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Kompendium - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 XIX
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19: XIX 19: XIX Una eternidad había transcurrido hasta que Zenatske y sus aliados llegaron a Darksunuh, sitio en el que probarían suerte.

Custodiado por cinco minotauros rojos y siete dragones antropomorfos que formaban parte de las legiones de alto rango del Ejército Rojo, se hizo presente una figura conocida para los insurrectos.

Un joven dragón antropomorfo de piel anaranjada, cabellera rojiza, alas pajizas, anillos violáceos, ojos cerúleos y colmillos salientes se distanció momentáneamente del resto de los dragones para irse a tomar un respiro.

Llevaba una túnica gris como los demás dragones que lo seguían.

Uno de los híbridos de plumaje oscuro fue el que dio el pitazo cuando lo vio aproximarse a las afueras del área urbana.

Reagrupó al pelotón que lo acompañaba para informarle que la víctima estaba en la mira y que podían ir por ella ni bien Zenatske diese la orden.

Tuvieron que esperar un poco hasta que el oráculo, el que dirigía la agrupación, decidiese dar un paso al frente.

La toma de decisiones era la mar de importante, ante el más ínfimo error de cálculo las cosas se podían ir al demonio.

Grabur cargaba en sus espaldas un extenso sumario de zoocidios a mano armada en las regiones adyacentes, culpable de haber destruido aldeas enteras y haber desgarrado las entrañas de especies autóctonas sin la más mínima pizca de clemencia.

Al igual que su padre, poseía un carácter truculento que lo distinguía de otros dragones de clase superior, llevaba en la sangre la crueldad inenarrable de Dégmon.

Desde luego que ni él ni su hermano menor estaban a la misma altura que el Mesías del Monsismo, ni hablar.

Eran todavía aprendices con un largo camino por emprender, les faltaba calle (como se dice hoy en día), carecían de experiencia en el arte de la guerra.

Si bien es cierto que mataban a todo aquel que se les cruzaba, no tenían ni la milésima parte del poder que poseía el que los engendró.

Los grifos decían que era preferible asesinar a los dragones cuanto más jóvenes eran, de preferencia draggies.

Los demás oráculos ya conocían las argucias de Dégmon y sus vástagos, veían de reojo todo lo que hacían, todas las felonías que cometían y todas las mentiras que decían.

Se envalentonaban, se lucían, se tiraban el moco en público.

Eran, no hace falta decirlo, egocéntricos en extremo.

Los reyes los consideraban aliados de gran importancia puesto que facilitaban el trabajo de limpieza que ellos tanto anhelaban ver terminado.

El líder del pelotón se cansó de esperar por la orden, se dirigió al oráculo y le suplicó, de buena manera, que diese el beneplácito de una buena vez por todas.

Grabur estaba cerca, a menos de un kilómetro de distancia, atacarlo en ese mismo instante era, hasta donde se sabía, lo mejor que podían hacer.

Zenatske, que se masturbaba pensando en qué método emplear para hacer sufrir a los enemigos, volvió a la realidad e inició el diálogo: Zenatske: Quien juega con fuego se quema.

Dense el gusto de avanzar.

No dejen con vida a ninguno de los acompañantes.

Líder del pelotón: ¡A la orden!

¿Quiere dejarle una nota a Dégmon?

Zenatske: De eso también encárguense ustedes.

Una vez que maten al hijo de puta de Grabur, tomarán su sangre y la usarán como tinta.

No se vayan a tardar mucho que falta poco para que termine la ceremonia en la catedral.

Líder del pelotón: ¿Qué hará usted mientras tanto?

Zenatske: Cerciorarme de que cumplan con su deber.

Si llega a aparecer algún otro rival, se las verá conmigo.

Los híbridos de plumaje oscuro, uno más bravo que el otro, avanzaron en volandas hasta llegar al lugar de encuentro.

En menos tiempo de lo pactado, descendieron como helicópteros y se escondieron detrás de unas rocas picudas.

Grabur acababa de beberse una botella de vino blanco como solía hacer cuando sentía sed, los demás dragones formaban un semicírculo frente a él, a la espera de que decidiese dar la vuelta y volver al centro.

El propio Dégmon les pidió que lo siguieran dondequiera que fuese, no se fiaba de los salvajes.

Los minotauros rojos que se hallaban más atrás sólo eran escoltas auxiliares.

En cuestión de segundos, ocho figuras alígeras se manifestaron, arremetieron con todo el arsenal que tenían.

Clavaron con fuerza filosas lanzas en los vientres de los dragones rojos, los empalaron en un soplo sin siquiera dar explicaciones; Grabur fue asesinado a sangre fría por el líder del pelotón.

A renglón seguido, dirigieron la furia a los minotauros rojos, a quienes les arrebataron las hachas para descabezarlos.

Finalizada la primera parte de la estratagema, tomaron un trozo de papel, mojaron una pluma con la sangre del cadáver fresco de Grabur y escribieron, a vuelapluma, una advertencia: “Queremos nosotros, los de alma impía, dejarles algo en claro a todos los dragones, incluyendo al líder espiritual que los representa, sobre la decisión que hemos tomado entre todos.

La masacre proseguirá, los hijos pagarán por los crímenes de su padre, todos y cada uno de ellos.

Mientras la guerra siga, nuestra misión seguirá adelante” (traducción aproximaba del Serfi antiguo).

Zenatske quedó satisfecho con la primera piedra arrojada al avispero, todo era cuestión de tiempo para que Dégmon se enterara de los hechos y tomase una decisión al respecto.

Por el momento, no iba a saber que fue un oráculo, un vivérrido de sangre pura, el causante de tal maquinación.

El asesinato de Grabur fue rápido, tal y como se planeó desde las tinieblas.

Sea lo que fuese que pasara en los próximos días, al oráculo de corazón frígido un carajo le importaba.

Suponía que los dragones saldrían a matar por venganza.

Los híbridos que tenía a cargo se las iban a tener que arreglar solos contra las próximas contiendas territoriales.

A él no le importaba el bienestar de ninguno de ellos, sólo los usaba como títeres mientras los demás oráculos, desde su sesgado punto de vista, esperaban sentados a que los dragones cambiasen de parecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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