceder con la transferencia de datos biográficos.”]
Kirito frunció el ceño.
—“¿Ahora qué?”
[—“El registro de identidad de la usuaria buscada experimentó un cambio de estado civil en el año 2031. El nombre de búsqueda ‘Asuna Yuuki’ corresponde a su estado de soltería. A partir de la fecha mencionada, el sistema la registra legal y socialmente como ‘Asuna Kirigaya’ o ‘Asuna Kirigaya ‘ , dependiendo del uso cultural del prefijo. Ambos identificadores son válidos para la búsqueda.”]
**Ssshhh**
El viento se llevó el sonido de los alrededores para Kirito…
El tiempo pareció detenerse en aquella azotea sucia y olvidada. Kirito se quedó completamente inmóvil. La luz de la pantalla tembló ligeramente porque sus ojos lo hacían.
—“Asuna Kirigaya…”
Su propio apellido. El apellido de él, sin embargo no era realmente él…
(—“Asuna Kirigaya…”)
Las palabras del sistema resonaron en su cabeza como el eco de una campana en una catedral vacía.
(—“Se casó…”)
pensó. No era una pregunta. Era la constatación de un hecho ocurrido más de un siglo atrás.
—“Vivió. Creció. Se casó… Pero no fue conmigo… y yo, yo…”
Sintió un nudo en la garganta, áspero como el óxido de la puerta que acababa de destrozar minutos antes.
**Kugggg, Grhhhr**
Apretó los dientes. Un leve temblor recorrió su mandíbula. Sus ojos, resecos por el smog y el insomnio, permanecieron fijos en la última palabra de la notificación del sistema.
[—“Kirigaya…”]
—“…Está bien…”
Susurró Kirito, esta vez con una voz tan baja y quebrada.
Un ancla para no dejarse arrastrar por el maremoto de un pasado que ya no le pertenecía a él, sino a la historia…
—“Continúa… Muéstrame el resto. Muéstrame su historia… La Historia de Asuna Kirigaya…”
El sistema continuó con su narración, una letanía de datos y cronologías que pretendían llenar el vacío de años perdidos. Pero para Kirito, las palabras eran un zumbido lejano, un eco en una caverna vacía. Su mente, saturada de un dolor tan antiguo como su alma pero tan reciente como un latido, había erigido una barrera.
Pero nada de la voz penetraba realmente. Solo las imágenes.
Las imágenes eran cuchillos.
Primero fue un mosaico, un carrusel de la vida que le había sido robada. Pero no empezó por el festejo. El sistema, con su precisión cronológica despiadada, mostró primero el inicio del ritual.
Vio la entrada a la iglesia.
Era una capilla blanca de arquitectura sencilla pero elegante, con altos ventanales de cristal emplomado que filtraban la luz dorada de una tarde de principios de primavera. Los bancos de madera clara, adornados con guirnaldas de flores de cerezo y lilium blancos, estaban ocupados por todos aquellos a quienes amaba. En el centro del pasillo alfombrado de rojo, caminaba ella.
Asuna avanzaba del brazo de su padre, con el rostro semioculto tras un velo de tul translúcido que revoloteaba suavemente con la corriente de aire que entraba por el pórtico. El vestido… el vestido era exactamente el que habían imaginado juntos. Una silueta de ensueño, escotada con elegancia, que se abría en una cascada de capas de organza y encaje valenciano. Sostenía un ramo de peonías rosadas y nomeolvides, y sus pasos eran lentos, ceremoniales, como si flotara milímetros sobre la alfombra.
Al final del pasillo, esperaba él. El otro. De espaldas al altar, con las manos entrelazadas al frente y una sonrisa que Kirito conocía demasiado bien porque era la suya propia. Esa sonrisa nerviosa y feliz del chico que no puede creer la suerte que tiene.
(—“…”)
Kirito sintió un vacío en el estómago. Ver la escena era como presenciar el preludio de una ejecución.
Y entonces el sistema avanzó. La siguiente imagen era la puñalada definitiva.
**Kuggrr**
Era el beso.
La fotografía capturaba el instante preciso en que el sacerdote declaraba sellado el pacto. El otro Kirito sostenía el rostro de Asuna entre sus manos —sus manos— con una ternura que hizo que al verdadero Kirito se le encogiera el alma.
El velo ya estaba recogido, dejando ver el rostro radiante de ella, con los ojos cerrados y las pestañas húmedas posadas sobre sus mejillas sonrosadas. Los labios de ambos se unían en un contacto dulce, reverente, eterno. Detrás de ellos, los pétalos de sakura caían como una bendición muda a través del ventanal, y los invitados rompían en un aplauso silencioso que Kirito podía imaginar atronador.
—“El beso… El contrato matrimonial…”
No era un sueño borroso. Era una imagen en ultra alta definición, fría y perfecta, de lo que nunca tendría. El beso que le pertenecía a él, dado a un fantasma con su cara.
**Crrrrhh, Crrrrkh**
Sus puños se cerraron con tal fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Un temblor involuntario le recorrió la mandíbula. Aquello era la cúspide del dolor. Ver cómo su amada sellaba su destino con unos labios que no eran los suyos.
—“…”
Después de esa imagen, el sistema continuó su letanía visual, pero Kirito ya apenas era un espectador activo. Su mente se había quedado atascada en el beso.
