Kompendium - Capítulo 2
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2: II 2: II El surgimiento de los seres vivos se dividió en dos grandes facetas: el reino simple y el reino complejo, o sea, las células procariotas y las células eucariotas.
Los primeros organismos pluricelulares nunca prosperaron, contrario a los organismos unicelulares que se multiplicaron con creces hasta poblar los océanos.
Aquellos organismos bentónicos, que no eran ni plantas ni animales ni hongos, se vieron afectados por los cambios climáticos extremos del entorno.
Fue entonces que, aplicada la selección natural, muchos de ellos perecieron sin más ni más, otros tantos se convirtieron en extremófilos, y unos pocos se transformaron en seres más complejos.
En la epifauna, sólo los más aptos podían salir adelante.
Tal era la situación que, de los pocos protozoos sobrevivientes, se desarrollaron nuevas formas de vida (por convergencia evolutiva), los eucariotas de rango mayor.
Los fenómenos químicos que hicieron posible la conversión de monómeros en polímeros fueron cuasi accidentales, si no azarosos.
Los primeros enlaces de deshidratación, sobremodo improbables, lograron que proteínas primitivas se desarrollasen en un lapso de tiempo relativamente corto.
Tal y como lo demostró la teoría de Oparin-Haldane, la vida era, en rigor, resultado de procesos químicos de alta complejidad, pasando desde aminoácidos simples hasta los polímeros más complejos.
La vasta capa oceánica, rica en bajíos repletos de estromatolitos, presenció la proliferación de cianobacterias, las encargadas de llenar el mundo de oxígeno.
Una especie de invasión mitocóndrica, un acaecimiento endosimbiótico, hizo posible la vida compleja, algo similar sucedió en las plantas, lo cual les otorgó los cloroplastos que les permitían fotosintetizar a gusto.
Fue cuestión de millares hasta que aparecieron familias enteras de seres vivos bien diferenciados: animales, plantas, hongos, protistas, móneras y arqueas.
La panspermia natural, pasados unos cuantos eones, trajo consigo estructuras químicas de diferente tipo que se entremezclaron con las ya existentes en el planeta.
Fue también en el agua, la fuente de vida por excelencia, desde donde aparecieron los primeros ancestros de los criptozoos o animales críptidos, un taxón cuasi independiente del que nunca se tuvo en cuenta al momento de establecer los principios de la cladística.
El grupo criptásido contaba con su propio proteoma y genoma, en algunos casos con una morfología similar a la de los animales comunes.
No obstante, los primeros animales acuáticos no duraron mucho tras las poderosas sequías y contaminación hídrica, sólo los más suertudos lograron sobrevivir en el agua, quedándose como peces (agnatos, condrictios y osteoictios).
Los más osados, a los que se los denominó tetrápodos, fueron todos aquellos que salieron del agua en busca de alimento.
De los primeros tetrápodos, se dividieron una infinidad de animales, siendo los batracios o anfibios los únicos en quedarse a vivir cerca del agua, los neríticos.
El resto de los animales abandonó la costa con el deseo de poblar la tierra, los pelágicos.
Como un zarandillo, nómadas en constante migración, los tetrápodos comenzaron a experimentar cambios físicos como consecuencia, en gran medida, de la alimentación y la aclimatación.
Fueron los saurópsidos, durante miles de millones de años, los dueños de la tierra.
La primera familia reptiliana estaba dividida en cuatro subfamilias: los sinápsidos, los anápsidos, los euriápsidos y los diápsidos.
Los sinápsidos, de los que más adelante emergieron los terápsidos, eran una clase de protomamíferos o mamaliaformes, los trastatarabuelos de todos los mamíferos modernos, incluyendo los cuadrúpedos y los antropomorfos.
Los dinosauros o lagartos terribles, como es de saber general, dominaron el ámbito terrestre durante toda su existencia, al menos la gran parte de ella hasta su extinción con la caída de un gigantesco meteorito cuyo impacto casi hizo desaparecer la vida en el mundo.
Los pocos dinosaurios que sobrevivieron tuvieron que adaptarse al terrorífico frío invernal que contrajo el mundo tras la devastación de plantas y árboles.
La anoxia en miles de seres vivos los condujo derechito a la tumba mientras que a otros los hizo más resistentes.
