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Kompendium - Capítulo 14

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14: XIV 14: XIV De lo más bien venía caminando Zenatske con su báculo solar cuando, sin esperarlo, se hizo presente un grupúsculo de recolectores de datos, atigrados animales de pelaje espeso, otros pitorros, otros escamosos, otros espinosos… Todos esos animales autóctonos ya habían sido etiquetados como subversivos por el somero hecho de haberse defendido de los ataques enemigos.

Las alianzas entre distintas especies, como era de esperar, estaban en conflicto.

Sin un buen líder que los guiara, no sabían qué hacer, les urgía hallar uno cuanto antes.

Como consecuencia de la última tanda de invasiones en territorios colindantes, la que se cobró más víctimas que la masacre de Nankín, los últimos caudillos de la región fueron borrados del mapa para siempre.

A merced de los dragones rojos cayeron de rodillas y suplicaron piedad que nunca recibieron, pedazos los hicieron.

Veskliome, Trashlif, Pixäsh, Leverôt y Drêadåh fueron los últimos ejemplares en tomarse la molestia de dirigir líneas defensivas que no obstaban la circulación libre de vecinos entre aldeas adyacentes.

Los pocos que se animaban a salir a explorar los alrededores no llegaban ni a los cien integrantes.

La suerte sopló en pro de los pobres desahuciados el día que un grupo de híbridos les dio la oportunidad de refugiarse bajo tierra, en trincheras diseñadas por ellos mismos para evitar ser vistos por los minotauros rojos que andaban de acá para allá en busca de exiliados.

La tinción de sangre en las páginas de la historia ya era indisoluble, no había modo de borrar lo vivido.

El Ejército Rojo no iba a dar tregua hasta que no quedase ni una tierra por conquistar.

Dégmon, desde el palco de la realeza, alzaba la mano como si estuviese haciendo el saludo fascista, la bandera con el tentranáculo bordado, como el crismón de Constantino y su lábaro, era cargado por sus esclavos que no dejaban pueblo en pie.

Al oráculo recién llegado lo pusieron al loro de todo lo acaecido en los últimos años.

Tal parecía que debían tomarse medidas draconianas tan pronto como fuese posible.

Quedarse de brazos cruzados esperando un milagro era una legítima pérdida de tiempo que ni él ni ninguno de los aliados estaba dispuesto a tolerar.

El apresto de Zenatske, quien estaba al quite, dejó en claro que no iba a doblar la cerviz ante ningún invasor, ni de día ni de noche.

En ese mismo sitio árido y con escasa iluminación, intercambió palabras con los demás sobrevivientes, los puso al día respecto al tema de la Orden Real y su función como organización pacifista sin fines lucrativos.

Como los vivérridos ya se habían cansado de tanto esperar, optaron por meterse en el lodo y ensuciarse en aquel vasto lodazal lúgubre, pútrido y emético al que algunos llamaban realidad.

Dispuestos a aliarse a otras especies con la meta de echar raíces en algún sitio recóndito, proponían hacer todo lo que estuviera al alcance de la mano para ayudar a los necesitados.

Dejar a la deriva a millones de inocentes sin hogar y sin alimento era la mar de injusto.

Siempre debían mostrar hospitalidad para con los demás, máxime si les podían devolver los favores hechos.

Lo que le llamó la atención, en verdad que sí, fue la supuesta importancia que Dégmon les daba a sus descendientes.

Según se rumoreaba, tenía pensado convertir a sus hijos en legítimas máquinas de matar.

Ello era posible a través de entrenamientos exhaustivos y denuedos sobrehumanos.

Claro que cualquiera de los vástagos de aquel demonio sería, en principio, tan cruento y ruin como su padre, si no peor.

Como le faltaba un hogar donde quedarse a vivir de forma permanente, o hasta que se mudara, lo condujeron a un área un poco más frondosa y amplia que deslindaba con la playa de arena rojiza que distinguía el continente.

Es más, en ningún otro lugar del mundo los desiertos eran tan rojizos y calurosos, infiernos terrenales en su máximo esplendor.

El inmensísimo Desierto Rojo, que abarcaba casi el cincuenta por ciento de Xeón, no era un sitio amigable ni de noche ni en invierno, era tan bochornoso como el planeta Venus, sólo que la temperatura no descendía mucho durante el ciclo nocturno.

No sólo la arena era roja, también el agua, las plantas y las rocas que constituían el bioma local.

Lo peor de todo era que los dragones se mimetizaban con el entorno.