Vio el pastel, una torre de varios pisos adornada con flores de azúcar que imitaban pétalos de sakura cayendo. Vio el momento exacto en que él cortaba la primera rebanada con la mano de Asuna sobre la suya. Vio a sus amigos en los jardines del recinto: Klein haciéndole un gesto obsceno y cariñoso a la cámara mientras abrazaba a Agil; Silica y Lisbeth secándose lágrimas de alegría fingida, aunque en los ojos de Lisbeth Kirito reconoció ese brillo vidrioso, ese amago de sonrisa torcida que ocultaba un “y si hubiera sido yo”.
Vio a Alice, no la Alice de sus pesadillas en la Catedral Central, sino Alice Synthesis Thirty, de pie en un rincón, con una expresión que era un jeroglífico de deber cumplido y una melancolía tan vasta como el océano que una vez surcaron en su mundo.
Pero Kirito apenas pestañeó ante ellas. El beso seguía ardiendo en su retina. El sabor fantasma de la derrota inundaba su boca. Su atención sin embargo, fue secuestrada de nuevo al detenerse en una imagen específica. Un retrato grupal de los “amigos del novio”.
Y allí estaba:
—“¡Higa Takeru!…”
El sistema, quizás detectando una fluctuación en su ritmo cardíaco, intentó narrar algo sobre [—“Higa Takeru, jefe del equipo de desarrollo de RATH, clave en el proyecto Alicization…”.]
Kirito no escuchó una sílaba. Lo único que veía era ese rostro redondo y esas gafas tras las cuales se escondía la mirada del hombre que lo condenó. El hombre que, con un apretón de teclas y una mueca de pánico cobarde, cortó el cordón umbilical que lo unía al mundo real.
{—“Lo siento, Kirito…”}
En la imagen, Higa alzaba su copa hacia ese otro Kirito con una sonrisa amplia y genuina. Kirito sintió cómo el ácido subía por su garganta. Recordó una conversación en la oscuridad antes de ser lanzado a Underworld y su muerte: una amenaza susurrada por Higa mientras él yacía indefenso:
{—“Se casarán rodeados de sus amigos y familiares con grandes sonrisas, recibiendo sus felicitaciones… Incluyendo los míos, ¿y tú? ¿Dónde estarás cuando ella diga ‘sí, acepto’? Yo te diré…”}
**Crrrk**
Su mano derecha se crispó. Quería desgarrar la imagen, rasgar el fotón de Higa y borrar esa sonrisa de satisfacción. Pero era solo luz. Solo datos. Un fantasma de un mundo que siguió adelante sin él.
El dolor en su pecho no era un dato. Era más que físico, era una losa de granito que le aplastaba las costillas.
**Tic, tic, tic**
Sin previo aviso, sin que su estoicismo programado de Espadachín Negro pudiera detenerlo, el lagrimal cedió. Una lágrima cálida surcó su mejilla, ajena al frío del entorno de la consola médica. Y luego otra.
La imagen central volvió a ocupar la pantalla. Era la fotografía principal de la ceremonia, tomada justo afuera de una pequeña iglesia blanca de ventanales ojivales. Los cerezos estaban en flor. Era Sakura temprano, principios de la década de 2031, como indicaba la brisa que arrastraba una constelación de pétalos rosados por el encuadre. El mundo real se había vestido de fiesta para ellos.
Y allí estaba ella. Asuna. Su Asuna.
Llevaba el cabello castaño claro recogido en un moño suave del que escapaban algunos mechones traviesos que el viento de primavera acariciaba. Su sonrisa… era tan luminosa que eclipsaba el sol de la tarde que se filtraba entre los pétalos de cerezo. Era la sonrisa que él siempre quiso proteger. La sonrisa de la felicidad absoluta.
—“…”
Y el hombre a su lado la sostenía de la cintura.
Kirito observó su propia cara. Su misma mandíbula, sus mismos ojos negros, el mismo flequillo rebelde sobre la frente. Vestía un traje negro de corte moderno. Era él. Pero no era él.
—¿Con quién te casaste, Asuna?
Susurró Kirito. Su voz sonó extraña, como el crujido de una madera vieja a punto de quebrarse.
—“¿Conmigo… o con su recuerdo de mí?”
Nadie lo oyó. Nadie lo supo nunca.
Ni siquiera Yui, su hija de pixeles y amor incondicional, pudo detectar aquella sustitución perfecta. Para el mundo, Kazuto había despertado, había superado el incidente de Underworld y había cumplido su promesa de amor bajo las flores de cerezo. La realidad era más cruel que cualquier Game Over. Era una partida que él nunca jugó, pero cuyos créditos finales estaba obligado a ver.
—“Los viejos recuerdos son sustituidos por los nuevos… ¿No?”
Murmuró Kirito, recordando las venenosas palabras de Higa sobre la psicología humana. Tenía razón. El otro Kirito había llenado el molde de su vida con nuevos momentos, enterrando los viejos sueños bajo la arena de un presente ajeno.
**Fff—fff—fff…**
Negó con la cabeza, una y otra vez, como si el gesto físico pudiera reiniciar la corrupción en su memoria.
**Zzzz—ras…**
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano con furia maldita.
—“Era un sueño hermoso…”
Dijo al fin, con la voz quebrada.
—“Verte así… era justo como lo había soñado. Pero no de esta manera…”
…….
**Glup**
El silencio fue sepulcral. Kirito tragó saliva, sintiendo el sabor metálico de la derrota.
—“Sistema…”
Ordenó con una frialdad que no sentía, ocultando el temblor en sus labios.
