Kompendium - Capítulo 13
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13: XIII 13: XIII El tan esperado día de la reunión llegó antes de lo imaginado, los ochenta vivérridos se volvieron a apiñar todos juntos en una isla ubicada al Sur de Xeón, la que recibía el nombre de Ancshah.
Fue allí mismo donde volvieron a cruzarse, por enésima vez, todos esos animales antropomórficos de baja estatura, cuerpo velludo, rabo corto y orejas notables que pretendían anexarse a la primera organización pacifista cuya meta consistía en salvaguardar la diplomacia a como diera lugar.
Durante una mañana soleada y con poco viento, los vivérridos formaron un círculo tan grande y prolijo como les fue posible, dejando al dirigente en el medio, el que sostenía una pluma entintada, el pergamino recién desplegado y un amuleto emplumado que simbolizaba la paz.
De todos los presentes, el único que no lucía del todo contento era Zaiko, le parecía que tanto ritualismo para un simple juramento de lealtad era, a ojo de buen cubero, un acto innecesario.
Uno por uno, cada civeta fue pasando a jurar en nombre de la paz, la libertad y la bondad, en aras de incentivar el trato justo y cordial para con todos los habitantes de los tres continentes que requiriesen la ayuda de alguno de ellos, siempre y cuando sus peticiones fuesen honestas, sinceras y claras.
No podían ni debían colaborar con planes mefistofélicos que conllevasen a provocar daños a terceros, fuese del tipo que fuese.
En definitiva, cualesquiera fuesen las malas decisiones tomadas en sus fueros internos, las consecuencias les jugarían en contra, y, en última instancia, los inhabilitaría para poder ejercer el rol de oráculo.
La mayoría de los candidatos eran machos jóvenes, ávidos por perfeccionar sus capacidades físicas y cognitivas.
La minoría estaba compuesta por hembras simpáticas y cordiales que no tenían nada que envidiarles a sus versiones masculinas.
Los vivérridos, al ser andróginos y endomorfos, se los identificaba más por el tono de voz que por el físico.
En contraste con otras especies en las que el dimorfismo sexual se percibía con diafanidad de pies a cabeza, entre ellos no era tan así.
Les convenía convivir separados para evitar entrecruzamientos inesperados.
En total, había menos de mil civetos vivientes hasta ese momento.
Era una especie rara, a nada de desaparecer del mapa.
Para identificar a cada uno se tenía como referencia el color del pelaje, el color de ojos y el color del cabello.
Dado que era asaz difícil, o casi imposible, hallar dos civetas iguales, los colores ayudaban a distinguir entre uno y otro.
Zenatske, por su parte, era el único ejemplar de la especie con un pelaje tupido que tiraba a púrpura, un rabo más peludo de lo normal, la cara blanquinegra con atavismos de vivérrido silvestre (ya extinto), los bigotes de gato, cabello negro, ojos dorados, nariz blanda, orejas felinas y figura rechoncha.
Los ancestros y parientes cercanos, afectados más que nada por la variación clinal, contaban con rasgos fenotípicos similares pero distintos.
La regla de Gloger parecía no aplicarse en ellos dado que los colores del pelaje no iban acorde al clima regional.
Se suponía que los animales originarios de zonas cálidas debían ser más pálidos y los originarios de zonas húmedas debían ser más oscuros.
Dicha regla sí se cumplía para el caso de los yolumpas cuya reducida población, inferior a los cien ejemplares, moraba en la zona meridional de Mitriaria.
Rankosh era el único que todavía mantenía estrecha relación con ellos.
Por sorteo, no por capricho, a los ochenta candidatos nombrados oráculos de la Orden Real les fueron asignados territorios específicos ubicados en Mitriaria, Ashura y Xeón.
Cada uno tenía la oportunidad de escoger cómo armarse su refugio, a tenor de gustos y afinidades.
El que quería se podía construir, o mandar hacer, su propio castillo o palacio.
Arko no iba a estar en zaga de cada uno diciéndoles cómo debían adornar sus moradas, qué cocinarse, dónde asearse ni en qué sitio dormir.
Todos ellos eran bibliófilos, escépticos y solitarios.
La vidorra de libertinaje y desenfreno no entraba dentro del perfil ideal.
Los oráculos a los que les tocó Mitriaria fueron: Garlec, Késhiet, Märdec, Borix, Kindrerc, Spailet, Negress, Vilar, Arkadius, Agare, Rankosh, Zaiko, Markhonni, Shunterem, Yeraldín, Sania, Shaitra, Ocklha, Shuar, Shafi; los oráculos a los que les tocó Ashura fueron: Cureth, Aniroikhe, Delemkum, Gailessen, Zaishureth, Osvirch, Présclem, Shakendreh, Arko, Gazure, Desacrois, Anugoi, Enyeru, Masafureh, Liedan, Agaliam, Baberselem, Ziele, Ielictep, Birrou, Druptec, Meishel, Enyer, Roib, Markure; los oráculos a los que les tocó Xeón fueron: Ruberth, Biöquel, Ferboc, Preseo, Ceferu, Arvah, Nëshar, Belgrume, Marvunec, Rauloc, Ilgreben, Sirke, Heffeg, Chambec, Krevit, Ajacoas, Cumacurica, Ferdiand, Cámeli, Deiser, Zenatske, Sererc, Drex, Pilef, Blear, Broac, Cheftrain, Bängra, Recni, Shinquer, Jiu, Nil, Liovel, Triesa, Dienkenverth.