Veskliome era un lince rojo conocido por ser el más apto para la tarea de vigilancia pues dormía menos que una jirafa y la extraordinaria visión aguda le ayudaba a detectar enemigos desde largas distancias, alcanzaba los cien kilómetros por hora en corridas rectas y podía aguantar altos niveles de estrés; Trashlif era un cabrón infernal conocido por ser agresivo y de pocas pulgas, ágil con los puños y habilidoso con las piernas, molestarlo no era recomendable ni de guasa; Pixäsh era un lagarto ígneo que se tomaba las cosas en serio, no se atrevía a retroceder ni en la peor situación, se especializaba en el arte de asesinar con cuchillos y dagas; Leverôt era un yaguré flamígero con una gran capacidad para aguantar presión atmosférica, calor excesivo y diversos tipos de veneno; Drêadåh era un puercoespín de las llamas apodado “alfiletero viviente” por su técnica especial que consistía en rodar como un tatú y lanzar sus espinas filosas hacia todas partes.

Los cinco animales que saludaron al oráculo usaban deterioradas prendas de vestir con agujeros que dejaban a la vista sus partes íntimas.

La tela era de color pardo, casi como el pelaje de un oso.

Las pocas piezas metálicas que los protegían eran hombreras, rodilleras, tobilleras y guanteletes.

Cada uno contaba con una lanza picuda y un par de rejones.

Lo que todos compartían era el odio visceral por los invasores que los habían obligado a levantar campamento en un momento inoportuno.

A sus familias dejaron atrás para salvarse a sí mismos.

Una pandita roja, la única hembra de la manada, se sumó a la conversación y suplicó que se le diese una oportunidad de ser de utilidad.

Entre la amplia variedad de aptitudes que tenía, sabía cocinar, limpiar, ordenar, afilar, tejer, manufacturar, arcillar, cosechar, curar, leer, escribir y traducir.

Era la única que podía entender varios idiomas y la única que sabía cómo curar heridas.

Zenatske, siempre atento a todo, la vio con buenos ojos y le dio la oportunidad de servirle como mucama hasta que hallase un mejor puesto para ella.

Como era una hembra de la baticola floja, no tenía ningún inconveniente en ofrecer favores sexuales a cambio de amparo.

La llamaban Zénia.

Aclarado el asunto de la nueva organización territorial, el oráculo se llevó consigo a los nuevos aliados a los que denominó ayudantes auxiliares de alta categoría.

Primero, quería que le ayudasen a armar un nuevo refugio; segundo, quería utilizarlos para obtener información de los dragones rojos.

Pretendía contar con ayuda externa para así saber bien cómo arreglárselas cuando la tesitura lo pidiese a gritos.

Una vez establecido el hogar en el debido sitio, lo que quedaba por resolver era el tema de las alianzas que no lograban vincularse como las de los invasores.

Zenatske lo sabía, toda agrupación desordenada estaba condenada a perecer en un soplo; por el contrario, una agrupación firme nunca iba a ser eliminada así como así.

Durante el recorrido, Veskliome contó que había hecho amistades con híbridos de corazón rígido, como le debían un favor podía invocarlos para cuando la nueva confrontación estallase.

Todos los habitantes sabían que Cen-Dam no dejaría de arremeter hasta apoderarse de todas las aldeas habidas y por haber.

Los pocos grifos de Xeón estaban planeando tomar represalias en el momento justo para sacar ventaja, para mover una pieza de ajedrez en aquel tablero gigantesco.

El rey era el jefe final al que anhelaban enfrentar a despecho de que hacerlo significaba morir al instante.

La filosofía de Zenatske, influenciada por el consejo ne quid nimis de Arko, era simple: todo animal que quisiese triunfar en batalla debía primero aprender a controlar sus emociones, mejorar la capacidad nemotécnica, pulir sus habilidades físicas y mentales, entrenar el cuerpo, usar la imaginación y aprender trucos nuevos.

El sentido común, el menos común de los sentidos, los tenía que guiar por la vida para poder distinguir entre lo racional y lo irracional, lo posible y lo imposible.

Si querían sobrevivir, debían pensar bien qué hacer, cómo desplazarse, cuándo atacar, cuándo huir, dónde pedir ayuda.

La guerra, como toda disciplina artística, tenía sus peculiaridades y secretos.

Cualesquiera fuesen los daños provocados, los impulsos instintivos no debían ganar; para ganar hay que estar siempre un paso adelante del enemigo.

“El senso comune es el sitio del alma, la memoria es su munición y la imprensiva es su estandarte de referencia” (Leonardo Da Vinci).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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