—“Pasa a la siguiente imagen de su historia…”
Otra imagen apareció. Esta vez era una playa, un atardecer de colores naranjas y rosas. Asuna y el otro Kirito caminaban descalzos sobre la arena, con las manos entrelazadas. Era su luna de miel.
Kirito negó con la cabeza lentamente y con dolor.
—“No quiero saber nada de la luna de miel… Sáltate esta parte de una vez…”.
[—“Como desees.”]
El sistema obedeció sin dudar.
Y luego Kirito encontró una imagen que lo heló.
Era un funeral.
Al principio, Kirito pensó:
(—“Se trata de la madre de Asuna, o quizás de su padre… No puede ser…”).
La edad que aparentaba Asuna en la imagen era la misma que la reciente en su luna de miel.
Pero entonces leyó los datos que acompañaban a la imagen, junto con la narración del sistema.
[—“Ceremonia conmemorativa en memoria de Alice Zuberg…”]
[Fecha: Mayo 21 de 2031]
[Lugar: Cementerio de Tokio.]
—“¡¿Qué?!”
El corazón de Kirito dejó de latir por un instante.
—“¡No puedes ser tú… Alice!”.
Sin darse cuenta, gritó.
Por un momento detuvo todo y buscó frenéticamente. Noticias. Informes. Todo lo que NEOSPHERE pudiera ofrecerle.
Atentado contra las instalaciones de RAP (Research Artificial Photon) en el Mar Interior de Seto.
[Fecha del ataque: Mayo 19 de 2031]
[Objetivo: Robo de tecnología de Fluctlight.]
[Víctimas mortales: Alice Zuberg (confirmada). Naoki Fujimura (fallecido en el acto).]
[Estado del caso: Cerrado. Sin detenidos.]
Kirito leyó cada palabra con los ojos ardientes.
—“¿Otro atentado contra la vida de Alice?”.
Según los informes, dos empleados eran infiltrados que habían trabajado en Rath por años, llamados: Toma Nishikawa (guardia) y Aya Shizuki (doctora). Trabajaban para una corporación dedicada a la investigación de almas digitales y su transferencia entre cuerpos sintéticos, de países desconocidos hasta la fecha. Alice, que se encontraba en las instalaciones, se resistió a la captura.
La pelea había sido breve. Los agresores le habían extraído el Fluctlight de su cuerpo, destrozado con múltiples disparos en las extremidades.
Los atacantes habían huido en un helicóptero. Las fuerzas de seguridad los persiguieron, pero el helicóptero explotó sobre el mar abierto.
Un cuerpo fue encontrado entre los restos. Destrozado, pero identificable. No era Alice. Era Toma.
El Fluctlight… el de Alice… nunca apareció.
Buscaron durante días. Semanas. Nunca encontraron nada.
Finalmente, con el cuerpo de Alice abandonado en las instalaciones de Rath pero con pruebas irrefutables de que su alma digital había sido extraída —lo que equivalía a una muerte definitiva, incluso en un mundo donde los cuerpos podían reemplazarse—, se declaró su fallecimiento.
El funeral fue simbólico.
Kirito observó la imagen ampliada. Había decenas de asistentes. Rostros que reconoció entre la multitud. Klein, Agil, Silica, con las mejillas surcadas por lágrimas. Lizbeth, abrazando a Silica mientras ambas temblaban.
Y en primera fila, junto a la tumba vacía, estaba Asuna… Y el falso Kirigaya Kazuto agarrando su mano temblorosa.
Lloraba. No un llanto contenido y digno, sino un llanto desgarrador, de esos que salen del fondo del alma. Su rostro estaba desencajado por el dolor. A su lado, la copia de él no tuvo más remedio que abrazarla con fuerza, con los dientes apretados y los ojos también húmedos.
Era la primera vez que Kirito veía esa imagen.
Y él no podía hacer nada.
Había estado atrapado. Encerrado en Underworld. Durmiendo un sueño de ciento cuarenta y tres años mientras el mundo seguía girando. Mientras sus amigos vivían, reían, luchaban, morían.
—“Alice… Lo siento”.
Murmuró Kirito.
—“¡Lo siento mucho… Hic… Por no estar allí!”.
Una lágrima rodó por su mejilla. Luego otra. Pronto estaba llorando en silencio, con la cabeza gacha y las manos temblando sobre sus rodillas.
—“Tal vez… tal vez si hubiera estado allí… tal vez habría podido hacer algo…”.
Pero no había estado. Y nunca lo estaría.
El caso se había cerrado años atrás. “Sin detenidos”. “No se descartan nuevos hallazgos en el futuro”. Frases hechas que no significaban nada. Nunca se había terminado por completo, pero ya nadie buscaba respuestas, a pesar de que causó grandes tensiones con los países sospechosos de tal infiltración…
**Grccrr, Gkrrr**
Kirito apretó los puños.
—“Lo descubriré…”.
Dijo, con voz ronca pero firme.
—“Lo que pasó con Alice. Quién fue la mente maestra. Por qué. Te lo prometo, Alice. No te dejaré en el olvido…”.
Pero primero, necesitaba saber más. Necesitaba entender qué había pasado con su vida robada.
Siguió buscando.
Aparecieron imágenes de Asuna con hijos. Un niño y una niña. El mayor era un varón de pelo oscuro y ojos castaños, idéntico a Kirito cuando era pequeño. La mediana era una niña risueña que había heredado el cabello castaño de Asuna, pero con sus ojos negros.
