Kompendium - Capítulo 22
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22: XXII 22: XXII Un emisario especializado en viajes de larga distancia fue el encargado de recoger la nota escrita por Zenatske, amén de llevar consigo los restos del cuerpo de Mitus Depoir.
Al llegar a Picks Pocks, se reunió con Dégmon y Vishne para dar el lastimoso informe de que el segundo hijo del Mesías había sido asesinado también, sólo que ahora la nota dejada decía otra cosa.
Dégmon sufrió la peor bronca de la vida, no sin antes prestar atención a los rumores de los lugareños.
Todo parecía indicar que el causante de aquel zoocidio seguía con vida y planeaba llevar a cabo una visita a la región.
Por mucho que Vishne insistiera en enviar espías para dar con el perpetrador, él prefirió ir solo, ansiaba conocer al asesino de su hijo en persona.
Dicho eso, reclamó venganza a los cuatro vientos.
Como era de esperar, se puso en contacto con los comandantes del Ejército Rojo y les exigió que doblasen la exigencia en el campo de batalla dado que ahora la vileza de los rivales superaba con creces todas las expectativas alguna vez sostenidas.
El dragón más poderoso del mundo viajó por cuenta propia hacia el Sur de Xeón, llegó al poco tiempo.
Tuvo la suerte de darse de narices con Arko, a quien no reconoció al instante.
Tuvo que preguntarle quién era para descubrir algo de él.
Fue entonces que descubrió que aquel animalito de baja estatura era, en verdad, el líder de la Orden Real que había conspirado en contra de Grabur y Mitus Depoir.
Así pues, inició un diálogo fuera de lo común antes de tomar una decisión terminante: —Conque son ustedes los que han estado fastidiándome los últimos tiempos —pronunció con una macabra sonrisa que dejaba a la vista la dentadura más tenebrosa—.
No satisfechos con mezclarse con los híbridos y los grifos, me vengo a enterar de que también mataron a mis dos hijos.
¿Qué tienes para decir en tu defensa antes de que te haga desaparecer?
—Dégmon, has de saber que ni yo ni ninguno de mis compañeros tenemos algo que ver con esto —pasó a explicarle el motivo de su declaración—.
El culpable de asesinar a tus hijos es Zenatske, un exmiembro de la Orden que yo mismo fundé con el objetivo de proteger a los nativos de ustedes.
—Ah, ya veo —suspiró—.
De manera que son una runfla de chiquillos traviesos que buscan provocarme con amenazas ridículas.
Has de saber, mi estimado pequeñuelo, que yo soy el amo de este mundo y todo aquel que se atreva a molestarme, sea de la forma que sea, pagará con su vida.
¿Acaso no ves con quién estás metiéndote?
—Pues déjame decirte que miedo no te tengo.
De hecho, te suplico que me mates si eso tranquiliza tu sed de venganza y evita que mis compañeros se vean involucrados —se lo dijo de frente, sin temor alguno—.
Yo mismo mandé buscar a Zenatske por esto que sucedió hace poco, es cuestión de tiempo para que lo eliminen mis compañeros.
—Como veo que eres audaz, te daré la oportunidad de tomar el lugar de tus compañeros que dices representar.
Pero no creas que con eso me detendrás, a todos los demás seres de tu clase les advertiré que no se entrometan en mi vida.
A todos aquellos que se atrevan a meterse en mis asuntos, ya sabes lo que les sucederá.
—Consciente estoy de ello, Dégmon —aseguró con firmeza en sus palabras—.
Date el gusto de eliminarme si quieres.
Antes bien, quiero decirte una última cosa antes de que me mates.
—¿Qué cosa?
—El amo del mundo es un título que te queda grande, con todo respeto te lo digo.
En el futuro, habrá alguien más poderoso que tú.
Un dragón rojo de sangre pura hará perecer este mundo y todo lo que en él habita.
Será la encarnación del mal que tanto anhelas personificar.
—¿En serio?
Y dime de quién se trata.
—Por más que te lo diga, no me lo creerás.
Por lo pronto, lo único que puedo decir es que es joven e ingenuo, pero llegará un momento en el que dejará de serlo.
Cuando haya alcanzado el nivel máximo, ninguno de los rebeldes podrá contra él.
Superará todos los límites establecidos.
Será la bestia apocalíptica que dominará el mundo entero.
—Supongo que esa historia te la inventaste para amedrentarme.
Qué equivocado estás si crees que me vas a impresionar con mentiras —expresó con escepticismo—.
Ya me cansé de perder el tiempo.
Despídete de tu miserable existencia.
El enfrentamiento entre Arko y Dégmon al fin comenzó.
El civeto se desplazó sobre el campo de batalla a una velocidad asombrosa, creó un torbellino con sus poderes, así logró nublar la vista del rival.
Acto seguido, buscó la forma de defenderse.
El dragón rojo lo sorprendió con un zarpazo mortal que a duras penas logró esquivar.
Se tiró para atrás y buscó la forma más urgente de contratacar.
No iba a rendirse por nada del mundo.
Elevado su poder al máximo, Arko generó un campo de fuerza que lo hizo inmune al calor de las llamas infernales.
Se lanzó sobre Dégmon y trató de tocarlo, intento tras intento, sólo hacía el ridículo, fallaba una y otra vez.
Absurdo en demasía era querer pasarse de listo con el ser más poderoso que existía, no había manera de lastimarlo.
Los ataques del vivérrido, aunque poderosos, no surtían efecto sobre el enemigo.
Hacía trizas todo lo que tocaba, movimientos telúricos provocada como resultado de su fiereza.
Dégmon, que no estaba de buen humor ese día, optó por dejarlo sin hálito de vida con poco esfuerzo, lo tomó de la cabeza, lo lanzó hacia arriba, le disparó desde el suelo, del oráculo no dejó ni una célula, lo desintegró como si nada.
Ese fue el último día que Arko vio la luz, feneció a manos del dragón más feroz, no sin antes advertirle sobre un inminente peligro del futuro.
La epifanía que había tenido el día anterior, descabellada tal vez, no debía ser tomada de broma; nunca se sabe cuándo una revelación onírica se puede volver realidad.
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