Kompendium - Capítulo 18
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18: XVIII 18: XVIII Los logros, todos aquellos que alguna vez hubo soñado concretar Zenatske, perdieron valor el día que Arko realizó una nueva reunión en la isla de Ancshah.
Lo acaecido durante aquella mañana ventosa y grisácea marcó para siempre al protagonista, fue un golpe durísimo para su orgullo, una puñalada al corazón.
En plena ceremonia de promoción oracular, el puesto privilegiado que tanto había estado esperando obtener le fue arrebatado, a tenor de lo que creía, por uno de sus compañeros de grupo: Ferdiand.
«¡¿Cómo es posible?!», se preguntaba a sí mismo una y otra vez.
Boquiabierto ante la impensada decisión tomada por el líder, creyó que se encontraba en un sueño, uno con más semejanza de pesadilla que de sueño.
Ferdiand, Markhonni y Desacrois fueron ascendidos, convertidos en los ecónomos de la organización.
Ante las felicitaciones y enhorabuenas de los demás vivérridos, Zenatske se vio sumergido en la peor desilusión de la vida.
Tanto esfuerzo había hecho para nada; pasó desapercibido como uno más del montón.
Pero como todo mal perdedor, no se iba a dejar zaherir sin antes dejar su carta de presentación sobre la mesa.
Supuestamente, Ferdiand había logrado frenar una peligrosísima conflagración en el Nordeste de Xeón, por lo que se lo consideraba un héroe sin capa, al mismo estilo que Stanislav Petrov durante la Guerra Fría.
Víctima de un bibliocausto y bajo amenaza de muerte, aquel oráculo había hecho lo suficiente como para que su nombre fuese dado a conocer en todo el continente.
El reconocimiento obtenido no fue por mérito propio, claro está, lo obtuvo gracias a los rumores que los demás lugareños hicieron correr de él.
Zenatske tenía un esqueleto en el armario al que pensó que jamás debía dejar salir bajo ninguna circunstancia.
La versión animalizada de James Earl Ray, atizada por teorías conspirativas, se tornó más huraña y asocial que nunca.
Desde ese día en adelante, su vida pasó a ser un mar de lágrimas, la distimia se apoderó de él por completo.
El colosal estado depresivo en el que cayó, por si no bastara con haber sufrido la peor decepción a manos de un ingrato, lo condujo hacia el fondo del abismo.
Lo peor de todo fue que el tiempo no logró sanar las heridas psíquicas, ocurrió todo lo contrario, empezó a desarrollar un marcado cuadro clínico compuesto por el síndrome del impostor, esquizofrenia desorganizada y delirio persecutorio.
En lugar de odiar a Arko por no haberle dado lo que quería, volcó el odio sobre los demás oráculos de Xeón, más que nada sobre Ferdiand y Deiser.
La hemorragia de rencor que lo hacía sangrar por dentro era la misma que lo empujaría a cometer actos aborrecibles.
Las estrategias de venganza afloraron como jardín en primavera, le otorgaron sentido a la conspiración más grande de todos los tiempos.
Primero, cogió el execrable tratado que había hecho circular años anteriores, se lo atribuyó a los antedichos compañeros de la Orden Real, empleando una técnica llamada pseudoepigrafía, con el propósito de que fuesen culpados por arengar en contra de los reyes; segundo, armó su propio escuadrón de protección (similar a la Schutzstaffel) con híbridos y grifos de clase superior a los que prometió una suculenta recompensa a cambio del servicio brindado; tercero, planeó un nuevo tipo de organización celular a la que denominó “Zenobia” mediante la cual podía arrimarse al blanco que tenía planeado atacar en el momento preciso.
Si todo salía como lo planificado, la Orden Real caería en las garras del mal, pues quedaría en medio del conflicto ideológico que decía combatir con diplomacia.
La flor y nata de la sociedad oracular no podía permanecer igual, un resentido hipaba verla caer en picada.
Al paso de la oca marchaban sus aliados, a quienes prometió representar en la próxima gran revuelta de Xeón.
No quería que su nombre fuese conocido sólo a nivel continental, quería que fuese reconocido en todo el orbe, y qué mejor forma de lograrlo que atacando a uno de los descendientes del dragón más poderoso del mundo.
¡Una locura total!
La idea central era hacer riza, provocar a los dragones a fin de que salieran a desagraviarse, como los atrabiliarios animales que eran.
Zenatske sabía más que nadie que el riesgo que corría era gigantesco, mucho más de lo que alguien se podría imaginar, aun así, se disponía a probarlo.
A menos que Arko lo pusiese como cabecilla oracular, la conspiración seguiría en pie.
Y si a alguno de los demás oráculos se le ocurría interferir, el mismo destino les depararía a ellos.
Mandó llamar a los portadores de las espadas elementales, los que bautizó bajo el nombre de “perseples”, lagartos ígneos cuyos rostros permanecían ocultos detrás de máscaras hechas con piel de leucrota (una especie al borde de la extinción).
A ellos encomendó llevar a cabo una distracción que sirviese para mantener a los dragones rojos ocupados mientras hacía de las suyas en la región nórdica.
Al mismo tiempo, les pidió a los ayudantes auxiliares que abandonaran el castillo para ir en busca de los demás oráculos y avisarles que la noche se les venía encima, y que, ante la más mínima señal de desacuerdo, se los llevaría puestos como gashleppes a transeúntes distraídos.
Dicho todo eso, el oráculo rebelde se pintó el rostro con sangre de dragón, se puso una armadura ligera, tomó una lanza picuda, el báculo solar y se dispuso a salir de cacería junto a sus aliados.
Juró que no regresaría a casa hasta haber cumplido con la misión, la cual consistía, como se verá más adelante, en ensuciar el nombre de la Orden Real.
Ya nada le importaba, todo estaba perdido para él, lo que aconteciese, bueno o malo, sería parte de los gajes del oficio como subversivo descarado.
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