Kirito observó sus rostros durante mucho tiempo.
¿Eran sus hijos?
Él no los había criado. No había estado allí para verlos nacer. No había secado sus lágrimas cuando se caían. No los había llevado a la escuela ni les había enseñado a usar una espada.
Ese otro Kirito lo había hecho. El falso. El reemplazo.
—“No soy su padre…”.
Susurró Kirito, negando lentamente con la cabeza.
Otra puñalada.
Siguió viendo. Imágenes de cumpleaños. De graduaciones. De bodas. Los hijos creciendo, teniendo sus propios hijos. Asuna convertida en abuela, luego en bisabuela. Siempre sonriente. Siempre al lado de su Kirito.
Y luego, las reuniones.
Cada año, en el aniversario de la salida de SAO —el 7 de noviembre—, todos se reunían. Klein. Agil. Silica. Lizbeth. Yui (porque Yui también estaba allí, convertida en una joven de aspecto eterno). A veces Suguha, aunque vivía en Kioto y no siempre podía viajar. Incluso aparecía Sinon.
Kirito vio grabaciones de esas reuniones. Risas. Abrazos. Brindis por los caídos. Recuerdos de los días de miedo dentro del castillo flotante. Anécdotas que él mismo había vivido… pero que su reemplazo también había vivido, porque había heredado sus recuerdos.
—“Nadie notó la diferencia…”.
Nadie supo que el hombre que reía junto a ellos no era el verdadero Kirito Kirigaya.
Cada imagen, cada grabación, cada sonrisa compartida era una puñalada directa al corazón de Kirito.
—“Nadie… —susurró, con la voz rota—. Nadie se dio cuenta. Nadie supo que no era yo. Porque él tenía mis recuerdos. Mi voz. Mi cara. Mi forma de reír. Pero no era yo… ¡No era yo… Yo!”.
Quería parar. Quería cerrar los ojos y no ver nada más. No soportaba otro recuerdo de una vida que no había vivido, otra sonrisa que no le pertenecía, otro abrazo que nunca había recibido.
Pero no podía detenerse.
Necesitaba saber. Necesitaba ver hasta el final. Aunque doliera. Aunque cada imagen le arrancara un pedazo de lo que quedaba de su alma.
Y vio.
Vio a Asuna envejecer. Su cabello castaño se volvió gris, luego blanco. Sus movimientos se hicieron más lentos. Su sonrisa, sin embargo, nunca desapareció del todo. Siempre estaba allí. Siempre iluminando el rostro de los que la rodeaban.
Vio el día en que murió.
Fue en una cama, rodeada de sus hijos, sus nietos y sus bisnietos. El otro Kirito estaba a su lado, sosteniendo su mano. Yui también estaba allí, llorando silenciosamente. Todos lloraban.
Asuna sonrió por última vez. Dijo algo que los datos no registraron. Y luego cerró los ojos.
—“No te diste cuenta… —dijo, y su voz se quebró—. Era muy difícil, ¿verdad? Saber la verdad de quién compartía tu tiempo… tu vida… Hasta el final”.
Asuna había tenido una vida feliz. Eso era innegable. Y él, el verdadero Kirito, no había formado parte de ella.
Era el 12 de marzo de 2101.
Kirito sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Asuna había muerto. La chica que había amado, que había besado bajo los árboles de SAO, que había jurado proteger pasara lo que pasara… había muerto de vieja, rodeada de una familia que no era suya, al lado de un hombre que no era él.
Y él no había estado allí.
No había podido despedirse. No había podido sostener su mano. No había podido decirle la verdad.
Vio el funeral de Asuna. Fue masivo. Cientos de personas. Todos los supervivientes de SAO que aún seguían vivos. Todos sus amigos. Todos llorando.
Y al frente, el otro Kirito. Su copia. Su reemplazo. Rodeado de sus nietos y bisnietos. Abrazado por Suguha, que ya era una anciana de pelo plateado. Llorando la pérdida de su esposa.
Kirito observó esa imagen durante lo que sintió como horas.
Luego, con un gesto tembloroso de su mano, el sistema reanudó la proyección. No era una línea de tiempo fija, sino un torrente de instantáneas y fechas que NEOSPHERE había recopilado meticulosamente. La vida de todos aquellos a los que amaba pasó ante sus ojos como un río que no podía detener.
Klein se había casado unos años después de los incidentes de Underworld. En las imágenes aparecía con una mujer de sonrisa cálida y cabello corto, una excompañera de trabajo en la empresa de importaciones. Tuvieron una hija. En las reuniones anuales del 7 de noviembre, siempre era el primero en llegar, el que alzaba la voz para el brindis y el que, ya con el pelo canoso y la espalda algo encorvada, se sentaba junto al falso Kirito a recordar las tonterías que hacían en los primeros pisos de Aincrad. Nunca lo dudó. Para él, el hombre de la cicatriz en el hombro siempre fue su “hermano”.
Agil había transformado su tienda “Dicey Cafe” en una pequeña franquicia. Se casó con su novia de toda la vida, Kathy, y aunque no tuvieron hijos propios, su local siempre estuvo lleno de jugadores jóvenes que lo veían como un mentor. En su vejez, en una de las últimas fotos que Kirito pudo ver, Agil aparecía calvo y robusto, dándole una palmada en la espalda al impostor mientras reían a carcajadas por algo que Yui les mostraba en una tableta holográfica.
