Kompendium - Capítulo 12
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12: XII 12: XII Una gran sorpresa se llevó Arko el día que un mensajero de Kalypsoh, un lobo blanco de ojos celestes, le otorgó la confirmación de su pedido.
Respondida la carta de petición, el beneplácito para poder encontrarse en un sitio seguro al fin fue dado.
En una isla misteriosa a la que sólo se podía ingresar por medio de una serie de portales dimensionales interconectados unos con otros, se accedió a la guarida temporal del taciturno espécimen.
Arko, corajudo, fue solo, sin acompañantes.
Tenía la absoluta certeza de que nada malo le sucedería en el camino, fuese cual fuese la distancia a recorrer.
Mientras se dirigía al refugio de Kalypsoh, se acordó de cosas que había dicho el mes anterior en la última junta de vivérridos.
La Triple Entente, también llamada Tríplice, entre los ejércitos dragontinos no poseía el suficiente grado de peligrosidad como para ser un tema de debate.
Era de saber general que entre el Ejército Rojo, Negro y Blanco no había una buena relación, es más, nadie esperaba que se aliasen para atacar en conjunto.
Como cada ejército estaba separado por continente, lo más probable era que cada grupo se mantuviese ocupado en su territorio.
En el futuro, habrá dos grifos valerosos sobremanera que obligarán a que se produzcan alianzas entre ejércitos de distinto color, y sus nombres no pasarán al olvido.
La voluntad de poder (wille zur macht en la filosofía nietzscheana) de los vivérridos impedía que diesen un paso atrás o que cambiasen de parecer respecto a la tesitura global por la que estaban atravesando.
El transversal conflicto entre especies los llevaba a tomar medidas draconianas, a trabajar con el conato, o sea, el deseo por perfeccionar sus capacidades innatas por sobrellevar toda forma de beligerancia a la manera de los estoicos, contando con las más diletantes argucias.
Arko proponía una sistematización (al estilo de Bertalanffy) mediante la cual el subsistema del que formaba parte fuese, a su vez, incluida dentro del sistema jurídico de cada continente, y éste, como ya se sabía, estaba subordinado a las leyes internacionales que eran manejadas por los propios dragones.
Ello implicaba que, si alguno de los oráculos cometía un delito, el castigo recibido no sólo afectaría a la agrupación oracular, también tendría consecuencias en la cúspide de la escala social.
Los dragones no tenían ningún inconveniente en impartir castigos crueles a quienes se atrevían a desafiarlos, les fascinaba hacerlo.
Llegado el momento del encuentro tan esperado, Kalypsoh se manifestó en las afueras de un antiguo templo adornado con extraños símbolos pertenecientes a una lengua muerta.
Tapado bajo un sobretodo de color blanco como la nieve, hizo señas con las manos, aclarando que no deseaba emitir palabra alguna.
Como el lenguaje de señas era universal, cualquier animal que lo estudiase podía entender a cualquier mudo, sin importar la especie.
Lo curioso era que Kalypsoh podía hablar perfectamente, sabía Serfi, Múliko, Jesare, Iroshio, Kérico, Icrusinés, Yordanio, Yeksem, Akúsico, Cadavio y algunas lenguas aborígenes como las empleadas por los yolumpas, los shatókeres y los pleixeros.
Arko fue al grano, no perdió tiempo en circunloquios y prolegómenos puesto que no le gustaba alcahuetear, explicó con exceso de claridad lo que tenía pensado hacer y el motivo de su solicitud.
Al intercambiar palabras con un ser sabio, las posibilidades de llegar a un acuerdo eran mayores.
Kalypsoh paró la oreja, escuchó cada palabra proferida, conectó el sentido implícito con las ideas hilvanadas y se tomó el tiempo necesario para procesar toda la información recibida vía oral.
Fue entonces que el chamicado espécimen del que tan poco se sabía abrió el hocico y pronunció algunas palabras a los efectos de dilucidar las reticencias.
Sugirió armar un reglamento que fuese la columna vertebral, el grueso, de las tareas y obligaciones atinentes a cada integrante de la Orden Real.
Como Arko era organizado, puntual y responsable, supuso que el redactar un Estatuto Real que sirviese de modelo a seguir para los demás vivérridos no sería algo difícil, es más, hasta le parecía algo fácil.
