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Kompendium - Capítulo 20

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20: XX 20: XX El día que Ferdiand y Deiser descubrieron que Zenatske los había inculpado de haber escrito un tratado difamatorio, estallaron de rabia, dieron parte de los hechos a fin de que Arko decidiera qué hacer con él.

Pese a que el protagonista ya no formaba parte de los candidatos a omësfih, su insolencia ponía en peligro a toda la organización.

Una nueva reunión oracular fue convocada de urgencia, los ochenta oráculos que conformaban la Orden Real se apiñaron de vuelta para presenciar por primera vez la expulsión definitiva de un miembro que, ante pruebas fehacientes y evidencia demoledora, había quebrantado varias de las leyes del Testamento de Arko con plenitud de alevosía.

Fueron invitados los asistentes y ayudantes de los oráculos por motivo excepcional.

En el patio del palacio de Arvah, una pequeña isla sureña, se aglomeraron los tres cabecillas junto a Arko en lo que parecía un ritual de bautismo.

Markhonni, Desacrois y Ferdiand hicieron el papel de testigos, Deiser y Nil de fiscales, Zénia de abogado de causas perdidas, Arko de juez y los demás oráculos de audiencia.

Era un tribunal exigente que no iba a dejar nada fuera del tintero.

Por sus canalladas, el acusado merecía el peor castigo, los correctivos no surtirían efecto en él, había cruzado la línea limítrofe de lo aceptable.

Fue durante la tarde del domingo, a plena luz del día, que Arko llamó a Zenatske a presentarse ante todos con el objetivo de dar a conocer su declaración.

Todos los que estaban sentados a un costado, un círculo de asistentes, observaban con atención lo que sucedía, no lo disfrutaban pues algo así les podía suceder a ellos también si llegaban a incumplir las normas vigentes.

Los lineamientos eran claros como el agua, todo aquel que incumpliese con su deber y violase la ley sería juzgado de igual modo.

—Estimados compañeros de la Orden, hoy nos reunimos de nuevo para presenciar un juicio legal —inició Arko—.

Como sabrán, uno de los nuestros ha quebrantado la ley y ha ensuciado nuestra reputación.

Han de saber que no permitiremos que siga profanando nuestra organización.

A un atroz castigo será sentenciado por ello —aclaró ante todos—.

Primero que nada, dejemos que nos explique qué es lo que tiene para decirnos antes de remitirnos a las pruebas en su contra.

Zenatske, que lucía más calmado que nunca, lanzó tantas incoherencias que parecía un terraplanista tratando de explicar fenómenos de física teórica en un congreso internacional de ciencias exactas.

Nada de lo que profería tenía ni pies ni cabeza, lanzaba estulticias una tras otra en un intento por poner los paños en frío.

Cuanto más hablaba, más mareaba la perdiz.

Nada de lo que decía tenía sentido, parecía estar derrapando, tal vez por haber consumido alguna sustancia psicotrópica, producto de su demencia.

La injustificable corruptela que lo convertía en objeto de críticas destructivas era indefendible desde todos los puntos de vista.

Callarse fue lo mejor que pudo hacer.

Zénia, quien apenas entendía lo que acontecía, prefirió mantenerse en silencio, era consciente de todas las cosas malas que había hecho Zenatske, no podía defenderlo de ninguna forma.

A continuación, los fiscales dieron a conocer los alegatos en contra del acusado, pretendían hundirlo lo más profundo posible para quitárselo de encima.

Estuvieron casi una hora explicando por qué era correcto expulsarlo de la Orden Real.

A falta de argumentos a favor del acusado, los testigos arguyeron que la exclusión era la única, si no la mejor, forma de solucionar el problema.

Arko sabía bien lo que hacía, no buscaba complicar la tesitura más de lo necesario.

Fue suficiente con saber que Zenatske, ni con el mejor abogado del mundo, saldría exonerado.

Era culpable, en efecto, de haber roto la confianza en los vivérridos, de haber derramado sangre por capricho, de haber cometido crímenes aberrantes, de haber desobedecido el reglamento repetidas veces, de haber difamado a dos de sus compañeros, de haber hecho que la Raza Destructora enloqueciese con el impensado asesinato de Grabur.

Todos los allí presentes ya se habían enterado de que uno de los hijos de Dégmon fue muerto por culpa de él, el líder del pelotón de híbridos lo mandó al frente ante la insistencia de los cabecillas.