Silica y Lizbeth abrieron juntas un taller y tienda de mascotas virtuales en el nuevo Alfheim. Silica, ya una mujer adulta y segura, encontró el amor con un hábil hombre de negocios que le gustaba los animales tanto como a ella
Lizbeth, más reacia al principio, terminó cediendo ante la insistencia de un hombre paciente que supo ganarse su corazón entre martillos y metales. Ambas tuvieron hijos.
Ambas envejecieron con sus manos ajadas, pero siempre activas, creando y cuidando. En cada foto grupal, ambas abrazaban al Kirito presente con la misma naturalidad con la que respiraban.
Sinon fue la más distante, pero no por ello ausente. Siguió compitiendo en torneos de Gun Gale Online hasta una edad avanzada, convirtiéndose en una leyenda viviente del circuito. Vivió sola gran parte de su vida, pero en sus años maduros adoptó a una niña y formó una familia pequeña y silenciosa en las afueras de Tokio. En los vídeos, se la veía sentada en una esquina de las reuniones, tomando té y observando al falso Kirito con sus ojos siempre analíticos.
Suguha se mudó definitivamente a Kioto para dirigir su propio dojo de kendo. Se casó con un colega instructor y tuvo dos hijos varones, fuertes como ella. Fue la única que, según los registros, visitaba la tumba de la familia Kirigaya con regularidad. Depositaba flores para sus padres y también para el nombre de su hermano. Kirito vio una imagen de ella, ya octogenaria, arrodillada frente al altar familiar, hablando en susurros. Seguía llamando “hermano” a quien estaba a su lado en las comidas familiares. Su corazón nunca supo la verdad.
Pero lo que realmente desgarró a Kirito fue la historia de Yui.
Los datos mostraban cómo, gracias a los avances exponenciales en la tecnología de Fluctlight y la interacción entre el mundo real y el virtual, se había promulgado un nuevo marco legal. Las Inteligencias Artificiales de nivel sapiente y emocional, nacidas o residentes en espacios virtuales como Underworld o Alfheim, fueron reconocidas como “Humanidad Digital”.
Yui, la pequeña navegante que él y Asuna encontraron perdida en el Bosque de los Recuerdos, había crecido. Se había enamorado de un alma digital, un joven programador y poeta que había decidido transferir su Fluctlight permanentemente a un nuevo mundo pacificado.
En la imagen más sorprendente de todas, Kirito vio una ceremonia. No en una iglesia de Tokio, sino en un claro de un bosque de Alfheim, con gráficos tan perfectos que se confundían con la realidad. Yui, con un vestido blanco de luz, estaba tomada de las manos de un joven de rasgos amables. A su lado, oficiando la ceremonia, estaban Asuna y… su copia.
[—“Matrimonio digital legalizado. Primer caso de unión entre dos entidades de Fluctlight no biológicas con reconocimiento estatal pleno.”] —narró el sistema.
Yui había formado su propia familia virtual. Había tenido una vida casi normal, con las alegrías y tristezas de cualquier ser humano, dentro de los confines de ese mundo de datos.
Kirito se cubrió el rostro con las manos.
—“Ni siquiera Yui…”.
Ninguno de ellos se dio cuenta. Ninguno supo que el hombre que los abrazaba en los cumpleaños, que secaba sus lágrimas en los funerales, que brindaba por los viejos tiempos, no era el que había vivido esas experiencias en su forma más pura y primigenia. Habían compartido sus vidas, sus secretos y sus últimos días con un fantasma perfecto, con una copia de seguridad tan bien hecha que volvió invisible su ausencia.
Porque nadie supo que él existía. Nadie supo que el verdadero Kirito había estado atrapado durante ciento cuarenta y tres años mientras otro ocupaba su lugar. Para el mundo, para sus amigos, para Asuna… él nunca se había ido.
—“Nunca me extrañaron… —susurró Kirito, con la voz hecha trizas—. Porque nunca supieron que me habían perdido.”
Cerró los ojos. Las lágrimas seguían cayendo, calientes e incontrolables.
**Thepm… Thepm… Thepm…**
Se levantó con esfuerzo. Sus piernas temblaban.
Desde lo alto del edificio, observó la oscuridad. El fondo negro de NEOSPHERE, donde las luces de la ciudad se perdían como estrellas moribundas. No había luna. No había estrellas reales. Solo datos y silencio.
Y en medio de esa oscuridad, Kirito se preguntó:
—“¿Realmente importa lo que hice?”
Había luchado. Había sobrevivido. Había matado y había salvado. Había sido un héroe. ¿Para qué? ¿Para qué servía todo eso si al final…
…al final lo habían borrado?
Sustituido por una copia. Olvidado por todos los que amaba. Condenado a despertar en un mundo donde su vida ya había sido vivida por otro.
Kirito miró sus manos. Las mismas manos que habían empuñado la Elucidator y la Dark Repulsor. Las mismas manos que habían matado a Kayaba Akihiko. Las mismas manos que habían salvado a Alice y a miles más.
Y ahora estaban vacías.
—“¿Sería mejor…?”
Empezó a decir, pero la frase se quedó a medio camino.
Acabar con su vida. Desconectarse. Borrar su propio avatar y dejar de existir. Al fin y al cabo, ya no tenía nada que perder. Lo había perdido todo. Su amor. Sus amigos. Su lugar en el mundo. Su propio futuro.
Todo se lo había llevado un falso Kirito que ni siquiera sabía que era falso.
