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Kompendium - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 XVII
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17: XVII 17: XVII Tras haber investigado en profundidad acerca de los orígenes del Monsismo como sistema de imposición social que recaía sobre los dragones y afectaba a todos sus esclavos por igual, Zenatske concluyó que dicha religión no era más que un invento de la propia Familia Real para controlar a gusto a todos los demás ejemplares de la especie.

En cierto sentido, estaba en lo correcto, no del todo porque la mayor parte de la culpa le correspondía a Draco, el ideólogo principal.

En sus propias palabras, afirmaba que el Monsismo era una religión de bárbaros, una secta destructiva carente de principios éticos, y que los tres reyes, los culpables de perpetuar aquella doctrina perversa, eran los tres impostores que merecían ser enjuiciados por los horribles crímenes de lesa animalidad cometidos durante las cruzadas entre especies.

El Tratado de los Tres Impostores, como lo llamaba él mismo, era un panfleto antiteísta, anticlerical, antinobiliario y antiespecista que aseguraba, fuera de toda duda, que todos los dragones eran víctimas de las argucias sin precedentes de tres malhechores con nombre y apellido que se hacían pasar por líderes carismáticos cuando, en rigor, eran impostores, lobos disfrazados de ovejas.

Poseía la misma importancia que el Manifiesto Comunista, era una pancarta que promovía un descomunal desprecio hacia los Hermanos Trinitarios, los fraudulentos representantes de Mön sobre la faz del planeta, arengaba a las demás criaturas a detestarlos con toda la vehemencia del mundo, argüía sobre las inconsistencias entre la base teológica y la puesta en marcha de las invasiones, promovía la sublevación, la rebeldía y la revolución social, todo en aras de la Orden Real como institución pacifista y libre de pecado.

Dégmon, el alma de Caín, no era más que una marioneta de aquel sistema opresor y dantesco que se hacía pasar por moral a costilla de la muerte y el sufrimiento de millones de seres inocentes que nada tenían que ver con los deseos absurdos de los enfermizos reyezuelos.

El autor aseveraba que ni el mesías, ni los profetas, ni los patriarcas eran tan aborrecibles como los reyes, los primeros en emprender el recorrido de las conquistas a mano armada.

Por lo tanto, Cen-Dam, Dáikron y Bork no merecían ni un ápice de respeto, sino todo lo contrario.

Los pormenores de las invasiones no eran para tomárselos a la ligera, los daños colaterales y las pérdidas materiales, por si no fuera suficiente con derramar sangre inocente en abundancia, ponían de manifiesto la detestable doctrina religiosa que domeñaba a los zoocidas más despiadados, bajo la trampa de una supuesta segunda oportunidad de alcanzar el nirvana una vez muertos.

Para un practicante de la ascesis, todo pensamiento, más que nada si incluía lastimar a otros sin una buena justificación de por medio, era un mal execrable que valía la pena erradicar del mundo por el bien de todos.

Las palabras del oráculo de mente libre, atrevidas palabras, se fueron divulgando gracias a la intervención de copistas, glosadores, trovadores, juglares, rapsodas y emisarios que hacían esparcir sus ideas como el rocío durante la noche.

En pocos años, sus ideales de insubordinación atrajeron no sólo a los más temperamentales aliados, también causaron un revuelo entre las filas enemigas.

El odio, el ardiente odio, era el pilar fundamental de la rebeldía, el principal motivador de la sedición.

Fue con palabras, y nada más que con palabras, que Zenatske se dio a conocer, aunque lo hizo desde el anonimato, pues aquel códice de menos de cien páginas, nunca fue firmado, por más que algunos sospechaban de él como redactor genuino.

El denuesto escrito por puño y letra de Zenatske se asemejaba más a uno de esos dicterios que escribía el patriarca Velsefor desde su cómodo sitial.

A causa del chisme de boca en boca, susodicho patriarca se enteró de la aparición de ese manuscrito ignoto del que tanto se hablaba en el ámbito de la literatura gris, quedó perplejo al toparse con tamaña obra herética.

Dégmon equivalía a Mahoma, Vishne a Abū Bakr y Uguzar a Umar ibn al-Jattab en la cultura islámica.

Zenatske era una especie de Teófilo que tiraba mierda contra todos aquellos que no profesaban la misma filosofía de vida que él y los demás vivérridos.

La contienda no sólo era territorial, también ideológica.

Ahora bien, echar más leña al fuego sólo ponía contra las cuerdas a los indómitos que querían pasarse de listos con los rivales.

A los demás dragones de alto rango, por el contrario, no produjo gran alboroto el leer una copia de aquel libro obsceno, a lo sumo les impresionó la caligrafía empleada para detallar con tanto esmero semejante blasfemia por escrito.

En cambio, a los grifos sí les llamó la atención, es más, hasta los obligó a ir en busca del autor de aquel manuscrito sacrílego.

Había profanado el nombre de Mön, desde el primer dragón hasta el último, en un intento desesperado por demostrar que los reyes eran unos reverendos hijos de la gran puta que se merecían los peores suplicios.

Y sí, las groserías no faltaban, formaban parte de la estilística oracular cuando iban dirigidas al vulgo.

Los grifos se pusieron en contacto con los híbridos, salieron a masacrar a plena luz del día, sin que los esclavos de los dragones rojos siquiera lo imaginaran.

Los lobos ígneos y los leones rojos, que fueron ayudantes en la construcción del castillo, ahora estaban armando un complot para arremeter contra los minotauros rojos.

Inspirados en la diatriba profana de Zenatske, los lugareños estaban buscando provocar a los de clase alta para que fueran por ellos.

Los nativos agredían a los más débiles primero, para luego ir por los más fuertes.

Desde la otra punta de Xeón, Nil y Ferdiand trazaron mapas y elaboraron sofisticados planes de ataque que los grifos de clase superior emplearon durante los subsiguientes viajes de reconquista.

En poco tiempo, los contrataques de los híbridos y los grifos surtieron el efecto deseado, redujeron las tropas enemigas y las obligaron a retroceder una vez más.

Los comandantes del Ejército Rojo notaron un cambio drástico en la reorganización castrense de los insurrectos, supusieron que algo o alguien los estaba guiando.

Dieron en el clavo el día que oyeron hablar de una supuesta organización pacifista que emitía incentivas en contra de la Raza Destructora.

Dégmon fue puesto al tanto sobre la existencia de la Orden Real, a la cual consideró una nimia intentona por auxiliar a los desamparados.

Al saber que civetas comunes estaban a cargo de los puestos, poca importancia, si es que algo, le dio.

Lo que sí le preocupaba por el momento era deshacerse de los latosos contratacantes que acechaban día y noche en sus territorios.

Los dragones de clase superior no daban libelo de repudio a las acusaciones que se les hacían: o bien ignoraban las felonías que cometían, o bien no les importaba matar inocentes sin razón.

El Tratado de los Tres Impostores tenía razón cuando afirmaba que los dragones eran tozudos como mulas y fastidiosos como moscas, nunca se cansaban de joder a los demás, y eso que ya llevaban centurias con lo mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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