Como dato adicional a la adenda, o nota al pie de página, Arko avisó que, primero de todo, planeaba hacer una evaluación inicial con el propósito de verificar cuán bien o mal desempeñaba cada integrante el puesto asignado, y dependiendo de ello, iba a hacer una selección de cabecillas que, más adelante, ocuparían un puesto de privilegio o liderazgo, algo así como las diferentes áreas de una organización comandadas por un jefe, por encima de los gerentes y los operarios.
El tiempo estimativo de evaluación iba desde los cien a los doscientos años, una fracción de tiempo para seres tan longevos como ellos.
La vida del oráculo, similar a la del Bhikkhu, consistía, principalmente, en una forma austera, o huraña, de pasar el tiempo.
Lo que se pretendía era llevar una vida alejada de los placeres carnales, las adicciones, los vicios, las drogas, los dogmas, las ideologías, etcétera.
Un oráculo era, en resumidas cuentas, un pensador en busca de la virtud, el desarrollo personal y el perfeccionamiento mental.
El estudio constante, la investigación exhaustiva, la puesta en común, la experimentación manual, la hipotetización basada en indicios aproximados, la formulación de teoremas y leyes, y la búsqueda del conocimiento que condujese a la sabiduría práctica formaban parte del currículo oracular.
La existencia de un oráculo se basaba en el proverbio chino: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.
Sin embargo, al estar tantísimo tiempo en soledad, el oráculo podía tomarse, de cuando en cuando, un respiro.
Despejar la mente un poco servía para lidiar con el agobiante encierro, por no decir el aburrimiento abrumador que generaba el autoaislamiento.
Ninguno de ellos contaba con peculio para erogar ni inmuebles para explotar.
Cada uno en lo suyo, ensimismado en su propio mundo, sabía qué era lo más propicio para la salud mental.
Salir a veces era necesario, también riesgoso.
A los invasores un cacahuate, por no usar otra palabra, les importaba la existencia de los oráculos como mediadores del pacifismo, arremetían contra todo aquel que no fuese integrante de la Raza Destructora.
A Zenatske, a quien se lo identificaba por la ropa de color permanganato, la armadura picuda y un báculo solar, se le ocurrió hacer una consulta antes de pelar gallo.
Se aproximó a Arko y le preguntó qué hacer en caso de que los invasores apareciesen a mitad de camino.
Como una de las leyes establecía que la supervivencia era lo primordial, cada oráculo estaba habilitado, por orden mayor, a defenderse en caso de un ataque o emboscada, lo que no garantizaba, ni a la de tres, que obtuviese la victoria.
Todo dependía de los tipos de invasores y de la cantidad de enemigos, pues no era lo mismo luchar contra un dragón que contra una manada de cien ejemplares o contra un ejército de quinientos minotauros armados hasta los dientes.
Si bien lo más recomendable era recurrir a nativos como guardias temporales, no se les podía obligar a ninguno a convertirse en sirviente permanente.
Por supuesto que había decenas de aspirantes dispuestos a ponerse al servicio de un oráculo, lo cual no significaba que fuese fiel a su palabra ni eficiente en su labor.
El oráculo en cuestión era libre de elegir si quería o no tener guardaespaldas a cargo, acompañantes o pajes de cámara.
Por lógica, los más indicados eran los animales de clase superior, en especial los de talla grande.
Los machos eran ideales para el trabajo de celador y protector; las hembras eran ideales para el trabajo de acompañamiento y servidumbre.
El sueño de todo animal era contar con la protección de grifos, hipogrifos o híbridos, aun cuando ello fuese casi imposible.
Las tres especies recién mencionadas no eran tan abundantes como otras, solían portarse mal, les gustaba el caos y la riña, se dejaban llevar por la emoción del momento.
Las especies anarquistas, tal y como creía Zenatske, eran las más apropiadas para brindar un excelente servicio de protección a cambio de una intensa sesión de entrenamiento.
El trabajo de protector temporal no sonaba tan mal cuando se trataba de cubrirle la espalda a un oráculo.
La asignación de territorios, a diferencia de lo acaecido entre los Hermanos Trinitarios, no produjo desavenencia de parte de los integrantes de la Orden Real.
Cada quien estaba satisfecho con lo que le había tocado, incluso Arko, que se asignó a sí mismo un refugio en el Norte de Ashura, nula preocupación le produjo.
Se sumó al grupo aun siendo el director, iba a cumplir las mismas tareas que todos los demás con el adicionamiento de evaluador.
Su trabajo como oráculo y líder oracular comprendía una dimensión más amplia y compleja que no cualquiera podía llevar a cabo.
Al finalizar la ceremonia, se dispusieron a hacer un viaje a cada punto asignado a la espera de que todo saliese bien en el camino y no tuviesen que toparse con invasores.
Cada oráculo iba a estar a cargo de una región que cubría un perímetro más o menos homogéneo, claro que la envergadura variaba de acuerdo a cada continente.
Los que fueron mandados a islas inhóspitas corrían menos riesgos y eran menos proclives a invasiones que los que fueron enviados a terrenos abiertos.
Por suerte, el conocimiento y la habilidad les permitía refugiarse en dimensiones escondidas dentro de puntos estratégicos.
Zenatske se dirigió a Kaizzereh, la aldea de los yagurés flamígeros, lugar donde pasaría el resto de sus años como miembro honorífico de la Orden Real.
Dicho sitio se hallaba cerca de Frissonk, uno de los puntos clave del Ejército Rojo y la Sagrada Fraternidad.
Tenía a los dragones rojos casi encima, a pocos miles de kilómetros de su nuevo hogar.
Mientras ninguno de ellos intentase hacerle daño, no se levantaría en armas, a menos que por algún otro motivo decidiese actuar.
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