—“Lo perdí todo… —susurró en la oscuridad—. Todo…”
**Sssshhss…**
El viento digital sopló.
Kirito se quedó allí, en lo alto del edificio abandonado, mirando la noche infinita. Las lágrimas seguían cayendo. Su corazón seguía rompiéndose.
Pero no saltó.
(—“¡No!”)
No sabía por qué. Quizás por costumbre. Quizás porque, a pesar de todo, algo dentro de él se negaba a rendirse. Quizás porque, en el fondo, todavía guardaba una pequeña, diminuta, casi ridícula esperanza de que todo aquello tuviera algún sentido.
—“Alice… —dijo finalmente, con voz ronca—. Prometo que descubriré qué pasó contigo.”
Era lo único que le quedaba. Una promesa. Un hilo al que aferrarse en medio de la tormenta.
Se giró y volvió a sentarse en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Cerró los ojos. La información seguía flotando a su alrededor, esperando.
—“Todavía queda mucho por saber. Mucho por descubrir… Pero por ahora, solo necesito saber qué pasó con el culpable de toda mi tragedia… Higa Takeru.”
—
Algo que no podía olvidar eran aquellas palabras en su despedida:
—“¿Y tú? ¿Dónde estarás cuando ella diga ‘sí, acepto’? Yo te lo diré…”
Una pausa calculada.
—“Estarás muerto. Borrado de la existencia en esta supercomputadora, en una montaña de ceros y unos. Nadie sabrá la verdad de que estuviste aquí alguna vez, ni siquiera ella… la persona más cercana a ti.”
—
Volviendo al presente, apretó los puños y dijo:
—“No te daré más la razón, maldito…”
Algo estaba cambiando dentro de él.
**DOON**
No lo notó al principio. El dolor lo cegaba todo. Sin embargo, poco a poco, entre la niebla de su tristeza, empezó a emerger otra cosa. Algo más oscuro. Más caliente.
**DOON**.
Furia.
Una furia que había estado latente desde el momento en que despertó en NEOSPHERE. Una furia que había crecido con cada imagen, con cada recuerdo de una vida robada, con cada sonrisa de su reemplazo al lado de Asuna.
Y esa furia tenía un nombre.
Higa Takeru.
Kirito apretó los dientes. Sí. Higa. El científico loco que lo había tendido. El que lo había obligado a quedar atrapado en Underworld mientras su copia vivía su vida. El que había iniciado todo esto. El verdadero culpable de que él estuviera solo, abandonado, olvidado.
—“Higa… —murmuró Kirito, y su voz sonó como un gruñido—. ¿Qué fue de ti?”
La interfaz volvió a aparecer ante su mente con solo pensarlo. Esta vez no buscó recuerdos felices ni imágenes de sus seres queridos. Buscó un nombre. Un rostro. Un objetivo.
[Higa Takeru.]
[Fecha de nacimiento: 2 de abril de 1998.]
[Fecha de defunción: 17 de septiembre de 2031.]
[Causa: No determinada oficialmente. Circunstancias sospechosas.]
[Lugar: Su domicilio particular, Tokio.]
—“¿Cómo es esto posible?”
Dijo el verdadero Kirigaya Kazuto, sorprendido por tal misterio.
Kirito frunció el ceño. 2031. Apenas cuatro años después del accidente que lo había atrapado en Underworld. Y según las fechas que había visto antes, el atentado contra Alice había ocurrido el mismo año.
(—“Esto es demasiado sospechoso…”)
Algo en su interior le decía que estaban conectados. Que la muerte de Higa y el atentado contra Alice no eran sucesos aislados. Había un hilo invisible que los unía, y Kirito podía sentirlo.
—“Sistema, muéstrame sobre…”
Buscó más información. Los detalles de la muerte de Higa estaban disponibles, aunque parcialmente censurados. Lo que pudo leer lo dejó helado.
[—“Circunstancias del fallecimiento: Higa Takeru fue encontrado sin vida en su residencia el 17 de septiembre de 2031. No presentaba signos de violencia externa. No había rastros de forcejeo en la vivienda. Las puertas estaban cerradas desde el interior. No se hallaron sustancias tóxicas en su organismo.”]
[—“Hallazgo clave: Sobre su cabeza llevaba puesto un casco de inmersión total de realidad virtual, modelo experimental no comercializado. El dispositivo seguía funcionando en el momento del descubrimiento del cuerpo.”]
[—“Estado del cuerpo: No se apreciaron signos de sufrimiento ni agonía. El rostro de Higa Takeru mostraba una expresión serena, casi como si hubiera exhalado su último suspiro mientras dormía.”]
[—“Investigación: El caso fue cerrado por falta de pruebas concluyentes. No se identificaron sospechosos. No se determinó la causa oficial de la muerte. Se especuló con un posible fallo del dispositivo, pero los análisis forenses no encontraron anomalías técnicas.”]
Kirito leyó cada palabra con atención. Una muerte extraña. Demasiado extraña. Un casco de RV puesto. Sin sufrimiento. Sin explicación.
—“No fue un accidente… —susurró Kirito—. Alguien hizo esto… Pero la pregunta es: ¿quién tiene tantas razones para matarlo, además…?”
Su voz murmurada se detuvo en un pensamiento descabellado:
(—“Además de mí… Tengo razones de sobra. Pero…”)
Sacudió la cabeza rápidamente.