El tema era el siguiente: implementar una serie de reglas, una especie de Levítico, que pusiese de manifiesto los deseos de la Orden Real teniendo como base organizacional el buen actuar y la cooperación mutua.
En virtud de la firma personal de cada integrante, Arko podía ahorrarse no sólo posibles fallos organizativos, también le convenía como medio de mantener el orden durante la gestión bajo su mandato.
Tenía pensado establecer las bases morales con la finalidad de que cada miembro tuviese en claro qué se podía y qué no se podía hacer.
Los premios por buen desempeño incluirían ascensos y felicitaciones; los castigos por mal desempeño incluirían suspensión temporal y/o expulsión definitiva.
Operaría casi como una secta.
Kalypsoh sabía que no sería fácil al comienzo pues llevaría un buen par de años, siglos inclusive, acostumbrarse a vivir bajo un régimen tan estricto.
Era, acaso, la mejor manera de mantener la Orden Real en sus cabales, fuera del peligro subyacente en la sociedad animal.
Cada oráculo tendría a su cargo un montón de responsabilidades, aparte de que contaría con ayudantes y aliados según la disposición de cada uno.
Arko pensó, en ese ínterin, que debía tomar como base argumental el hecho de que todos ellos anhelaban la paz sobre todas las cosas, nada más que eso.
Al ser los oráculos pacifistas diplomáticos, por lógica no iban a poder entrometerse, sea cual fuere la causa, en conflictos territoriales, ideológicos, políticos ni religiosos de ningún tipo en ningún lugar.
Ahora bien, cabía preguntarse cuáles serían esas reglas estrictas a tener en cuenta.
Kalypsoh, el farol entre las tinieblas de la hesitación, sugirió limitar el estatuto a sólo ochenta reglas básicas, lo que equivalía a una regla por oráculo.
Tal vez parecía excesivo, claro, aunque no lo suficiente como para enloquecer.
Si los judíos han logrado convivir con un pentateuco de seiscientos trece mandamientos, con más razón ellos podrían convivir con un testamento de ochenta leyes.
De esa infinidad de leyes, las más importantes eran las primeras tres: preservar la salud evitando cualquier tipo de sustancia, alucinógena o adictiva, que pusiese en peligro la vida misma; evitar cualquier tipo de trato con criminales, delincuentes, embaucadores, felones, ladrones, etc., para no caer en el engaño, y como consecuencia, perjudicar el bienestar de la organización; informar siempre sobre cualquier inconveniente dentro del territorio asignado, ya sea mediante cartas o visitas en persona, en vistas de mantener la buena comunicación y estar al día con las obligaciones.
Esas eran sólo algunas de todas las leyes a tener en consideración, no obstante, cualquiera de antedichas reglas poseía la misma importancia al momento de desempeñar el cargo de oráculo.
Según correspondía, la sanción variaría en virtud del grado del daño o perjuicio hecho, el agravante implicado, y, desde luego, la cantidad de individuos afectados.
Claro que dicho testamento podría sufrir modificaciones a corto, mediano o largo plazo, todo dependía de las necesidades y deseos de la Orden Real.
Arko, por el momento, sólo quería cerciorarse de que valía la pena armar un reglamento amplio y fácil de memorizar a tener que hacer uno escueto que luego requiriese de constantes cambios y actualizaciones, como las leyes humanas.
Kalypsoh estaba de acuerdo en echarle una mano a fin de que la tarea de redacción no fuese tan extenuante.
Escribir todas esas leyes en un pergamino tomaría, como mínimo, un día entero, si no es que más.
Las promesas que iban a hacer los civetos debían ser como cilicios, producir dolor cada que faltaban a la verdad o quebrantaban alguna ley.
Con Arko a la cabeza, el líder más sesudo, no se aplicaba el dicho: “El que sabe sabe y el que no es jefe”.
Tenía una capacidad cognitiva prodigiosa, muy por encima de lo estándar, de modo que tratarlo de maestro liendre (que de todo sabe y de nada entiende) no era correcto.
La redacción testamentaria en agraz fue uno de los acontecimientos clave en la fundación de la Orden Real, implicó no sólo la legitimación de nuevos códigos sociales, sino también todo lo concerniente al desempeño ideal de un oráculo.
Durante el proceso, se elaboraron borradores, diversas versiones, todo con tal de que el manuscrito final fuese leído y analizado en buen romance.
Kalypsoh hacía su parte catalizando la actividad y puntualizando en puntos concretos, sin meter impronta subjetiva.
