Kompendium - Capítulo 16
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16: XVI 16: XVI Al cabo de un quinquenio, cuando el refugio de Zenatske ya era un castillo majestuoso con plenitud de recámaras, pasillos laberínticos, salas amplias, pisos alfombrados, paredes pintadas, grifería instalada, muebles barnizados y pérgolas por doquier, los ayudantes que tanto denuedo hubieron hecho antes de proponerse convertirse en los súbditos de la organización oracular al fin se pudieron tomar el descanso que merecían.
Como agradecimiento, el oráculo organizó una cena de lujo en su honor, les dio de comer a todos ellos hasta dejarles la barriga hinchada.
Había sido un lustro fuera de lo común, sin lugar a duda.
Syrex, que ya se había instalado por tiempo indefinido, pasó años junto al oráculo que tanto admiraba.
De él aprendió un millar de cosas que jamás habría logrado aprender por cuenta propia.
Una de las particularidades de Zenatske era su adicción por el conocimiento, amaba la filosofía y la alquimia, entre otras disciplinas de suma importancia en la época.
Creía que con el tiempo se podía lograr descifrar todos los enigmas existentes, hasta el porqué de la existencia misma.
Era un filósofo nihilista, de la familia del pesimismo vanguardista, no aceptaba ni verdades absolutas ni ideologías de ningún tipo.
Al mencionar una antigua leyenda sobre armas elementales, Zenatske le preguntó si era posible forjar espadas que aguantasen los cambios bruscos de temperatura, considerando el omhiaje, la resistividad y la higroscopia.
Gracias al efecto Hall, o su equivalente en aquel mundo, se podía detectar la presencia de un campo de energía a corta distancia dependiendo de la cantidad de carga magnética emitida por éste.
Al saber eso, se podía probar fabricar desde cero armas especiales que fuesen capaces de detectar la energía del portador para así dejar salir su pureza energética.
La idea giraba en torno a un plan descabellado pero factible: facilitar el desempeño marcial.
Con armas de ese tipo cualquier nativo podía darse el lujo de luchar seguro, sin temor a morir incinerado ante la primera bocanada de fuego.
Era inevitable, en la mayoría de los casos, toparse con un dragón rojo encolerizado que hiciese de las suyas en el área de encuentro.
Si bien un arma elemental no garantizaba la victoria, favorecía al portador en gran medida.
Era mejor que nada después de todo.
Zénia fue encargada para realizar la búsqueda de los interesados.
No tardó ni una hora en hallar a los animales más aptos para consumar dicha tarea.
Se encontraron en la entrada del castillo, frente a Syrex y Zenatske, los caninos de pelaje rojizo que sabían cómo ayudar.
Una manada de lobos ígneos, tan hábiles en la herrería como los futuros habitantes de Zurvenia, se ofreció a forjar las espadas elementales.
Se trataba de, nada más y nada menos, que experimentados herreros especializados en el arte de la forjadura con todo tipo de metales.
Para ellos, sangrar la fragua era coser y cantar, años de experiencia demostraban que no tenían ningún problema en crear armas de guerra, fuesen del tamaño que fuesen.
Con el nuevo objetivo acordado entre pares, el oráculo mandó que se hicieran las cinco espadas elementales a las que bautizó, acorde a los deseos de Syrex, con los siguientes nombres: Krashinatske (la espada del viento), Ignagske (la espada del fuego), Solunske (la espada de la tierra), Vielkatske (la espada de la electricidad), Antraske (la espada del agua).
Los nombres aludían a los cinco dragones elementales de antaño que formaban parte del folklore regional, cada uno identificado con un nombre particular, difícil de pronunciar en un dialecto moderno del Serfi.
Entretanto, el oráculo de Kaizzereh se puso a hablar con los yagurés flamígeros sobre los futuros encuentros en los alrededores de la zona septentrional.
Acompañado de sus aliados de confianza, dejó en claro que los dragones rojos volverían a buscar roña ni bien pasase la temporada de tempestades.
Para ello, sugirió que se dispersasen por las áreas costeras, puntos clave que podía observar desde el torreón del castillo.
Una vez detectada la amenaza, daría aviso a fin de que los híbridos entraran en acción.
Contaba con el apoyo de varios ejemplares, amén de grifos de clase superior.
Syrex no disfrutaba meterse en escaramuzas, al ser ya considerado un vecino más del barrio, no podía quedarse sin hacer nada.
Prometió que protegería a los lugareños siempre y cuando no se alejaran demasiado de la región.
Era el caballito de batalla de la costa Noroeste, el único capaz de eliminar a los dragones rojos sin necesidad de romperse los cuernos.
En caso de que no pudiese lidiar con la circunstancia él solo, cabía la posibilidad de contactarse con sus compañeros de juego: Nagar y Ragnar.
En los alrededores del Desierto Rojo, sobre todo las áreas adyacentes en las que había terrenos llanos, mesetas áridas y llanuras esteparias, la presencia de visitantes no identificados era fácil de comprobar.
El color rojo de los dragones y los minotauros delataba a los oponentes, los convertía en un blanco fácil de divisar.
La única excepción a la regla eran las güishas, los cancerberos, los kratsukes, las quimeras, las cocatrices, los escorpiones, las babosas y los catoblepas.
Los fénix estaban demasiado lejos como para ir hasta allá arriba.
Los días pasaban y la fama de Zenatske iba aumentando.
Los grifos, los ángeles de Xeón, acudían a él con regularidad para pedirle consejos.
Los asistía en todo lo que podía, máxime cuando se trataba de echar por la borda estratagemas antagónicas.
Sus cinco ayudantes auxiliares nunca le decían que no a los grifos que llegaban con ganas de tomarse un descanso.
En aquel reluciente castillo recibían alimento y agua en abundancia.
Habiendo preparado las cinco espadas, Syrex puso un pie sobre cada hoja y le transmitió parte de su inmenso poder, fue así como le otorgó a cada una de ellas el toque mágico que las hacía únicas en el mundo.
Las cinco espadas elementales, como cualquier arma nueva, debían ponerse a prueba en el campo de batalla, y qué mejor forma de hacerlo que matando dragones rojos.
Fueron cinco lagartos ígneos, congéneres de Pixäsh, quienes se dispusieron a probar la capacidad elemental de las nuevas espadas.
En unos cuantos años, los resultados saldrían a la luz.
Hasta entonces, había que ser paciente y esperar.
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