—“No, no, no… Eso no puede ser verdad. Yo acabo de llegar… Demasiado tarde para ser el culpable… La única forma sería que hubiera inventado una máquina del tiempo o algo que me permitiera volver a ese año exacto…”
Kirito quería negarlo una y otra vez. Pero algo lo jalaba hacia la conclusión más ilógica posible.
—“¿Estoy loco o qué?… Eso es totalmente imposible para el yo de ahora.”
Kirito, negando con la cabeza una vez más, siguió desplazándose por los datos, buscando más detalles. Y entonces lo encontró.
Evidencia adicional: Junto al cuerpo de Higa Takeru, sobre la mesa de su despacho, se halló un mensaje escrito a mano en una hoja de papel físico. Algo inusualmente anacrónico en una época donde la mayoría de la comunicación era digital. El contenido del mensaje fue registrado en el informe policial.
Las palabras eran pocas. Pero Kirito sintió un escalofrío recorrer su espina digital cuando las leyó.
Eso era todo. Esas cuatro palabras. Escritas con una caligrafía firme, sin titubeos. Como si quien las hubiera escrito estuviera absolutamente seguro de su significado.
La policía nunca había logrado relacionar esas palabras con el asesino. No encontraron vínculo con ningún conocido de Higa. No había amenazas previas. No había odio documentado. Simplemente aparecieron ahí, como un enigma sin resolver.
Pero Kirito, al leerlas, sintió que estaban dirigidas a él.
—“Nada es imposible KT… Kirito…”
Su mente dio vueltas. ¿Por qué le parecían familiares? ¿Por qué resonaban tan hondo en su pecho? Era como si alguien, desde el pasado, desde más allá de la muerte, le estuviera diciendo algo. Algo importante. Algo que necesitaba escuchar.
Siguió leyendo. Había más. En el mismo informe se mencionaba otra hoja, esta vez con un solo fragmento de texto. Menos críptico, pero igualmente perturbador.
Kirito volvió a fruncir el ceño.
—“El tiempo es controlable…”
Cerró los ojos, concentrándose. Su mente trabajaba a gran velocidad, conectando puntos que no sabía que existían.
**Doom**
(—“Manipulación del tiempo…”)
Eso era lo que le sugerían esas palabras. “Nada es imposible” aplicado al tiempo. “El tiempo es controlable” como una advertencia. Como si alguien le estuviera diciendo: sí, es posible, pero ten cuidado.
—“¿Quién escribió esto? —murmuró Kirito—. ¿Y por qué siento que va dirigido a mí con las iniciales KT?”
Negó con la cabeza. No podía ser. Él estaba atrapado en Underworld en 2031. No tenía forma de llegar a la casa de Higa. No tenía forma de escribir esas palabras. Y sin embargo…
…algo dentro de él le decía que sí. Que, de alguna manera que no podía explicar, ese mensaje era para él.
—“¿Cómo puedo manejar el tiempo? —susurró, casi sin voz—. Eso es imposible…”
(—“Nada es imposible KT.”)
Las palabras resonaron en su cabeza como un eco. Su mente dio un vuelco. Y entonces, algo ocurrió.
**Doom**
Fue un pulso. Débil al principio, casi imperceptible. Pero luego creció.
**DOOM**
Se hizo más fuerte. Más intenso. Un latido que no venía de su corazón digital, sino de algún lugar más profundo. De algún lugar que ni siquiera sabía que existía dentro de él.
**¡DOOM!**
Kirito se llevó una mano al pecho. El pulso se repetía, rítmico, poderoso. Como si algo estuviera despertando. Como si alguna parte de su conciencia que había estado dormida durante siglos finalmente abriera los ojos.
Y entonces, las palabras que dirigió a sus dos amigas Vaelinne y Lyrielle de Underworld llegaron a su memoria.
**¡DOOM!**
**¡DOOM!**
Algo dentro de él brilló. Una luz diminuta en medio de la oscuridad de su mente. Un destello de posibilidad que se negaba a apagarse.
**¡DOOM!, ¡DOOM!**
**¡DOOM!, ¡DOOM!**
El pulso se intensificó. Kirito sintió como si su pecho fuera a estallar. Se agarró con ambas manos, jadeando. La interfaz parpadeó a su alrededor, inestable.
—
—“El conocimiento es poder.”
—“Esto no es simplemente el dicho de ‘la pluma es más fuerte que la espada’. No… esto es algo más profundo: el conocimiento se transforma en poder.”
—“Cuanto más conocimiento posea un individuo, más poderoso será. Y ese poder puede usarse para el bien o para el mal, para atacar o defender, para matar o salvar vidas… Todo depende de su corazón.”
**DOOM**
Una nueva pulsación de aquella estrella vibró en su alma.
—
—“¡Aaaaaaaahhhhhhh!”
Kirito sintió que toda su mente iba a explotar por ese sonido y las pulsaciones incesantes en su cabeza.
Y como si ese recuerdo fuera la última gota que rompiera el recipiente lleno, este estalló en el interior de Kirigaya Kazuto.
**¡DOOM!, ¡DOOM!, ¡DOOM!**
La explosión fue interna.
**¡DOOOOOOOOOOOOOOOOMMMMMMMMM!**
No hubo fuego ni luz visible. Pero dentro de Kirito, en algún lugar profundo de su conciencia digital, algo se rompió. O quizás se liberó. Como si un candado que había estado cerrado durante años finalmente se abriera de golpe.
—“¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!”
Una cascada de información inundó su mente. Datos que no sabía que tenía. Conexiones que no sabía que existían. Posibilidades que nunca había considerado.
