Kompendium - Capítulo 11
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11: XI 11: XI El mundo pacífico que antaño había sido una realidad era ahora un campo de batalla, lejos de todo deseo.
Millones de animales habían derrelinquido sus tierras en busca de un territorio libre de dragones, ya no querían seguir padeciendo los mismos suplicios día y noche.
Desde criaturas diminutas y endebles hasta bestias corpulentas de varias toneladas, todo el mundo quería mantenerse distanciado de la Raza Destructora, la que otrora fue parte de un paraíso terrenal.
La resistencia opuesta, cual si fuese una competencia, por los grifos, los hipogrifos y los híbridos posibilitó que algunas regiones permaneciesen en estado de habitabilidad por tiempo indeterminado.
Los únicos seres capaces de enfrentarse a la muerte eran ellos, los únicos que no les temían a los dragones ni a sus esbirros.
Fue gracias a ellos que algunos sectores quedaron fuera de peligro.
Como ya no había necesidad de seguir perdiendo el tiempo en guerras inútiles, a ciertos animales se les ocurrió hacer acuerdos de paz que sirviesen como medio para mantener la armonía y el orden en los tres continentes sin tener que recurrir a la violencia que tanto aborrecían.
La violencia sólo produce violencia; es un círculo vicioso.
Entre los animales pequeños, los más inteligentes eran los vivérridos, sobre todo las civetas y las jinetas, parientes cercanos de los suricatos y los herpestes.
Dentro de la amplia familia de las civetas, había razas salvajes y razas no-salvajes.
Las especies más antiguas eran las que poseían bolsas llenas de algalia, las más recientes carecían de dichas glándulas odoríferas.
Su morfología también era distinta, tiraba más a la categoría feliforme que a la categoría miomorfe.
De hecho, contaban con un rabo delgado similar a la cola del león, orejas de caracal o lince, una dentadura reducida, vista de águila, pelaje más colorido y espeso, columna vertebral menos flexible y un olfato menos desarrollado.
Eran mucho más longevos que sus ancestros semisalvajes.
Las primeras civetas modernas se dividieron en dos grandes grupos: los pacifistas y los belicistas.
Claro que el segundo grupo estaba condenado a extinguirse en poco tiempo, mientras que el primero podía prosperar.
Los pacifistas fueron aquellos que adoptaron como modus vivendi la ideología de la no-violencia, el satyagraha (método de Mahatma Gandhi), que los distinguía de sus congéneres agresivos.
Los primeros encuentros entre vivérridos fueron en el Sur de Xeón, en las islas que estaban a pocos kilómetros de la costa interminable del reino de Cen-Dam.
Las asambleas entre animalitos no tenían mucha trascendencia al principio, pocos creían que fuese posible que llegasen a algo un montón de seres diminutos que podían ser tragados por un dragón salvaje de un mordisco.
El apoyo que recibían era, por así decirlo, ínfimo.
Ningún nativo veía con ojos esperanzadores el futuro del mundo.
A grandes rasgos, las primeras especies jamás superaron la barrera del miedo impuesta por los dragones, permanecían a merced de la tanatofobia.
Ninguna de ellas supuso que se podrían hacer acuerdos de paz entre la Raza Superior y las Razas Inferiores.
No fueron, en efecto, los vivérridos los primeros en percatarse de que se podía dialogar con los reyes, fueron sus ancestros supersticiosos los que vieron luz entre las tinieblas.
Para cuando se invocó a una junta general en Ancshah, la mayoría de las civetas ya no estaba presente, sólo quedaban los últimos rezagados que, con la mirada en alto, pretendían cumplir el sueño de volver al pasado en el que la paz reinó de punta a punta.
Entre los más devotos fieles de la nueva organización pacifista, se encontraban tan sólo ochenta ejemplares, con uno de ellos a la cabeza de todo, un tal Arko.
Ese mismo animalito fue el que propuso armar una nueva organización que luchase por la preservación de la paz costase lo que costase, a costas de poner su vida en riesgo.
Bajo el péndulo de la desgracia, la vida y la muerte cual puerta de vaivén, iba y venía en aquel mundo; lo esperable era que todos ellos acabasen muriendo en el intento por poner los paños en frío.
A no ser que por arte de magia los dragones cambiasen de parecer, ningún nativo estaría a salvo de las invasiones.
Arko se dio a conocer como el filósofo de los filósofos, un experto en el arte de la virtud, un Epicteto animalizado.
Resaltaban en él todas las cualidades majestuosas de un pacifista de verdad, desde la imperturbabilidad, la magnanimidad y la paciencia infinita hasta la osadía más mordaz y la perspicacia más tajante.
Fueron las ideas de aquel civeto las que dieron inicio a una nueva visión del mundo.
Los demás civetos y civetas que conformaban la ochentena de participantes vieron con buenos ojos los planes del agraciado orador, el especialista en retórica que todos amaban escuchar en persona.
Sus ideas eran claras como el agua, sabía lo que tenía y lo que no tenía que decir, cuán correcto era el actuar con mesura en todo momento de la vida, cuándo decir que sí y cuándo decir que no.
Tenía la cabeza llena de ideas independentistas, liberales, modernistas.
Estaba muy adelantado a su época.
Los animales de aquellos tiempos eran o toscos en extremo o poco civilizados.
Incluso dentro de las culturas más avanzadas se seguían manteniendo traiciones y rituales que hoy día todos verían como barbáricos, absurdos, inservibles.
Ya fuese el sacrificar a un descendiente en aras de apaciguar la ira divina o usar a un pobre infeliz como chivo expiatorio, nada de lo que los nativos hacían servía de algo para que los dragones dejaran de acosarlos.