La idea central era que la redacción de dicho documento fuese lo más claro posible, amén de garantizar los derechos y obligaciones de los futuros aliados de la organización pacifista a la que iban a ser adscriptos por voluntad propia.
Una de las leyes proponía que el abandono de la organización era optativo y podía darse de baja a cualquier miembro que así lo exigiese ante un tribunal y/o representante habilitado, a cargo de uno de los cabecillas continentales u omësfih, siempre que presentase una buena justificación para ello, verbigracia, por problemas de salud o riesgo de muerte.
Cabe señalar que ninguno de los integrantes tenía la obligación de permanecer dentro de la Orden Real si no quería hacerlo, cada uno era dueño de su libertad.
Se suponía que dicha organización se asemejaba más a una ONG que a una empresa privada.
Nadie lucraría ni obtendría beneficio alguno por servir al prójimo.
Los nativos también contaban con la opción de unírseles, proveerles bienes y servicios, o ignorarlos.
Estaba más que claro que no a todos los animales del mundo les iba a agradar la idea de servir a foráneos que no podían ofrecerles protección inmediata contra invasiones.
Lo poco que podían hacer los oráculos era: fomentar el diálogo pacífico, proveer respuestas a las problemáticas sociales de los nativos, brindar apoyo a los damnificados en caso de emergencia, instruir a los alumnos en el arte de la retórica, entrenar a los interesados en la defensa personal, proponer la buena comunicación y reclamar el cese de contiendas.
Los salvoconductos y las amnistías estaban fuera de su alcance.
Todo lo que un oráculo hiciese, para bien o para mal, no podía ser cobrado ni con dinero ni con favores sexuales.
Es más, una de las leyes establecía la prohibición absoluta de amoríos entre integrantes de la organización.
Cualquier oráculo que fuese descubierto violando dicha ley sería suspendido o dado de baja en caso de repetirse la misma acción.
Sí se permitía que el oráculo tuviese relaciones de vez en cuando con algún ejemplar de la misma especie que no formase parte de la organización.
El matrimonio como ritual legal tampoco se les estaba permitido.
Era indistinto con quién tuviese relaciones un oráculo, del mismo sexo o de sexo opuesto, lo que no se le permitía era contraer matrimonio con una potencial pareja o prometido.
Una vez abandonada la organización, el vivérrido quedaba exento de obligaciones por lo que podía hacer con su vida privada lo que se le pegase la regalada gana.
Mientras estuviese dentro de la organización, las normas a acatar eran estrictas.
Antes de oscurecer, cuando al fin se terminó de redactar todo el testamento, Kalypsoh lo leyó con detenimiento, señaló algunos puntos débiles que podían llegar a modificarse en el futuro, subrayó la calidad nomotética de cada regla, expresó alivio al ver que todo lo escrito estaba supeditado a la ética profesional, que no escapaba de lo moralmente aceptable.
A renglón seguido, felicitó a Arko por haber hecho un buen trabajo, amén de indicarle que fuese cuidadoso con los candidatos que tuviese a disposición.
Todo el mundo sabía que siempre había excepciones a la regla, una oveja negra en el rebaño, un despierto entre los dormidos.
Arko pasó por alto la advertencia dada, no creía posible la insubordinación de ninguno de los vivérridos que tenía en la lista de elegidos.
Por lo poco que había observado, notaba en los demás un deseo indecible por ponerle fin al sufrimiento innecesario de los lugareños y a los conflictos armados entre especies parapátricas, es decir, las que moraban en regiones adyacentes.
Tal era la confianza del líder que no dejaba lugar a la duda; grave error.
En caso de que algo no saliese bien y tuviese que salir a dar la cara, más que dispuesto estaba a hacerlo.
Al ser el caíd de la Orden Real, todo lo que hiciesen los demás integrantes, bueno o malo, lo comprometería a él.
Habiendo dado por finalizado el cálido diálogo y redactado el testamento, Arko se despidió de Kalypsoh y se fue caminando con toda la tranquilidad del mundo.
De él dependía el futuro de la nueva organización y de nadie más.
La próxima asamblea constituyente marcaría para siempre a los vivérridos que, con anterioridad, se habían sumado a la revolucionaria propuesta.
Cómo se desenvolvería cada uno en su puesto nadie lo sabía, lo que sí se sabía era que no iba a ser pan comido.
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