El conocimiento era poder. Y en ese momento, Kirito entendió que el poder que había estado buscando no estaba fuera de él. Estaba dentro. Había estado allí todo el tiempo, esperando.
Y entonces, el mundo se volvió borroso después de ese último grito que se escuchó en la oscuridad de aquel edificio abandonado.
**Plaffff**
Sus rodillas cedieron. El techo, la noche digital… todo se difuminó en un remolino de luces y sombras. Kirito intentó aferrarse a algo, pero sus manos solo encontraron aire.
—“Yo…”
Alcanzó a decir.
Pero no terminó la frase.
**Thump**
Cayó al suelo. Su cuerpo digital, su avatar, su conciencia… todo se apagó como una vela en medio de la tormenta.
…
Y en el silencio absoluto de la oficina abandonada, solo quedó el tenue resplandor del musgo digital y el eco lejano de un grito que nadie escuchó.
Kirito había perdido el conocimiento.
La luz le golpeó los ojos antes de que su conciencia terminara de regresar.
Kirito frunció el ceño y levantó una mano para cubrirse el rostro. Los rayos del día digital —esa imitación perfecta de un amanecer real— se filtraban por las ramas por encima del edificio, dibujando patrones de luz y sombra sobre el suelo cubierto de musgo.
—“Ah…”
Gruñó, mientras su otra mano buscaba apoyo en el suelo.
**Pap**
Se incorporó lentamente. La cabeza le daba vueltas. Había pasado toda la noche ahí, inconsciente. Su avatar no tenía rigidez muscular ni calambres, pero algo en lo más profundo de su ser se sentía… diferente: su mente.
(—“¿Qué demonios pasó?”)
Pensó, mientras se frotaba las sienes.
(—“¿Qué pasó conmigo?”)
Y entonces ocurrió algo extraño que marcaría su vida para siempre.
{—“Perdí la consciencia. Era inevitable después de la sobrecarga.”}
Una respuesta llegó. No fue un pensamiento cualquiera, de esos que uno mismo se formula y luego contesta. Fue diferente. Fue como si otra parte de él —más calmada, más segura, más consciente— tomara la palabra y respondiera con una certeza absoluta.
—“Algo cambió en mí…”
Kirito parpadeó. La respuesta había sido inmediata, exacta, y sonaba a verdad. No era una suposición ni una duda. Era un hecho.
—“¿Pero qué cambió en mí? —preguntó de nuevo en su mente, casi desafiando a esa otra voz—. ¿Y qué lo causó?”
{—“’El conocimiento es poder’ fue el detonante. Sin embargo, lo cierto es que fue la acumulación de experiencias pasadas y las altas emociones actuales lo que contribuyó a este gran cambio.”}
La respuesta llegó tan rápido como la anterior, como si hubiera estado esperando la pregunta.
—“¡…!”
Kirito se quedó en silencio, sentado en el suelo, procesando lo que acababa de ocurrir. Hablaba consigo mismo. Como si su mente se hubiera dividido en dos corrientes de pensamiento que trabajaban en perfecta sincronía.
Y entonces lo notó.
Su forma de razonar era más rápida. Mucho más rápida. Los pensamientos fluían como agua, sin esfuerzo, sin tropiezos. Podía analizar una idea, descomponerla en partes, examinarla desde todos los ángulos y volver a armarla en una fracción de segundo. Lo que antes le habría tomado minutos de concentración, ahora ocurría de forma natural, casi automática.
Empezaba a entender el mundo a una velocidad que jamás habría podido imaginar.
—“Esto no parece real…”
{—“Pero lo es, sin duda.”}
Kirito negó con la cabeza, aún procesando el asombro. Pero no había tiempo para sorprenderse. Tenía que decidir.
—“¿Qué debo hacer ahora? —se preguntó—. ¿Qué debo hacer con este poder… si es que puedo llamarlo así?”
Y la otra voz —su segunda mente, veloz y razonable— respondió sin dudar:
{—“Buscar conocimiento. Buscar poder. Si lo perdiste todo, debes recuperar lo que puedas y crear tu propio camino… Nuestro nuevo futuro…”}
—“Eso es…”
Kirito asintió lentamente. Tenía sentido. No podía recuperar a Asuna. No podía recuperar a sus amigos. No podía recuperar los ciento cuarenta y tres años que le habían robado. Pero podía recuperar algo. Podía construir algo nuevo. Podía…
Y lo haría.
—“No dejaré que me quiten nada más en esta nueva vida.”
Sin que él lo notara, sus ojos azul zafiro eran tan afilados como los de un cazador hambriento listo para la acción cuando su vida volvió a tener un propósito.
Gracias por leer hasta el final de este capítulo. De verdad, significa mucho que estés aquí.
Pido disculpas por la tardanza en publicar. La vida se complicó y necesitaba asegurarme de entregar algo que valiera la espera. Eso tomó más tiempo del que me habría gustado.
Dicho esto, me encantaría leer sus comentarios. Sé que muchos leen sin decir nada, y lo entiendo, pero unas pocas palabras o una reseña ayudan muchísimo a que esta historia siga adelante. No han sido muchos los que se han animado hasta ahora, así que si tú te tomas ese minuto, te lo agradeceré enormemente.
Y si tienes piedras de poder y quieres apoyar, también son bienvenidas.
Me despido por ahora. Nos vemos en la próxima actualización.
¡Gracias!
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