Antes de dar por finalizado el juicio, Arko explicó que se iba a hacer cargo de la delicada situación en la que los había metido Zenatske tras haber mandado matar a Grabur.

Suponía que Dégmon vengaría la muerte de su hijo ni bien descubriese al impostor.

Si tenía que dar la cara por ello, con gusto lo iba a hacer.

No estaba en sus planes hacerle frente al dragón más poderoso del mundo, ni mucho menos justificar el traspié de uno de sus allegados.

A final de cuentas, él era el legítimo representante de la organización pacifista.

—Exigimos que se aplique la pena máxima —reclamó Deiser—.

Y que este desgraciado de aquí —señaló a Zenatske— no vuelva jamás a acercarse a ninguno de nosotros.

—Al margen de los hechos, creo que merece un castigo extra aparte de la expulsión —adicionó Nil.

—Estoy de acuerdo con él —intervino Ferdiand—.

Confisquemos todos sus bienes y dejémoslo sin hogar.

Merece morirse de hambre por habernos difamado.

Al escucharlo decir eso, Zenatske casi sufrió una embolia cerebral.

Se le dispararon los ojos para todas partes, se le erizó la piel, sintió frío en la nuca y arrugó el hocico en señal de disgusto y disconformidad.

Nunca pensó que sus compañeros fuesen tan ruines como para arrebatarle todo lo que poseía.

No conformes con expulsarlo, querían marginarlo, convertirlo en el enemigo de la Orden Real.

Arko se tomó su tiempo para pensarlo.

Concluyó que la marginación no resolvería el asunto, pero tampoco dañaría la integridad de la organización.

Otorgó el beneplácito para que se le quitara todas las pertenencias que tenía, lo que incluía el terreno, el castillo, los manuscritos, los ayudantes e incluso adminículos personales.

Al dejarlo en la quinta chilla, con una mano detrás y otra delante, ya nada podría hacer para darse la gran vida.

Había mordido la mano que le dio de comer durante muchos años.

—Haré una excepción esta vez y daré permiso para que se proceda al arrebato de recursos —concedió Arko—.

Por lo pronto, declaro culpable a Zenatske de haber deshonrado nuestra preciada Orden, por lo que no me queda más alternativa que expulsarlo.

Si hay alguien que tenga algo que objetar, le daré un momento para hacerlo.

—Nadie pronunció ni una sola palabra—.

Entonces, ya está decidido.

Zenatske será a partir de hoy un marginado social que no volverá a acercarse a nosotros nunca más.

Declaro la sesión terminada.

Antes de irse, Zenatske se acercó a Ferdiand y a Deiser, no para hacerles daño, sino para decirles lo que pensaba de ellos.

Por más increíble que pareciera, no los insultó, lo único que hizo fue pedirles que reforzaran sus alianzas porque los dragones no se detendrían hasta haber acabado con ellos.

Fuera de sus cabales y todo, se comportaba con la misma cordialidad de siempre.

Fingía que no le dolía la decisión tomada, hacía como que nada malo había pasado.

Llevó consigo a Zénia hasta Kaizzereh y le pidió que nunca más volviera a acercársele.

La indignación del civeto había tocado fondo, lo que quedaba por hacer era, nada más y nada menos, que ensuciar más la mala reputación que tenía.

Aunque ella le suplicó entre lágrimas que no siguiera haciendo cagadas, a él le resbalaba todo lo que le decía.

Es más, tan cabreado estaba que tenía planeado volver a atacar.

Al líder de la tropa de híbridos con el que tuvo contacto en el pasado, mandó llamar para darle una segunda oportunidad.

No lo regañó por haberlo mandado al frente, había hecho lo correcto al hacer eso.

Lo que pretendía hacer ahora era incrementar la furia de Dégmon para así hacer que la Orden Real quedase a merced de la ira del archienemigo.

Envuelto en un halo de indiferencia, se propuso volver a hacer lo mismo que antes.

Ahora que sabía que los demás oráculos temían por sus vidas, se propuso hacer la exhaustiva búsqueda de Mitus Depoir, el segundo hijo reconocido de Dégmon.

La meta implicaba matarlo y dejar otra nota junto al cadáver, pero esta vez sería más específico con el mensaje.

En lugar de firmar en nombre de los híbridos, como la vez anterior, lo haría en nombre de la Orden Real.

Si caía, todos los demás iban a caer con él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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