Los civetos se dieron cuenta de ello con el transcurrir de los siglos, de nada les servía seguir haciendo lo mismo, no veían un resultado distinto recurriendo a las mismas prácticas arcaicas.
Con fuerza de voluntad debían oponerse, ser firmes y afrontar los temores que los demás no podían quitarse de encima.
Por más que todos los indicadores señalaban que era una pérdida de tiempo tratar de razonar con seres irracionales, los civetos sostenían la atrevida idea de que aún era posible llevarse bien a pesar de los pesares.
La idea de hacer borrón y cuenta nueva, como se sostuvo en algún momento, carecía de sentido.
Las adversidades de la lúgubre realidad solapaban toda manifestación de altruismo y avenencia, pronosticaban un futuro mucho más oscuro y sangriento que el esperado.
Los nativos no se podían fiar de los patetismos de un grupúsculo de oradores con las agallas bien puestas, les resultaba inconcebible el hecho de dar tregua, si no el de darse la mano.
Si bien es cierto que todos los nativos habían sufrido en carne propia la brutalidad más extrema de los dragones, huelga decir que el miedo a padecer más de lo mismo los desmotivaba, evitaba que buscaran formas de sobrellevar la tesitura desventajosa que tanto los vejaba.
Era eso o nada.
¿Qué podían ofrecer los pacifistas a cambio de una promesa vacía e insulsa?
Según sostenían los más despiertos, todo quebrantamiento de promesa les jugaría en contra a los dragones, ante el más mínimo intento de lanzar un mordisco indebido, les caería encima todo el peso de la ley, a saber, cero gramos de valor legal.
¿Acaso romper una promesa era tan difícil?
¿El honor les importaba tanto a los dragones como para mantenerlo aun con la ventaja de ser superiores a las demás criaturas en fuerza, velocidad, agilidad y poderío?
Los civetos creían que sí, que con nimias palabras que se las lleva el viento podían llegar, en el mejor de los casos, a hacerles entrar en razón.
¡Vaya tarea difícil que tenían por delante!
Y eso que no estaban lidiando con cualquier clase de animales, estaban lidiando con la versión más egocéntrica, narcisista y malévola que podía haber: la especie dragontina.
Para los dragones, el universo entero giraba alrededor de ellos, no al revés.
Eran orgullosos y soberbios en niveles estratosféricos.
Se llevaban todo por delante, les importaba un bledo y medio el sufrimiento de los demás.
Por eso mismo se los conocía como la Raza Destructora, destruían todo a su paso, todo lo que tocaban lo echaban a perder.
Desde luego que Arko y compañía estaban al tanto de ello, sabían bien que los dragones eran duros de mollera, intentar razonar con ellos era como hablar con una pared.
Pese a todo eso, creían que existía la posibilidad de llevarse bien, de llegar a un acuerdo de paz sin necesidad de derramamiento de sangre.
Hasta donde veían, todo lucía claro y sencillo, allende sus narices el entorno era sombrío como un pantano a medianoche.
Desde el punto de vista optimista de los civetos, todo diálogo, por más superficial que fuese, podía servirles.
Si dialogaban con los enemigos, podían al menos descubrir qué tan ruines eran; si echaban todo a la suerte, lo que les deparaba era la extinción.
Si y sólo si los dragones autorizaban intercambiar palabras podían concretar sus planes.
Hasta tanto, todo estaría en veremos.
Como Arko no contaba con el apoyo indicado, pensó que tal vez, en una de esas, podía acercarse a alguien que le diese consejos, alguien más vetusto y sabio que le sirviese de lumbrera.
Los civetos solos no podían hacer mucho, suponiendo que pudiesen lograr algo.
Se le ocurrió, primero que nada, recurrir a un viejo espécimen que todos conocían bajo el nombre de Kalypsoh, un ser misterioso y de origen desconocido que nunca mostraba el rostro en público.
Se decía que era tan viejo que había estado presente desde los albores de las civilizaciones primitivas.
En parte era cierto, había descubierto el secreto de la inmortalidad biológica, a sabiendas de que eso lo convertía en un ser extremadamente desdichado.
Al contar con el apoyo de alguien de semejante sabiduría y poderío, los pacifistas no sólo podrían salir adelante, también podrían, si el buen clima acompañaba, hacer que los dragones dejasen atrás esos perversos deseos de apoderarse del mundo a despecho de no obtener felicidad alguna a cambio.
Por mor de aquellas ideologías extremistas típicas de los acérrimos dogmáticos, los invasores habían convertido Edén en Sodoma.
Es más, los apocalípticos ejércitos de dragones de nivel superior suponían una amenaza mayor para todos los animales del mundo.
¿Qué hacer entonces?
Arko tenía en claro que no hacer nada era peor que hacer algo, o viceversa.
Haciendo algo se podía ver qué tan lejos podía llegar; si debía pagar con su vida por ello, más que dispuesto estaba a hacerlo.
Bajo juramento, prometió dar su vida en honor a una causa justa.
Nadie más que él sabía que el destino del mundo entero pendía de un delgadísimo hilo.
Si nadie hacía algo pronto, lo más probable era que todo se fuese al diablo en cuestión de nada.
En aquel ínterin, lo único que se podía hacer era rezar con fervor para que las invasiones dejasen de cobrarse tantas vidas inocentes.
Con tantas conquistas e invasiones, los desastres naturales eran vistos como bendiciones más que como maldiciones.
En un cataclismo global morían miles; en una invasión morían millones.
Los dragones eran los legítimos demonios del mundo, nadie hacía más daño que ellos.
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