Los antiguos dueños del mundo, los feroces reptiles, les cedieron el puesto a las aves, seres igual de feroces que domeñaron la tierra y el aire.
Los cataclismos a nivel global siguieron sucediendo durante largos periodos, pero uno de ellos fue el que produjo un cambio radical en la vida: la bifurcación entre tetrapoides y antropoides.
En vías de desarrollo, desde luego, los animales más ágiles preservaron su forma zoomórfica y los más inteligentes adaptaron una forma antropomórfica.
El primer grupo poseía una espléndida habilidad para sobrevivir empleando sólo los cinco sentidos y alguna que otra habilidad innata; el segundo grupo poseía una fenomenal inteligencia que les servía para razonar, amén de hacer escaso uso de los sentidos mucho menos desarrollados.
La exposición a químicos inestables y frutos tóxicos también generó notables mutaciones genéticas, algunas beneficiosas y otras perniciosas, haciendo que algunos criptozoos desarrollaran características y habilidades fuera de lo común.
Verbigracia, la capacidad de escupir fuego de los primeros protodragones no era eficaz hasta pasada cierta edad en la que se les desarrollaban las piróndulas dentro de sus cavidades orales.
La antropomorfización afectó a casi todas las especies comunes, a excepción de los animales acuáticos a los que de nada les servía erguirse para caminar, y a los criptásidos, un grupo aparte.
Hubo casos excepcionales en los que la inteligencia en ciertos tetrapoides llegó a igualar a la de los antropoides, no a superarla.
Así, dentro del grupo parafilético denominado zoosemiótico, se diversificaron animales semióticos de las dos clases antes mencionadas.
Quizá uno de los eventos más extraordinarios se llevó a cabo cuando, entre periodo y periodo, los protodragones que se vieron afectados por cambios bruscos de temperatura tuvieron la necesidad de readaptarse a los nuevos desafíos climáticos.
Algunos ejemplares escamosos desarrollaron plumas, los primigenios protogrifos; otros ejemplares desarrollaron pelos, los primigenios protohipogrifos.
Lo curioso es que dicho proceso se dio sólo en los tetrapoides, ya los protodragones antropomorfizados perdieron las escamas para obtener piel lisa, a la que luego se le desarrolló pelo.
La comunicación, otrora una amalgama de sonidos inconexos, se fue complejizando hasta dar lugar a los primeros códigos orales.
Como todas las especies terrestres estaban emparentadas hasta cierto punto, la cantidad de lenguas desarrolladas fue escasa, siendo el Serfi el lenguaje universal entre los antropomorfos.
Los tetrapoides, que con el correr de los años pasaron a llamarse cuadrúpedos, dejaron de preocuparse por incrementar la inteligencia cuando se dieron cuenta de que tenían mayores posibilidades de sobrevivir que los antropoides; preferían usar la fuerza en lugar del cerebro.
Cabe recalcar que los protocríptidos, también denominados criptozoos de antaño, tuvieron una evolución mucho más lenta y complicada que las demás especies.
Las mutaciones en las especies dificultaban la capacidad adaptativa, siendo a veces necesaria la intervención de los antropoides.
Como la reproducción entre cuadrúpedos no siempre fue fácil, algunos ejemplares de antropoides se entrometieron.
El entrecruzamiento de genes distintos con frecuencia daba resultados y con frecuencia no.
La antropomorfización en los críptidos no fue natural, sino artificial.
El reino animal quedó dividido entre el reino común y el reino críptido, al mismo tiempo que dependía de la zoomorfización, fenómeno que provocaba que un animal se volviese más o menos silvestre dependiendo del tiempo de exposición a sitios inhóspitos y recónditos.
Lo que pasó a llamarse salvaje en realidad era producto de una larga exposición a la vida huraña, lo malo era que también confundía con el concepto de salvaje natural, o sea, el animal cuadrúpedo que nunca desarrolló la capacidad semiótica, en contraposición con los seres zoosemióticos.
El animal semiótico más destacado fue el primate, ancestro de los seres humanos que poca influencia tuvieron en el mundo, si es que algo, contrario a los antropoides animalescos que hicieron posible la proliferación de engendros mitad animal y mitad humano, es decir, críptidos.
Lo más llamativo era que, allende la clasificación, los seres vivos seguían siendo instintivos la mayor parte del tiempo, no sólo para cuestiones reproductivas o de supervivencia.
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